13 de septiembre de 2009

¿Cómo pudieron equivocarse tanto los economistas?





PAUL KRUGMAN


Es difícil creerlo ahora, pero no hace tanto tiempo los economistas se felicitaban mutuamente por el éxito de su especialidad. Estos éxitos -o al menos así lo creían ellos- eran tanto teóricos como prácticos y conducían a la profesión a su edad dorada.

En el aspecto teórico, creían que habían resuelto sus disputas internas. Así, en un trabajo titulado The State of Macro (es decir, de la macroeconomía, el estudio de cuestiones panorámicas como lo son las recesiones), Olivier Blanchard, del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), actualmente economista jefe del Fondo Monetario Internacional, declaraba que había habido "una amplia convergencia de puntos de vista".

Y en el mundo real, los economistas creían que tenían las cosas bajo control: "El problema central de la prevención de la depresión está resuelto", declaraba Robert Lucas, de la Universidad de Chicago, en su discurso inaugural como presidente de la American Economic Association en 2003. En 2004, Ben Bernanke, un antiguo profesor en Princeton que ahora preside la Reserva Federal, celebraba la Gran Moderación del comportamiento económico comparado con las dos décadas precedentes, y que atribuía en parte al mejorado desempeño de la política económica.



El año pasado, todo esto se vino abajo.

En el despertar de la crisis, las líneas de falla de la profesión de economista han bostezado con más amplitud que nunca. Lucas dice que los planes de estímulo de la Administración de Obama son "economía de baratija" y su colega de Chicago John Cochrane dice que están basados en desacreditados "cuentos de hadas". Como respuesta, Brad DeLong, de la Universidad de California en Berkeley, escribe sobre el "derrumbe intelectual" de la Escuela de Chicago, y yo mismo he escrito que estos comentarios de los economistas de Chicago son el producto de una Edad Oscura de la macroeconomía, donde el conocimiento tan arduamente conseguido ha quedado olvidado.

¿Qué le ha sucedido a la profesión de economista? ¿Y adónde va a partir de ahora?

II. DE SMITH A KEYNES Y VUELTA ATRÁS
El nacimiento de la economía como disciplina se atribuye habitualmente a Adam Smith, quien publicó La Riqueza de las Naciones en 1776. Durante los siguientes 160 años se desarrolló un extenso cuerpo de economía teórica, cuyo mensaje central era: confía en el mercado. Ésta era la presunción básica de la economía neoclásica (llamada así al haber sido elaborada por los teóricos de finales del siglo XIX sobre conceptos de sus predecesores clásicos).

Esta fe, sin embargo, quedó hecha pedazos por la Gran Depresión. Con el tiempo, la mayoría de los economistas sustentó las consideraciones de John Maynard Keynes tanto acerca de la explicación de lo que había pasado como de la solución de futuras depresiones.

A pesar de lo que usted haya podido oír, Keynes no quería que el gobierno dirigiera la economía. En su obra capital, Teoría general del empleo, el interés y el dinero, escrita en 1936, él mismo describió su análisis como "moderadamente conservador en sus repercusiones". Quería organizar el capitalismo, no reemplazarlo. Pero cuestionó la noción de que las economías de libre mercado puedan funcionar sin un vigilante. Y apeló a la activa intervención del gobierno -imprimiendo más moneda y, si fuera necesario, con un fuerte gasto en obras públicas- para combatir el desempleo durante las depresiones.

La historia de la economía a lo largo del último medio siglo es, en gran medida, la historia de una retirada del keynesianismo y de un retorno al neoclasicismo. El renacer neoclásico fue guiado inicialmente por Milton Friedman, de la Universidad de Chicago, quien afirmó ya en 1953 que la economía neoclásica sirve adecuadamente como descripción del modo en que la economía funciona realmente, al ser "extremadamente fructífera y merecedora de plena confianza". Pero ¿qué hay de las depresiones?

El contraataque de Friedman contra Keynes comenzó con la doctrina conocida como monetarismo. Los monetaristas, en principio, no discrepaban de la idea de que una economía de mercado necesite una deliberada estabilización. Los monetaristas afirmaban, sin embargo, que una intervención gubernamental muy limitada y restringida -a saber, instruir a los bancos centrales a mantener el flujo del dinero, la suma del efectivo circulante y los depósitos bancarios creciendo a ritmo estable- es todo lo que se requería para prevenir depresiones.

Friedman empleó un argumento convincente contra cualquier esfuerzo deliberado del gobierno por reducir el desempleo por debajo de su nivel natural (actualmente calculado en torno al 4,8% en Estados Unidos): las políticas excesivamente expansionistas, predijo, llevarían a una combinación de inflación y alto desempleo; una predicción que fue confirmada por la estanflación de los años setenta, la cual impulsó en gran medida la credibilidad del movimiento antikeynesiano. A la postre, sin embargo, la posición de Friedman vino a resultar relativamente moderada comparada con la de sus sucesores.

