18 de febrero de 2009

Soñar con números. Sobre el impacto cultural y político de la crisis económica












Soñar con números. Sobre el impacto cultural y político de la crisis económica
¿Se está conviertiendo el desorden de los números en un desorden de las ideas y los estados de ánimo? El espíritu del capitalismo, ¿ha entrado también en crisis?
Jónatham F. Moriche

Desde siempre de un modo intuitivo, artístico o ritual, y de modo científico desde la aparición del psicoanálisis a finales del siglo XIX, la interpretación de los sueños ha sido fuente de conocimiento de nuestra estructura psicológica y cultural y del impacto que sobre ella ejercen las circunstancias que, individual o colectivamente, afrontamos. Recientemente, psicólogos y psiquiatras han dado la voz de alarma: los sueños de sus pacientes están empezando a llenarse de números, de hipotecas, de deudas, de créditos, de acciones, de estadísticas de paro, de fábricas cerradas, de deshaucios...

La crisis empapa también lo más hondo de la psique y el imaginario colectivos y da paso a una segunda ola del tsunami, que repercute el desastre económico en forma de desestructuración anímica y cultural. Los servicios de salud mental están reportando un enorme incremento de pacientes de una dolencia provisionalmente denominada "síndrome Z", de compleja y diversa sintomatología (abulia, hiperactividad, ansiedad, melancolía, desmoralización...) y que nace de una devastadora combinación de insatisfacción vital, presión competitiva, compulsión consumista, inestabilidad laboral... [2]. El consumo de psicofármacos se ha disparado a escala planetaria. El estrés crónico y el síndrome del "quemado" ("burn out"), que antes afectaban sobre todo a directivos y profesionales de alto nivel, se han convertido en epidemias de masas cuando el conjunto de la realidad económica, social y cultural se ha adaptado al ritmo desquiciado de las bolsas de valores y la sobreestimulación publicitaria. Como explica Franco Bifo Berardi, "demasiados signos, demasiado rápidos, demasiado caóticos" han extenuado la mente social y han creado las condiciones para "un derrumbamiento psíquico extraordinario" [3].

¿Se está conviertiendo el desorden de los números en un desorden de las ideas y los estados de ánimo, un desorden de los imaginarios colectivos y los consensos culturales? El espíritu del capitalismo, "el conjunto de creencias asociadas al orden capitalista que contribuyen a justificar dicho orden y a mantener, legitimándolos, los modos de acción y las disposiciones que son coherentes con él", como definen Luc Boltanski y Ève Chiapello [4], ¿ha entrado también en crisis? El desembarco de la desconfianza y el miedo en la playa distante y misteriosa de los sueños alerta de con qué profundidad pueden haber quedado en evidencia esos valores sociales que legitiman el sistema capitalista. El descrédito de la aristocracia neoliberal y de sus métodos de enriquecimiento es estrepitoso, y se contagia a una clase política absolutamente ineficaz, cuando no abiertamente cómplice, ante sus manejos, incluyendo a un aparato partidario, sindical y mediático de la izquierda paralizado y escindido entre las exigencias de sus principios y el peso de sus intereses. ¿Hay algo de cierto en los principios éticos y las normas legales que supuestamente rigen el mundo económico? ¿Tienen alguna capacidad la soberanía popular y las instituciones que la representan para plantar cara a los poderes empresariales y financieros? ¿A beneficio de quién actúan los gobiernos, las instituciones y sus recursos? Estas son las preguntas que corren hoy como la pólvora entre una ciudadanía a cuyo descontento e indignación la izquierda no consigue, y en ocasiones parece que ni siquiera pretende, poner voz.

