19 de noviembre de 2008

Memoria de las víctimas: hacia una cultura de la memoria


Memoria de las víctimas: hacia una cultura de la memoria

Marcelino Flórez Miguel*

El término memoria ha invadido el espacio público, lo que ha llevado a algunos a hablar de "saturación de la memoria". Lo más habitual es encontrarlo unido a otras palabras, como memoria histórica o memoria colectiva, pero lo verdaderamente frecuente es constatar la imprecisión en el uso del término. De pronto todos los libros de Historia que tratan de la República o de la Guerra Civil incluyen en el título la palabra memoria; y es frecuente observar que una mayoría de historiadores utiliza indistintamente el término memoria para referirse a las autobiografías o al uso público de la historia; e, incluso algunos recurren al concepto sociológico de memoria colectiva, aunque no sea para tratar el específico asunto que esa expresión tiene. Por eso, conviene que comencemos con una aclaración conceptual.


Además de esa invasión del espacio público, observamos que el término memoria genera mucha intranquilidad, concretamente crea intranquilidad a las personas de mentalidad conservadora, lo cual ha conducido a una reacción política de la derecha, que se ha opuesto a la conocida como Ley de Memoria Histórica y que ha producido un importante movimiento historiográfico revisionista. Por esta razón conviene también comenzar con una precisión conceptual.

De los tres significados que el diccionario asigna al término memoria (facultad de recordar; narración autobiográfica de acontecimientos e impresiones vividas; y rememoración del pasado), utilizaremos únicamente el último de los sentidos: rememoración del pasado; es decir, la memoria de acontecimientos del pasado que tienen un significado en el presente. A esta rememoración se le denomina también políticas de la memoria o uso público de la historia. Existe una presencia pública y ostensible del pasado, una política de la memoria que toma las ciudades y los palacios: siembra estatuas, hace museos, nombra las calles, establece calendarios de fiestas.
Son los "días" de la memoria y los "lugares" de la memoria.

Esta política de la memoria es tradicional, la protagonizan los gobiernos y, en general, lo que antes se llamaba "la clase dominante". Es la memoria oficial de los Estados, que contribuye a definir su "identidad" y a formar su "patrimonio". A esta memoria es a la que se refiere Pierre Nora con sus Lieux de mémoire, un proyecto de reconstruir los elementos identitarios de la sociedad francesa, una "identidad nacional", dice, que se ve insegura en tiempos de crisis ideológica.

Esta memoria institucional o memoria identitaria tiene muy clara la tarea, que no es más que la tarea asignada tradicionalmente por el poder a la enseñanza de la historia: dar a conocer a los niños y niñas su pasado, su pueblo, su patrimonio. Sin duda, esta tarea sigue siendo dominante tanto entre los investigadores, como entre los docentes, aunque ahora como antes existen espíritus críticos, que se resisten a una manipulación tan grosera, especialmente después de que Hobsbawn dejara clara la contingencia de la identidad, que es siempre una identidad construida [1] .

La desazón que agita en estos momentos a una parte de los historiadores y a la derecha española con la presencia pública del concepto de memoria tiene muy poco que ver, sin embargo, con esa política institucional de la memoria a la que acabamos de referirnos. ¿Qué memoria es esa que está provocando tanta intranquilidad? Se trata de la memoria de las víctimas y a esa memoria se refiere Reyes Mate cuando propone desarrollar una cultura de la memoria [2]. El concepto de memoria, definido en esos términos, tiene su origen en Walter Benjamin, que lo desarrolló esencialmente en el último periodo de su vida, con el nazismo ya instalado en el poder, y lo culminó con la guerra mundial ya iniciada. Walter Benjamin se dedicó a la reflexión sobre la memoria de una forma totalmente consciente y con un objetivo muy preciso: conocer las razones del triunfo del nazismo. En 1938 su amigo T. W. Adorno le invitaba a exiliarse en América, ante el peligro evidente que corría en Europa, pero Benjamin le contesta: "Todavía hay posiciones que defender en Europa". Ese compromiso ideológico le llevaría a la muerte al caer Francia, donde estaba refugiado, en manos alemanas. En su huída fue retenido por la policía franquista, junto a otros amigos judíos, en la población catalana de Port Bou, con la intención de entregarlos al día siguiente a la GESTAPO. Durante la noche del día 26 de septiembre de 1940 Walter Benjamin se quitó la vida.

