6 de abril de 2009

GRACIAS, PERALTA-AZKOIEN (único pueblo,de los 22, que votó en contra del convenio Junta de Bardenas -Ejército Españo)




AIC-ASAMBLEA DE IZQUIERDAS DE CAPARROSO
De los 22 pueblos y entidades cogozantes tan solo un pueblo con una candidatura popular de izquierdas votó en contra del convenio Junta de Bardenas- Ejército español. Tan solo un pueblo de 22 defendió a sus convecinos y a los de los demás vecinos de los demás pueblos cogozantes y cosufrientes de un polígono de tiro por nadie deseado mas que por las altas esferas de los grandes partidos estatales y sus apéndices , ahora escindidos.
Si 11 de estos entes te hubiesen seguido el otro día no hubiera sucedido este , por casualidad , accidente en tierras bardeneras , tan cerca de las poblaciones colindantes como del polígono de tiro . Exclusivamente la suerte , la buena potra , no la “pericia” del piloto ha hecho que no cayese en uno de estos pueblos.

¡Tantas veces sobrevuelan a baja altura sobre nuestros pueblos ! .“ Este es nuestro patrimonio. No dejéis meterse en él ni al Gobierno ni al Parlamento “, Gayarre dixit. Nuestro patrimonio es el uso y disfrute , aún de usos no contemplados el las ordenanzas , la propiedad es y debe ser de todos los navarros .
Voy a exponer el caso de Caparroso . El la reunión de la Agrupación socialista se toma la decisión de no renovar el Convenio con Defensa . En las conversaciones con AIC PSN-PSOE para apoyarle a la alcaldía se llegó al acuerdo de realizar una consulta popular vinculante , no se ha llevado a cabo . En el Pleno municipal 2 concejales socialistas se abstienen ,otros 2 en contra , la alcaldesa a favor ,UPN a favor y Asamblea de izquierdas de Caparroso en contra . El voto en Bardenas fue positivo . Todo democrático . ¿ Quién manda , la alcaldesa o los dirigentes en Pamplona-Iruña ?
Se nos presenta que un agricultor de Arguedas rescató al piloto llamando al 112 como si fuera una hazaña. Entonces ¿ para qué está el acuartelamiento del polígono ? , ¿ no deberían haberlos rescatado ellos ? . El 112 pone en contacto al agricultor con el piloto y este lo encuentra . Inaudito .Parece que no tienen ningún plan de salvamento rápido para sus pilotos y quieren hacernos creer que lo tienen si ocurre un accidente grave en uno de los pueblos . Recordar que la trayectoria del avión era hacia Caparroso pero una ladera lo detuvo . La “ pericia “ del piloto se terminó cuando saltó del aparato .
Ha sido una desagradable retorno de las vacaciones en Canarias . Lo que no sé si en todos los viajes a lo largo de los parques naturales del mundo que han realizado han visto en su interior un polígono de tiro . Les daría más exotismo.
En junio comenzará su andadura en Albacete la escuela europea de pilotos miliares y ¿donde se entrenarán con sus aviones ? . Está claro .
Al Sr Gayarre no se le permitió entrar en la zona del accidente , un lugar fuera del polígono . ¿ Les alquilaron toda la Bardena ?
Es aún tiempo de replantearse el Convenio , celebrar un referéndum vinculante en cada pueblo y terminar con este polígono de tiro.
Gracias UPEI , en esto sois un ejemplo a seguir
AIC-ASAMBLEA DE IZQUIERDAS DE CAPARROSO

Después de haber permanecido fuera de las librerías durante mucho tiempo, la célebre trilogía sobre Trotsky de Deutscher en España





Pepe Gutierrez



Después de haber permanecido fuera de las librerías durante mucho tiempo, la célebre trilogía sobre Trotsky de Deutscher está al alcance de sus lectores. Una idea de su importancia nos la puede dar esta reseña de E. H. Carr.

Ha pasado más de medio siglo de la primera edición inglesa (1954), un tiempo más que suficiente para confirma lo que se ha venido diciendo desde siempre, a saber, que estamos delante de una obra maestra, una de las cumbres de las biografías de un personaje político tan controvertido como León Trotsky…Esta trilogía fue uno de los títulos inexcusable de la generación de los sesenta-setenta, y ya había abierto camino para una revalorización de un revolucionario que había resultado por una montaña de perros muertos.