Por su parte, ciertos macroeconomistas consideraban que las recesiones eran algo bueno que formaba parte del ajuste al cambio de una economía. E incluso quienes no eran partidarios de llegar tan lejos argüían que cualquier intento de enfrentarse a una depresión económica provocaría más mal que bien.

Muchos macroeconomistas llegaron a autoproclamarse como neokeynesianos, ya que seguían creyendo en el papel activo del gobierno. Aun así, la mayoría aceptaba la noción de que inversores y consumidores son racionales y que los mercados por lo general lo hacen bien.

Por supuesto que unos pocos economistas no aceptaban la asunción del comportamiento racional, cuestionaban la creencia de que los mercados financieros merecen confianza y hacían ver la larga historia de crisis financieras que tuvieron devastadoras consecuencias económicas. Pero eran incapaces de hacer muchos progresos frente a una complacencia que, vista retrospectivamente, era tan omnipresente como insensata.

III. FINANZAS DE CASINO
En los años treinta, los mercados financieros, por razones obvias, no suscitaron mucho respeto. Keynes consideró que era una mala idea la de dejar a semejantes mercados, en los que los especuladores pasaban su tiempo tratando de pisarse la cola el uno al otro, que dictaran decisiones importantes de negocios: "Cuando el desarrollo del capital de un país se convierte en un subproducto de las actividades de un casino, es muy probable que el trabajo resulte mal hecho".

Hacia 1970 más o menos, sin embargo, la discusión sobre la irracionalidad del inversor, sobre las burbujas, sobre la especulación destructiva, había desaparecido virtualmente del discurso académico. El terreno estaba dominado por la hipótesis del mercado eficiente, promulgada por Eugene Fama, de la Universidad de Chicago, la cual sostiene que los mercados financieros valoran los activos en su preciso valor intrínseco si se da toda la información públicamente disponible.

Y por los años ochenta, hubo economistas financieros, en particular Michael Jensen, de la Harvard Business School, que defendían que, dado que los mercados financieros siempre aciertan con los precios, lo mejor que pueden hacer los jefes de las empresas, no sólo en su provecho sino en beneficio de la economía, es maximizar los precios de sus acciones. En otras palabras, los economistas financieros creían que debemos poner el desarrollo del capital de la nación en manos de lo que Keynes había llamado un "casino".

El modelo teórico desplegado por los economistas financieros al asumir que cada inversor equilibra racionalmente riesgo y recompensa -el llamado Capital Asset Pricing Model, o CAPM (pronúnciese cap-em)- es maravillosamente elegante. Y si uno acepta sus premisas también es algo sumamente útil. Este CAPM no sólo te dice cómo debes elegir tu cartera de inversiones, sino, lo que es incluso más importante desde el punto de vista de la industria financiera, te dice cómo poner precio a los derivados financieros. La elegancia y aparente utilidad de la nueva teoría produjo una sucesión de premios Nobel para sus creadores, y muchos profesores de escuelas de negocios se convirtieron en ingenieros espaciales de Wall Street, ganando salarios de Wall Street.

Para ser justos, los teóricos de las finanzas produjeron gran cantidad de pruebas estadísticas, lo que en un principio pareció de gran ayuda. Pero esta documentación era de un formato extrañamente limitado. Los economistas financieros rara vez hacían la pregunta aparentemente obvia (aunque no de fácil contestación) de si los precios de los activos tenían sentido habida cuenta de fundamentos del mundo real, tales como los ingresos. En lugar de ello, sólo preguntaban si los precios de los activos tenían sentido habida cuenta de los precios de otros activos.

Pero los teóricos de las finanzas continuaron creyendo que sus modelos eran esencialmente correctos, y así lo hizo también mucha gente que tomaba decisiones en el mundo real. No fue el menos importante de ellos Alan Greenspan, quien era entonces el presidente de la Reserva Federal y que durante mucho tiempo respaldó la desregulación fiscal, cuyo rechazo a los avisos de poner freno a los créditos subprime o de enfrentarse a la creciente burbuja inmobiliaria descansaban en buena parte en la creencia de que la economía financiera moderna lo tenía todo bajo control.

En octubre del pasado año, sin embargo, Greenspan admitió encontrarse en un estado de "conmocionada incredulidad", debido a que "todo el edificio intelectual" se había "derrumbado".

IV. NADIE PODÍA HABERLO PREDICHO...
En los recientes y atribulados debates sobre economía se ha generalizado una frase clave: "Nadie podía haberlo predicho...". Es lo que uno dice con relación a desastres que podían haber sido predichos, debieran haber sido predichos y que realmente fueron predichos por unos pocos economistas que fueron tomados a broma por tomarse tal molestia.

