4 de junio de 2009

NEGACIONISMO DOMINGUERO








Visitar el campo de concentración de Mathaussen haciendo abstracción del holocausto y fijando la atención en el fino alicatado de las cámaras de gas, la gran calidad de los ladrillos refractarios de los hornos crematorios, la enorme funcionalidad de los camastros diseñados para poder hacinar a la mayor cantidad de reclusos en el menor espacio posible. Esa viene a ser la propuesta del Gobierno de Navarra, el Ministerio de Defensa y el grupo cultural Iñigo Arista. Han organizado para los fines de semana de junio visitas guiadas al fuerte de San Cristóbal, y en ellas pretenden destacar única y exclusivamente las características arquitectónicas del recinto erigido a principios del siglo XX, "una de las fortificaciones más importantes de la época en España y Europa", en palabras del promotor de la iniciativa, el comandante general de Navarra, Jesús Joaquín Val Catalán. Una vez finalizada la visita, el historiador Angel Marrodán, partícipe del proyecto, tuvo el cuajo de abogar por "hacer abstracción de las ideas políticas" y "quedarnos con la construcción".

El recinto fue durante la guerra y los años posteriores un campo de concentración en el que fueron encarcelados 4.800 presos republicanos. 795 de ellos protagonizaron la mayor fuga jamás conocida en las cárceles franquistas. En la cacería humana posterior mataron a 210 de los fugados. En el recinto en total asesinaron a más de 700 presos republicanos. Para organizar visitas al fuerte obviando todo eso no basta con hacer abstracción de las ideas políticas. Hace falta, además, hacer abstracción de la historia, pues lo hechos acaecidos en la fortificación mientras fue prisión franquista son algunos de los más destacados de la historia contemporánea navarra. Hace falta hacer abstracción de la justicia, pues es de justicia recordar el calvario sufrido por aquellos presos a causa de sus ideas políticas. Hace falta hacer abstracción de la decencia democrática, pues obviar la brutal represión franquista perpetrada en el monte Ezkaba es equiparable a negar las atrocidades de Mathaussen. En Alemania negar el Holocausto es delito. En Navarra una actividad lúdica organizada al alimón por el Gobierno Foral y el Ministerio de Defensa, para entretener los fines de semana de junio a la ciudadanía pamplonesa.
Juan Kruz Lakasta (Diario de Noticias)

Tiananmen y el ocaso capitalista





Jaime Richart
Occidente no tendrá plazas de Tiananmen en sus metrópolis, pero tiene tantos genocidios repartidos por el globo sobre su conciencia que no debiera atreverse a insistir en acusar a China...


Los sucesos de la plaza pekinesa de Tiananmen son un símbolo. Para los capitalistas, un símbolo de crueldad y represión del comunismo chino. Pero para otros, para quienes contemplamos la historia con un gran angular, en una amplísima panóramica de hechos y relación de fuerzas humanas y de los sistemas que van desfilando en el tiempo, lo sucedido en Tiananmen no es más que la confirmación de que el sistema comunista tiene razón para restringir la libertad cuyos funestos resultados se aprecian en el otro sistema, el capitalista. En nombre de la libertad en éste, se han comentido incontables barbaridades, crímenes y genocidios frente a los que palidecen los dramáticas víctimas de Tiananmen…

Muchos, después de resaltar que China se ha convertido en una superpotencia global cuyas inversiones en bonos del tesoro norteamericano se ven como garantía de que la crisis económica no va a degenerar en depresión planetaria, maldicen que China haya progresado poco en democracia, y dicen que nada parece haber que amenace el monopolio del poder del PCCh…

Pero ¿cómo a todos esos no se les ocurre relacionar el efecto del saneamiento económico del gigante chino con la causa? ¿cómo no ven que la libertad vigilada que todo sistema socialista ha de ejercer por principio, puede ser, y es, en efecto, lo que conduce al éxito global del pueblo y de la nación chinos? ¿No será, a la hora de comprar los dos sistemas, que justo la restricción libertad del sistema comunista es donde reside la eficacia que, vista las cosas en amplia perspectiva, termina siendo “el bien”? ¿no será la libertad cuyos vapores embriaga a tantos a partir de un cierto nivel social, (pero a costa de la que se priva a las grandes masas de población a las que se regala en forma del caramelo del voto aunque no tengan empleo ni techo ni el más mínimo bienestar) la causa de la causa del desastre actual y del que se avecina?

Parece mentira ese empeño denodado en celebrar las excelencias del capitalismo y de una libertad que sólo disfrutan unos pocos a manos llenas, cuando se está derrumbando el entramado entero del capitalismo por culpa justo de los excesos de la libertad empezando precisamente por la económica.

