27 de abril de 2009

El negocio de la gripe porcina



Por: Kenny García Ortega en Aporrea




Como en este planeta donde vivimos la ambición desmedida no tiene límites y peor aún, nada para un capitalista de los buenos le impide tomar cualquier tipo de acciones que busquen la tan ansiada rentabilidad de sus empresas, se me ocurrió investigar un poquito sobre ¿quién se beneficia del brote del virus de esta enfermedad?
Pues señores, actualmente se dispone de medicamentos para el tratamiento de las personas con infecciones por gripe porcina. El Centro de Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos en Atlanta (CDC) recomienda el uso de Oseltamivir y Zanamivir para el tratamiento o la prevención de la infección por los virus de la influenza porcina. Éstos medicamentos son producidos por dos corporaciones farmacéuticas: El Oseltamivir es un medicamento antiviral selectivo contra el virus de la influenza. Lo produce Roche bajo la marca Tamiflu, y el Zanamivir es un inhibidor utilizado en el tratamiento de la profilaxis del virus A y B de la Influenza. Actualmente es comercializado por Glaxo Smith Kline bajo el nombre registrado de Relenza, siendo el único tipo de Zanamivir en el mercado.


Como podemos ver, existen dos compañías que producen los “remedios” para este brote que, de manera “imprevista”, empieza a hacer estragos en EE.UU. y México. Como solamente existen dos proveedores de los productos referidos, los gobiernos de ambos países no tendrían mucho de donde seleccionar para adquirir los medicamentos que lograrían controlar esta enfermedad, por consiguiente, tanto Roche como Glaxo serían los principales beneficiados en todo este asunto.
Lo más curioso es que, al revisar el comportamiento accionario de Roche, se anunció un desplome de sus acciones para el pasado 22 de abril y, aunque usted no lo crea, la gráfica que muestra las variaciones durante los últimos 10 meses de sus cotizaciones en la bolsa evidencian un descenso progresivo cuyo nivel más bajo en 2009 fue registrado para el 09 de marzo en la Bolsa de Zurich. En criollo, la trasnacional farmacéutica va “pa´ lo abajo”.
La situación de Glaxo no es muy diferente que digamos. Para el primer trimestre de 2009 perdieron 1,5% en comparación con las ganancias que los expertos proyectaban para el mismo período. Si bien esto no suena muy alarmante, la apreciación del bienestar financiero de la empresa se ve sumamente comprometido al observar una caída vertiginosa en el precio de sus acciones desde mediados de febrero de este año.
Con esta situación desventajosa que muestra un comportamiento a la baja muy similar en ambas compañías, la semana bursátil arrancará con las farmacéuticas convertidas en protagonistas de todos los índices. Ya el viernes pasado, algunas de las grandes cotizadas recogieron importantes subidas, como el gigante suizo Roche o la estadounidense Gilead Sciences, con la que compartió royalties por la comercialización del tamiflú, la vacuna antiviral más popular para combatir el brote de gripe aviar surgido durante 2002.
En definitiva, tenemos a dos multinacionales que requieren una dinamización de su producción para reducir las pérdidas e incrementar las ganancias. Estas empresas, recuérdenlo muy bien, no están conformadas por personas altruistas que sólo buscan extender la salud de manera desinteresada en todo el planeta. El fin último es la ganancia y el lucro a costa de lo que sea. Quizá y dado este escenario, no sea una casualidad el surgimiento de este virus. Los mercadólogos lo saben muy bien “crea una necesidad que sea satisfecha por lo que vendes y tendrás al mercado rendido a tus pies”.
Si en el mundo se provocan conflictos y guerras para vender armas, ¿no es igualmente posible generar brotes de virus y enfermedades para vender medicinas?

Si el socialismo fracasó y el capitalismo está ahora en bancarrota: ¿qué viene después?



por Eric Hobsbawm (Inglaterra)



Sea cual sea el logotipo ideológico que adoptemos, el paso del libre mercado a la acción pública ha de ser de más envergadura de lo que los políticos llegan a entender.

