20 de abril de 2009

¿Es tan malo ser antisistema?





Francisco Fernández Buey · Jordi Mir en Simpermiso · · · ·

Venimos observando que, en los últimos tiempos, los medios de comunicación de todo tipo han puesto de moda el término antisistema. Lo usan por lo general en una acepción negativa, peyorativa, y casi siempre con intención despectiva o insultante. Y aplican o endosan el término, también por lo general, para calificar a personas, preferentemente jóvenes, que critican de forma radical el modo de producir, consumir y vivir que impera en nuestras sociedades, sean estos okupas, altermundialistas, independentistas, desobedientes, objetores al Proceso de Bolonia o gentes que alzan su voz y se manifiestan contra las reuniones de los que mandan en el mundo.


Aunque no lo parezca, porque enseguida nos acostumbramos a las palabrejas que se ponen de moda, la cosa es nueva o relativamente nueva. Así que habrá que decir algo para refrescar la memoria del personal. Hasta comienzos de la década de los ochenta la palabra antisistema sólo se empleaba en los medios de comunicación para calificar a grupos o personas de extrema derecha. Vino a sustituir, por así decirlo, a otra palabra muy socorrida en el lenguaje periodístico: ultra. Pero ya en esa década la noción se empleaba principalmente para hacer referencia a las posiciones del mundo de Herri Batasuna en el País Vasco. En la década siguiente, algunos periódicos a los que no les gustaba la orientación que estaba tomando Izquierda Unida ampliaron el uso de la palabra antisistema para calificar a los partidarios de Julio Anguita y la mantuvieron para referirse a la extrema derecha, a los partidarios de Le Pen, principalmente, y a la llamada izquierda abertzale. Así se mataba de un solo tiro no dos pájaros (de muy diferente plumaje, por cierto) sino tres.

Esa práctica se ha seguido manteniendo en la prensa aproximadamente hasta principios del nuevo siglo, cuando surgió el movimiento antiglobalización o altermundialista. A partir de entonces se empieza a calificar a los críticos que se manifiestan de grupos antisistema y de jóvenes antisistema. Pero la calificación no era todavía demasiado habitual en la prensa, pues el periodista de guardia de la época, Eduardo Haro Teglen, en un artículo que publicaba en El País, en 2001, aún podía escribir: “Las doctrinas policiales que engendra esta globalización que se hace interna hablan de los grupos antisistema. No parece que el intento de utilizar ese nombre haya cundido: se utilizan los de anarquismo, desarraigo, extremismo, agitadores profesionales. Pero el propio sistema tendría que segregar sus modificaciones para salvarse él si fuera realmente un sistema y no sólo una jungla, una explosión de cúmulos”.

En cualquier caso, ya ahí se estaba indicando el origen de la generalización del término: las doctrinas policiales que engendra la globalización. Desde entonces ya no ha habido manifestación en la que, después de sacudir convenientemente a una parte de los manifestantes, la policía no haya denunciado la participación en ellas de grupos antisistema para justificar su acción. Pasó en Génova y pasó en Barcelona. Y también desde entonces los medios de comunicación vienen haciéndose habitualmente eco de este vocabulario.

El reiterado uso del término antisistema empieza a ser ahora paradójico. Pues son muchas las personas, economistas, sociólogos, ecólogos y ecologistas, defensores de los derechos humanos y humanistas en general que, viendo los efectos devastadores de la crisis actual, están declarando, uno tras otro, que este sistema es malo, e incluso rematadamente malo. Académicos de prestigio, premios Nobel, algunos presidentes en sus países y no pocos altos cargos de instituciones económicas internacionales hasta hace poco tiempo han declarado recientemente que el sistema está en crisis, que no sirve, que está provocando un desastre ético o que se ha hecho insoportable. Evidentemente, también estas personas son antisistema, si por sistema se entiende, como digo, el modo actualmente predominante de producir, consumir y vivir. Algunas de estas personas han evitado mentar la bicha, incluso al hablar de sistema, pero otras lo han dicho muy claro y con todas las letras para que nadie se equivoque: se están refiriendo a que el sistema capitalista que conocemos y en el que vivimos unos y otros, los más moran o sobreviven, es malo, muy malo.

