1 de agosto de 2009

18 de julio de 1936. La fecha de una traición




Manuel Ruiz


Cuando hace setenta y tres años el general Franco lideró la sublevación militar contra el gobierno legítimo de la República que había jurado defender, además de abocar al país a tres largos años de muerte y destrucción, estableció la dolorosa realidad, aún vigente, de las dos Españas.

Para una España, el 18 de julio de 1936, es la fecha en que se perpetró la mayor traición contra la soberanía de un pueblo que había decidido romper las cadenas de siglos de tiranía y opresión, y libremente, reconducir su destino por el sendero de la igualdad y la justicia social. Aquel fatídico día se consumó una violación contra la legalidad y se llevó a cabo un brutal atentado contra la libertad. El 18 de julio de hace setenta años supuso el comienzo del desmantelamiento del Estado de derecho, de la pérdida de las libertades conquistadas durante la II República y el inicio del mayor acto de genocidio perpetrado por unos españoles contra otros.

Para la otra España, el 18 de julio de 1936, fecha del Glorioso Alzamiento Nacional, representa el punto de partida de la depuración de elementos indeseables que hacían peligrar la integridad de la patria. La gran Cruzada contra el “terror rojo” que amenazaba los privilegios de las oligarquías financieras, aristocráticas, eclesiásticas y militares.

Uno de los argumentos más recurrentes utilizados por quienes padecen una paranoica tendencia a justificar el alzamiento del 18 de julio, consiste en imputar a los dos bandos igual responsabilidad en el inicio del conflicto y apuntar que ambos cometieron las mismas atrocidades, equiparando a quienes se levantaron en armas contra el Gobierno surgido de las urnas con quienes defendieron la legalidad y los valores democráticos.


En la zona republicana, las detenciones y actos violentos que se sucedieron en los momentos iniciales de la sublevación fueron perpetrados por grupos aislados y descontrolados, que en ningún caso actuaron con el apoyo o la connivencia del gobierno de la República. Una vez superado el desconcierto inicial, cuando el ejército republicano comenzó a organizarse y las autoridades gubernamentales fueron recuperaron el control de la situación, cesaron de inmediato los asesinatos e incluso en algunos casos, los autores de las brutalidades cometidas fueron juzgados y condenados por tribunales militares. Por el contrario, resulta paradójico que los mayores actos de represión, ejecuciones, torturas y violaciones se llevaran a cabo en los lugares donde inicialmente triunfó la sublevación de los rebeldes. En pueblos y ciudades donde no fue necesario un solo tiro para someter a la población bajo el yugo fascista, se emprendió una feroz cacería contra los simpatizantes de la República, cargos públicos del Frente Popular, militantes de izquierdas y todo sospechoso de no comulgar con los postulados de la España Nacional. Las matanzas, los paseos y las vejaciones y humillaciones públicas contra los rojos y sus familias, llevados a cabo por los propios militares, pistoleros falangistas y personas de bien de la localidad, pronto se tornaron en dramas cotidianos que sembraron el terror y tiñeron de sangre cada rincón ocupado por los salvadores de la patria. En aquellos dramáticos momentos, ni los más pesimistas podían siquiera imaginar que tanto sufrimiento y tanta muerte inútil, no era más que un siniestro anticipo lo que estaba por llegar.

Mención aparte merecen los representantes del clero, que en lugar de posicionarse al lado de los perseguidos y sus familias, tal como cabría esperar de una institución cuya doctrina se asienta en la caridad cristiana y la empatía con el sufrimiento ajeno, tomaron partida por los verdugos convirtiéndose en cómplices, cuando no en precursores, de la sañuda crueldad de los sicarios fascistas. Clérigos y sacerdotes, abrazaron entusiastas la causa de la Santa Cruzada, y a lo largo de los años encubrieron, ampararon y silenciaron las atrocidades de un régimen que se afianzaba bajo el palio protector de las autoridades eclesiásticas.

