17 de abril de 2009

Libro recomendado. Comunistas contra Stalin: la masacre de una generación


Ignacio Iglesias

Reseña del libro de Pierre Broué, Communistes contre Staline. Massacre d´une génération, Fayard, Paris, 2003, 439 p. Publicado en España en Marzo de 2008, Editorial Sepha.
Nadie más indicado que Pierre Broué, el historiador francés “especialista de la historia de las revoluciones y de Trotski”, como él mismo se define en la introducción de este libro, titulado elocuentemente Communistes contre Staline. Massacre d´une génération, que acaba de ver la luz en la capital francesa con el sello de la editorial Fayard; nadie más indicado que él, repito, para denunciar la terrible matanza llevada a cabo por el sátrapa del Kremlin y sus sicarios de la Cheka (denominada GPU desde 1922 y NKVD en 1934), contra toda una generación de antiguos dirigentes bolcheviques, muchos de ellos compañeros de Lenin desde los primeros tiempos. Para llevar a cabo su tarea, Broué pudo disponer de los archivos soviéticos, por fin abiertos a los historiadores, aunque por desgracia no totalmente, puesto que algunos continúan cerrados a cal y canto. Y asimismo de las informaciones que le proporcionaron algunos de los escasos sobrevivientes de la horrible represión estalinista, así como de varios de los descendientes de las víctimas, como de Racovski, Antonov-Ovssenko, etc.

Se trata de un libro que no se puede leer sin sufrir un estremecimiento ante tantas víctimas, cuyo único delito fue discrepar de la política llevada a cabo por Stalin y sus secuaces. Los que más sufrieron de la represión fueron los partidarios de Trotski, deportados a la tundra siberiana y a los helados e inhospitalarios lugares de los confines próximos al Ártico, casi todos ellos por último fusilados o fríamente asesinados mediante un tiro en la nuca. No hubo piedad para nadie ya que incluso los que ante tantos sufrimientos físicos y morales acabaron por capitular fueron igualmente aniquilados físicamente. Resulta muy difícil hacerse cargo de una represión semejante, soportada no sólo por unos cuantos miles de trotskistas, que fueron las victimas propiciatorias, sino asimismo por todos los antiguos bolcheviques y varios millones de soviéticos: campesinos, obreros e intelectuales. Todos ellos fueron devorados, por decirlo así, por el Leviatán personificado en el psicópata Stalin.


Este se sirvió de su puesto de secretario general, para el que fue designado en 1922, en el curso del XI Congreso del Partido bolchevique, por deseo de Lenin -el cual se arrepintió más tarde, pero demasiado tarde-, para ir tejiendo pacientemente la urdimbre de su poder, sirviéndose sobre todo de la GPU y de la numerosa burocracia creada después de acabar la guerra civil... Baste recordar que el número de funcionarios, que ascendía a 800.000 en 1913 con el régimen zarista, paso a 7.300.000 en tiempos de la NEP, instaurada en 1921; y aun quedan por sumar los funcionarios del Partido, sindicatos y cooperativas (1). Según acertado diagnóstico de Racovski, el trotskista más eminente de todos los deportados, la burocracia se había transformado en “una nueva categoría social”. Ella se convirtió naturalmente en un sostén a Stalin y su régimen. De esta manera se acabó con toda la herencia de la revolución de octubre de 1917.

No obstante, sigo considerando -como escribí en más de una ocasión- que otra de las causas que propiciaron el ascenso continuo de Stalin desde su puesto de secretario general, fue la forma de organización adoptada por éste y teorizada por Lenin en su folleto de 1902 ¿Qué hacer?, opinión que dicho sea de paso no comparte el autor del libro que nos ocupa. El partido bolchevique nació basado en una disciplina rígida y hasta cuartelera, en el que el grupo minoritario de dirigentes, en particular su secretario general, lo eran todo y los simples militantes no eran nada. El denominado por los bolcheviques centralismo democrático resultaba una añagaza que ocultaba la realidad, ya que tenía mucho de centralismo y nada da democrático. El propio Trotski, en su folleto de 1904 Nuestras tareas políticas, denunció ese tipo de organización y escribió estas líneas proféticas: “La organización del partido sustituye al partido, el Comité Central sustituye a la organización y, por último, el secretario general sustituye al Comité Central”. Cierto es que años más tarde, al iniciar su lucha contra Stalin, renegó de su análisis de 1904 y afirmó que fue Lenin quien tenia razón y no él.

