5 de abril de 2009

Recuerdos de 1939



Josep Fontana · · · · ·



El 25 de enero de 1939, a los 7 años de edad, descubrí de súbito cómo iba a ser la nueva España del general Franco en que me tocaría vivir. Ocurrió en Valldoreix, en las cercanías de Barcelona, donde mis padres me habían buscado alojamiento para mantenerme alejado de los bombardeos. Un soldado marroquí entró en la casa, fusil en mano, y se hizo abrir los armarios y los cajones para llevarse lo que le apetecía. Por suerte, tenía prisa –las tropas marchaban rápidamente hacia Barcelona sin encontrar resistencia– y la cosa no pasó de aquí. Pero era un anuncio de lo que iba ser nuestra vida en los años siguientes.

Dos días después, regresaba con mis padres a Barcelona. Era por entonces una ciudad desconcertada, con las calles llenas de uniformes militares, boinas rojas de requetés y camisas azules de falangistas, festejados por los miembros de la quinta columna que habían salido de sus madrigueras. Faltaban, en cambio, quienes habían partido hacia Francia en grandes caravanas: unos 200.000 fugitivos que, sin aquella oportunidad de huida, hubieran podido ser víctimas de lo que el general Dávila calificaba, en su bando de 26 de enero, como “el Consejo de Guerra permanente” que iba a empezar muy pronto la campaña sistemática de fusilamientos en el Campo de la Bota, donde fueron cayendo quienes habían cometido el error de pensar que, no teniendo delito alguno del que responder, no corrían peligro.


Ignoraban que la ley que se les iba a aplicar, el bando de la Junta de Defensa Nacional de 28 de julio de 1936, consideraba rebelión militar el hecho de no haberse sumado a su levantamiento. Para acabarlo de redondear, se publicó por entonces un estudio jurídico sobre el delito de “excitación a la rebelión”, que concluía que “la voluntariedad no es requisito indispensable para que se produzca plenamente”.

Cuando en julio de 1939 visitó España el conde Ciano, yerno de Mussolini, al que vino a recibir en Barcelona el cuñadísimo Serrano Súñer, se escandalizó ante la suerte de los reclusos que, dijo, “no son prisioneros de guerra, sino esclavos de guerra”, y señaló que, a los cuatro meses de acabada la Guerra Civil, todavía se seguía fusilando: “Sólo en Madrid, entre 200 y 250 al día; en Barcelona, 150; en Sevilla, una ciudad que no estuvo nunca en manos de los rojos, 80”.

El mismo día de nuestro regreso a Barcelona, el 27 de enero, el periódico La Vanguardia anunciaba a sus lectores que cambiaba su numeración para reemprenderla donde quedó el 19 de julio de 1936, repudiando todo lo que se había publicado desde entonces. Había que acomodarse a los nuevos tiempos.

Desde los primeros días, el periódico iba a ofrecer, para la reeducación de sus lectores, toda una serie de colaboraciones de intelectuales franquistas –Francisco de Cossío, Víctor de la Serna, Manuel Aznar…–, con textos de una retórica imperial que explican el estupor de Azaña en junio de 1939, cuando escribía desde el exilio: “Todas las informaciones que recojo prueban que, sin haberse retirado la ola de sangre, ya se abate sobre España la ola de la estupidez en que se traduce el pensamiento de sus salvadores. Por comparación, la CEDA era una asamblea de filósofos y poetas. El desastre para todo el país debe ser aún mayor de lo que yo me imaginaba y temía. Para cubrirlo, unos pedantes esquizofrénicos se encaraman sobre las ruinas acumuladas por los militares y vomitan palabras sin sentido. Quieren hacer un imperio vertical y azul. Todo lo ocurrido en España es una insurrección contra la inteligencia. Esto es peor que la depravación de los caracteres, que tanto me había hecho rabiar. Ahora el imperio español debe cambiar, como yo proponía hace 20 años, el animal heráldico del escudo y sustituir el león con una mula”.

Durante los meses siguientes, mi familia tuvo difícil la subsistencia. Mi padre, que era librero, se encontró con su establecimiento clausurado durante más de seis meses. El 14 de julio del “Año de la Victoria”, como consta en el acta de donde tomo estas informaciones, dos policías procedieron al “levantamiento del precinto” de la librería, con el único fin de que pudiera dedicarse a depurarla de “libros contrarios a las orientaciones espirituales y políticas del Nuevo Estado, y todos aquellos cuya venta haya sido prohibida por el departamento de censura”, además de comprometerse a entregar, en el plazo de tres días, todos los libros adquiridos “durante el dominio rojo” de los que no tuviera factura o recibo, lo que, para un librero de viejo que compraba lo que le ofrecían en la propia tienda, quería decir casi todo.