Si la izquierda no da una respuesta, otros lo harán, ofreciendo como alternativa al fracaso de este sistema un sistema todavía peor. La hecatombe económica de 1929, y el masivo desencanto con el sistema que tuvo como consecuencia, arrastró a los alemanes a votar masivamente a Hitler en 1933, seducidos por una propuesta demencialmente supersticiosa, belicosa y racista, pero que conectaba eficazmente -casi como un psicofármaco- con la ansiedad y la desorientación provocadas por la inseguridad, el paro y la exclusión. En 2000, el pinchazo de la burbuja tecnológica y el reguero de gigantescas estafas empresariales facilitó en EEUU el acceso al poder a George W. Bush y su cohorte neoconservadora. Y ahora mismo, la crisis económica está despertando en toda Europa una poderosa onda de rancio conservadurismo, de xenofobia y racismo, de integrismo religioso. Muy singularmente en Italia, donde esa onda ha subvertido completamente los valores éticos (como dice el novelista Andrea Camilleri, los italianos votan mayoritariamente a Berlusconi no porque le crean inocente de las acusaciones de connivencia mafiosa y autoritarismo, sino porque las disculpan y, en el fondo, "querrían ser cómo él" [5]) y ha accedido al gobierno con los estremecedores resultados que estamos contemplando, ante la completa impotencia de una izquierda débil, dividida y desnortada. Pero también en Francia (donde Sarkozy ha endurecido su mensaje para seducir el voto de ultraderecha), o en Inglaterra (donde la ultraderecha se está haciendo un hueco importante en el gobierno de muchos pueblos y ciudadades)...

En todas partes, también en España, los bomberos pirómanos de la derecha y la patronal repiquetean cada día las propuestas más insensatas: supresión del salario mínimo, abaratamiento del despido, desmantelamiento de la legislación medioambiental, privatización de los servicios públicos... Es decir, más neoliberalismo para remontar el apocalipisis del neoliberalismo. Un disparate al que no escapan gobiernos nominalmente progresistas que, mientras con la mano izquierda regalan declaraciones de principios socialdemócratas, con la derecha se resisten tenazmente a cualquier reforma significativa. Si la izquierda no da la batalla de las ideas con algo más vibrante y esperanzador que un neoliberalismo amortiguado, si no propone un auténtico proyecto de ciudadanía con que sustituir a la colectiva pesadilla de los números, si no es capaz de canalizar en forma de movilización social y participación política el descontento y la indignación que hoy adormecen la prensa rosa, el fútbol, los cachivaches electrónicos, el botellón y los psicofármacos, la futura estabilidad que suceda a esta crisis puede ser una estabilidad terrible, con una sádica y desvergonzada ultraderecha berlusconiana encumbrada al puesto de mando de una sociedad crónicamente depresiva y desmovilizada, una sociedad de productores sumisos y consumidores histéricos sin apenas rastros de ciudadanía en su ADN, con sus lazos de solidaridad y participación empobrecidos y desnaturalizados por el miedo laboral y económico, y con su cultura y su memoria democráticas devastadas por el cinismo y la desconfianza generalizada ante cualquier manifestación de lo político. La pesadilla de los números puede arrastrar en su caída al sueño de la democracia, incluso en su más clásica y limitada acepción social-liberal, en favor de un nuevo sistema político, "un poco mafioso, un poco fascista, un poco televisivo, un poco imbécil, siempre brutal, siempre infame" (como retrata Antonio Negri [6] al régimen berlusconiano que sirve de heraldo europeo a esta temible onda regresiva). Estremecida por el estruendo de las cifras, y apocada ante el despliegue de impunidad y desvergüenza de grandes bancos, corporaciones multinacionales y demás déspotas del neoliberalismo, las multitudes ciudadanas, la izquierda política e intelectual y la fuerza de trabajo organizada no han presentado aún más que ocasionales, inconexos y muy tenues destellos de contestación a esta decisiva dimensión cultural y política de la imponente crisis sistémica que atravesamos, en la que a golpe de desastre se están forjando, ya veremos si en nuestro beneficio o para nuestra desgracia, las formas futuras de la convivencia social.