El concepto de memoria que construye W. Benjamin y que Reyes Mate ha explicitado en el libro Medianoche en la historia, incluye, al menos, un contenido epistemológico, una filosofía de la historia y una propuesta política.

Desde el punto de vista epistemológico, la memoria concede valor a lo que desapareció en el pasado, a lo que fue eliminado o abandonado al borde del camino, de manera que eso obliga a cambiar tanto el objeto del conocimiento, la verdad, como al sujeto que conoce. La verdad contemplada por la memoria incluye tanto los hechos históricos que tuvieron éxito y pervivieron, como los que fracasaron y desaparecieron. Nada sería igual si lo eliminado hubiese pervivido: una España con judíos y moriscos; una América o África con instituciones indígenas; una España con República; un Chile con Allende. Pues bien, la verdad de la memoria incluye lo fáctico, lo que pervivió, y lo posible, lo que desapareció, porque esa es la totalidad del pasado.

El sujeto que es capaz de contemplar ese pasado olvidado será capaz también de contemplar en el presente lo que está en riesgo de ser excluido, es decir, la totalidad del presente. Ese sujeto, capaz de contemplar esta verdad íntegra, no es una persona cualquiera, es el que vive "un instante de peligro" y es capaz de avisar a los demás. Cuando W. Benjamin, uno de los "avisadores del fuego", hacía estas reflexiones, el nazismo estaba sólo en el inicio de la "solución final" pensada para judíos y disidentes. Su teoría tiene especial autoridad no sólo porque persistió en su investigación hasta sellarla con su propia muerte (dicen los biógrafos que hizo el último viaje sin querer desprenderse de una maleta, que le dificultaba mucho el paso, donde debían estar los escritos de los que tratamos), sino porque la teoría se cumplió en la práctica y Auschwitz tuvo lugar. Ahora podemos comprobar que W. Benjamin fue capaz de predecir lo que iba a ocurrir, aunque lo que ocurrió superó con mucho sus ya pesimistas previsiones. El nuevo conocimiento que aporta la memoria transforma también la filosofía de la historia. Dice W. Benjamin que la historia no ha sido nunca una historia universal; ha sido, como mucho, una historia de los vencedores, pero siempre ha estado ausente una parte de la verdad, la de los vencidos, los que desaparecieron y no dejaron rastro. Es la memoria quien introduce a los vencidos en el discurso y logra construir una historia universal: las pirámides de Egipto no existirían sin los esclavos; la revolución industrial no habría tenido lugar sin los trabajadores; el mundo no habría existido sin las mujeres. Pero ni los esclavos, ni los proletarios, ni las mujeres han formado parte de la historia, al menos no han formado parte hasta que la memoria de los fracasados y vencidos los hizo presentes.

Cuando los nacionalistas, los periféricos y los centrales, comenzaron a construir su identidad y su patrimonio en el siglo XIX; cuando los vascos, por ejemplo, dibujaron "el cuerpo de Aitor" o los españoles patrimonializaron a la madre patria, meseteña, autoritaria y católica, olvidaron muchos despojos del camino. Los nacionalistas españoles, por ejemplo, olvidaron a los judíos que fueron expulsados en 1492, aunque sus herederos aún estuvieran vivos y conservasen esa hermosura de lengua antigua que es el sefardí. Olvidaron también las persecuciones y expulsiones de moriscos, culminadas en 1609, aunque el uso del agua que inventaron continuase haciendo posibles las huertas levantinas o sus sistemas constructivos fuesen de uso habitual por parte de los albañiles meseteños. Sin estos olvidos, no sólo habría sido otra la polémica sobre el ser de España, sino también las políticas de inmigración segregadoras, propugnadas por una mayoría de la población, a juzgar por las encuestas.