Occidente no tendrá plazas de Tiananmen en sus metrópolis, pero tiene tantos genocidios repartidos por el globo sobre su conciencia que no debiera atreverse a insistir en acusar a China ahora de esa tragedia. Ya lo dijo Lenin, “Libertad ¿para qué?”. Ya lo dicen estos tiempos que están situando al coloso asiático a la mayor altura de la inteligencia y la racionalidad bien administradas: al corcel haya que ponerle bridas para que no se desboque, que es lo que le ha pasado al capitalismo al terminar siendo una aberración social.

La libertad como motor, como icono y como espejismo es al final el percutor definitivo de una desigualdad brutal en cada país y en el mundo: la prueba del fracaso del capitalismo, salvaje o no.

China va por el buen camino. Lo que no hace la pésima filosofía social y económica del capitalismo es desprenderse de los fardos cuyo peso le van hundiendo en la ciénaga. Lo que no hace es lo que debiera hacer: coger el sendero seguido hace mucho por China, para alejarse del precipicio en cuyo filo se encuentra todo Occidente.

Franco también venció a Baltasar Garzón





Juan José Téllez



La guerra civil española no fue una guerra civil. Al menos, en todos los lugares de España: en buena parte del sur, desde sus primeros días y ante la aplastante y contundente victoria de los golpistas, aquello se convirtió en una deliberada operación de exterminio de todo tipo de heterodoxia. Esas mismas prácticas siguieron a medida que el fascismo y el tradicionalismo español fue arrinconando al ejército que defendía la legitimidad democrática de la Segunda República. Mientras las potencias occidentales se encogían de hombros, se tapaban la nariz y no hacían nada mientras que la Italia de Mussolini y la Alemania de Hitler se entrenaban en la Península Ibérica para lo que después constituiría la Segunda Guerra Mundial.

Pero mucho peor que aquella guerra civil que no llegó a ser del todo una guerra civil, fue lo que vino luego: durante la posguerra prosiguieron las ejecuciones sumarias, el robo de niños y su secuestro ilegal, junto con una feroz censura y la práctica cotidiana de torturas y condenas por delitos de opinión, que prosiguieron hasta incluso después de muerto el dictador Francisco Franco en 1975.

Estamos hablando de un periodo histórico absolutamente siniestro, en cuyo transcurso se gestó en gran medida el germen de la sociedad que hoy vivimos, en gran medida analfabeta desde el punto de vista político y presa todavía de viejos rencores y con una gana ubérrima de silencio y olvido, todo lo contrario que debería ser la correcta aplicación de la tímida Ley de Memoria Histórica que todos los españoles nos otorgamos durante la anterior legislatura.

Resulta algo más que una paradoja que el Tribunal Supremo admita a trámite una denuncia de la organización ultraderechista Manos Limpias contra Baltasar Garzón, que inició diligencias previas para intentar que la Audiencia Nacional enjuiciara a lo que queda de franquismo, justo setenta años después de la victoria de aquel general chusquero. Que los herederos ideológicos de aquel totalitarismo pretenda sentar en el banquillo a un juez demócrata por intentar hacer, aunque fuere, justicia poética es toda una contradicción de la democracia, insólita por lo demás en el escenario europeo.

Franco, desde luego, está ganando aquí y ahora su última batalla contra las libertades, como si se hubiera convertido en su admirado Cid Campeador, que salía a pelear incluso después de muerto.

Está muy bien que pasemos página, pues eso parece ser lo que quieren los votantes conservadores, cuyos representantes siguen sin querer asumir que la derecha parlamentaria que sueñan no tendría que parecerse en nada con aquella dialéctica de los puños y las pistolas que preconizaba José Antonio Primo de Rivera. Y eso también parece que buscan los responsables socialistas, que entienden que ya se ha hecho lo que ha podido para intentar saldar cuentas con ese espinoso asunto de nuestro turbio y sangriento pasado.

¿Cómo escribir el futuro sin reconciliarnos con el ayer? ¿Cómo sacar a la luz pública lo mejor y lo peor de aquellos años si seguimos echándole tierra encima a las fosas comunes de la ignominia? En Chile, ahora mismo, se estarán frotando las manos aquellos que pusieron el grito en el cielo cuando Baltasar Garzón logró detener en Londres a Augusto Pinochet, devolviéndole aunque fuera por unos días y con la elegancia del estado de derecho la bofetada mortífera que propinó al gobierno legítimo de Salvador Allende, a partir de aquel siniestro 11 de septiembre de 1973. Cuando la justicia española, a partir de las diligencias ordenadas por dicho magistrado, le amargó la vejez a semejante gorila, muchas voces americanas –y no sólo de la derecha-- protestaron, en tanto argumentaban que España encausaba verdugos del cono sur de dicho continente, pero era incapaz de sentar en el banquillo de los acusados a sus propios matarifes.