Tomemos, por ejemplo, el precipitado auge y caída de los precios de la vivienda. Algunos economistas, en particular Robert Shiller, identificaron la burbuja y avisaron de sus dolorosas consecuencias si llegaba a reventar. Pero, aún en 2004, Alan Greenspan descartó hablar de burbuja inmobiliaria: "Una grave distorsión nacional de precios", declaró, era "muy improbable". El incremento en el precio de la vivienda, dijo Ben Bernanke en 2005, "en gran medida es el reflejo de unos fuertes fundamentos económicos".

¿Cómo no se dieron cuenta de la burbuja? Para ser justo, los tipos de interés eran inusualmente bajos, lo que posiblemente explica parte del alza de precios. Puede ser que Greenspan y Bernanke también quisieran celebrar el éxito de la Reserva Federal en sacar a la economía de la recesión de 2001; conceder que buena parte de tal éxito se basara en la creación de una monstruosa burbuja debiera haber puesto algo de sordina a esos festejos.

Pero había algo que estaba sucediendo: una creencia general de que las burbujas sencillamente no tienen lugar. Lo que llama la atención, cuando uno vuelve a leer las garantías de Greenspan, es que no estaban basadas en la evidencia, sino que estaban basadas en el aserto apriorístico de que simplemente no puede haber una burbuja en el sector inmobiliario.

Y los teóricos de las finanzas eran todavía más inflexibles en este punto. En una entrevista realizada en 2007, Eugene Fama, padre de la hipótesis del mercado eficiente, declaró que "la palabra burbuja me saca de quicio" y continuó explicando por qué podemos fiarnos del mercado inmobiliario: "Los mercados inmobiliarios son menos líquidos, pero la gente es muy cuidadosa cuando compra casas. Se trata normalmente de la mayor inversión que van a hacer, de manera que estudian el asunto con cuidado y comparan precios".

De hecho, los compradores de casas comparan concienzudamente el precio de su compra potencial con los precios de otras casas. Pero eso no dice nada sobre si el precio en general de las casas está justificado.

En pocas palabras, la fe en los mercados financieros eficientes cegó a muchos, si no a la mayoría, de los economistas ante la aparición de la mayor burbuja financiera de la historia. Y la teoría del mercado eficiente también desempeñó un significante papel en inflar esa burbuja hasta ese primer puesto.

Ahora que ha quedado al descubierto la verdadera peligrosidad de los activos supuestamente seguros, las familias de Estados Unidos han visto evaporarse su dinero por valor de 13 billones de dólares. Se han perdido más de 6 millones de puestos de trabajo y el índice de desempleo alcanza su más alto nivel desde 1940. Así que ¿qué orientación tiene que ofrecer la economía moderna ante el presente aprieto? ¿Y deberíamos fiarnos de ella?

V. LA PELEA POR EL ESTÍMULO
Durante una recesión normal, la Reserva Federal responde comprando Letras del Tesoro -deuda pública a corto plazo- de los bancos. Esto hace bajar los tipos de interés de la deuda pública; los inversores, al buscar un tipo de rendimiento más alto, se mueven hacia otros activos, haciendo que bajen también otros tipos de interés; y normalmente esos bajos tipos de interés finalmente conducen a la recuperación económica. La Reserva Federal abordó la recesión que comenzó en 1990 bajando los tipos de interés a corto plazo del 9% al 3%. Abordó la recesión que comenzó en 2001 bajando los tipos de interés del 6,5% al 1%. E intentó abordar la actual recesión bajando los tipos de interés del 5,25% al 0%.

Pero resultó que el cero no es lo suficientemente bajo como para acabar con esta recesión. Y la Reserva Federal no puede poner los tipos a menos de cero, ya que con tipos próximos al cero los inversores sencillamente prefieren acaparar efectivo en lugar de prestarlo. De tal modo que a finales de 2008, con los tipos de interés básicamente en lo que los macroeconomistas llaman zero lower bound, o límite inferior cero, como quiera que la recesión continuaba ahondándose, la política monetaria convencional había perdido toda su fuerza de tracción.

¿Y ahora qué? Ésta es la segunda vez que Estados Unidos se ha tenido que enfrentar al límite inferior cero, habiendo sido la Gran Depresión la ocasión precedente. Y fue precisamente la observación de que hay un límite inferior a los tipos de interés lo que llevó a Keynes a abogar por un mayor gasto público: cuando la política monetaria es infructuosa y el sector privado no puede ser persuadido para que gaste más, el sector público tiene que ocupar su lugar en el sostenimiento de la economía. El estímulo fiscal es la respuesta keynesiana al tipo de situación económica depresiva en la que estamos inmersos.

Tal pensamiento keynesiano subyace en las políticas económicas de la Administración de Obama. John Cochrane, de la Universidad de Chicago, indignado ante la idea de que el gasto gubernamental pudiera mitigar la última recesión, declaró: "Eso no forma parte de lo que todos hemos enseñado a los estudiantes graduados desde los años sesenta. Ésas (las ideas keynesianas) son cuentos de hadas que han demostrado ser falsas. Es muy reconfortante en los momentos de tensión volver a los cuentos de hadas que escuchamos de niños, pero eso no los hace menos falsos".