La tragedia de Trotsky 1. El vencedor

De las tres grandes figuras que iluminan el panorama de la revolución rusa, Trotsky es la más descollante y la más dramática. Puede decirse que Lenin y Stalin, cada cual a su modo, y en una esfera concreta, contribuyeron de manera más destacada al proceso histórico Pero los dos sometieron sus personalidades a la forma y estilo de la revolución, fundiéndose con ella, y participando en los acontecimientos históricos que van asociados a sus nombres, de forma que sus biografía5 poco más pueden ser que una sección de la historia de su época. Trotsky escribió más a menudo y más elocuentemente que ninguno de los dos sobre el papel del individuo como el agente de una historia que él gustaba encarnar. Pero la carrera de Trotsky aclara mucho más sobre lo individual, lo excéntrico, lo inexplicable. Su personalidad es más acusada, más contradictoria, más compleja —en cierto sentido, incluso, más atractiva por sus cualidades y sus defectos que las de sus camaradas rivales, en la gran empresa de la Revolución rusa. Fue esta vívida cualidad la que hizo de Trotsky, según el sentir común, un gran orador. Incluso en sus escritos, su brillante, en ocasiones demasiado retórico, estilo eclipsaba la prosa poco imaginativa de los otros líderes de la revolución.

Todo ello lleva a mostrar que Trotsky es el personaje ideal para una biografía. La obra de Deutscher The Prophet Armed 1, es más penetrante y aguda que su primitiva biografía de Stalin, a pesar del dramatismo de ésta y de lo insustituible que todavía es. El libro citado en primer lugar presenta la ventaja de que el autor, aún sin dejar de ejercer su juicio crítico, siente una fundamental simpatía por Trotsky, tan notoria como notoria era su antipatía por Stalin. Mucho más que su predecesora, es también una obra de investigación original. Es la primera vez que se han utilizado en medida suficiente los Archivos Trotsky, todavía no publicados, de la Houghton Library de Harvard. Por otra parte, hasta ahora sólo contamos con el nudo torso de toda la obra. El volumen presente se detiene en 1921, cuando Trotsky se halla aparentemente en la cúspide de su carrera, y la salud y la fuerza de Lenin se mantienen incólumes. En su prólogo, Deutscher habla de «la tragedia verdaderamente clásica de la vida de Trotsky, o mejor aún, de una reproducción de la tragedia clásica en términos de política moderna». Los años trágicos todavía no han llegado; y la nueva entrega, o entregas, se esperará ansiosamente, porque a uno apenas puede bastarle si es que, como existen grandes esperanzas al respecto, la biografía tiene que verse acabada con la misma altura con que se inició.

El título del volumen viene sugerido por un pasaje de El Príncipe, en donde Maquiavelo, hablando de los obstáculos a los que ha de hacer frente el innovador que se esfuerza por «tomar la delantera en la implantación de un nuevo orden de cosas», observa que «todos los profetas armados han conquistado, y los desarmados han sido destruidos». Como el mismo Deutscher confiesa, es asimismo posible aducir razones en contra del texto. Las victorias del bolchevismo y las victorias personales de Trotsky apenas puede decirse que fueran conseguidas gracias a las armas. En recursos materiales y en armamento, las ventajas estaban siempre de la otra parte; y el logro de la revolución consistió en que consiguió su fuerza en contra de esas aparentemente superiores condiciones. Pero es cierto que Trotsky aparece a través de todo el período que comprende este volumen como el profeta victorioso, como el héroe conquistador. Los tres grandes hitos de esta parte de su carrera son: su jefatura en la revolución de 1905, cuando a los veintiséis años de edad se erigió en la figura dominante del autoproclamado Soviet de Petersburgo; su principal papel en los preparativos militares de la Revolución de Octubre de 1917; y su organización del ejército rojo, en la guerra civil.