Es indudable que Stalin mostró una gran capacidad de astucia. Supo jugar con todas las oposiciones que surgieron, enfrentando a unos contra otros: se sirvió de Zinoviev y Kamenev para apartar a Trotski, que acabó siendo deportado y luego exiliado en Turquía, para terminar asesinado en Méjico; luego liquidó a Zinoviev y Kamenev, valiéndose de Bujarin y Rikov, los cuales se vieron después privados de sus cargos, finalizando fusilados. Sólo subsistían los más dóciles, es decir, los más mediocres. Cabe señalar que todos los oposicionistas se mostraron, en los momentos más decisivos, pasivos e incapaces de adoptar una decisión, temerosos todos de aparecer como adversarios del Partido, de un Partido que ya no era, ni mucho menos, lo que había sido en años anteriores. Fue ese mito de la unidad del Partido, amén de la dureza de la deportación y el cansancio inevitable en una larga lucha sin perspectivas, lo que hicieron mella en el comportamiento de destacados oposicionistas, que acabaron por rendirse ante Stalin. Hay que reconocer que se precisaba un temple casi inhumano para continuar resistiendo.

Este libro nos refiere ante todo la actividad de los trotskistas desterrados en Siberia, llevada a cabo, como es de suponer, en condiciones dificilísimas por la vigilancia a que estaban sometidos por los hombres de la GPU, la cual fue lentamente disminuyendo a causa del cansancio y de las sucesivas capitulaciones de sus dirigentes. Uno de los últimos en rendirse, si bien en forma digna –al contrario de Radek, que acompañó su capitulación ante Stalin con la denuncia de varios centenares de sus antiguos compañeros-, fue Racovski, un hombre íntegro y de vasta cultura, admirado por todos los suyos. Racovski fue igualmente fusilado, como lo fueron todos los antiguos dirigentes bolcheviques. A Stalin no le fue suficiente con deshacerse de Trotski y sus partidarios; extendió su macabra represión a cuantos le podían hacer la menor sombra. En su delirio de psicópata veía enemigos suyos en todas partes, incluso entre sus colaboradores más inmediatos. “Nos matará a todos”, había presagiado Bujarin. Y así fue.

La lectura de Communistes contre Stalin. Massacre d'une génération sobrecoge e indigna al mismo tiempo. Sobrecoge por las detenciones de tantos hombres de limpio historial revolucionario, su envío luego a Siberia y finalmente su exterminio físico; indigna, puesto que todo ello se realizó -¡qué ironía!- en nombre del socialismo. No es fácil hallar adjetivos adecuados para calificar esa ignominia. Y no estará de más recordar que mientras en la denominada Unión Soviética, que había dejado de ser unión y soviética, se exterminaba a millones de militantes, entre ellos la flor y nata del bolchevismo, en Occidente los burócratas de los partidos comunistas cantaban las virtudes del paraíso soviético, mitificaban a Stalin, enajenando la mente de sus militantes, y propagaban entre la clase trabajadora las mentiras que tendían a ocultar la verdadera realidad. Por si fuese poco, se vieron ayudados por no pocos intelectuales que se consideraban progresistas, unos rendidos ante los halagos y viajes a Moscú, otros sobornados con los derechos de autor de libros que luego ni siquiera se publicaban.