Pero como ha señalado Brad DeLong, la actual postura académica viene también siendo de generalizado rechazo a las ideas de Milton Friedman. Friedman creía que la política de la Reserva Federal, más que para cambios en el gasto público, debía ser utilizada para estabilizar la economía, pero nunca afirmó que un aumento del gasto público no puede, en cualesquiera circunstancias, aumentar el empleo. De hecho, al volver a leer el sumario de las ideas de Friedman de 1970, Un marco teórico del análisis monetario, lo que llama la atención es lo keynesiano que parece.

Y ciertamente Friedman nunca se creyó la idea de que el paro masivo represente una voluntaria reducción del esfuerzo de trabajo o la idea de que las recesiones en realidad sean buenas para la economía. Sin embargo, Casey Mulligan, también de Chicago, sugiere que el desempleo es tan elevado porque muchos trabajadores están optando por no aceptar trabajos.

Ha sugerido, en particular, que los trabajadores están prefiriendo seguir desempleados porque ello mejora sus probabilidades de recibir ayudas a sus deudas hipotecarias. Y Cochrane declara que el alto desempleo en realidad es bueno: "Debiéramos tener una recesión. La gente que pasa su vida machacando clavos en Nevada necesita algo distinto que hacer".

Personalmente, pienso que eso es una locura. ¿Por qué debería el desempleo masivo en todo el país hacer que los carpinteros se fueran de Nevada? ¿Puede alguien alegar seriamente que hemos perdido 6,7 millones de puestos de trabajo porque hay pocos estadounidenses que quieran trabajar? Claro que si empiezas por asumir que la gente es perfectamente racional y los mercados perfectamente eficientes, tienes que llegar a la conclusión de que el desempleo es voluntario y la recesión es deseable.

VI. DEFECTOS Y FRICCIONES
La economía, como disciplina, se ha visto en dificultades debido a que los economistas fueron seducidos por la visión de un sistema de mercado perfecto y sin fricciones. Si la profesión ha de redimirse a sí misma tendrá que reconciliarse con una visión menos seductora, la de una economía de mercado que tiene unas cuantas virtudes pero que está también saturada de defectos y de fricciones.

Existe ya un modelo bastante bien desarrollado del tipo de economía que tengo en mente: la escuela de pensamiento conocida como finanzas conductuales. Quienes practican este planteamiento ponen el énfasis en dos cosas. Primero, en el mundo real hay muchos inversores que tienen un escaso parecido con los fríos calculadores de la teoría del mercado eficiente: casi todos están demasiado sometidos al comportamiento de la manada, a ataques de entusiasmo irracional y de pánicos injustificados. Segundo, incluso aquellos que tratan de basar sus decisiones en el frío cálculo se encuentran con que a menudo no pueden, que los problemas de confianza, de credibilidad y de garantías limitadas les fuerzan a ir con la manada.

Entretanto ¿qué ocurre con la macroeconomía? Los acontecimientos recientes han refutado de manera decisiva la idea de que las recesiones son una óptima respuesta a las fluctuaciones en los índices del progreso tecnológico; un punto de vista más o menos keynesiano es la única alternativa plausible. Pero los modelos del neokeynesianismo estándar no dejan espacio para una crisis como la que estamos padeciendo, ya que esos modelos generalmente aceptaron el punto de vista del sector financiero sobre el mercado eficiente.

Una línea de trabajo, encabezada por nada menos que Ben Bernanke en colaboración con Marc Gertler, de la Universidad de Nueva York, ha puesto el acento en el modo en el que la carencia de garantías suficientes puede dificultar la capacidad de los negocios para recabar fondos y forjar oportunidades de inversión. Una línea de trabajo similar, en gran parte establecida por mi colega de Princeton Nobuhiro Kiyotaki y por John Moore, de la London School of Economics, sostenía que los precios de activos tales como las propiedades inmobiliarias pueden sufrir desplomes de los que salen fortalecidos pero que, a cambio, deprimen a la economía en su conjunto. Pero hasta ahora el impacto de las finanzas disfuncionales no ha llegado ni siquiera al núcleo de la economía keynesiana. Claramente, eso tiene que cambiar.

VII. RECUPERANDO A KEYNES
Así que esto es lo que pienso que tienen que hacer los economistas. Primero, tienen que enfrentarse a la incómoda realidad de que los mercados financieros distan mucho de la perfección, de que están sometidos a falsas ilusiones extraordinarias y a las locuras de mucha gente. Segundo, tienen que admitir que la economía keynesiana sigue siendo el mejor armazón que tenemos para dar sentido a las recesiones y las depresiones. Tercero, tienen que hacer todo lo posible para incorporar las realidades de las finanzas a la macroeconomía.

