22 de diciembre de 2008

La conspiración: nazificar España




La conspiración: nazificar España



La nazificación de España comenzó a prepararse seis años antes de la rebelión militar. En 1930 se instaló en Lisboa el primer comisionado del nazismo para la península Ibérica, un tal Friedhelm Burbach, enviado de Hitler, que le ordenó aglutinar a los alemanes residentes de España y Portugal en torno al nuevo ideario nazi y buscar amigos y alianzas entre los anticomunistas y católicos de cualquier color político. En la primavera de 1933, Walter Zuchristian, un empleado de la empresa Siemens en Madrid, fue nombrado jefe del partido nazi en España. El 12 de junio del mismo año, Zuchristian dirigió una carta a Burbach en la que ya mostraba inquietantes planes de futuro: “Estamos esperando nuestra oportunidad. Por ahora nos mantenemos quietos, preparando todo para estar en condiciones de obrar cuando la oportunidad se presente. Todo parece indicar que el pueblo está cansado del régimen de izquierda y va a sacudirlo pronto. No se desespere, nuestras Ogs (secciones locales nazis por toda España) están listas para cuando llegue ese momento”.



La ocasión soñada por los nazis pudo llegar después de las elecciones de noviembre de 1933, cuando la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) se erigió en el partido con más diputados en el Congreso. Fue entonces cuando Zuchristian giró una circular a los grupos locales de su partido para ordenar el establecimiento de conexiones con los elementos más extremistas de la CEDA y su líder, José M.ª Gil Robles, que fue invitado al congreso nazi de Nüremberg. Los nazis estaban complacidos por la buena sintonía de la CEDA con militares como Goded o Franco, los artífices de la brutal represión sobre los mineros asturianos en octubre de 1934. El día 18 de aquel mes, Zuchristian anotó: “Han sido reprimidos en la forma debida”. Entonces, la presencia nazi creció sin parar: en noviembre de 1934 tenían 22 oficinas de representación y en 1936, poco antes de la sublevación, ya eran 163 por toda España. Sin embargo, Zuchristian fue relevado por Eric Schnaus, un agente de la Gestapo que debía reorganizar el nazismo asentado en suelo español. El 8 de enero de 1936, a seis semanas de unas nuevas elecciones en España que darían la victoria a los partidos de izquierda, Schnaus se olió el resultado y ordenó a todas las secciones locales poner a buen recaudo documentación oficial hasta nuevo aviso y, “en el caso que sea necesario suspender toda correspondencia, recibirá un telegrama diciendo ‘Contrato firmado. Juan’, de manera que al recibirlo debe usted suspender toda comunicación hasta nueva orden. Esta carta deberá ser destruida inmediatamente”. Aunque las copias españolas del mensaje anterior fueron destruidas, como se ordenaba en él, ahora ha sido posible encontrar la enviada a Berlín.



Pero el 27 de marzo, Schnaus, convencido de que la conspiración contra la República podía estar cerca y triunfar, se dirigió a la dirección de la Gestapo en Berlín, donde prometió “poner las secciones de España listas para atacar”. Desde Alemania se mandó acelerar los contactos con los sectores políticos y militares contrarios al gobierno de Madrid. A partir de aquel momento, los futuros protagonistas del alzamiento serían mencionados en las comunicaciones secretas como “clientes”, como se constata en una nueva circular de Schnaus a los jefes nazis en España: “Los informes sobre nuestros competidores demuestran que sus directores se encuentran divididos respecto del nuevo método de manufactura (…) Por esta razón tiene especial interés para nosotros mandar instrucciones adecuadas a nuestros agentes y a nuestros clientes con el fin de que estén preparados a hacer frente a cualquier situación”. Fue entonces cuando entró en juego el hábil Hans Hellermann, a quien Schnaus confió la misión de servir a sus clientes.



El siniestro Servicio de Control Portuario

En 1935 la Organización para el Extranjero del partido nazi, dirigida por Ernst Wilhelm Bohle, creó el Departamento Central del Servicio de Control Portuario. Se trataba de una organización policial secreta que cubría la actividad de la Gestapo (policía secreta alemana) fuera de las fronteras del Reich y que siempre funcionó al margen de la embajada y de los consulados. La existencia en España de este oscuro organismo aparece en un documento desclasificado por los norteamericanos, con fecha de 29 de diciembre de 1945, cuyo contenido determinó las principales misiones que Himmler encomendó al Servicio de Control Portuario en España que dirigía Hans Hellermann.



Su misión era vigilar los asuntos económicos de la península Ibérica con países extranjeros; organizar un servicio de contrabando de armas y material de propaganda; establecer una red de empresas españolas y portuguesas que, una vez terminada la guerra, permitiría hacer importaciones de otros continentes, y, por último, la perversa misión de ejecutar las sentencias de tribunales nacionalsocialistas secretos creados por Himmler para juzgar cuestiones de disciplina de los residentes alemanes en la Península que se negaron a obedecer órdenes de la Gestapo. Se da por hecho que está misión implicó el secuestro y el asesinato.



Según documentos encontrados en la sede de Import Business Hellermann & Philippi, el Servicio de Control Portuario en España tuvo en nómina, oficialmente, a 45 agentes, además de centenares de colaboradores, entre ellos representantes comerciales de empresas de navegación. Para evitar problemas con las autoridades españolas, los sueldos de los agentes del servicio policial nazi eran asumidos por dichas empresas. Es el caso de Paul Riger y Siegfred Wolf, que, en mayo de 1935, fueron contratados por la compa-ñía Baquera, Kusche y Martin, SA.