Resulta por tanto difícil de entender que, en estas condiciones y en la situación en que estamos, antisistema siga empleándose como término peyorativo. Si analizando la crisis se llega a la conclusión de que el sistema es malo y hay que cambiarlo, no se ve el motivo por el cual ser antisistema tenga que ser malo. El primer principio de la lógica elemental dice que ahí hay una incoherencia, una contradicción. Si el sistema es malo, y hasta rematadamente malo, lo lógico sería concluir que hay que ser antisistema o estar contra el sistema. Tanto desde el punto de vista de la lógica elemental como desde el punto de vista de la práctica, es indiferente que el antisistema sea premio Nobel, economista de prestigio, okupa, altermundista o estudiante crítico del Proceso de Bolonia.

Si lo que se quiere decir cuando se emplea la palabreja es que en tal acción o manifestación ha habido o hay personas que se comportan violentamente, no respetan el derecho a opinar de sus conciudadanos, impiden la libertad de expresión de los demás o atentan contra cosas que todos o casi todos consideramos valiosas, entonces hay en el diccionario otras palabras adecuadas para definir o calificar tales desmanes, sean éstos colectivos o individuales. La variedad de las palabras al respecto es grande. Y eligiendo entre ellas no sólo se haría un favor a la lengua y a la lógica sino que ganaríamos todos en precisión. Y se evitaría, de paso, tomar la parte por el todo, que es lo peor que se puede hacer cuando analizamos movimientos de protesta.

La plataforma Lau Haizetara Gogoan rinde homenaje a 22 ciudadanos fusilados en Andoain en la Guerra Civil




Europa Press Bilbao
La plataforma Lau Haizetara Gogoan, que engloba a doce asociaciones que trabajan por la recuperación de la memoria histórica, rindió hoy homenaje en Andoain a 22 ciudadanos fusilados por las tropas franquistas en Andoain durante la Guerra Civil.


La plataforma Lau Haizetara Gogoan, que engloba a doce asociaciones que trabajan por la recuperación de la memoria histórica, rindió ayer homenaje en Andoain a 22 ciudadanos fusilados por las tropas franquistas en Andoain durante la Guerra Civil.
Los actos de homenaje, presididos por los familiares de los 22 ciudadanos fusilados, se desarrollaron en la Plaza Alfaro del barrio de Etxeberrieta, en el lugar en donde se encuentra ubicado el monumento a los fusilados y ciudadanos que sufrieron la represión franquista.

Desde primeras horas de la mañana y hasta las doce del mediodía, la banda y coro republicanos de Andoain recorrieron las calles del pueblo con sones y canciones populares durante los años de la contienda.

A mediodía, la banda y el coro recibieron a los familiares de los fusilados que presidieron los actos de homenaje. Posteriormente, hubo actuación de txalapartaris, de dantzaris y una ofrenda floral.

A continuación, intervinieron varios miembros de la plataforma Lau Haizetara Gogoan que hablaron sobre el Batallón Itxarkundia, la situación actual de la memoria histórica antifranquista y la reciente iniciativa de la propia plataforma en torno a la 'Comisión de la Verdad de Euskal Herria'.

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Si el socialismo fracasó y el capitalismo está ahora en bancarrota: ¿qué viene después?




Eric Hobsbawm en simpermiso


Sea cual sea el logotipo ideológico que adoptemos, el paso del libre mercado a la acción pública ha de ser de más envergadura de lo que los políticos llegan a entender.

Hemos dejado atrás el siglo XX, pero aún no hemos aprendido a vivir en el XXI, o al menos a pensar de una manera que se adapte a él. Lo que no debería ser tan difícil como parece, porque la idea básica que dominó la economía y la política en la pasada centuria ha desaparecido claramente en el desagüe de la historia. Esta idea fue la forma de pensar sobre las economías industriales modernas, o de cualquier economía, en términos de dos mutuamente exclusivos opuestos: capitalismo o socialismo.