Hemos dejado atrás el siglo XX, pero aún no hemos aprendido a vivir en el XXI, o al menos a pensar de una manera que se adapte a él. Lo que no debería ser tan difícil como parece, porque la idea básica que dominó la economía y la política en la pasada centuria ha desaparecido claramente en el desagüe de la historia. Esta idea fue la forma de pensar sobre las economías industriales modernas, o de cualquier economía, en términos de dos mutuamente exclusivos opuestos: capitalismo o socialismo.

Hemos vivido a través de dos intentos prácticos para lograrlos en su forma pura: la economía planificada estatalmente de forma central de tipo soviético, y la totalmente ilimitada e incontrolada economía capitalista del mercado libre. La primera se derrumbó en los 80, y con ella los sistemas políticos comunistas europeos. La segunda se está derrumbando ante nuestras narices con la mayor crisis del capitalismo mundializado desde los 30. En algunos aspectos esta crisis es mayor que la de la década de los 30, porque la mundialización de la economía no estaba entonces tan avanzada como lo está en la actualidad, y la crisis no afectó a la economía planificada de la Unión Soviética. No sabemos aún cuan graves y duraderas serán las consecuencias de la presente crisis mundial, pero señalan ciertamente el fin del tipo de capitalismo de mercado libre que entusiasmó al mundo y a sus gobiernos en los años transcurridos desde Margaret Thatcher y el presidente Reagan.


La impotencia, por lo tanto, se ceba tanto en los que creen en un puro y sin estado mercado capitalista, una especie de anarquismo burgués internacional, y aquéllos que creen en un socialismo planificado incontaminado de la búsqueda del beneficio privado. Los dos están en quiebra. El futuro, así como el presente y el pasado, pertenece a las economías mixtas en las que lo público y lo privado están entrelazados en un sentido u otro. Pero ¿cómo? Este es el problema para todo el mundo en la actualidad, pero especialmente para la gente de izquierda.

Nadie piensa seriamente en el retorno de los sistemas socialistas de tipo soviético –no solamente por sus fracasos políticos, sino también a causa del creciente aletargamiento e ineficiencia de sus economías− aunque todo ello no debería conducir a subestimar sus impresionantes logros sociales y educativos. Por otra parte, hasta la implosión del mercado libre mundial del año pasado, incluso los partidos socialdemócratas u otros de izquierda moderada en los países ricos capitalistas del norte y de Australasia, se habían comprometido más y más en el éxito del capitalismo de mercado libre. En efecto, desde la caída de la URSS hasta la actualidad, no puedo pensar en un partido o líder de este molde que denunciase al capitalismo como sistema inaceptable. Nadie estuvo más comprometido con él que el Nuevo Laboralismo. En sus políticas económicas, tanto Tony Blair y (desde octubre de 2008) Gordon Brown, podrían describirse sin ninguna exageración como Thatcher en pantalones. Lo que también vale para el Partido Demócrata de EEUU.

La idea básica del laborismo desde los 50 fue que el socialismo era innecesario, porque el sistema capitalista podría ser de mayor confianza que cualquier otro para el progreso y la generación de riqueza. Todo lo que los socialistas tenían que hacer era asegurar su distribución equitativa. Pero desde los 70 la acelerada irrupción de la mundialización lo hizo más y más difícil, y socavó fatalmente la base tradicional de apoyo a las políticas del partido Laborista, en realidad de cualquier partido socialdemócrata. Muchos estaban de acuerdos en los 80 en que si el barco del laborismo no se refundaba, lo que era una posibilidad en el momento, debería ser reformado.

Pero no fue reformado. Bajo el impacto de lo que se veía como el resurgimiento económico thatcheriano, el Nuevo Laborismo desde 1997 se atiborró de toda la ideología, o más bien de la teología, del fundamentalismo del mercado libre mundial. Gran Bretaña desregularizó sus mercados, vendió sus industrias al mejor postor, terminó de hacer productos para la exportación (a diferencia de Alemania, Francia y Suiza) y colocó su dinero para convertirse en el centro mundial de los servicios financieros y por lo tanto en un paraíso para el blanqueo de dinero de los multimillonarios. Por ello el impacto de la crisis mundial sobre la libra y la economía británica actualmente es probable que sea más catastrófica que en cualquier otra gran economía occidental, y la completa recuperación puede ser más difícil.

