9 de mayo de 2009

Los ciudadanos de Coslada contra la corrupción




Agrupación Republicana de Coslada

Dos mil vecinos exigieron un juicio rápido, responsabilidades politícas y la no incorporación de Ginés a la policía local en la manifestación convocada por la Agrupación Republicana de Coslada

En el dia de ayer convocados por la Agrupación Republicana de Coslada, Plataforma Estatal de Ciudadanos por la República, A.C.La Aldea y la Asamblea Antifascista del Este y apoyada de forma activa por Republicanos de la Zona Sur , se manifestaron dos mil vecinos que pidieron un juicio rápido, responsabilidades politícas y la no incorporación de Ginés a la policía local.

Media hora antes de comenzar el acto ya se habían congregado cerca de dos centenares de vecinos. La manifestación, que debía hacerse por la acera tras un cambio de última hora en el permiso de las autoridades pertinentes, transcurrió por la calle, que fué tomada literalmente por los ciudadanos como respuesta a esa medida. Familias enteras, jóvenes, ancianos, hombres y mujeres del pueblo, con mucha rabia contenida, bandera republicana en ristre, hicieron el corto recorrido hasta la plaza del ayuntamiento gritando contra la corrupción, exigiendo responsabilidades politícas y pidiendo un juicio rápido.

En la plaza del ayuntamiento entre las intervenciones, muy aplaudidas, de algunos de los representantes de las organizaciones convocantes, continuaron los gritos contra Ginés, sus acólitos de “El Bloque” y contra los politicos del ayuntamiento.

El representante de Arco dejó clara la postura de la organización: “siempre con el pueblo, para el pueblo y con el pueblo” y llamó a que todos los ciudadanos a que participen y apoyen la campaña de recogida de firmas que van a realizar. Su intervención fué muy aplaudida por todos los presentes.

Es de destacar como algunas vecinas, de motu propio, ya habían recogido varios centenares de firmas con el mismo fin para entregárselas a los convocantes y como varias organizaciones locales se sumaron de inmediato a la iniciativa.

Tras leerse el comunicado, la manifestación se disolvió pacificamente, pero la lucha continua.

Fue la voladura del Maine otro atentado terrorista del imperio?




Carlos Rivero Collado


El gobierno de Estados Unidos se ha agredido a sí mismo, o ha permitido que lo agredan sabiendo que lo iban a agredir, para justificar sus guerras. El imperio es un producto del terror.

1-. Síntesis de la primera parte del artículo.

Antes de que la Quinta Cumbre de las Américas y las palabras injerencistas de Hillary Clinton nos desviaran del tema del acorazado Maine, habíamos escrito en la primera parte de este artículo, más o menos, lo siguiente:

A-. Múltiples evidencias circunstanciales señalan la culpabilidad del gobierno de Estados Unidos en la destrucción del acorazado Maine. “Evidencia circunstancial es la que se aplica al hecho principal, indirectamente o mediante otros hechos, para establecer ciertas circunstancias descritas ya como evidentes, de las cuales se puedededucir el hecho principal”. Mencionaba como ejemplo la sentencia a Timothy McVeigh por el atentado terrorista al edificio federal de Oklahoma City, el 19 de abril de 1995.

B-. El decisivo avance de los patriotas cubanos en la guerra de independencia y los disturbios que la ultraderecha integrista realizó en La Habana a mediados de enero de 1898, fueron los pretextos para que el imperio enviara a La Habana, dos semanas después, al acorazado Maine “para proteger los intereses de EU”. Esos intereses no corrían el menor peligro, por lo que la razón tenía que ser otra. ¿Y cuál ha sido la razón suprema de todos los imperios a través de la historia? Expandirse.

C-. El Maine, según publicó entonces The New York Times, “tiene doble casco de acero blindado que le permite recibir impactos directos de barcos enemigos con un mínimo de daño. Esto le da inmunidad para que gruesos proyectiles no puedan perforar el barco y que el agua le entre. Veinte depósitos situados bajo cubierta pueden almacenar hasta 800 toneladas de carbón”