Y sin embargo no habían faltado algunos testimonios que ponían al descubierto la naturaleza del régimen de Stalin. Los primeros fueron los mencheviques rusos que habían logrado salir de la Unión soviética, seguidos de socialdemócratas de Europa occidental y luego de los trotskistas americanos y europeos, solidarios de sus camaradas exiliados en Siberia. A todos ellos se juntaron algunos antiguos comunistas que acabaron rompiendo con Moscú. Entre estos últimos debemos señalar a Boris Souvarine, autor de una exhaustiva obra sobre Stalin y el bolchevismo; a Víctor Serge, al que la solidaridad internacional logró sacar de un campo siberiano y salir de la Unión soviética; a Antón Ciliga, yugoslavo que también había conocido los campos siberianos durante cinco años y fue expulsado de la URSS; y a Arthur Koestler, conocido autor de El cero y el infinito. Hubo algunos más, como André Gide, uno de los patriarcas de las letras francesas, que fue invitado a visitar la Unión soviética y a su regreso publicó un libro que provocó no poca sensación: Retorno de la URSS (1936). Igualmente debe de mencionarse a la admirable Rosa Luxemburgo, asesinada en Berlín en 1919. Un año antes, en la prisión de Breslau, escribió su folleto La revolución rusa, en el que saluda entusiasmada la conquista del poder por los bolcheviques, pero hace unas críticas de su política en varios aspectos básicos. En uno de sus párrafos escribe: “Unas docenas de jefes del Partido, de inagotable energía y de un idealismo ilimitado, dirigen y gobiernan. Entre ellos, la dirección se halla en realidad en manos de una minoría de hombres de cerebro eminente, que de vez en cuando convocan a una élite de la clase obrera para reunirse y aplaudir los discursos de los jefes y votar por unanimidad las resoluciones que se les presenta. Es, pues, en el fondo, un gobierno de camarilla, una dictadura, es cierto, mas no la dictadura del proletariado...”.

Desde luego, a partir de la destrucción del muro de Berlín y de la desaparición de la Unión soviética -así como la apertura de la mayor parte de los archivos oficiales- se puso a la luz del día la verdadera catadura del régimen estalinista. Ya no es posible referirse a la URSS con el mismo enfoque empleado por Deutscher, el cual siempre trató los problemas soviéticos con una óptica favorable, por lo que en sus previsiones no hizo otra cosa que equivocarse.

Gracias a este libro de Broué, que resulta algo así como un acta notarial que no admite discusión alguna, en el que ofrece una extensa relación, con nombre y apellido, de algunos de los que sufrieron la sangrienta represión del régimen estalinista, más vasta que la del hitlerismo, que ya es decir. Los que quieran historiar la Unión Soviética no pueden eludir la referencia a Communistes contre Staline. Massacre d'une génération.

Notas

(1) En la obra Stalin: Aperçu historique du bolchevisme, de Boris Souvarine. Editions Champ Libre, Paris, 1977. La primera edición vio la luz en 1935, también en París, con el sello de la editorial Plon.


Los Borbones fueron recibidos en Asturias con el himno republicano y gritos de reprobación



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Fueron recibidos esta tarde en Langreo (Asturias) con multitud de banderas republicanas, gritos contra la Monarquía y proclamas a la República.

El Rey Juan Carlos y su comitiva fueron recibidos esta tarde en Langreo (Asturias) con multitud de banderas republicanas, gritos contra la Monarquía y proclamas a la República.

Visitaba el centro de Formación que tiene en la localidad de Sama la empresa hullera HUNOSA. Desde el interior y durante parte de la visita también se pudo escuchar el himno de Riego que sonaba en la calle a través de algunos altavoces.

A la salida de las instalaciones al Monarca que estuvo acompañado por las máximas autoridades asturianas y la recién nombrada Ministra de Sanidad y Políticas Sociales Trinidad Jiménez. También le esperaban los trabajadores de Diasa y Enferbús que mantienen conflictos laborales.

Era el punto y final de una visita que han hecho al Principado Juan Carlos y Sofía y que comenzaba por la mañana con la inauguración de la tercera fase del instituto Ofatolmológico Fernández-Vega al que han acudido en los últimos años a operarse algunos miembros de la familia Real como la infanta Cristina.

No ha sido esta la primera visita agitada de los Monarcas a esta región. En 2003 los escoltas de Juan Carlos y Sofía tuvieron que protegerles en Avilés con paraguas de los huevos lanzados por un grupo de trabajadores del metal que entonces estaban en huelga. Pedían que el Rey mediara con su empresa. Por ello fueron juzgados en la Audiencia Nacional. La última visita, más tranquila fue en octubre de 2007.