El papel de Trotsky en la revolución de 1905, fue sobresaliente, presentando un doble aspecto, práctico el uno y teórico el otro. Su determinación y su elocuencia en las reuniones del Soviet y en su subsiguiente proceso ante un tribunal zarista, fueron factores de primera importancia para levantar la autoridad y el prestigio del Soviet, y para crear un mito revolucionario cuyo poder iba a quedar demostrado en el momento culminante de octubre de 1917. Tanto en 1905 como en 1947 fue Trotsky, no Lenin, el protagonista de la idea del Soviet, y dio forma a un espontáneo florecimiento de agrupaciones informales, asambleas democráticas de trabajadores industriales. Para Trotsky, aunque no para Lenin, los soviets constituían su principal plataforma y no el partido. Para Trotsky, los soviets, desde 1905 en adelante, constituían el símbolo de la revolución, y no se hizo bolchevique hasta 1917.

Sin embargo, fue el papel de Trotsky en 1917 quien demostró ser el más decisivo históricamente y el que desde entonces se ha visto sometido a la máxima distorsión y controversia. Al describir las medidas y las decisiones que llevaron al victorioso coup revolucionario de Octubre, no es cómodo mantener recta —con la mayor imparcialidad del mundo— la balanza entre Lenin, todavía oculto y emergiendo de cuando en cuando para exhortar y animar al comité central del partido por carta o mediante subrepticia visita a Petrogrado, y Trotsky, presidente del Soviet de Petrogrado y de su comité revolucionario militar, comprometido, casi en franco desafío al gobierno provisional, en los preparativos prácticos de la insurrección. No es sorprendente que entre dos hombres tan diferentemente situados en ambientes políticos tan distintos, aunque inspirados entonces por un objetivo idéntico y un sentido de la urgencia igualmente imperativo, hubiesen surgido diferencias de opinión en cuestiones de fechas y tácticas. Unos cuantos años después de 1917, cuando los recuerdos todavía estaban frescos, el mismo Stalin rindió tributo al papel de Trotsky como organizador de la revolución. Posteriormente ese papel fue lentamente minimizado hasta eliminar a Trotsky totalmente de la escena en las modernas historias oficiales de octubre de 1917, o apareciendo únicamente como si hubiera tratado de retrasar o sabotear los bien trazados planes de Lenin y Stalin. No es el cometido del biógrafo de Trotsky minimizar los fallos de su héroe. Pero Deutscher, quien también tiene proyectada una futura biografía de Lenin, escoge su camino a través de este espinoso camino con tacto y discreción. En la consecución de la victoria de octubre de 1917, hay sitio tanto para Lenin como para Trotsky.

El tercer episodio en el que fueron destacados e irreemplazables los servicios de Trotsky a la revolución fue la organización y dirección de la acción militar soviética, en la guerra civil. La desintegración del ejército zarista había sido parte necesaria de la revolución, no meramente un subproducto casual, sino uno de sus esenciales objetivos. La inevitable consecuencia había quedado de manifiesto en la debilidad de la línea de conducta soviética en Brest-Litovsk, y de la resistencia soviética a posteriores incursiones alemanas. Trotsky atacó intrépidamente el problema en la primavera y el verano de 1918, en medio de los primeros rugidos de guerra civil y contrarrevolución. Frente a la oposición de sabihondos militares del partido, que hablaban todavía en términos de partisanos y milicianos bajo un jefe elegido, Trotsky se dedicó a crear el núcleo de un nuevo y centralizado ejército rojo, llamando en su ayuda a antiguos oficiales zaristas para que lo instruyeran y lo mandaran. Paso a paso, reconstituyó una fuerza capaz de hacer frente y derrotar las toscas levas de los generales blancos. Fue una hazaña de genio organizativo a la que no sólo Lenin, sino más de un destacado general alemán del momento, rindieron franco tributo.

En la estrategia de las campañas de la guerra civil, el papel de Trotsky fue menos sobresaliente, y sus éxitos más dudosos. Uno de los notables méritos de la biografía de Deutscher es que por primera vez ha desenredado con la ayuda de los Archivos Trotsky las principales hebras de una historia deliberadamente confusa y oscurecida por las posteriores recriminaciones estalinistas. Que Trotsky cometió errores, que acertada o equivocadamente, más de una vez no fue escuchado, y que Lenin se esforzó coherentemente en mantener el difícil equilibrio entre él y Stalin,
a fin de no perder los servicios de uno u otro de aquellos indispensable lugartenientes, queda bien sentado en el relato. Lo que quizás sea sorprendente es que la victoria hubiera acompañado a un ejército cuyos jefes supremos se hallaban indispuestos entre sí. Trotsky merece ser aclamado en toda justicia como el vencedor a de la guerra civil, pero en virtud de sus habilidades de organizador y de la inspiración que el ejército rojo extrajo de su magnetismo personal, más que de su dirección de las operaciones mili tares. En general, es de advertir el escaso fundamento del cargo que se le imputaba respecto a que pretendía convertirse en un Napoleón.