Hemos vivido a través de dos intentos prácticos para lograrlos en su forma pura: la economía planificada estatalmente de forma central de tipo soviético, y la totalmente ilimitada e incontrolada economía capitalista del mercado libre. La primera se derrumbó en los 80, y con ella los sistemas políticos comunistas europeos. La segunda se está derrumbando ante nuestras narices con la mayor crisis del capitalismo mundializado desde los 30. En algunos aspectos esta crisis es mayor que la de la década de los 30, porque la mundialización de la economía no estaba entonces tan avanzada como lo está en la actualidad, y la crisis no afectó a la economía planificada de la Unión Soviética. No sabemos aún cuan graves y duraderas serán las consecuencias de la presente crisis mundial, pero señalan ciertamente el fin del tipo de capitalismo de mercado libre que entusiasmó al mundo y a sus gobiernos en los años transcurridos desde Margaret Thatcher y el presidente Reagan.


La impotencia, por lo tanto, se ceba tanto en los que creen en un puro y sin estado mercado capitalista, una especie de anarquismo burgués internacional, y aquéllos que creen en un socialismo planificado incontaminado de la búsqueda del beneficio privado. Los dos están en quiebra. El futuro, así como el presente y el pasado, pertenece a las economías mixtas en las que lo público y lo privado están entrelazados en un sentido u otro. Pero ¿cómo? Este es el problema para todo el mundo en la actualidad, pero especialmente para la gente de izquierda.

Nadie piensa seriamente en el retorno de los sistemas socialistas de tipo soviético –no solamente por sus fracasos políticos, sino también a causa del creciente aletargamiento e ineficiencia de sus economías− aunque todo ello no debería conducir a subestimar sus impresionantes logros sociales y educativos. Por otra parte, hasta la implosión del mercado libre mundial del año pasado, incluso los partidos socialdemócratas u otros de izquierda moderada en los países ricos capitalistas del norte y de Australasia, se habían comprometido más y más en el éxito del capitalismo de mercado libre. En efecto, desde la caída de la URSS hasta la actualidad, no puedo pensar en un partido o líder de este molde que denunciase al capitalismo como sistema inaceptable. Nadie estuvo más comprometido con él que el Nuevo Laboralismo. En sus políticas económicas, tanto Tony Blair y (desde octubre de 2008) Gordon Brown, podrían describirse sin ninguna exageración como Thatcher en pantalones. Lo que también vale para el Partido Demócrata de EEUU.

La idea básica del laborismo desde los 50 fue que el socialismo era innecesario, porque el sistema capitalista podría ser de mayor confianza que cualquier otro para el progreso y la generación de riqueza. Todo lo que los socialistas tenían que hacer era asegurar su distribución equitativa. Pero desde los 70 la acelerada irrupción de la mundialización lo hizo más y más difícil, y socavó fatalmente la base tradicional de apoyo a las políticas del partido Laborista, en realidad de cualquier partido socialdemócrata. Muchos estaban de acuerdos en los 80 en que si el barco del laborismo no se refundaba, lo que era una posibilidad en el momento, debería ser reformado.

Pero no fue reformado. Bajo el impacto de lo que se veía como el resurgimiento económico thatcheriano, el Nuevo Laborismo desde 1997 se atiborró de toda la ideología, o más bien de la teología, del fundamentalismo del mercado libre mundial. Gran Bretaña desregularizó sus mercados, vendió sus industrias al mejor postor, terminó de hacer productos para la exportación (a diferencia de Alemania, Francia y Suiza) y colocó su dinero para convertirse en el centro mundial de los servicios financieros y por lo tanto en un paraíso para el blanqueo de dinero de los multimillonarios. Por ello el impacto de la crisis mundial sobre la libra y la economía británica actualmente es probable que sea más catastrófica que en cualquier otra gran economía occidental, y la completa recuperación puede ser más difícil.