Franco y los suyos, visto lo visto, se saldrán de nuevo de rositas. Y Baltasar Garzón tendrá que perder tiempo en defenderse de los fachas y de algunas togas que quizá sientan más simpatía por las pomporrutas imperiales que por el diablo de los Rolling Stones. El mundo al revés: cualquier día juzgarán a Abel por haberse dejado matar por Caín.

Octubre de 1934. Insurrecciones y revolución


Pepe Gutiérrez-Álvarez

Debe servir para mantener viva nuestra memoria, para buscar nuestras raíces en la historia del país en el que se vuelve a plantear la necesidad de un cambio social radical

Este libro de Antonio Liz aparecido en la Editorial Renacimiento, Sevilla, se inserta en la muy interesante colección España en Armas que, entre otras cosas, cuenta en su catálogo con obras tan importantes como “La odisea de la Brigada Abraham Lincoln”, de Peter N. Carroll, o “Cataluña en guerra y en revolución, 1936-1939”, de Pelai Pagès. También lo hace en los planes de trabajo que la Fundación Andreu Nin (de Madrid, Barcelona, Zaragoza, y esperamos que pronto de Granada y Asturias), se han planteado de cara a la conmoración de estas fechas claves. A tal efecto tienen que aparecer otros libros (entre ellos una antológica de los escritos de Joaquín Maurín sobre la Alianza Obrera que está preparando Andy Durgan), amén de diversas jornadas, siendo la más importante las que se está fraguando en Asturias.

Anotemos que Antonio Liz es un colega de IZAN y de la Fundación, en cuyas credenciales como autor consta una apretada biografía de de Trotsky (Trotsky y su tiempo, 1879-1940, Sepha, Málaga, 2008) hay que entenderlo como una introducción profusamente documentada, y situada como una aportación alas actividades que la Fundación Andrés Nin ha asumido para llevar a cabo un diálogo con la historia, y en abierta discrepancia con las interpretaciones “revisionistas” de la derecha según la cual el mal era la ecuación totalitarismo=comunismo=revolución…Pero también, con las interpretaciones de la izquierda instalada según la cual la República liberal marcaba el limite de la historia, y dentro de la República, la opción liderada por Negrín –totalmente opuesta a la “aventura revolucionaria”- fue la más coherente. El libro sin embargo es un objetivo en sí mismo, y sus propuestas están fundamentadas por una documentación que muchas veces se suele dejar de lado.

Es cierto que en un período histórico como el presente, en 75 años ha cambiado –radicalmente- el mundo. Cambió radicalmente con la II Guerra Mundial, y lo ha vuelto a hacer con la restauración neoliberal. Estamos pues en una nueva fase, y no se trata de hacer política revolucionaria en base de los modelos del pasado, sino en desarrollar alternativas de cara a un presente tan complejo como apasionante.

Pero 1934 está, y tiene un sentido el combate por su historia, el matizar el sentido de su significación como víspera del presente. Entonces, la clase obrera se enfrentó a un problema que es también nuestro problema: la lucha por el poder, por la revolución socialista como una respuesta al ascenso fascista.

Estos hechos son lo que permite hacer ahora una reflexión militante sobre un Octubre de hace 75 años. Pensar sobre los problemas centrales que se plantearon entonces no solamente puede servir para comprender mejor algunos de los problemas que se nos plantean ahora; sobre todo, debe servir para mantener viva nuestra memoria, para buscar nuestras raíces en la historia del país en el que se vuelve a plantear la necesidad de un cambio social radical. Entre un tiempo y otro, 75 años después, una nueva mirada permite de entrada dos cosas: una, el mayor conocimientos de los acontecimientos, en los que se verifica –ahí es nada- que una mayoría de la clase trabajadora había asumido la perspectiva de la revolución socialista como su horizonte, y dos, que desde entonces los grandes fracasos sufridos no han sido por más revolución sino por menos revolución…Habría un tercero. En Asturias –y a otro nivel en Cataluña- se vivió una experiencia de democracia obrera en la que todas las escuelas, incluyendo las más minoritarias como el BOC la Izquierda comunista, eran respetadas, e incluso defendidas: así, en la Alianza Obrera no se permitió que el PCE impusiera ninguna condición antitrotskista. Algo que sí se permitiría en 1937, y fue el desastre y un desprestigio que todavía permanece.

En poco más de 155 páginas, el lector encontrará un estudio bastante extenso de un acontecimiento sobre el que sigue siendo importante tener una información, y también una posición coherente…

Pero no nos adelantemos. Tenemos nuestro tiempo para hablar del 34, especialmente entre septiembre y noviembre con toda clase de actos en lugares muy diferentes del Estado español. De momento no estaría mal echarle una ojeada a este esforzado y documentado trabajo.