Resulta difícil encontrar archivos o documentos donde se recojan declaraciones de oficiales del Ejército Popular alentando al asesinato indiscriminado o al ensañamiento con el enemigo. No ocurre lo mismo en el bando franquista, donde son numerosos los testimonios escritos o radiados (los mismo militares alardeaban sin tapujos de las heroicas gestas), animando a sus tropas e incluso a la población civil a asesinar, violar y torturar. Para muestra, reproduzco algunos extractos de declaraciones efectuadas por los más destacados oficiales del Ejército Nacional, que muchos de ellos aun dan nombre a las calles y plazas de nuestra geografía.
“Es necesario crear una atmósfera de terror, hay que dejar sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todo el que no piense como nosotros. Tenemos que causar una gran impresión, todo aquel que sea abierta o secretamente defensor del Frente Popular debe ser fusilado”. Declaraciones del general Emilio Mola al comienzo de la sublevación.
“Tenemos que matar; matar y matar. Son como animales (…) Al fin y al cabo, ratas y piojos son los portadores de la peste. Nuestro programa para regenerar España consiste en exterminar un tercio de la población masculina. Con eso se limpiaría el país y nos desharíamos del proletariado. Además también es conveniente desde el punto de vista económico. No volverá a haber desempleo en España”. Entrevista del capitán franquista Gonzalo Aguilera, concedida al periodista John Whitaker.

"Naturalmente que los hemos fusilado ¿Pensaban que me llevaría conmigo a 4.000 rojos mientras mi columna avanzaba luchando contrarreloj? ¿Debía dejarlos en libertad a mis espaldas permitiéndoles que hicieran nuevamente de Badajoz una ciudad roja?" Declaraciones del general Yagüe a un corresponsal estadounidense tras la matanza de la plaza de toros de Badajoz

“Nuestros valientes legionarios y Regulares han enseñado a los cobardes de los rojos lo que significa ser hombre. Y, de paso, también a las mujeres. Después de todo, estas comunistas y anarquistas se lo merecen, ¿no han estado jugando al amor libre? Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricas. No se van a librar por mucho que forcejeen y pataleen”
"¿Qué haré? pues imponer un durísimo castigo para callar a esos idiotas congéneres de Azaña. Por ello faculto a todos los ciudadanos a que, cuando se tropiecen a uno de esos sujetos, lo callen de un tiro. O me lo traigan a mí, que yo se lo pegaré".
"Ya conocerán mi sistema: Por cada uno de orden que caiga, yo mataré a diez extremistas por lo menos, y a los dirigentes que huyan, no crean que se librarán con ello: les sacaré de debajo de la tierra si hace falta, y si están muertos los volveré a matar". Algunas de las arengas radiofónicas proclamadas desde Radio Sevilla por el general Queipo de Llano.
"Estoy dispuesto a exterminar, si fuera necesario, a toda esa media España que no me es afecta." Declaraciones de Franco al corresponsal Jay Allen.

Mientras que el Ejercito Popular republicano concentró sus esfuerzos bélicos en intentar ganar una guerra que ni habían promovido ni originado, con el objetivo de derrotar al fascismo y restablecer la legalidad constitucional de la República, los rebeldes sublevados, además de combatir para conseguir la derrota incondicional del enemigo, se entregaron con notable ardor guerrero a la noble tarea de aniquilar cualquier vestigio que pudiera suponer un foco de disidencia contra el futuro régimen. Un verdadero holocausto iniciado en aquel verano de 1936 que no terminó con la victoria de Franco. El plan de exterminio emprendido por los nacionales durante la guerra desembocó en una cruenta venganza que se prolongó durante cuarenta años de terror franquista, bajo el auspicio de un régimen que nació y murió matando y que fomentó hasta el final la división de los españoles entre vencedores y vencidos.