El concepto de memoria que aporta Benjamin rompe la filosofía de la historia vigente y tritura algunos de sus elementos esenciales, como es la idea de progreso. Sigue estando muy bien visto denominarse progresista, porque es casi imposible encontrar a alguien que no desee el progreso, continuar creciendo y avanzando. Poco importan "las florecillas al borde del camino" que, en palabras de Hegel, haya que sacrificar para continuar ese progreso. Esas "florecillas" habían sido los miles de pequeños artesanos, de proletarios y de países colonizados en los procesos de industrialización. Nada podía limitar al progreso y el nazismo terminó estrechando el sendero y sembrándolo de harapos: seis millones en el fuego, cuarenta millones en los campos de batalla, todo para alcanzar la gloria de la patria, el progreso.

La memoria se preocupa precisamente de esas "florecillas", de las víctimas en el borde del camino, por eso pone en cuestión al progreso, si éste no es sostenible, como dicen y persiguen los ecologistas o los pacifistas.

La memoria, como la presenta Walter Benjamin, convoca a un nuevo proyecto político, porque el peligro persiste y porque algunos son capaces de verlo "en un instante de peligro". T. H. Adorno, el amigo de Benjamin, que conoció el proyecto de olvido que fue Auschwitz, lo expresaba así: "(la acción política debe) reorientar el pensamiento y la acción para que Auschwitz no se repita". La memoria de las víctimas convoca a una práctica política nueva, y esta práctica nueva es inseparable de la ética.

Eso mismo está diciendo W. Benjamin cuando en la tesis 12 escribe que la capacidad liberadora de la "clase oprimida que lucha" se nutre "de la imagen de los abuelos esclavizados, no del ideal de los nietos liberados" [3]. Nos quiere decir que la conciencia de clase y la capacidad de lucha no proceden de ninguna vanguardia racional y, menos aún, propone liberación alguna para el futuro, olvidando los despojos que haya que retirar en el presente. El nuevo sujeto revolucionario es "la clase oprimida que lucha", es decir, los excluidos del presente, que son conscientes de su exclusión; y lo son porque han contemplado el sufrimiento en el pasado, no porque sueñen mundos utópicos para el futuro.

Esta memoria de las víctimas es un revulsivo en el presente, en la vida que se vive, porque pone sobre la mesa los cadáveres sobre los que se ha construido la historia. Por eso, esta memoria es incómoda. Nada lo ilustra mejor que lo que viene ocurriendo en España desde que se constituyó la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica en el año 2000. Fue creada por Emilio Silva y por Santiago Macías, que habían logrado exhumar a los trece de Priaranza de una fosa común en esa localidad del Bierzo leonés [4]. La noticia, difundida por la revista Interviú el 20 de noviembre de 2000, corrió como la pólvora por toda España y los nietos "de los abuelos esclavizados" comenzaron una lucha interminable. Muchas conciencias se revolvieron inquietas y, sin reparar en el impulso imparable que estaba adquiriendo la memoria de las víctimas, algunos se atrevieron a descalificar el movimiento, como hizo el que fuera portavoz parlamentario del Partido Popular, Luis de Grandes, que el día 26 de noviembre de 2003, a propósito de un homenaje parlamentario a las víctimas de Franco, declaró a la prensa lo siguiente:" No sé cómo definirlo, son estas cosas de IU, con su lenguaje antiguo que suena un poco a revival de naftalina. Están empeñados en hacer un homenaje a no se sabe quién".

La memoria de las víctimas sí sabía a quien ofrecía el homenaje: a los despojos de la historia, a los "echados al olvido" para construir sobre ellos un Estado nuevo, la dictadura franquista. Poco a poco se va abriendo paso la verdad y los cadáveres hechos desaparecer en fosas clandestinas van saliendo a la superficie y pueden contarse.

Ahora bien, a medida que se conoce la verdad, es más imperiosa la necesidad de hacer justicia: "Si la verdad queda establecida, y si esta verdad es una verdad terrible, una verdad de crímenes atroces, de culpas enormes, la falta de justicia queda aún más visible y más sentida" [5]. Por eso, la memoria de las víctimas, además de una política sin exclusiones, reclama justicia, o sea, una respuesta al impulso ético. No es extraño, pues, que intranquilice.