En razón de su historial de triunfos, Trotsky podía haber entrado en las páginas de la historia, sobre todo, como un hombre de acción. Pero Trotsky era un marxista que creía en la unidad de teoría y práctica; y sus contribuciones a la teoría y a la historiografía de la revolución, de ningún modo fueron el aspecto menos notable de su obra. Muchas veces en el transcurso de su rica y varia carrera trató con intuición extraordinaria de los acontecimiento y fenómenos revolucionarios, aunque, llegado el momento no siempre supo cómo sacar provecho de sus propios análisis y predicciones. «El método de Lenin», escribió en 1904, en plena escisión entre bolcheviques y mencheviques, después del segundo congreso del partido, «lleva a lo siguiente: la organización del partido sustituye al partido en su conjunto; a continuación, el comité central sustituye a la organización; y finalmente, un solo dictador sustituye al comité central». Piénsese lo que se quiera de éste a modo de veredicto sobre el partido al que el mismo Trotsky se uniría trece años más tarde y le serviría durante diez, constituyó una observación sobremanera aguda acerca de un fenómeno que, por el momento, se hallaba sólo en germen.

La mayor contribución de Trotsky a la doctrina del partido, fue la así denominada teoría de «la revolución permanente» —una frase que tomó prestada de Marx, pero a la que dio un nuevo y particular sentido ideado para reflejar y aclarar las condiciones rusas. Convencido del fracaso de la clase media rusa y de sus políticos liberales, el resultado de la super-rápida y artificial expansión de la industria rusa bajo el doble impulso de los pedidos estatales y los préstamos exteriores, Trotsky vio, antes que ningún otro dirigente revolucionario, las dificultades que llevaba consigo la aplicación en Rusia del esquema marxista, esquema derivado del examen de las condiciones occidentales y de una revolución burguesa conducente por inevitable y espontáneo desarrollo del proceso a la futura revolución proletaria. En Rusia, la burguesía no era, ni nunca podría ser, lo suficientemente poderosa para hacer la revolución. La experiencia de 1905, convenció a Trotsky de que los trabajadores no esperarían más una revolución que no acababa de llegar. En Rusia, vaticinó, el obrero se encontrará encaramado en el poder «antes que su amo» y se verá obligado a completar las revoluciones burguesa y proletaria del proyecto marxista en una sola e ininterrumpida operación. Se trataba de la doctrina que, si no formalmente al menos en esencia, se hallaba subyacente en las célebres «tesis de abril» leninistas de 1917 y que señalaron el camino para la toma del poder en el mes de octubre.

Durante toda su carrera, Trotsky siguió haciendo gala de esos misteriosamente acertados presentimientos sobre el porvenir. Ya en 1908 predijo con toda exactitud las dudas sobre el curso futuro del partido, que desbordaría a muchos —si no a la mayoría— de los dirigentes bolcheviques cuando la revolución de febrero les planteó la cuestión concreta de su actitud ante el así llamado gobierno burgués. Fue el fundador del Ejército rojo para la defensa de la «patria socialista». Fue el primer defensor de la «imposición» en gran escala del trabajo. Esbozó la NEP un año antes de que se convirtiera en un plan de política económica llevado a la práctica. Desde los primeros años 1920 fue un incansable propugnador de la planificación nacional, considerada por aquel entonces con cauta reserva por más de un líder, sin excluir a Lenin. Sin embargo, se equivocó totalmente en una cuestión de decisiva importancia y, aunque su error fue compartido al principio por los demás bolcheviques de cierto peso, fue el que más lentamente abandonó sus ilusiones y el que más se resistió a emparejar su camino con la amarga realidad.