D-. Desde antes de que el presidente James Monroe pronunciara ante el Congreso imperial su Séptimo Estado de la Unión, en diciembre de 1823, discurso que se conoció como Doctrina Monroe, ya Estados Unidos se había interesado en comprar –o poseer por otros medios— a Cuba. Era parte de un plan aun más ambicioso del que un avesado periodista llamaría unos años después Destino Manifiesto, o sea extender las trece colonias originales –en realidad eran quince-- hasta el Pacífico. Parte de ese plan, primero británico y luego yanqui, fueron la Guerra de los Siete Años en que el país adquirió la orilla oriental del Misisipí, la Compra de la Louisiana, el monstruoso despojo de la población nativa, la guerra contra México y la ocupación de las tierras aún sin gobierno del noroeste. Hacia fines del siglo XIX, ya EU tenía su imperio continental, pero se había quedado fuera del reparto colonial que las potencias europeas habían acordado en la Conferencia de Berlín de 1884-85. Al imperio yanqui le urgían mercados para vender, al mayor precio, el exceso de su producción industrial y adquirir las materias primas de su industria, al precio menor. Necesitaba su imperio de ultramar y la forma más fácil de alcanzarlo era hacerle la guerra, a través de sus agentes, a la reina Liliukalani de Hawai, que no tenía ejército ni policía ni escolta personal, y, luego, al debilitado Imperio Español, para desposeerlo de Cuba, Filipinas, Puerto Rico y Guam. Si la guerra se realizaba en la vecina Cuba, el triunfo del imperio yanqui estaba asegurado. El imperio tenía que lograr, por todos los medios, un enfrentamiento armado, sobre todo marítimo, con España, y que éste fuera en la cercana Cuba. Si España lo evadía –¡y lo evadió por todos los medios antes y después del Maine!-- tenía que provocarlo a como diese lugar, aunque tuviera que matar a cientos de sus propios ciudadanos. ¿Qué importa la sangre de unos míseros marineros ante la grandeza sanguínea del imperio?

E-. Vimos, además, lo que sucedió aquel martes 15 de febrero de 1898, a bordo del Maine, hasta el momento en que, a las 9:40 de la noche, la proa del acorazado hizo explosión matando, en pocos minutos, a 256 marinos que, en ese momento, iban a acostarse en los dormitorios de proa, adonde se hallaba toda la tripulación, y a dos oficiales que estaban cerca de la proa. Los dormitorios de los oficiales estaban en popa. Siete marinos murieron después mientras eran trasladados a los hospitales o ya en ellos. El total de muertos fue de 265, aunque otras fuentes han dado cifras distintas.

2-. Lo que sucedió después.

La inmediata y fulminante reacción que la voladura del Maine tuvo en las más altas esferas del gobierno de Washignton y en la gran prensa del país, hacen sospechar que el mismo se esperaba, como si hubiese sido un plan doméstico, no una acción foránea.

A la mañana siguiente, el presidente McKinley se reunió, en el sótano de la Casa Blanca, llamado Cuarto de Guerra –War Room--, con varios miembros de su gabinete, entre ellos el Secretario de Guerra, Russell Alexander Alger.

El Subsecretario de Marina, Theodore D. Roosevelt, declaró, unas horas después, que había sido una agresión del gobierno español que merecía una debida respuesta. Como si leyeran el mismo libreto, los grandes diarios de las principales ciudades culparon a España del acto terrorista en sus ediciones matutinas del miércoles 16 de febrero, menos de diez horas después del hecho, sobre todo los de William Randolph Hearst, el más sensacionalista de todos, cuyo yate había estado cerca del Maine hasta cuatro días antes de la explosión. Los dos cintillos, a página desplegada, que publicó el New York Journal –el más leído de sus diarios—fueron: CRUISER MAINE BLOWNUP IN HAVANA HARBOR! (¡Hace explosión el acorazado Maine en la Bahía de la Habana!) y GROWING BELIEF IN SPANISH TREACHERY! (¡Crece la sospecha sobre la perfidia española!)

En los días y semanas siguientes, los grandes cintillos de ése y otros periódicos, como el New York World, de Joseph Pulitzer,fueron aun más alarmistas. Con ellos, al mismo tiempo que preparaban al país para la guerra, los periódicos hicieron un excelente negocio, pues tanto el Journal como el World alcanzaron, por primera vez en la historia del periodismo mundial, una tirada diaria de un millón de ejemplares.

El gobierno español, convencido de su inocencia, propuso que el hecho fuera investigado por una comisión internacional ajena a los dos países. McKinley se negó de lleno y en el acto, declarando que la tarea sería realizada sólo por oficiales de la Marina de Guerra estadounidense.

El 17 de febrero, menos de 30 horas después de la explosión, los miembros del Naval Board of Inquiry –Junta Naval de Investigación—llegaron a La Habana y, a partir de ese día, realizaron todo su trabajo en lo que los oficiales del Maine dijeron y en lo que unos buzos encontraron en el casquete exterior del barco destruido.