Se puede replicar que eso no es nada nuevo. Somos libres de volver a la economía mixta. La vieja caja de herramientas del laborismo está disponible de nuevo –cualquier cosa hasta la nacionalización− así que vayamos y usemos las herramientas una vez más, y nunca el laborismo debería haberlas guardado. Pero ello supone que sabemos qué hacer con ellas. No lo sabemos. Por una parte, no sabemos cómo superar la crisis actual. Ningún gobierno del mundo, bancos centrales o instituciones financieras internacionales lo sabe: son todos como un ciego que trata de salir de un laberinto tocando las paredes con distintos palos con la esperanza de encontrar la salida. Por otra parte, subestimamos lo muy adictos que los gobiernos y los que toman decisiones son aún a las esnifadas de los mercados libres que los ha hecho sentirse tan bien a lo largo de décadas. ¿Hemos abandonado el supuesto de que la empresa del beneficio privado es siempre la mejor forma, porque es más eficiente, de hacer las cosas? ¿Que la contabilidad y organización empresarial debería ser el modelo incluso para el servicio público, la educación y la investigación? ¿Que el creciente abismo entre los super-ricos y el resto no importa demasiado, mientras todos los demás (excepto la minoría de los pobres) estén un poco mejor? ¿Que lo que precisa un país es bajo cualquier circunstancia el crecimiento económico máximo y la competitividad comercial? No lo creo.

Pero una política progresista necesita algo más que una mera ruptura con los supuestos económicos y morales de los últimos 30 años. Necesita una vuelta a la convicción de que el crecimiento económico y el bienestar son un medio y no un fin. El fin es qué hacer con las vidas, las oportunidades de la vida y las esperanzas de la gente. Mirad a Londres. Por supuesto que nos importa a todos que la economía de Londres prospere. Pero la prueba de la enorme riqueza generada en algunas partes de la capital no es su contribución al 20 o 30% del PIB británico sino cómo afecta a las vidas de los millones que viven y trabajan ahí. ¿Qué tipos de vida están disponibles para ellos? ¿Pueden permitirse vivir ahí? Si no pueden, no compensa que Londres sea también un paraíso para los ultra-ricos. ¿Pueden obtener trabajos decentemente pagados o simplemente trabajos de algún tipo? Si no pueden, no fanfarroneemos con todos estos restaurantes con estrellas Michelin y sus chefs estelares pagados de sí mismos. ¿O escuelas para niños y niñas? Las escuelas inadecuadas no se compensan por el hecho de que las universidades de Londres pudieran alinear un equipo de futbol de ganadores de premios Nobel.

La prueba de una política progresista no es privada sino pública, y no se trata solamente de un incremento de renta y del consumo para los individuos, sino de ensanchar las oportunidades y lo que Amartya Sen llama las "capacidades" de todos a través de la acción colectiva. Pero esto significa, tiene que significar, la iniciativa pública sin ánimo de lucro, incluso si sólo fuera mediante la redistribución de la acumulación privada. Las decisiones públicas dirigidas a la mejora social colectiva mediante la cual todas las vidas humanas deberían ganar. Esta es la base de la política progresista, no la maximización del crecimiento económico y de las rentas personales. En parte alguna será más importante que hacer frente al mayor problema que debemos enfrentar este siglo, la crisis ambiental. Sea cual sea el logotipo ideológico que elijamos para ello, significará un mayor desplazamiento del mercado libre hacia la acción pública, un desplazamiento mayor del que el gobierno británico ha llegado a imaginar. Y, dada la gravedad de la crisis económica, probablemente un cambio bastante rápido. El tiempo no juega a nuestro favor.

- Eric Hobsbawm es el decano de la historiografía marxista británica. Uno de sus últimos libros es un volumen de memorias autobiográficas: Años interesantes, Barcelona, Critica, 2003.

La República como solución



Manuela Trasobares |


A pesar de que la izquierda parlamentaria posterga el debate sobre la reforma del Estado, la autora considera que una sociedad republicana supondría un paso firme hacia el progreso social y económico.

La huida de Cristina e Iñaki a América es un ejemplo más de cómo la familia real utiliza su posición privilegiada para atender sus propios negocios, prestando escasa atención a los asuntos de estado. ¿Hasta qué punto habrá de llegar este abuso para que el pueblo los despache?