Se puede replicar que eso no es nada nuevo. Somos libres de volver a la economía mixta. La vieja caja de herramientas del laborismo está disponible de nuevo –cualquier cosa hasta la nacionalización− así que vayamos y usemos las herramientas una vez más, y nunca el laborismo debería haberlas guardado. Pero ello supone que sabemos qué hacer con ellas. No lo sabemos. Por una parte, no sabemos cómo superar la crisis actual. Ningún gobierno del mundo, bancos centrales o instituciones financieras internacionales lo sabe: son todos como un ciego que trata de salir de un laberinto tocando las paredes con distintos palos con la esperanza de encontrar la salida. Por otra parte, subestimamos lo muy adictos que los gobiernos y los que toman decisiones son aún a las esnifadas de los mercados libres que los ha hecho sentirse tan bien a lo largo de décadas. ¿Hemos abandonado el supuesto de que la empresa del beneficio privado es siempre la mejor forma, porque es más eficiente, de hacer las cosas? ¿Que la contabilidad y organización empresarial debería ser el modelo incluso para el servicio público, la educación y la investigación? ¿Que el creciente abismo entre los super-ricos y el resto no importa demasiado, mientras todos los demás (excepto la minoría de los pobres) estén un poco mejor? ¿Que lo que precisa un país es bajo cualquier circunstancia el crecimiento económico máximo y la competitividad comercial? No lo creo.

Pero una política progresista necesita algo más que una mera ruptura con los supuestos económicos y morales de los últimos 30 años. Necesita una vuelta a la convicción de que el crecimiento económico y el bienestar son un medio y no un fin. El fin es qué hacer con las vidas, las oportunidades de la vida y las esperanzas de la gente. Mirad a Londres. Por supuesto que nos importa a todos que la economía de Londres prospere. Pero la prueba de la enorme riqueza generada en algunas partes de la capital no es su contribución al 20 o 30% del PIB británico sino cómo afecta a las vidas de los millones que viven y trabajan ahí. ¿Qué tipos de vida están disponibles para ellos? ¿Pueden permitirse vivir ahí? Si no pueden, no compensa que Londres sea también un paraíso para los ultra-ricos. ¿Pueden obtener trabajos decentemente pagados o simplemente trabajos de algún tipo? Si no pueden, no fanfarroneemos con todos estos restaurantes con estrellas Michelin y sus chefs estelares pagados de sí mismos. ¿O escuelas para niños y niñas? Las escuelas inadecuadas no se compensan por el hecho de que las universidades de Londres pudieran alinear un equipo de futbol de ganadores de premios Nobel.

La prueba de una política progresista no es privada sino pública, y no se trata solamente de un incremento de renta y del consumo para los individuos, sino de ensanchar las oportunidades y lo que Amartya Sen llama las "capacidades" de todos a través de la acción colectiva. Pero esto significa, tiene que significar, la iniciativa pública sin ánimo de lucro, incluso si sólo fuera mediante la redistribución de la acumulación privada. Las decisiones públicas dirigidas a la mejora social colectiva mediante la cual todas las vidas humanas deberían ganar. Esta es la base de la política progresista, no la maximización del crecimiento económico y de las rentas personales. En parte alguna será más importante que hacer frente al mayor problema que debemos enfrentar este siglo, la crisis ambiental. Sea cual sea el logotipo ideológico que elijamos para ello, significará un mayor desplazamiento del mercado libre hacia la acción pública, un desplazamiento mayor del que el gobierno británico ha llegado a imaginar. Y, dada la gravedad de la crisis económica, probablemente un cambio bastante rápido. El tiempo no juega a nuestro favor.

Eric Hobsbawm es el decano de la historiografía marxista británica. Uno de sus últimos libros es un volumen de memorias autobiográficas: Años interesantes, Barcelona, Critica, 2003.