Ya se sabía, sin embargo, que una mina exterior no podía haber destruido al acorazado por tres razones: a) Porque los barcos que estaban anclados cerca del Maine, Alfonso XII y Ciudad de Washington, no habían sufrido averías; b) Porque si la explosión hubiese sido submarina habría levantado una columna de agua y ésta no fue vista por ningún testigo; c) Porque no había peces muertos alrededor del Maine ni de los otros barcos: de haber sido una explosión submarina cientos de peces hubieran muerto y sus cuerpos hubiesen flotado en la superficie.

El 21 de marzo, el Naval Board of Inquiry anunció que una mina exterior había sido la causa de la explosión del Maine. Fundaba su testimonio en lo que habían dicho los buzos, que en una parte de la proa sumergida del barco había una abertura hacia dentro que, supuestamente, no podía ser motivada por una explosión interna, sino externa. Nadie sabe si los buzos vieron ese boquete o si mintieron, pero luego se probó que ese tipo de abertura podía ser provocada, también, por una explosión interna. La Junta desestimó pruebas más importantes, o sea la falta de peces muertos, la ausencia de la columna de agua y el hecho de que los barcos anclados cerca del Maine no hubían sufrido daños.

El 21 de abril, Estados Unidos le declaró la guerra a España. El resultado es conocido y no es tema de este artículo.

3-. Las evidencias circunstanciales

Hagamos un breve juicio en que el acusado es el gobierno de Estados Unidos en febrero de 1898 –pudiéramos decir en el de siempre, pero eso lo dejamos a gusto del lector--. Veamos las evidencias circunstanciales que se presentan contra él:

* Evidencia Circunstancial #1: el motivo.

De acuerdo a la legislación criminal, el motivo –the motive-- es la causa que lleva a una persona a cometer un crimen. Cuando no hay pruebas directas sobre el hecho, el primer sospechoso es quien recibe el mayor beneficio por el mismo. Por ejemplo: la persona que hereda una fortuna, el socio que se queda como dueño único de un negocio o el esposo enamorado que mata o manda a matar a aquél con quien lo está engañando su mujer. Esos y muchos más son criminal motives, motivos criminales. Muchas veces se ha hallado culpable a una persona que ha tenido fuertes motivaciones para beneficiarse por la muerte de otra, aunque no haya pruebas directas, sino solo circunstanciales, de su culpabilidad.

¿Tenía algún motivo el gobierno de EU para destruir el Maine y que la culpa recayese sobre España? Por supuesto que le sobraban motivos para ello. Mencionemos sólo dos: la expansión de su imperio mediante colonias ultramarinas de las que se había quedado fuera después de la Conferencia de Berlín; y la facilidad de ganarle la guerra a España si ésta se libraba en Cuba porque en este caso iba a ser sobre todo marítima, o sea a 90 millas náuticas del país que ya le disputaba a Gran Bretaña el primer lugar como potencia marítima de guerra, y a 3,500 millas de un país, como España, cuya potencia marítima de guerra ya era inferior a la de EU. Era evidente que si España había destruido el acorazado y asesinado a 265 marinos estadounidenses, había motivos para ir a la guerra. Por eso fue que McKinley sólo tuvo en cuenta lo que dijo la junta investigadora de su país y excluyó todo lo demás, por muy lógico y poderoso que fuese. Si McKinley hubiese estado seguro de la inocencia de su gobierno no se habría negado a una investigación llevada a cabo por países neutrales. En la guerra que provocó lo del Maine, EU logró un imperio ultramarino que, en parte, aún posee. De acuerdo a la Evidencia #1, la culpabilidad del imperio es muy probable.