Según palabras de Cayo Lara en su última aparición televisiva, la república es un objetivo a largo plazo de Izquierda Unida; pues en estos momentos la formación se centra en aportar soluciones a la profunda situación de crisis. De tal modo que la reivindicación de un estado republicano queda aparcada para mejores tiempos. Sin embargo, los republicanos tenemos de la impresión de que este objetivo es eternamente pospuesto por falta de valentía. Además, estamos convencidos de que la forma de estado es en buena parte culpable de los desajustes económicos y sociales que se están produciendo.

En primer lugar, es nefasto el ejemplo que transmite una familia real ostentando todo tipo de lujos, sin más mérito que su origen o sus esponsales. Este modelo, que erosiona el valor del esfuerzo y la superación individual promoviendo el hedonismo fácil, se ve reforzado por otras manifestaciones incentivadas por el estado. Las televisiones retransmiten concursos en los que gana aquel que mejor se relaciona social y sexualmente. Los más esforzados de las promociones académicas se ven en la disyuntiva de investigar en condiciones laborales precarias o emigrar. Aquellos que realizan un pequeño esfuerzo en un momento determinado de su vida, los funcionarios públicos, pueden sentarse y descansar para el resto, pues el estado les proveerá de trabajo vitalicio y aumentos de sueldo desproporcionados. Este año, por ejemplo, han disfrutado de un aumento del 5% lo funcionarios de clase A, con una inflacción por debajo de ese porcentaje. Mientras tanto los desfavorecidos o los que no han tenido oportunidad de demostrar su valía, a causa de la discriminación o la falta de oportunidades, carecen de una Renta Básica de Ciudadanía, en un estado que inyecta sus recursos a las grandes sociedades financieras y constructoras que pretendieron hipotecarles.

Es evidente que la falta de valores y la promoción del hedonismo capitalista irresponsable tiene mucho que ver con la crisis económica. Otra causa hay que buscarla en el poder económico ostentado por las clases privilegiadas como la nobleza, pues manejan un capital producido por el conjunto de la sociedad según los intereses de su bolsillo particular. Además su intervención subterfugia en las decisiones políticas es, en muchos casos, decisiva para dirigirnos al declive.

Por todo ello, los republicanos pensamos que nuestra propuesta no debería posponerse, sinó plantearse como una prioridad y una solución de estado y de futuro a los valores, los privilegios y los abusos que han causado la crisis. Es ahora el momento ideal de retomar la senda de progreso que quedó truncada con el alzamiento fascista, de proponer de nuevo el amor a la formación, al aprendizaje profundo de un oficio; es el momento de promover la cultura como forma de humanizar la vida, de reducir la jornada laboral para emplear el remanente horario en capacitación técnica e intelectual. Esta política, que jamás puede interesar al poder porque supone ceder poder al pueblo y hacerle asumir responsablidades, es la esencia del republicanismo y estamos convencidos de que se trata de la única solución válida para la crisis.

Zapatero suscribe una solución errónea

El gobierno del PSOE se está apuntando a la falsa solución propuesta por Obama y que consiste en emitir ingentes cantidades de moneda falsa, no respaldada por riqueza real, sinó por emisiones de dudoso valor como única salida para tapar la basura crediticia producida por la gran banca. Se trata de la misma solución que ha servido para prolongar todos los grandes imperios hasta la agonía o hasta una guerra mundial.

Solamente los países del ALBA, con Cuba y Venezuela a la cabeza, se apresuran a establecer un nuevo orden que se desmarque de los abusos del capitalismo y tenga al ser humano y sus necesidades como premisa básica. Es un grave error de visión que en un momento histórico, el gobierno “socialista” español prefiera aliarse con EEUU, siguiendo las directrices de la derecha, antes que liderar, como le correspondería, un grupo de estados que aspiran verdaderamente al progreso social y económico equitativo. Aunque traten de hacernos ver que aliarnos con los poderosos nos conducirá a la salida, esto solamente nos arrastrará en su hundimiento sin remedio.

Dentro de esta política de alianzas con el imperialismo americano cabe encuadrar la mudanza de los príncipes a EEUU, continuando a su vez la trayectoria de intermediación comercial para empresas españolas que con tan buena fortuna ha desarrollado el jefe de la casa real.