28 de enero de 2009

Los ricos se vuelven más pobres, los pobres desaparecen



Barbara Ehrenreich

Siempre buscando la parte positiva de los malos tiempos, me siento tentada a suprimir la “desigualdad de clase” de mi lista de inquietudes. Hace menos de un año, ésta era una de las mayores amenazas económicas que planeaba en el horizonte, e incluso la línea dura de los expertos conservadores se quejaba de que la riqueza estaba fluyendo hacia las cotas altas en una proporción alarmante, dejando a la clase media atascada con rentas estancadas mientras los nuevos super-ricos ascendieron a los cielos con sus aviones privados. Entonces la inestable —por tener tanto peso en la capa superior— estructura del capitalismo de EEUU empezó a tambalearse y ¡plas! toda la desigualdad desapareció del discurso público. Un columnista financiero del Chicago Sun Times acaba de anunciar que la recesión es un “gran nivelador”, que sirve para “democratizar la agonía”, así que todos estamos en peligro de convertirnos en “nuevos pobres…”.

Los medios de comunicación han estado lanzándonos cuentos lacrimógenos acerca del neosufrimiento de los nuevos pobres, o al menos de los hasta hace poco ricos: ¡Ejecuciones hipotecarias en Greenwich (Connecticut)! ¡Un nuevo colapso en el mercado de la cirugía estética! ¡Las ventas de aviones privados, a la baja! ¡Niemen Marcus y Saks Fifth Avenue [tiendas de diseño y de moda para ricachones. N. de los T.], contra las cuerdas! Leemos sobre medidas desesperadas, como tener que recortar dos horas a la semana el tiempo contratado con el entrenador personal. Las fiestas han sido canceladas; a los invitados a cenar se les ha ofrecido —¡oh, horror!— patatas al horno con chile. El New York Times relata la historia de una adolescente de Nueva Jersey, cuyos padres se han visto obligados a recortarle 100 dólares semanales de la asignación y de las clases de pilates [un tipo de gimnasia relajante. N. de los T.]. En uno de los más patéticos cuentos, la neoyorquina Alexandra Penney explica cómo perdió los ahorros de su vida con Bernie Madoff y ahora debe despedir a su criada de la limpieza de tres días a la semana, Yolanda. “Me pongo una clásica camisa blanca limpia cada día de la semana. Tengo cerca de 40 camisas blancas. Me hacen sentirme fresca y dispuesta a enfrentarme a cualquier batalla con la que deba luchar…” escribió; pero, sin Yolanda, “¿cómo voy a planchar estas camisas que me permiten sentirme como una modesta persona civilizada?”.

Pero los tiempos difíciles no están cerca de abolir la desigualdad de clase, como la toma de posesión de Obama tampoco está cerca de erradicar el racismo. Nadie conoce ahora aún si la desigualdad ha crecido o no a lo largo del último año de recesión, pero los precedentes históricos no son prometedores. Los economistas con los que he hablado (como el principal asesor de Biden, Jared Bernstein) insisten en que las recesiones son particularmente crueles con los pobres y la clase media. La economista canadiense Armine Yalnizuan dice: “la polarización de la renta siempre empeora durante las recesiones”. Tiene sentido. Si el mercado de valores ha reducido tus activos de 500 a 250 millones de dólares, probablemente tendrás que renunciar a la tercera o cuarta casa de vacaciones. Pero si acabas de perder un puesto de trabajo de 8 dólares la hora, lo que tienes por delante es perder el hogar.

Muy bien; soy periodista y sé cómo trabajan los medios de comunicación. Cuando un millonario reduce su consumo de crème fraiche y de caviar, has dado con una historia de interés humano. Pero publica la historia de un techador despedido que pierde su casa remolque, y te arriesgas a provocar un gran bostezo editorial. “Los pobres son más pobres” no es un título para atraer la atención, incluso cuando la evidencia es abrumadora. Las solicitudes de vales alimentarios, por ejemplo, están aumentando a niveles de récord histórico; las llamadas de una línea directa dedicada al hambre de un área del distrito de Columbia han escalado hasta el 248 por ciento en los últimos seis meses, y la mayoría de ellas, procedentes de gente que nunca antes había tenido necesidad de recibir ayuda alimentaria. Y por primera vez desde 1996, ha habido un repunte en el número de personas que buscan asistencia monetaria del TANF (Ayuda Temporal para Familias Necesitadas, por sus siglas en inglés), la versión anémica del bienestar, el residuo de la “reforma” del bienestar. Lástima para ellos, el TNAF es básicamente un programa de suplemento salarial basado en la suposición de que los pobres siempre serían capaces de encontrar un empleo, y que paga, como máximo, menos de la mitad del umbral de la pobreza federal.

¿Por qué las cuitas de los pobres y de la declinante clase media son más importantes que las minúsculas privaciones de los ricos? Dejando a un lado los argumentos de los socialistas de corazón blando, de tipo cristiano, ello es así porque la pobreza y el estrujamiento de la clase media son una gran parte de lo que nos ha llevado a este desastre. Solamente una cosa ha permitido gastar a los subricos en la primera década de este siglo, manteniendo así a flote a la economía, y fue la deuda: la deuda de las tarjetas de crédito, de los préstamos inmobiliarios con el hogar en prenda, de los préstamos automovilísticos, de los préstamos universitarios y, por supuesto, de las ahora famosas hipotecas “tóxicas” subprime, que fueron empaquetadas y despiezadas, “titularizadas” y comercializadas por el ancho mundo para ricos ávidos de inversiones de alta rentabilidad. La grandísima desigualdad de la sociedad estadounidense no fue sólo injusta o estéticamente desagradable; también creó una situación peligrosamente inestable.

Por lo que cualquier intento del gobierno para reflotar de nuevo la economía —y dejo al margen los intentos poco serios como los rescates bancarios y otros proyectos sociales de las empresas— tiene que empezar por abajo. Obama está comprometido a generar tres millones de nuevos empleos en proyectos “listos para la pala”, y esperemos que no sean todos empleos para jóvenes hombres con fuertes espaldas. Hasta que estos trabajos comiencen a funcionar, y en caso de que dejen fuera a los mayores, las madres solteras y los despedidos trabajadores de oficina, vamos a necesitar una política económica centrada en los pobres: más dinero para vales alimentarios, para Medicaid, para seguro de desempleo, y sí, también asistencia monetaria a lo largo de las líneas de lo que una vez fue el bienestar, de manera que cuando la gente se caiga, no sea directamente a la tumba. Para quienes piensan que “bienestar” suena demasiado radical, podríamos llamarlo un programa de “derecho a la vida”, el único en el que los objetos de interés ya han nacido.

Si esto suena políticamente inviable, considérese lo siguiente. Cuando Clinton recortó los vales de bienestar y de alimentos en los 90, los pobres eran aún un grupo marginal, sujetos a los estereotipos raciales y sexistas peor intencionados. Eran ociosos, promiscuos, adictos, vagos, según anunciaron los coros de expertos conservadores. Gracias a la recesión, sin embargo –¡ya sabía yo que aquí tenía que haber una parte positiva!— las filas de los pobres están hinchándose cada día con propietarios de negocios fallidos, con oficinistas, con corredores comerciales y con los que fueron por mucho tiempo propietarios de sus hogares. ¡Estereotipo, de qué! A medida que los pobres y los nuevos pobres de la hasta hace poco clase media se conviertan en la mayoría estadounidense, terminarán por ganar la influencia suficiente para lograr que sus necesidades sean satisfechas.