*Marcelino Flórez Miguel forma parte de la organización Entrepueblos y es profesor de Historia en el I.E.S. "Julián Marías" de Valladolid

curas que no serán beatificados


Ni los 16 sacerdotes navarros que fueron beatificados en el 2007 en Roma por haber sido asesinados en la zona republicana durante la Guerra Civil ni los tantos otros curas vascos que también fueron fusilados, esta vez en la zona nacional, por los franquistas debido a su adscripción nacionalista. Los que aparecen a continuación son una relación de religiosos que, por acción o por omisión, tuvieron responsabilidades en el apoyo al golpe militar del 36 y a los posteriores fusilamientos que acabaron con la vida de más de 3.500 navarros. Es un hecho constatado ya por todos los historiadores que la Iglesia Oficial legitimó y colaboró con el franquismo. Otra cuestión es la letra menuda con las historias particulares de cientos de religiosos en uno y otro lado del frente (y en ocasiones, con los capellanes militares y requetés en el frente mismo) y sus diferentes actuaciones en unos momentos tan duros donde sólo la conciencia valía. Aquí se reproducen una serie de historias (basadas en diversas publicaciones y testimonios) cuyos protagonistas (desde obispos hasta curas de parroquia) no serían muy dignos de subir a los altares aunque, también hubo otros meritorios comportamientos humanos más acordes con sus creencias a los que se dedica un capítulo final de reconocimiento.

La falta de valor del obispo Marcelino Olaechea

Jimeno Jurío dedicó un capítulo de su libro sobre la Guerra Civil a analizar la actuación del clero. Según relata, "el 9 de noviembre de 1935 hizo su entrada triunfal en Pamplona el nuevo prelado don Marcelino Olaechea Loizaga . Le tocó vivir los meses más intensos de la conspiración y el alzamiento militar. Aunque al clausurar unas Jornadas de Acción Católica en Pamplona (19 de enero de 1936), el prelado recomendó a militantes y propagandistas que evitaran hablar de política, e incluso que se guardaran de exaltar tanto a España 'que parezca que la Religión es un mero medio de sostener la Patria terrena', el 10 de febrero siguiente participó en un solemne acto 'de profundo sentimiento patriótico', celebrado en su palacio episcopal. Un grupo de jóvenes de la Sección Femenina, presidido por Josefina Arraiza de Goñi, y dos unidades falangistas vistiendo la reglamentaria camisa azul y formadas militarmente, fueron recibidas por el vicario general y Olaechea. Bendijo la bandera de la Falange Española; los fascistas besaron el anillo episcopal, recibieron la bendición, desfilaron marcialmente por el amplio pasillo, cantaron elCara al sol y rompieron filas (....)"

"Olaechea guardó silencio durante el primer mes de guerra -prosigue Jimeno Jurío-, rompiendo lo el 23 de agosto, fecha de la solemne procesión con la imagen de Santa María la Real por las calles ciudadanas y de un fusilamiento masivo en la corraliza bardenera de Valcaldera. La prensa publicó una exhortación pastoral invitando a los diocesanos a ofrecer limosnas generosas para quienes combatían 'por la causa de Dios y por España, porque no es una guerra (...) es una Cruzada, y la Iglesia (...), no puede menos de poner cuanto tiene en favor de sus cruzados'. Dos meses más tarde Falange Española celebró en Pamplona el aniversario de su fundación (22 de octubre), con una misa de campaña ante las autoridades y millares de asistentes. El prelado dijo en el sermón que profesaba 'cariño a la Falange por ser obispo, por ser patriota y por ser amante el obrero', rescata Jimeno.
"Durante aquel verano, trágico para millares de familias de campesinos pobres, habían acudido al palacio episcopal sacerdotes y seglares para exponerle el drama de las detenciones, encarcelamientos, ejecuciones y humillaciones impuestas a un sector de la población, solicitando su ayuda. Guardó un silencio tolerante. El pastor no tenía valor para dar la vida por sus ovejas perseguidas; reconoció que no tenía madera de mártir. Vires non habebat (no tenía fuerzas)" , según atestiguaron Marino Ayerra y el propio Iturralde.
"No alzó su voz hasta el 15 de noviembre, menguante ya la locura de las ejecuciones arbitrarias. Lo hizo ese día -recuerda el autor- en la parroquia pamplonesa de San Agustín, con ocasión de la imposición de insignias en favor de la Cruzada. En este discurso pidió que 'no se vertiera más sangre que la que quiere el Señor que se vierta, intercesora, en los campos de batalla para salvar a nuestra Patria, la decretada por los tribunales de justicia y no otra sangre'. Por entonces destinó una cantidad para socorrer a los niños a quienes había dejado huérfanos 'una justicia que cumple con su deber', explicaba José María Jimeno Jurío en su libro sobre la Navarra y la Guerra Civil editado por Pamiela.