Al replantearse sus propios fundamentos, la imagen que emerge ante la profesión puede que no sea tan clara; seguramente no será nítida, pero podemos esperar que tenga al menos la virtud de ser parcialmente acertada.

Paul Krugman es profesor de Economía en la Universidad de Princeton y premio Nobel de Economía 2008. © 2009 New York Times Service. Traducción de Juan Ramón Azaola

El Pais

Libro:Comunistas contra Stalin.Una generación exterminada





Esta obra, que viene a representar algo así como el “testamento” de Pierre Broué es el trabajo más completo y exhaustivo sobre una historia que merece ser conocida….

Esta edición de casi cuatrocientas páginas es el fruto del destacado esfuerzo colectivo de los componentes de una entidad tan modesta como la Fundación Andreu Nin, y en especial del equipo que ha dedicado horas y horas de trabajo a una traducción voluntaria necesaria para completar el esfuerzo que significaba su edición. Este equipo ha quedado reseñado en el libro con la siguiente nota: “Traducción de Andreu Coll, Margarita Díaz y Juan A. Herrero. Revisión de Andreu Coll y Carlos Artola”, equipo al que hay que añadirle el de todos los que han hecho el proyecto posible.


Su autor es una viejo conocido, algunos ya lo conocíamos de los años sesenta, cuando gracias a los dobles fondos de algunas librerías pudimos acceder a La revolución y la guerra de España (publicada por el Fondo de Cultura Económica, una editorial mexicana creada por exiliados españoles a la que también pudimos conocer los siete volúmenes de la Historia del pensamiento socialista, de G.H. Cole), escrita con E. Temine. Significa el inicio de una nueva fase de ediciones de obras de Pierre que como tantos otros, desapareció de nuestras librerías en los aciagos años ochenta, y del que quedan importantes obras por traducir comenzando por su monumental biografía de Trotsky. Otra sería Staline et la Revolution. Le cas espagnol (1993), pero también habría que hablar de La revolución alemana que fue editada en dos volúmenes por y que ya no se encuentra, al contrario que otras como El partido bolchevique y Los procesos de Moscú, que se pueden encontrar en la Red…

l lector interesado encontrará algún trabajo mío sobre su obra y también sobre su vinculación militante que abandonó en 1989, justo el año en el que tuve ocasión de reanudar una cierta relación personal con él que se tradujo también en la colaboración en varios números de la revista Cahiers Leon Trotski, a la que no se podría definir en los términos que se hacen (“que han aportado valiosa información sobre la represión estalinista en varios lugares del mundo”) en la presentación que de Broué se hace en el libro, ya que, sin dejar de ser esto cierto , lo que ha definido los Cahiers ha sido la investigación exhaustiva de la trayectoria del movimiento trotskista internacional, con varios números sobre los años treinta en España por citar un ejemplo. En esa tarea, obviamente también se ha denunciado con rigor la represión estalinista.

En estos andurriales, la trágica aventura de la Oposición de Izquierdas era conocida por las propias obras de Broué, y también, por el segundo y tercer volumen que Deustcher dedicó a Trotsky, atreviéndome a decir como reiterado lector de esta, que estas quizás fuesen sus páginas más memorables. En este sentido, me permito hacer un inciso para contradecir la percepción de un antiguo camarada según la cual la biografía de Broué sobre Trotsky fue escrita para “rebatir la de Deustcher”, lo cual sería correcto sí se añadiera la frase “en algunos aspectos”, sobre en importantes detalles históricos sobre los que Broué manejaría una información más rigurosa y contrastada. Pero esto no reduciría un ápice los grandes méritos de Deustcher.

Anotemos que en un reseña “liberal” se objeta lo siguiente: “No debemos perder de vista que Broué era trotskista, y que Trotski, entre otras cosas, fue el fundador del Ejercito Rojo, que no fue una simple maquinaria de guerra, sino que se convirtió, por obra de su fundador, en un auténtico comisariado político que durante la guerra civil depuró las filas comunistas de forma sanguinaria. Sus modos expeditivos de actuar violaron la ley natural y las antiguas leyes humanizadoras de la guerra”. El responsable de estas líneas miente descaradamente, y podemos afirmar que todas las pesquisas que se han hecho con la intención de encontrar algún vestigio de lo que dicen, han sido rotundamente desmentidas por los documentos y testimonios, detalle que el propio Broué se encarga de desmenuzar en su biografía de Trotsky. En cuanto a “las antiguas leyes humanizadoras” de la guerra fueron destruidas de manera despiadada en el curso de la “Gran Guerra” como ya antes lo habían sido en las guerras coloniales.