En memoria de todos los españoles que se mantuvieron al lado de la legalidad republicana, y aún cuando el 18 de julio sea una fecha que provoque nuestra más categórica repulsa, es un compromiso moral y una cuestión de justicia histórica recordar aquella fatídica jornada. Debemos hacerlo para que nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos puedan juzgar libremente quienes fueron las victimas y quienes los verdugos; que bando defendía la legalidad y cual luchó por derrocarla; quienes defendían la democracia y quienes la combatían. Es necesario evocar nuestra historia porque no es de justicia olvidar quienes fueron los españoles que entregaron sus vidas por defender la causa de la libertad y quienes les persiguieron, encarcelaron y asesinaron por ello. Las generaciones que ignoran lo que significa sobrevivir bajo la opresión de un régimen totalitario, que han tenido la fortuna de nacer y vivir en democracia, deberían tener presente que los principios y valores que hoy compartimos y asumimos con naturalidad como incuestionables, son la herencia de aquellos vencidos, que en un ejemplo de entrega, dignidad y espíritu de lucha, sembraron la semilla ideológica que hoy sustenta nuestro sistema de libertades.

Aunque las secuelas de la historia sigan causando dolor, el pasado no puede ser enterrado por los intereses de unos y el miedo de otros. Hay que recordar por aquellos que ya no pueden hacerlo; por las esperanzas truncadas, por las almas desterradas, por los secretos obligados, por los silencios impuestos, por las familias rotas, por las vidas desgarradas, por los sueños desbaratados, por las libertades perdidas... Hay que recordar porque se lo debemos a nuestros vencidos. Hay que recordar porque un pueblo sin memoria es un pueblo sin historia, sin identidad y sin futuro.

50 años de ETA







POR JAVIER ESKUBI LARRAZ.Ex concejal de Aralar en Pamplona y miembro de la ejecutiva de Aralar


ESTÁ comúnmente aceptado en casi todos los círculos, que el 31 de julio de hace ya 50 años, nació oficialmente ETA (Euskadi Ta Askatasuna), movimiento de lucha armada por la liberación nacional de Euskadi. Situada en aquel contexto socio-político, es absolutamente razonable el nacimiento de un movimiento armado contrario al sistema imperante. Fue tras una guerra que costó un millón de muertos y una feroz represión que llenó las cárceles, plazas de toros y numerosos conventos-monasterios de presos por ideología política no afín con el régimen y numerosas cunetas y fosas comunes de miles y miles de fusilados y en un régimen político (el de los vencedores) de ideología claramente fascista, sostenida con un severo aparato policíaco-militar y una judicatura al servicio del régimen.

El franquismo no permitía fisuras sociales. La feroz represión con tortura sistemática y la cobertura judicial no permitían la menor posibilidad de agrupamientos sociales. El nacionalismo vasco conservaba estructuras en el extranjero , pero su acción y organización en el interior, en la Euskal Herria española, no pasaba de ser testimonial, boca a boca e invisible para la ciudadanía en general. Como digo pues, ahí nació ETA, movimiento armado de liberación nacional, que en Nafarroa se expuso como IRATXE. Lo de armado, en aquel momento, no pasaba de ser un eufemismo. Sólo contaba con la entrega y la acción de sus militantes, con las brochas de pintura, con un escuálido aparato de propaganda y la firme decisión de "a por todas" de su militancia.






La verdad es que tuvo un espectacular desarrollo social en un breve plazo. Su estructura en comandos aislados entorpeció la investigación policial y sobre todo, la cobertura social, el apoyo de la ciudadanía permitió que sus militantes fueran amparados, protegidos y alojados por hombres y mujeres de todas las clases sociales. La respuesta social a la acción de ETA fue imparable. Hay que recordar que día sí y día también, en Euskadi se imponía el Estado de excepción y es innegable su extraordinaria importancia en la inestabilidad y caída del régimen.

Al mismo tiempo, su desarrollo ideológico en el camino del socialismo y de la autodeterminación popular fue fruto de ese mismo desarrollo de base social y de sus periódicas asambleas (hasta 5 antes de la caída del franquismo en lo que yo conozco) y la supeditación de la estructura y la acción armada a las decisiones políticas se mantenía en general.