Olite.La receta de un párroco que confesaba a las víctimas en lugar de a los verdugos

Olite fue un pueblo que padeció con gran crudeza la represión de 1936 con medio centenar de ejecutados. Al margen de la ideas políticas, la socialización de las tierras tuvo mucho que ver con esto. Curiosamente, dos sacerdotes marcan este periodo. El cura y sociólogo de Beire Victoriano Flamarique fue uno de los principales impulsores a principios de siglo de iniciativas sociales en favor de las clases trabajadoras y campesina: Caja Rural, Electra, Harinera de Navarra, Círculo Católico, Trilladora Sindical, Casa Infantil... Treinta años después, el párroco Antonio Ona , les pasaría factura . Según se recoge en el libro "Navarra 1936. De la esperanza al horror" editado por Altafaylla, muchos de los que iban a ser fusilados eran llevados antes ante él para ser confesados. En esos momentos se retrataba los dos. El joven Agustín Chivite , al ser presentado ante él cura le dijo: "Yo no me tengo que confesar, los que tienen que hacerlo es ésos que me vienen a asesinar". Julio Pérez , concejal de UGT, resultó malherido tras una penosa huida. Mientras estaba en el hospital, su madre, asidua al confesionario de Antonio Ona , intercedió ante su hijo aunque sólo obtuvo unas palabras que el párroco solía emplear en otros casos: "Mira hija, si lo matan ahora irá al cielo. Si no lo matan, volverá a la andadas y se condenará. ¿Qué mejor momento para morir que ahora que está confesado?" Ese mismo libro cuenta cómo Ona partió al frente donde "anduvo luciendo pistola y uniforme de campaña". Al poco tiempo fue nombrados canónigo de Pamplona y en 1956 ascendió a Obispo de Mondoñedo. También llegó a obispo, en este caso de Bilbao, Antonio Añoveros , que se limitó a esta labor de confesor en la matanza de las Bardenas, según relata Galo Vierge en su obra "Los culpables" (Pamiela). Otros textos también dedican un espacio a las actuaciones del luego cura de Obanos, Santos Beguiristáin, en Azagra. En el libro de Altayfalla se relata su participación activa en la lucha contra los vecinos republicanos y su afición a elaborar listas . Los fusilados (71) los catalogaba como "muertos por el peso de la justicia".

Egüés.El cura que delató al médico y que luego murió en sus manos

Igualmente paradójica resulta la historia del entonces párroco de Egüés. Al parecer, por una mera razón de disputa personal (el médico prefería ir a misa a otro pueblo de al lado con cuyo párroco jugaba a cartas) delató a este profesional llegado de Bilbao. Comenzada la guerra un día vinieron a buscarle a casa con una orden de detención. Se valió de su cargo para desplazarse a Pamplona y conocer en la Junta Militar el motivo de apresamiento. Allí logró saber que detrás de la denuncia estaba el cura, que estuvo a punto de dejar viuda y varios huérfanos. No obstante, el médico logró salvar la vida prestando sus servicios en el Hospital Militar. A la vuelta de los años, el cura enfermó gravemente. El médico se negó a atenderlo en solitario ya que, conocida la historia por todo el pueblo, se enfrentaba a una difícil tesitura: si moría podrían acusarle de dejarlo fallecer y si lo salvaba, estaba curando a su propio verdugo. Al final, pudo más la ética personal y profesional y exigió que le acompañara otro colega como testigo de su buena práctica médica.