* Evidencia Circunstancial #2: los antecedentes penales

El pasado de la persona o la entidad que se juzga ejerce una gran influencia en la decisión de un juez o un jurado. Los antecedentes del gobierno de Estados Unidos, en febrero de 1898, no podían ser más criminales: la matanza de cientos de familias iroquíes, en Nueva York, en 1779; la Constitución de 1787, que sólo reconocía los derechos de un 10% de la población ydiscriminaba a toda la demás; la represión del pueblo en la Rebelión del Whisky en 1794; la invasión a Puerto Plata, Santo Domingo, en 1794; el mortal bombardeo a Trípoli en 1801; la violación de la Constitución con la Compra de la Louisiana en 1803; la esclavitud, cuyas condiciones fueron las peores del mundo porque existía el sistema de self-governing, o sea el esclavista no era responsable ante la ley por el trato que le diese al esclavo y porque fue el único país del mundo en que se separaba a los niños pequeños de sus padres tan pronto llegaban de Africa … si sobrevivían el viaje por mar metidos en pequeñas jaulas como si fuesen bestias feroces; la invasión a Florida en 1818; el Acta de Remoción de los Indios en 1829, que causó la muerte de decenas de miles de inocentes –Trail of Tears o Sendero de Lágrimas--, en su gran mayoría niños, ancianos y mujeres, cuyos antepasados habían vivido en este país por más de 30,000 años; la invasión a las Islas Malvinas y al propio territorio continental de Argentina en 1831-33; la guerra contra México, de 1846 a 1848, en la que asesinó a más de 25,000 mejicanos y provocó la muerte –por acciones de guerra o enfermedades-- de unos 9,000 estadounidenses; las diversas invasiones a Nicaragua y otros países del área de El Caribe a mitad del Siglo XIX; la Guerra Civil, de 1861 a 1865, en la que hubo unos 620,000 muertos y en la que se distinguieron generales como William Tecumseh Sherman y otros que asesinaron a miles de niños, mujeres y ancianos en Georgia y las Carolinas, al incendiarle sus hogares y en sus campañas de scorched-earth o tierra arrasada; la violación del Tratado de Compra de Alaska en 1869; la sangrienta represión a los obreros en la década de 1881; las otras matanzas de la población nativa, como la de Wounded Knee, en diciembre de 1890; la agresión a Hawai en 1893 … y otros crímenes que extenderían mucho esta relación. O sea el acusado no es un gobierno pacífico ni bondadoso, incapaz de cometer un crimen, sino un experto asesino que ya tiene en su haber casi un millón de muertos y es capaz no ya de volar un barco y matar a 265 de sus marineros, sino hasta de quemar viva a la madre que lo parió. La #2 es una prueba poderosa, definitiva, sobre la culpabilidad del gobierno imperial en la destrucción del Maine.

* Evidencia Circunstancial #3: la investigación.

Si un hombre mata a otro, la investigación del crimen no puede ser realizada por el asesino ni el muerto, o sea la familia del muerto, sino por una entidad imparcial y ajena a la víctima y al victimario, o sea la justicia, los agentes de la ley. Si no hay pruebas definitivas sobre la culpabilidad de la persona de la que se sospecha que pueda haber sido el autor del crimen, pero la autoridad considera que esas pruebas pudieran estar en su casa o su coche, el sospechoso debe permitir que los agentes tengan acceso a ambos y si se niega, aparte de que ya aumentaría la sospecha de su culpa, los agentes pudieran conseguir que un juez les dé un search-warrant, o permiso de registro, que tiene que ser aceptado por el sospechoso. Si aun así, éste se niega a abrir su casa o su coche, los agentes pueden derribar la puerta de su hogar o romper la cerradura del coche para encontrar las supuestas pruebas que lo inculpan directamente. Ya en ese momento, por supuesto, está prácticamente asegurada la culpabilidad del sospechoso porque ningún inocente actúa de ese modo a no ser que esté loco.

Eso fue, más o menos, lo que sucedió con la investigación del Maine. El gobierno de Estados Unidos no se negó a que los investigadores y buzos del gobierno español en Cuba llegaran hasta los restos del Maine, pero cuando éste publicó su informe diciendo que se trataba de una explosión interna, que pudo haber sido accidental o provocada, el imperio la desechó y sólo aceptó la decisión de la Junta Naval Investigadora yanqui, o sea que la causa de la explosión había sido una mina submarina colocada en un lugar del casquete exterior y sumergido de la proa del Maine, próximo a la Carbonera A-16, que se hallaba junto al pañol de municiones A-14-M. Los investigadores españoles basaron su juicio en cuatro evidencias importantes: la ausencia de peces muertos, la falta de averías en los barcos próximos al Maine, la ausencia de la columna de agua y, sobre todo, la estructura exterior del acorazado que, como había publicado The New York Times el día en que arribó a la bahía habanera, era “de doble casco de acero blindado que evita que gruesos proyectiles la puedan penetrar”. El gobierno español tenía una prueba mucho más poderosa: su inocencia. Los investigadores del imperio basaron su juicio sólo en un indicio menor que después resultó ineficiente: un boquete hacia dentro que se hallaba cerca de la Carbonera A-16.