Tres días después, mi padre entregaba 17 paquetes y, el 2 de agosto, “se procedía a levantar la clausura de su establecimiento, y se le autorizaba a reanudar sus operaciones habituales de compra y venta de libros de lance”, sujeto a condiciones como a la de retener resguardos de todas las compras o ventas que hiciera “cuyo importe exceda de 15 pesetas”, con el detalle preciso de todos los libros comprados y vendidos.

Lo cual no le ponía al abrigo de otras formas de saqueo, que prosiguieron durante años. Conservo, entre otros, un papel del 16 de agosto de 1944 que acredita que el agente Juan Luis Martínez Palomero “retira el libro titulado La lucha contra el demonio, de Stefan Zweig” vaya usted a saber por qué. O de otras formas de intimidación, como la de un individuo que, vistiendo la camisa azul de Falange y con pistola al cinto, le convenció de que le convenía subscribrise al semanario Destino.

En 1939, aprendí, a los 7 años de edad, que me iba a tocar vivir en una España que, como resultado del triunfo de una insurrección contra la inteligencia, combatía la libertad cultural y se defendía del peligro de los libros censurándolos y destruyéndolos.

La hora final de un miembro de la gusanera:Carlos Alberto Montaner





Raúl Gómez

La noticia no pudo llegarle en momento más inoportuno. En vísperas de cumplir los cada vez mas temidos 66 años de vida, el periodista hispano cubano norteamericano Carlos Alberto Montaner, recibió la noticia de que la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de los Estados Unidos planea dejarlo fuera de sus nominas, luego de haberle servido como “activo de prensa” durante toda una vida.

En efecto, toda una vida. Fue precisamente en el mes de abril de 1962, hace ahora 47 años, cuando Carlos Alberto aceptó trabajar para la CIA “hasta la caída del comunismo en Cuba”. A ello contribuyeron de manera significativa José Ignacio Rasco y Rafael “Warry” Sánchez, dos curtidos anticastristas que ya trabajaban para la Agencia, quienes realizaron el estudio y la caracterización de aquel joven que acababa de cumplir sus 19 años. Por coincidencia o ironías de la vida, años mas tarde, la casa clandestina de la CIA en Miami, en la que se produjo el reclutamiento de Carlos Alberto, se convertiría en vivienda del propio Rasco.

Cabe la pregunta ¿Por qué la CIA dejaría cesante a un “activo de prensa” tan experimentado y supuestamente valioso como Carlos Alberto Montaner?

Lo cierto es que su abierto compromiso con las políticas fallidas de los Estados Unidos de George W. Bush lo invalidan para jugar un papel efectivo y constructivo en la nueva política que proyecta la administración Obama para Latinoamérica. Hoy por hoy, no conecta, ni tiene química con prácticamente ninguno de los presidentes latinoamericanos en el poder; y no es recibido por ningún presidente de la región desde la década de los noventa –hace mas de quince años— cuando él soñaba con que Fidel Castro le llamaría por teléfono para pactar la transición cubana.

Por otro lado, su defensa a cal y canto del mantenimiento del más férreo embargo contra Cuba y su oposición a cualquier paso en la dirección de normalizar las relaciones entre Estados Unidos y Cuba; y el abierto rechazo que genera su figura tanto en el gobierno como en la población cubana, lo convierten en un outsider en la agenda de Obama y en sus planes de revisar la actual política de Estados Unidos hacia la Isla.

Sin embargo, la gota que precipitó la decisión de la Agencia podría estar asociada a las recientes elecciones presidenciales en El Salvador, donde quedó claramente demostrada la inutilidad de la política de miedo –de la cual Carlos Alberto fue durante 20 años un devoto ejecutor— y la escasa influencia que tienen hoy sus artículos sobre la población, particularmente sobre los jóvenes, de ese pequeño país centroamericano.

