14 de abril de 2009

Protestas contra la reunión del G20: ¿Policía antidisturbios o disturbios causados por la policía?




George Monbiot · · · · ·

El pasado 1 de abril las protestas contra la reunión del G20 en Londres se encontraron con un fuerte despliegue policial. Utilizando una táctica conocida como la "tetera" (kettle), la policía metropolitana de Londres acordonó a 4.000 manifestantes en las calles circundantes al Banco de Inglaterra, sin lavabos públicos ni agua corriente, durante varias horas. Quienes quisieron abandonar el cerco fueron obligados a identificarse y ser fotografiados por la policía. El objetivo de esta táctica es que los ciudadanos se lo piensen dos veces antes de participar en futuras protestas, pues habrán de decidir si quieren ser encerrados durante ocho horas sin alimentos ni agua ni presencia de los medios de comunicación y, al abandonar, ser fotografiado y obligado a identificarse. Las protestas terminaron con más de 100 detenidos.

Los alborotadores están otra vez a la orden del día. Vestidos de negro, con sus rostros parcialmente tapados, algunos de ellos parecen únicamente interesados en la confrontación violenta. Es como si estuviesen caldeando el ambiente deliberadamente, provocando y provocando hasta que estalla una pelea. Pero no se trata de una turbamulta. Esta gente están actuando claramente de manera coordinada. Hay otra cosa que los delata. Todos llevan el mismo eslógan: Policía.


La policía ha estado hablando durante semanas de estallidos de violencia en las protestas contra la reunión del G20. Enviaron comunicados a los periodistas y a las empresas en la City de Londres sobre las diabólicas intenciones de los defensores del medio ambiente que querían protestar allí, pero rechazaron la posibilidad de que estos manifestantes pudiesen consultar los comunicados para dar su versión de la historia. También rechazaron a los manifestantes cuando trataron de explicar a la policía que es lo que querían hacer.

Por el modo en que los agentes se pertrecharon con todo el equipo antidisturbios y arremetieron contra una multitud pacífica esta tarde, parece casi como si estuvieran tratando de asegurar que sus predicciones se tornasen una realidad. Parece que sus jefes no han leído o considerado el informe del comité parlamentario sobre derechos humanos de la semana pasada sobre el mal uso de la fuerza policial contra los manifestantes. "Aunque reconocemos que los agentes de policía no deberían ser situados en posiciones de riesgo de heridas graves", decía el informe, "el despliegue de la policía antidisturbios puede caldear innecesariamente el ambiente en las protestas."

Pero siempre ha habido un conflicto de intereses inherente en la policía. Se supone que la policía previene el crimen y mantiene seguras las calles. Pero si tienen demasiado éxito en su tarea, se quedan sin trabajo. Tienen un poderoso interés en exagerar las amenazas y, quizá, en asegurarse de que en ocasiones esas amenazas se materializan. Esto podría explicar lo que he visto en una protesta tras otra, donde manifestaciones pacíficas se convertían en una desagradable trifulca cuando la policía cargaba. La violencia salvajamente desproporcionada e innecesaria que en ocasiones he visto desplegar a la policía a duras penas podría estar mejor diseñada para provocar una reacción.

Si es así, no pierden nada. Puede que los parlamentarios les echen un rapapolvo o que reciban las quejas de la comisión de la policía a tal efeco. Nada de ello parece preocuparles. Inculcando la idea en la opinión pública de que las calles pueden estallar en una violencia catastrófica en cualquier momento de no ser por los gruesos cordones policiales que rodean hasta a la manifestación más amable, establecen la necesidad de una fuerte presencia policial. Mientras la opinión pública viva con miedo, ningún gobierno se atreverá a recortar el presupuesto de la policía.

De niña, vi “la Retirada”


Marie Laïlle




¡Qué felicidad ! ¡Ser una escolar de 8 años y jugar con sus compañeros durante el recreo delante de la escuela del pueblo ! El pueblo es Lamanère, al sur del Canigó, en el alto de Vallespir, el pueblo más al sur de la Francia continental, justo al pie de las montañas fronterizas con España.
Ahora bien, esta tarde del 31 de enero de 1939, nuestros gritos y juegos se pararon bruscamente, quedándonos paralizados : sobre la carretera donde desemboca el sendero que viene de la frontera, avanzaban en silencio grupos de mujeres, algunas con un petate hecho con un gran pañuelo anudado por las cuatro puntas, otras llevando niños pequeños. Chicos y chicas de nuestra edad, pero sucios y arrastrando los pies, marchaban al lado de ellas y nos miraban de reojo, agotados y asustados. Personas mayores seguían el cortejo, portando un cesto tapado con un paño a cuadros o una maleta demasiado pesada para sus pobres y viejos brazos. Llegaron, se sentaron en las escaleras que subían a la iglesia, nuestros maestros corrieron a recibirlos : el éxodo de los españoles republicanos había comenzado.


“Hay que esperar aquí, decían los mayores, los mismos que explicaban los rugidos de los aviones que nosotros habíamos oído detrás de las montañas, es el bombardeo de Gerona.” Pero, ¿quién sabía dónde estaba Gerona y qué significaba bombardeo ? Comprendimos que era una desgracia al ver llenarse nuestro pueblo de 400 habitantes con 4.000 o 5.000 personas. La ola continuó algunos días más y nosotros, los niños, fuimos expulsados del colegio, las dos clases y los prados sirvieron de refugio.
Estas vacaciones inesperadas me permitieron informarme acerca de aquellos que hablaban catalán como yo y que me contaron el abandono de sus casas, su miedo a lo largo de las carreteras, sus esperanzas en el presente. Yo no comprendía todo, pero creo que sentí, por primera vez en mi vida, lo que era la piedad.
Vi llegar por primera vez también soldados andrajosos y llenos de piojos, heridos en el cuerpo y en el alma, que hablaban de un lugar “México”, donde querían ir. Debí buscar mucho tiempo sobre el mapa este nombre catalán, ese México de sus sueños. Pero lo que más me impresionó, fueron los montones de balas, de granadas, de fusiles, dejados al borde del sendero ; después del paso del puerto, que les parecía ser la puerta de la libertad. El alcalde del pueblo se movió como un diablo para alimentar a todo el mundo y los habitantes aportaron espontáneamente su concurso. Hay que decir que todas las familias tenían alguna raíz a cada lado de la frontera. Lo que no impidió que algunos se enfadasen mucho, porque los caballos, las vacas, los corderos, que habían pasado también la frontera como moneda de cambio, pisoteaban los cultivos o pacían en los jardines. Además, aquellos que debían dormir al raso, a la luz de las estrellas, bellas pero frías en este comienzo del mes de febrero de 1939, cortaban árboles para calentarse en cualquier sitio, incluso los frutales.
Soldados senegaleses habían subido de Perpiñán para vigilar a los refugiados que les miraban de reojo, mascullando : “¡Moros, moros ! “ Yo creía que se confundían y que los moros eran árabes. Para mí, eran los primeros negros “de verdad” que veía y sus manos negras sacando el arroz blanco con sus escudillas me fascinaban. Mi familia ayudó a aliviar mucho la miseria y recibió en agradecimiento un cordero. Este fue durante algún tiempo mi juguete, mi peluche viviente. Un día, al entrar en casa de mis abuelos, encontré… la piel de mi corderito. Lo habían matado, porque un cordero se come. ¡Yo no ! ¡Nunca en mi vida he comido cordero ! Penas de chiquilla de 8 años, inmensas para mí, insignificantes cuando comprendí más tarde la tragedia de la Retirada.
¡Hace 70 años, fue ayer !