Insumisión. La resistencia que acabó con la mili





Javier Salas


Se cumplen 20 años de la primera declaración colectiva de insumisión, el más exitoso movimiento de desobediencia
Los pioneros de un mundo sin guerras son los jóvenes que rechazan cumplir el servicio militar", aseguran que dijo Albert Einstein. En España, los pioneros dieron su gran salto el 20 de febrero de 1989: 57 jóvenes objetores en busca y captura se presentaron ante las autoridades militares para reafirmar su negativa a realizar el servicio militar y su insumisión a la legislación de objeción de conciencia. Se cumplen dos décadas, por tanto, de la constitución de uno de los movimientos de desobediencia civil con más éxito, pues logró su objetivo final: acabar con la mili.

De aquellas historias de huelgas de hambre y penas de cárcel, ha pasado mucho tiempo, pero no están completamente olvidadas. Este mismo mes, un joven de Vilafranca del Penedès, David Sánchez, estuvo a punto de ingresar en prisión por su pasado como insumiso. Condenado a dos años de cárcel en el año 2000 por desórdenes públicos en una manifestación antifascista, estuvo a punto de ir a la cárcel por sus antecedentes por el delito de insumisión. Un delito que, según la legislación vigente, debía de haber sido cancelado de oficio como todos los antecedentes penales derivados de esa insumisión, incluso en el supuesto de sentencias ejecutadas. Aun así, a la magistrada del juzgado de lo penal de Barcelona le pareció oportuno servirse de estos antecedentes, ya inexistentes, para mandar a prisión al joven antisistema.

"Entre todos cumplimos más de mil años de cárcel", recuerda el primer insumiso

Los pioneros, víctimas de Franco

Aunque el primer insumiso español fue Antonio Gargallo Mejía, un testigo de Jehová que fue fusilado durante la Guerra Civil por rehusar integrarse en el ejército franquista, el movimiento insumiso español tiene sus orígenes en los últimos años del franquismo. En 1972, tuvo lugar el primero de los dos consejos de guerra a los que se enfrentó Pepe Beunza, el verdadero pionero. Él no alegó motivos religiosos, como hacían los testigos de Jehová: "Ellos esperaban la llegada del fin del mundo para resolver los problemas", recuerda Beunza, "pero se trataba de cambiar el mundo, aquí y ahora, no de esperar a su final".

Procesado por la legislación militar del franquismo, Beunza no tenía derecho a un alegato final que sí tuvieron sus herederos durante la democracia. Aun así, trató de leer un discurso ante el tribunal que le juzgaba. "Creo que estamos ante un signo de los tiempos, un signo beneficioso que ustedes no podrán frenar ni con cárceles ni con castigos", es una de las frases que Beunza no pudo declamar. Sólo le dejaron leer 15 líneas.

En 1998, el número de objetores superó por primera vez al de soldados de reemplazo

"Fue una lucha muy dura", reclama, "que yo viví por aquellos tiempos muy en solitario". El insumiso pasó casi tres años en distintas prisiones por su apuesta decidida por la resistencia no violenta en una época en la que "la lucha armada todavía estaba muy mitificada", recuerda.

La lucha iniciada en el 89 creó un movimiento de objeción de conciencia donde hasta el momento sólo había aislados mártires de la causa. "Entre todos, cumplimos más de 1.000 años de cárcel", asegura Beunza. Un esfuerzo humano de lo más generoso, el de los objetores, que logró recoger sus frutos para todos los demás ciudadanos mucho antes de lo imaginable.

Pasaron 16 años hasta que se aprobó la ley que reconocía el derecho a la prestación social sustitutoria. Una ley que no cubría las expectativas de los objetores más radicales, que se reconvirtieron en insumisos a esa regulación, pero sí las de la mayoría silenciosa hasta entonces de los españoles. En 1988, para atender a la primera hornada de objetores, Cruz Roja ofertó 500 plazas; diez años después, ya había más objetores que soldados de reemplazo. Aunque los planes para la definitiva profesionalización del Ejército estaban pensados para mucho más tarde, los responsables políticos y militares se vieron obligados a adelantarlo. "Se estuvo a punto de conseguir el sueño de todo antimilitarista: que no acudiera nadie a un reemplazo", recuerda Beunza entusiasmado.