Para colmo de males, Carlos Alberto tampoco logra una comunicación efectiva con el joven y eficiente equipo del que se ha rodeado el actual presidente del Partido Popular Español, Mariano Rajoy, encabezado por María Dolores de Cospedal, que lo ve como un lastre, poco menos que como un apestado, por su vinculación anterior con el terrorismo y por su entusiasta alineamiento con la figura y las políticas del ex presidente José María Aznar y con las de George W. Bush.

Carmelo Mesa Lago, una de las cabezas económicas mejor amuebladas del exilio anticastrista, me dijo hace casi una década, en un evento en la Universidad de Miami, que los artículos en que Carlos Alberto se aventuraba a dictar cátedra sobre economía o a enumerar recetas neoliberales para todos y cada uno de los presidentes latinoamericanos, carecían de todo rigor científico y no tenían ningún valor agregado. El rotundo fracaso del neoliberalismo, del que Carlos Alberto era un alabardero, y el desprestigio que como periodista acusa actualmente en la región, parecen darle la razón al profesor Mesa Lago. Pero, sin dudas, el tema que le ha causado mayor desgaste –y en eso lleva buena parte de culpa la propia CIA que le suministraba información falsa con la que Carlos Alberto hacia luego sus artículos— ha sido el de la salud de Fidel Castro. Irónicamente uno de los anticastristas que posiblemente haya contribuido más a la consolidación de la Revolución Cubana y a la larga permanencia de Fidel Castro al frente del gobierno haya sido Carlos Alberto Montaner. Sus constantes artículos donde presentaba a Castro poco menos que en las últimas sin dudas contribuyeron a adormecer a los cubanos de dentro y de fuera de Cuba y a crearles falsas expectativas con la esperanza de su inminente muerte. Recientemente, en uno de los recesos del evento Globalización y problemas del desarrollo que tuvo lugar en La Habana, le pregunte a Lázaro Barredo, actual director del diario Granma y uno de sus antagonistas más reconocidos, por Carlos Alberto; su respuesta con sorna y a tono con los debates del evento fue: “es un papagayo viejo y enfermo que ya no puede aprender frases nuevas, y en America Latina se cotiza cada vez mas a la baja”. En mi modesta opinión, la peor desgracia que aqueja a Carlos Alberto como periodista es que no consigue generar ideas nuevas; está como prisionero en un puñado de frases hechas y lugares comunes, con los que logro escapar en décadas anteriores, pero con las que no consigue ahora conectarse con la juventud del continente, ni del mundo. Dicen, no me crean, que hasta su propia nieta Claudia, tan inteligente e irreverente como su madre, cuando Carlos Alberto le da a leer alguno de sus artículos, sin terminar la lectura le tiende una emboscada diciéndole: “abuelo, mándamelo a mi iPod touch donde lo puedo leer mejor…”.

Para colmo de males su salud está cada vez más renqueante y su hija, Linda, vive angustiada de pensar que su padre pueda dejarnos antes que lo haga Fidel Castro. Hace apenas unos días, un amigo común del doctor Antonio Guedes y mío me contaba de la creciente preocupación del galeno por los cada vez más frecuentes espasmos cardiacos que esta sufriendo Carlos Alberto. Según Guedes, el último le sobrevino el pasado 19 de marzo, mientras leía un cable de Europa Press donde se anunciaba que el presidente costarricense, Don Oscar Arias, anunciaba la reanudación de las relaciones diplomáticas entre su país y la Cuba de Raul Castro.

Por todo lo anterior, no se extrañe si un día, mientras pasea con sus hijos o sus nietos por ese pulmón verde de Madrid que es el parque de El Retiro, usted se lo encuentra abrazado a un sauce llorón, platicándole sus desgracias y susurrando una jerga machacona, repetitiva e inextricable, de la que sólo se consigue entender “Castro esta muy enfermo” (…)“Castro esta muy enfermo”.

Irónicamente, una de las pocas cosas serias que escribió Carlos Alberto en su libro de fabulas sobre Estados Unidos titulado “200 años de gringo”, ha venido a revelársele con inusitada crudeza. Escribía entonces Carlos Alberto: “la sociedad norteamericana es muy competitiva; todos quieren estar con los winners, no con los losser”. Tal vez eso logre explicar, aunque solo sea en parte, por que la Agencia se dispone a cesantearlo. Nada, que a todos nos llega en algún momento la hora final, aunque Carlos Alberto –por llevar mas de 35 años pregonando infructuosamente la hora final de Castro— se resista a acreditarlo.