Trotsky participaba apasionadamente de la común convicción de que la revolución proletaria, aunque pudiera estallar primeramente en Rusia, se extendería rápidamente a Europa y especialmente por Alemania, y que, a menos que así fuera, la revolución rusa no podía confiar en sobrevivir por sí misma. «La guerra europea», escribía ya en 1906, «significa inevitablemente revolución europea». Para Trotsky, la revolución rusa, a no ser que se la plantease como parte integrante de una revolución mundial, le parecía tan sin importancia y tan sin sentido como cuando Marx consideraba una revolución que no triunfara también en Inglaterra «una tormenta en un vaso de agua». En marzo de 1917, conjurando por un momento la visión de una revolución rusa que no se extendiera a Alemania, decidió que «no necesitamos devanarnos los sesos con una hipótesis tan improbable». Y siguió creyendo —lo que no era una convicción absurda ni disparatada— que si en Alemania falló la revolución proletaria durante el invierno de 1918-19 se debía tan sólo a que carecía de un partido comunista organizado y de unos jefes decididos. Lo más singular es que Trotsky cifró casi exclusivamente sus ilusiones en Alemania fue uno de los que se opusieron al intento de exportar la revolución a Varsovia al filo de las bayonetas soviéticas, en el verano de 1920. Pero el mes de octubre de 1923 le halló una vez más —la última— convertido en apasionado creyente en la inminencia de la revolución alemana. A los adversarios de Trotsky, les fue muy fácil —aunque en sustancia injustamente —colgarle la etiqueta de aventurerismo revolucionario en Europa bajo la apariencia de «revolución permanente»; por lo demás, Stalin le segó brillantemente la hierba bajo los pies con la doctrina de «el socialismo en un solo país».

Si, no obstante, buscamos a modo de anticipación, en este volumen de Deustcher los síntomas precursores de la caída de Trotsky, los hallaremos no tanto en su error de juicio sobre los acontecimientos como en su equivocado juicio acerca de las personas. Por regla general, Trotsky parece haber tenido un señalado éxito en la elección de sus subordinados y en ganarse su fidelidad: pocos le abandonaron incluso cuando la fidelidad se hizo azarosa o funesta para sus futuras ilusiones. Pero esto no bastaba. Un gobernante debe saber cómo escoger y componérselas con sus subordinados, obteniendo lo mejor de cada uno; un político debe saber cómo tratar a sus iguales. Quizá Lenin pusiera el dedo en la haga cuando en el «testamento», criticaba a Trotsky por estar «demasiado atraído por el aspecto administrativo de los asuntos». Trotsky nunca se sintió completamente a gusto con aquellos a quienes consideraban sus inferiores intelectuales, pero a los que sin embargo había de tratar como iguales. El cargo más común contra él era el de su soberbia —lo que Lenin denominaba más cortésmente «desmedida confianza en sí mismo»—. Pero en cuanto político —utilizando el término para marcar la diferencia, por un lado, del gobernante, y por otro, del pensador político y hombre de ideas— Trotsky nunca parece haber desplegado esta confianza en sí mismo. En la práctica titubeó demasiado a menudo, cambió de postura (como en la controversia de Brest-Litovsk), desalentó a sus seguidores cediendo donde todos esperaban que se mantuviera firme, y fue obstinado donde la obstinación era ya inútil.

Esta falta de tacto y de conocimiento de las personas que actuaban dentro de su misma esfera y ambiente, se puso claramente de manifiesto en su actitud inicial frente a Lenin y Stalin. Durante el período anterior a 1917, cuando Lenin iba ganando paso a paso la consideración indiscutida de jefe de la facción bolchevique, Trotsky seguía tratándole como a un abogado quisquilloso y trapacero. Lo curioso no es que en el calor de las discusiones entre bandos distintos incurriera en claras injusticias (lo mismo hacía Lenin), sino que no parecía tener idea alguna de la talla del futuro artífice de la revolución. Más fácil es entender, en una fase más avanzada, su desdén por Stalin, pues, al principio, esta era la idea que predominaba en el partido. Pero incluso en 1923 y 1924, cuando Zinoviev empezaba a dar claras muestras de sentirse alarmado por el monopolio estaliniano de la dirección de la maquinaria del partido, y el testamento de Lenin comenzaba a interpretarse como un alarmado toque de atención, Trotsky seguía obstinadamente ciego respecto al extraordinario poder y talento del hombre que en el período subsiguiente tendría entre sus manos los destinos del partido y de Rusia.