La obra aborda la trágica aventura militante de una fracción muy amplia de los bolcheviques que, tras haber protagonizado páginas extraordinarias de la historia de la revolución, y baste señalar los ejemplos de Rakovski, Preobrazhenski o Smilga entre tantos otros, siguieron defiendo el “partido de la revolución” ante el ascenso de lo que se llamó “estalinismo” o sea el “partido del Estado”, el que apuesta por la institucionalización, por la jerarquía de mandos, por la concepción “religiosa” del “comunismo”, y el que finalmente, se deshace de toda oposición mediante el terror, hasta llegar casi a la “solución final” con lo que llamó “trotskismo”.

Tenemos que volver una y otra vez sobre esta obra capital en un momento histórico en el que persiste una suerte de “pensamiento único” sobre esta cuestión, un pensamiento que, como nos recuerda en sus trabajos, Antonio Muñoz Molina, un señor que empezó como novelista interesante hasta que fue encumbrado por PRISA, insiste en negar mayores diferencias entre el aparato burocrático que hundía sus raíces en las peores tradiciones zaristas, y los comunistas que por defender su ideario pluralista e internacionalista, por apostar por la recomposición de los movimientos y de los soviets padecieron todos los círculos del infirmo como evoca tan magistralmente Shalamov en su Relatos de Clima.

Esta “historia oficialista” del anticomunismo siempre ha rechazado a autores como Carr, Deustcher y por supuesto Pierre Broué, porque en obras como esta, pone en evidencia cómo la consolidación del poder de Stalin se produjo sobre el vacío social, el aislamiento de la revolución y la entronización de la cultura burocrática concebida como una pirámide al frente del cual Stalin alcanzó el poder absoluto. Lo que en un principio fue una controversia política, a principios de los años treinta pasó a valerse de los medios del terror y el crimen. Broué explica los mecanismos del ascenso estalinista, y muestra la existencia de otros comunistas, los que hicieron honor al ideal por el que sufrieron persecución y la maldición de verse acusados justamente de todo lo contrario de lo que creían y actuaban. Hoy en día, esta batalla contra el estalinismo está ganada culturalmente y moralmente. El debate pues se desarrolla en otro ámbito, en contra de las escuelas conservadoras que tratan de establecer la medida del comunismo por el estalinismo, su mayor negación. La obra aporta datos muy importantes también para comprender lo que supuso el estalinismo históricamente, y en su extensión internacional, como su triunfo significaría, a la larga, la descomposición de un movimiento que comenzó con el mayor desafío que los poderosos habían conocido a lo largo de la historia. Un desafío que unía el movimiento real con el pensamiento analítico más avanzado.

En una la misma nota “liberal” que me ha llegado sobre el libro he podido leo: “si bien es verdad que el libro desvela la “maldad de Stalin” no es menos verdad que oculta la de otros. Con carácter general trata a los opositores de Stalin como valientes, lo cual fue cierto en muchos casos, pues sabían que se enfrentaban al exilio e incluso a la muerte en el Gulag, los campos de exterminio soviéticos, mucho más temibles que los nazis. Sin embargo, no se puede sostener, ni mucho menos, que todos los represaliados defendieran un socialismo democrático que no pudo ser. Esto no es cierto, muchos de ellos tenían una visión diferente del comunismo, pero no por ello era un comunismo democrático”…Broué no entra en la “maldad de Stalin” sino en la lógica sustituiste de la burocracia, en el peso de la tradición bárbara.

En cuanto a los represaliados, está claro que ninguno defendía el “socialismo democrático” si por esto se todo ellos se entiende el socialismo verbal de los gestores leales del capitalismo con todas sus consecuencias…Defendían el socialismo de los consejos obreros que los desastres de la guerra provocada por la estrategia “contra” de las grandes potencias que acabó trastornando las ya arduas condiciones objetivas de la Rusia soviética y provocando el abismo social en el que se gestó el estalinismo.
Pepe Gutierrez

Reflexiones sobre la separación de la iglesia y el estado en Francia








El 9 de Diciembre de 1905 se votaba la ley de Separación de las Iglesias y el Estado que ponía fin a más de un siglo de concordato, llegando así al final de la obra de secularización iniciada por la Revolución. Francesa. Proclamando como principio institucional que "La República asegura la libertad de conciencia", la laicidad prohibía toda financiación directa o indirecta de las religiones en el artículo 2 de la ley: "La República no reconoce, no subvenciona, ni financia ningún culto".

Los defensores de la democracia política han necesitado tres ocasiones para instaurar esta separación: en 1795, en 1871, después en 1905. Dos veces, los partidarios de la opresión con Bonaparte en 1801, posteriormente Thiers después del aplastamiento de la Comuna, echaron abajo esta construcción de la libertad. Desde 1905, muchos otros han restablecido también como una causa de grave importancia el principio de separación de las Iglesias y el Estado.