Lo lógico, lo legal, lo justo, hubiera sido que no se aceptara ninguna de las dos versiones y que la investigación fuese realizada por una comisión imparcial, o sea por un grupo de investigadores de un país que no fuese España ni Estados Unidos. España no sólo aceptó esa comisión, sino que la propuso; Estados Unidos se negó rotundamente. El culpable, consciente de su culpa, se negó a que la justicia imparcial investigara el crimen, tal y como si un asesino le negara a la autoridad el derecho a investigar su crimen. La evidencia circunstancial #2 señala, con toda fuerza, la responsabilidad del imperio en la voladura del Maine.

* Evidencia Circunstancial #4: los preparativos.

En 1884, el Departamento de Marina, una división del Departmento de Guerra, fundó el Naval War College –Universidad Naval de Guerra--, con el objetivo de instruir a los oficiales en cuestiones de estrategia y táctica. En noviembre de 1896, el College elaboró un plan en el que se exponían tres estrategias para una guerra contra España: atacarla en Europa, en Filipinas o en Cuba. El plan desestimó los dos primeros ataques. Cuba era el escenario idílico del conflicto. La Marina de Guerra española en el Caribe era muy débil y los refuerzos desde España tardarían casi un mes. Al llegar McKinley al poder, en marzo de 1897, el plan fue activado y el Secretario de Marina, John Davis Long, le encargó la coordinación del mismo al Subsecretario Theodore Roosevelt. Todo indica que la destrucción del Maine fue parte esencial de esa estrategia toda vez que España, de acuerdo al plan del College, no daba los pasos necesarios para provocar la guerra con Estados Unidos, sobre todo después que llegara a Cuba el nuevo gobernador, Ramón Blanco Erenas, quien estableció un gobierno autonómico que podía lograr la pacificación del país y su eventual independencia. Los cambioshumanitarios del gobernador Blanco Erenas dejaban al imperio sin el tradicional casus belli. Había que hacer algo dramático.

Los preparativos de guerra del imperio yanqui son anteriores a la voladura del Maine, por eso colocaron sus grandes barcos de guerra, unas semanas antes, en Cayo Hueso. En Asia, el comodoro George Dewey le enviaba mensajes, ya desde fines de 1897, al general Emilio Aguinaldo para una eventual fusión de sus fuerzas en Filipinas. El imperio, sin embargo, no podía atacar a España sin que hubiese una gran causa justificadora. Si España, como era evidente, no quería la guerra, era imposible que pudiera cometer una acción que la iba a hacer inevitable. Aparte de la lógica más simple y evidente, los preparativos del imperio para esa guerra prueban, también, su culpabilidad en la destrucción del Maine.

Evidencia Circunstancial #5: el combustible.

El 21 de noviembre de 1897, el Maine llegó a la base naval de Newport News, Norfolk, Virginia, para que le hicieran algunas reparaciones menores y se llenaran sus carboneras con 800 toneladas de carbón bituminoso, no el de antrácita que había llevado hasta entonces. Este carbón bituminoso, que era almacenado junto a los pañoles de municiones separados sólo por un delgado mamparo, era muy peligroso porque solía encenderse por combustión espontánea. Desde 1895, esto había ocasionado tres incendios en las carboneras del Olympia, cuatro en las del Wilmington y al menos uno en las del Indiana, Lancaster y Petrel. Unos meses antes de la voladura del Maine, la combustión espontánea del carbón bituminoso había producido varios incendios en las carboneras del Brooklyn y los grandes incendios que por el mismo motivo hubo en el Cincinnati y el New York estuvieron a punto de provocar la explosión de sus pañoles de municiones. Unas semanas después sucedió lo mismo en el Oregón.

El 3 de diciembre, el subsecretario Roosevelt le ordenó a los jefes de los astilleros de Newport News que el Maine debía estar terminado para el día 10, pues debía zarpar al día siguiente. Unos días después llegó a Cayo Hueso y ya el 25 de enero estaba en La Habana.

Si la explosión del Maine se debió a que la combustión espontánea del carbón bituminoso que se encontraba en la carbonera A-16 hizo explotar el Pañol de Municiones A-14-M, separado de ella sólo por un delgado mamparo, y la explosión de este pañol ocasionó la explosión de los otros pañoles de municiones y de las toneladas de pólvora que se encontraban muy cerca … ¿debemos suponer que ese accidente fue … accidental? ¿Y si no fue del todo “espontánea”, sino intencional, la combustión del carbón bituminoso? Le dejo al lector la respuesta.

Por supuesto que es mucho más lo que pudiera decirse sobre la voladura del Maine, pero ya eso sería tarea de un libro, no de un par de artículos.

La culpabilidad del imperio en este atentado terrorista es incuestionable. Lo acusa su larga e infatigable historia de terror.