Dadas las cualidades de Trotsky, quizá el rasgo más destacado de toda su carrera fuese la forma en que desde 1917 hasta la enfermedad y muerte de Lenin, apoyara sin reservas su jefatura y se plegara, sólo porque Lenin las hubiera aprobado, a las decisiones a las que él se había opuesto tan intransigentemente. La relación de este período entre dos hombres que se habían atacado sin desmayo y se habían maltratado entre sí durante más de diez años dice mucho en favor de ambos; la popular leyenda de «Lenin y Trotsky» como dirigentes gemelos de la revolución tiene una firme base en los hechos. Pero la voz cantante era, en última instancia, la de Lenin —y no sólo porque el partido escuchara a Lenin, allí donde no escucharía a Trotsky, sino por razón del singular carácter de la relación personal entre ellos. Como los acontecimientos iban a mostrar, Trotsky se hallaba indefenso, como político, sin Lenin, mientras que para Lenin, Trotsky era tan sólo el primero de sus ayudantes. Pero en el funcionamiento de su relación, Trotsky tenía la supremacía en la ejecución y en ocasiones también su opinión era decisiva. A los ojos del público su papel parecía mayor de lo que era en realidad, llegando en ocasiones, especialmente en el extranjero, a eclipsar el de Lenin.

El primer volumen de Deutscher muestra a un Trotsky llegando a la cumbre de su triunfo. Su último capítulo, titulado «La derrota en el período de la victoria», presenta al protagonista «hundiéndose» en la tragedia de la pérdida de la ilusión por una democracia proletaria y en la aceptación de la militarización del trabajo, como objetivo político permanente. La tragedia de Trotsky viene así a ser el reflejo de la tragedia del régimen bolchevique. Sin duda el tema habrá de ser todavía más elaborado en ulteriores capítulos, por lo que el juicio final habrá que suspenderlo hasta entonces. Es esta una biografía de gran porte, y aunque si es cierto que «una buena biografía se convierte por necesidad en un mal libro de historia» al centrar la atención en maneras de ser personales en vez de en los principales factores sociales, el historiador más estricto no osará eliminar de su obra el enigma humano de un personaje tan central en la revolución rusa como Trotsky. En este caso, la biografía es una contribución histórica fundamental.

Una profesora universitaria: "Los gays son enfermos y se hacen por no ligar"




Karisma


La conferencia fue impartida por una profesora titular de Bioética de la Universidad Católica de San Antonio de Murcia.

El pasado 31 de marzo, en la Universidad de Alicante (UA) se impartía el V Curso de Ciencia y Sociedad por María Tomás y Garrido, profesora titular de Bioética de la Universidad Católica de San Antonio de Murcia. Con el paraninfo a rebosar, la profesora no dudó en referirse a lo que ella tildó como "perversiones sexuales", en referencia a la homosexualidad o la masturbación, entre otras.

La profesora Tomás y Garrido llamó a los gays "personas enfermas", a los bisexuales les recomendó que antepongan la "dignidad" a la "libertad" y aseguró que todo lo que no es heterosexual es "perversión". El vídeo, colgado en el portal YouTube y recogido por el blog karismales.blogspot.com, está haciendo que numerosos foros hayan puesto el grito en el cielo.

La profesora aseguró en su ponencia que la homosexualidad la sufre "el típico que nunca ha tenido, o la típica, una relación con el otro sexo" y que "tras una fiesta e intentar ligar, y no poder, el chico puede quedar muy 'dañao'" y pasa "3, 4, 5 años pensando que le pasa algo con las mujeres porque no ha podido. Y ha sido simplemente por un mal uso".

"El problema se arregla"

A lo largo de la de la conferencia se plantea que "el primer punto" de la homosexualidad es "la enfermedad" y asegura tajante que es un problema que "se puede arreglar". La masturbación tuvo también su papel en la conferencia. la ponente dice que el inicio de las "tonterías de masturbaciones" en plena adolescencia se debe a que, por ejemplo, en "el colegio pueden "haberle 'quitao' la merienda" al que la practica.

De esta manera, descubren "el placer con su propio sexo", por lo que la profesora sostiene que es una "perversión sexual". Otro de los 'problemas' que sostiene Tomás y Garrido es el de la bisexualidad. Asegura que frente a la "libertad" de elegir, lo más importante para una persona es la "dignidad".

Tomas y Garrido estaba acompañada por la moderadora, Paloma Gómez Schiavo -responsable de la Oficina Verde- que en todo momento se declaró en contra de las ideas de Tomás y Garrido