La esperada reforma

En 1992, fue aprobada la Ley de Reforma del Servicio Militar, que remitía los casos de insumisión a la jurisdicción civil, pero que, en cambio, aumentaba las penas a 28 meses de cárcel. Fue a partir de entonces, a mediados de los noventa, cuando los insumisos se enfrentaron a un momento decisivo. Perico Oliver, profesor de historia contemporánea en la Universidad de Castilla-La Mancha, recuerda que el ministro de Justicia e Interior, Juan Alberto Belloch, trató de criminalizar el movimiento. "El PSOE, con Belloch al frente, intentó relacionar insumisión con ETA, con radicales abertzales, tratándonos con desdén y desprecio. Pero sólo éramos un grupo de antisistemas", dice Oliver.

El éxito de la objeción de conciencia se llegó a menospreciar desde el Gobierno llamándola "objeción de conveniencia", a pesar de que la propia Constitución recoge expresamente este derecho en su artículo 30.2: "La ley fijará las obligaciones militares de los españoles y regulará, con las debidas garantías, la objeción de conciencia, así como las demás causas de exención del servicio militar obligatorio, pudiendo imponer, en su caso, una prestación social sustitutoria".

En cualquier caso, los insumisos tenían un último as en la manga. Supieron jugar esa mano acumulando fuerzas a partir de otros movimientos sociales en crisis y apostando por valores pedagógicos a los que la sociedad no se podía resistir. La paz y la no violencia, frente a la mala imagen de un Ejército que en los años ochenta arrastraba una imagen demasiado relacionada con el franquismo, comenzaron sumar una jugada ganadora.

Con el paso de los años, fue al gobierno que presidió José María Aznar (PP) a quien le correspondió firmar la defunción definitiva del servicio militar obligatorio en España. La ciudadanía había dictado su veredicto mucho tiempo antes: el servicio militar no era más que "la puta mili" y el Ejército profesional, una necesidad apremiante por la falta de nuevas vocaciones.


Zaragoza: Movilización social y a través de Internet para evitar que se dé una calle a Escrivá





















Zaragoza: Movilización social y a través de Internet para evitar que se dé una calle a Escrivá
El fundador del Opus Dei actuó cerca del "franquismo", según la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica



Los grupos municipales de CHA e IU de Zaragoza han recaudado 2.000 firmas para evitar la iniciativa.



Crecen las movilizaciones sociales en contra de la decisión del alcalde de Zaragoza, Juan Alberto Belloch, de darle el nombre de Escrivá de Balaguer a una de las calles de la ciudad. Colectivos de vecinos, grupos políticos o entidades sociales (incluso de ámbito estatal y a través de Internet) están recogiendo firmas y apoyos o han criticado ya abiertamente la iniciativa por la relación del fundador del Opus Dei con el franquismo.



Después de las presiones recibidas, Belloch desistió finalmente de sustituir el nombre de General Sueiro por el de Monseñor José María Escrivá de Balaguer, decisión que ayer mismo aplaudió su propio partido. Sin embargo, hoy propondrá poner ese nombre al tramo que va desde la plaza de la Ciudadanía hasta la avenida Clavé, un vial de nueva creación. Las movilizaciones en contra de esta denominación, lejos de apaciguarse, han aumentado. Este fin de semana, IU y CHA (con el apoyo del Movimiento hacia un Estado Laico) recogieron más de 2.000 firmas rechazando esta decisión.


Además de las vías tradicionales de recogida de apoyos, los colectivos se están organizando en los nuevos espacios sociales de Internet, donde ya se ha creado un grupo específico para combatir la iniciativa de darle el nombre de una calle a Escrivá de Balaguer. Ya cuenta con más de 2.300 personas inscritas (en el portal de Facebook).



La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) criticó ayer la pretensión de Belloch de denominar una calle de la ciudad con el nombre de José María Escrivá de Balaguer, por considerarlo «franquista» y «colaborador de la dictadura». Además, aseguró que el fundador del Opus Dei «contribuyó a que el franquismo fuera un apartheid para las mujeres» y «por sus méritos fue condecorado» en dos ocasiones por Franco.