Después de la Comuna de París y de la semana sangrienta, el movimiento obrero renacía uniendo su lucha de emancipación social a la de los republicanos para la llegada de la laicidad escolar y seguidamente la del Estado, para hacer triunfar la absoluta libertad de conciencia. La separación de las Iglesias y el Estado era el resultado de la gran Revolución francesa que había proclamado la exigencia de la igualdad de los derechos ciudadanos.

Jean Jaurés podía así decir: "La ley de separación es la marcha deliberada del espíritu hacia la plena luz, la plena ciencia y la entera razón". Y Ferdinand Buisson, presidente de la Comisión parlamentaria encargada de elaborar la ley añadirá: "La separación no es la última palabra de la revolución social, pero constituye innegablemente la primera".



Es preciso restaurar y extender la ley de 1905!


Los golpes más duros contra los principios de separación han sido dirigidos por Vichy, a través de las leyes del 5 de Febrero de 1941, del 8 de abril y del 25 de Diciembre de 1942 que devolvieron a la Iglesia católica un poder considerable, financiero, obiliario e inmobiliario, y permitieron la vuelta de las congregaciones. Todas esas medidas antilaicas se mantuvieron después de la liberación.

Actualmente, a excepción de Alsace Moselle (el concordato más antiguo existente en Europa asociado a la aplicación integral de la ley clerical del vizconde de Falloux de 1850 y de leyes que datan de la anexión alemana de 1870 a 1918) y los decretos Mandel de 1939 para los territorios de Ultramar, los gobiernos que se han sucedido en el poder desde 1945 han violado deliberadamente la laicidad de la Escuela y el Estado.

Haciendo votar leyes antilaicas, los gobiernos sucesivos de la Cuarta a la Quinta República, han atacado gravemente la ley de 1905. Hoy, es un presupuesto equivalente a 200.000 empleos que se desvían de la Escuela pública en provecho de la escuela privada esencialmente católica.

¡La laicidad, garantizada por la separación de las Iglesias y el Estado es la democracia!

La democracia política impone que la República no distingue más que ciudadanos y no comunidades. Es la condición fundamental para asegurar una verdadera libertad de conciencia. A la inversa, el comunitarismo no reconoce a los ciudadanos y no considera más que súbditos. La noción de derechos es reemplazada por la de deberes ligados a una pertenencia comunitarista presupuesta e inflexible.

El respeto absoluto de la separación de las Iglesias y el Estado impone el no reconocimiento de las religiones en la escuela laica y en las servicios públicos. Este principio prohíbe todo proselitismo religioso por sus signos, insignias y emblemas así como la enseñanza de catequesis en la Educación Nacional. La laicidad prohíbe toda financiación directa o indirecta de edificios con vocación de culto.

La democracia impone que la religión sea exclusivamente un asunto privado.


Cuando la República se fundó nuevamente en 1870, cuando se afirmó en 1877 y en 1879, instauró en un mismo movimiento la laicidad escolar y la laicidad del Estado. Proclamó como un principio intangible el respeto a la absoluta libertad de conciencia.

Al mismo tiempo, reconocía la total libertad sindical en 1884, es decir el derecho a los obreros de organizarse con toda la independencia para la defensa de sus intereses frente a las clases dominantes. Se afirmaba también al mismo tiempo la plena y entera libertad de intervenir a los partidos políticos, sin la cual no puede haber una verdadera democracia. La afirmación de las libertades democráticas y políticas se acompañaba de conquistas sociales de envergadura.

Los principios fundamentales y las formas de puesta en práctica de la laicidad tienen vocación de ser exportadas en el plano internacional

La laicidad de la Escuela y del Estado, garantizada por la ley de 1905, es indisociable de la República una e indivisible. No se puede defender una sin defender la otra. La libertad absoluta de conciencia es una de las garantías fundamentales de la igualdad y los derechos de todos los ciudadanos.

Por: La Comision Administrativa Nacional de la Federacion francesa del Librepensamiento

El bastión neoliberal de la UE se derrumba







Letonia cierra hospitales y reduce el 50% el salario a los maestros. Los recortes draconianos han sido impuestos por el FMI y Europa a cambio de créditos para evitar la bancarrota

La economía cae al 18% y, para evitar la bancarrota, se han cerrado 30 hospitales, los enfermos deberán alquilar a partir de ahora la cama en los centros públicos, el salario de los maestros se recorta a la mitad, el salario mínimo baja el 20% y las pensiones, el 10%. Todo junto. Y a las puertas del invierno.

No es la Argentina que quebró en 2001, aunque reputados economistas como Paul Krugman y Nouriel Roubini subrayan que se le parece mucho. Se trata de Letonia, en plena Unión Europea (UE) y en 2009. El laboratorio neoliberal europeo el único país de toda la UE donde el centro-izquierda no ha gobernado en los últimos 20 años, donde todos los asalariados pagan el mismo porcentaje de impuestos (flat-tax del 23%), donde las empresas apenas tienen tasas que asumir y el despido es en la práctica libre se ha derrumbado como ningún otro país ante la crisis mundial.