Pamplona.Fermín Izurdiaga, el sacerdote falangista de las arengas

Un nombre propio en este ámbito de religiosos comprometidos con el nacionalcatolicismo es el de Fermín Izurdiaga (Pamplona, 1905 -1981). Sacerdote, poeta, orador y periodista fue falangista y fundador de "Arriba España" y de "Jerarquía .Revista negra de la Falange". En su primer ejemplar quedaba claro el ideario del periódico: ¡Camarada! Tienes obligación de perseguir al judaísmo, a la masonería, al marxismo y al separatismo. Destruye y quema sus periódicos, sus libros, sus revistas, sus propagandas. ¡Camarada! ¡Por Dios y por la Patria!
Tras la Guerra Civil, el diario continuó como divulgador de las consignas del falangismo. Izurdiaga participó en muchos actos de exaltación fascista y era conocido por sus encendidas alocuciones, como se puede comprobar en diversas fotografías comentadas por Víctor Moreno (Ramón La Pesquera) en sus libros publicados con la editorial Pamiela.

Milagro, Urbiola, Pitillas... El ejemplo contrario: curas de pueblo que defendieron a sus feligreses ante los franquistas

Entre lo que es el clero regular, según relata Jimeno Jurío, hubo comportamientos para todos los gustos. En términos generales había una posición contraria a la República que se tradujo en actuaciones concretas como esconder armas incluso en algunas iglesias o casas parroquiales (así lo confiesa el requeté de Leitza Lizarza) y hasta se formó una Junta Sacerdotal Carlista. Hubo también curas entre los que marcharon a Italia para formarse en el manejo de armas. Muchos sacerdotes acompañaron también a sus feligreses voluntarios de Pamplona el día 19 de julio "luciendo correajes y pistolas sobre sotanas o uniformes militares y marcharon al frente como capellanes". No obstante, también hay que destacar posturas valientes en diferentes pueblos de curas que defendieron a sus vecinos de las sacas. En algunos casos lo consiguen, en la mayoría, no y en otras acaban pagando ellos mismos.

Así, es curioso el caso del cura de Artajo (Lónguida) que estuvo a punto de se detenido por negarse a colgar la enseña rojigualda en el campanario. La decidida intervención del alcalde salvó su vida y la de otros tres jóvenes del pueblo. Victorino Aranguren, cura de Milagro, pidió públicamente la liberación de 21 presos del pueblo. Fue hallado muerto en su casa. Santiago Lucos Aramendía , de Pitillas, era abogado y republicano. Se refugió en Vitoria pero fue detenido y fusilado en el Perdón (Undiano) en septiembre del 36.

El drama personal de Marino Ayerra

El lumbierino Marino Ayerra padeció en su conciencia toda la dureza del drama de una Iglesia apoyando o mirando hacia otro lado en el caso de estos crímenes contra civiles. Desde su parroquia de Alsasua vivió de cerca toda la represión que afectó a una parte importante de esta población lo que le provocó una crisis personal y de Fe. Dejó el sacerdocio y Navarra. En Argentina publicó su confesión "No me avergüenzo del Evangelio" que levantó ampollas entre la clase eclesial dirigente. Por otra parte, en el otro lado de la historia, bastantes religiosos navarros fueron perseguidos por su afinidad vasquista. En Tafalla fue desterrado el rector del colegio Javier Vicuña. Pedro Martínez Chasco, natural de Oteiza y cura de Urbiola, fue amenazado y tuvo que huir al frente donde cayó muerto en 1938. Néstor Zubeldia (canónigo de la catedral de Pamplona) fue desterrado a Burgos y Luis Goiburu, párroco de Lodosa, estuvo preso. Las purgas afectaron también a bastantes capuchinos de Lekaroz, franciscanos de Olite y escolapios de Tafall