La democracia (aunque insuficiente, aunque imperfecta), tras la caída del régimen de dictadura fue el punto de inflexión. La ciudadanía podía elegir libremente a sus representantes favoritos . Las instituciones estatales, autonómicas y locales, ya no eran a dedo . Se podían elegir mediante votación. Las y los ciudadanos/as se podían asociar, se podían agrupar y someter sus partidos, coaliciones o agrupaciones electorales a la decisión de sus convecinos en las distintas elecciones. La lucha por la caída del franquismo había terminado. La lucha por el nacionalismo, por las libertades nacionales plenas, por el reconocimiento del derecho de autodeterminación y por los sistemas socialistas había que mantenerla, pero en un contexto socio-político que ya era absolutamente diferente. Ya no se lucha contra una dictadura militar. Se lucha por conseguir el máximo apoyo, libremente expresado, de la mayor parte de las y los vascos, a las posturas de liberación nacional tras el refrendo popular a la autodeterminación y por conseguir el máximo apoyo a las ideas socialistas de izquierda en ese nuevo país. En dos palabras. La acción política es el eje y motor del impulso social.

A pesar de esta nueva situación, ETA mantiene la lucha armada como elemento imprescindible y en su purismo llega a ejecutar incluso a cargos públicos electos, elegidos por una parte de la ciudadanía vasca. Por ser cargos del PSN o PP, por ser ideológicamente diferentes, tal como ocurrió (por supuesto, en muchísima menor escala) en las cunetas del franquismo. El desarrollo de la actividad armada, además de restar apoyo social al movimiento, acaba con la capacidad de movilización de nuestro pueblo, al pretender substituir las movilizaciones populares puntuales con acciones mortales armadas, como ocurrió con Lemoiz y está ocurriendo ahora con el TAV. Por otro lado, en lugar de obtener resultados en las reivindicaciones y como respuesta del Estado, se está llegando a un grave déficit democrático, con ilegalizaciones de formaciones políticas cercanas a sus planteamientos, detenciones indiscriminadas, acciones judiciales impensables en un sistema democrático desarrollado o con prohibiciones de ikurriñas en ayuntamientos. Las prisiones están llenas de militantes de ETA o de ciudadanos y ciudadanas de Euskal Herria sin relación con la lucha armada, sin que las movilizaciones actualmente pasen de ser simplemente testimoniales. En una palabra. Se acosa al nacionalismo, sea de izquierda o derecha.

En su carrera está acabando incluso con sus cercanos, con la Izquierda Abertzale oficial. Cada vez que se plantean las vías políticas, la negociación y el diálogo (Anoeta o Loiola), la acción armada interrumpe bruscamente el desarrollo de las mismas, cerrándoles las vías políticas y cerrándoles las bocas. Naturalmente, quienes nos postulamos como abertzales de izquierdas, por vías exclusivamente políticas y solicitamos su abandono de las armas, podemos llegar a la categoría de traidores. Por lo visto sólo vale el abertzale armado. Los demás no nos podemos considerar como tales y nuestra pública acción es mala, malísima, de entrada y sin discusión. El respaldo social electoral dice otra cosa bien diferente.

¡En fin! Éste es un breve resumen de los 50 años de ETA. De ser un movimiento ilusionante, esperanzador, socialmente defendido y popular, a ser un grupo armado inviable en una democracia y desde luego entorpecedor en el desarrollo de la misma y en el desarrollo organizativo político del nacionalismo de izquierdas de Euskal Herria. El mantenimiento de la lucha armada en nuestra tierra entorpece la lucha por las faltas de libertades y desde luego cierra la boca a los sectores más activos y luchadores, a la Izquierda Abertzale oficial, incapaces para desarrollar sus propias convicciones. ¿Tendremos que seguir esperando mucho para que bajen la persiana?
Diario de Noticias