"Espero no ponerme nunca enfermo de gravedad porque de lo contrario estoy perdido", ironiza sin perder la sonrisa Martin, de 27 años, mientras espera en la sala semidesértica del Hospital número 1 de Riga. Desde el 1 de septiembre, este hospital desvencijado y centenario, que ocupa una manzana entera en el centro de la capital, está prácticamente cerrado por falta de fondos.

En el primer semestre del año, el hospital trató a 14.000 pacientes en emergencias. Tras el gran recorte presupuestario acordado en verano para cumplir con el FMI y la UE, apenas le quedan fondos para 2.000 pacientes en todo el segundo semestre. Ya sólo abre un par de días por semana, en la penumbra y para emergencias. Y los enfermos saben que tendrán que pagar. Hay ambiente de funeral.

"No sé qué pasará este invierno, pero esto se derrumba", explica la doctora Arste Engle, que lamenta que no se emprendieran reformas antes. "Ahora cada hospital público que no cierre fijará sus propios precios para cada servicio y mucha gente no podrán pagar. ¿Se les dejará morir?", se pregunta.

Imposiciones del FMI y laUE
La cama puede costar hasta 25 lats (35 euros) por noche en un hospital público, a lo que hay que sumar el coste de medicinas y tratamiento. Sólo la cama de un día equivale a la mitad de lo que percibe en todo un mes un parado que lleve más de 120 días sin trabajo.

Los recortes draconianos han sido impuestos por el FMI y la UE a cambio de créditos que desde diciembre han inyectado al país 3.000 millones de euros, equivalente al 40% del presupuesto público, y evitado la bancarrota.

En los años del boom, Letonia (como sus hermanos bálticos Estonia y Lituania, ahora también con caídas del PIB que rondan el 20%) creció en dobles dígitos. Muchos pusieron su modelo ultraliberal como ejemplo a seguir. Pero ya en 2007, antes del crash, Letonia, de 2,3 millones de habitantes, era el país de la UE con más población en riesgo de pobreza: el 21% del total, según Eurostat.

La ayuda internacional trata de evitar que se hunda la moneda nacional (lat) porque entonces contagiaría quizá mortalmente a Suecia, cuyos bancos dominan el mercado báltico y lo han sembrado de créditos en euros. "Al no poder devaluar, sólo queda la posibilidad de una devaluación interior", explica una asesora del primer ministro, el liberal Valdis Dombrovskis, que llegó al Gobierno en marzo. Traducción: el presupuesto tiene que reducirse de forma abrupta. El plan prevé que en 2011 sea un 30% inferior al aprobado inicialmente para 2009.

"La situación es excepcional y todos aceptamos que hay que recortar, pero no aprobamos ni las prioridades ni los métodos del Gobierno", explica la vicepresidenta de la principal confederación sindical (LBAS) Livija Marcinkevica, quien añade: "Los sindicatos sólo firmamos el pacto porque, de lo contrario, el FMI no otorgaba el crédito".

¿Y cómo es posible que con semejantes recortes sociales los sindicatos no estén en la calle? "Lo intentamos, pero nuestra gente es demasiado prudente. Así es nuestro carácter nacional: creen que es mejor tener paciencia", añade Marcinkevica, resignada.

"¿Protestar? ¿Contra quién?", contesta Filips Birzulis, redactor del semanario Baltic Times. "Los culpables del desastre ya no están, el Gobierno es nuevo, Occidente nos da créditos y la izquierda arruinó el país durante la barbarie comunista. ¿Contra quién tendría sentido protestar?".

La crisis ha insuflado algo de vida al opositor Centro Harmónico, cuyo principal componente dice ser socialdemócrata, aunque hasta ahora representaba sobre todo los intereses de la minoría rusa. Su líder, Nils Usakovs, de 37 años y flamante alcalde de Riga, está convencido de que "por fin se están empezando a romper los estereotipos de muchos años que vinculaban la ocupación soviética con el comunismo y con toda idea de izquierda".

"Soñamos con ir al extranjero"
Sin embargo, ninguna encuesta le sitúa en cabeza, pese a la tremenda crisis. Y él ni siquiera tiene claro que cambiaría la política económica: "El gran problema de este país no han sido las recetas económicas, sino la baja calidad de sus Gobiernos en 20 años de independencia", concluye.

Los sondeos descartan grandes cambios y Edgard, estudiante de 22 años, explica por qué: "Los mayores están exhaustos por tanto sufrimiento pasado y poco acostumbrados a actuar por iniciativa propia. Y los jóvenes sólo soñamos en poder ir al extranjero. La situación es demasiado difícil y queremos disfrutar de la vida cuanto antes".

Ya no hay Muro que impida su marcha: cayó hace ahora 20 años. Pero la esperanza y la ilusión parecen haberse evaporado por completo.

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