6 de noviembre de 2009

EL PSE RESPALDA EL HOMENAJE A UN ETARRA QUE IMPIDIÓ LA POLICIA VASCA





EL PSE RESPALDA EL HOMENAJE A UN ETARRA QUE IMPIDIÓ LA POLICIA VASCA
El PSE se sumó ayer a una moción aprobada en las Juntas de Guipúzcoa contra la prohibición por parte de la Audiencia Nacional y la posterior disolución a cargo de la Ertzaintza del homenaje a Juan Paredes 'Txiki', uno de los últimos etarras fusilados durante el franquismo. El texto, impulsado por Aralar, obtuvo el respaldo de todos los partidos excepto el PP. El documento insta a instituciones como el Gobierno vasco y los tribunales a hacer una «reflexión» para que los familiares de este militante de ETA «y de otras víctimas» de la dictadura «puedan seguir celebrando con normalidad» este tipo de actos.

La iniciativa surge después de que un juez impidiera la convocatoria prevista para el pasado 27 de septiembre en el cementerio de Zarautz, donde está enterrado el cuerpo de 'Txiki'. Ese mismo día la Audiencia Nacional también prohibió varios actos similares previstos en el 'gudari eguna' organizado por grupos ilegalizados.



A pesar de la anulación, familiares y amigos del etarra fusilado en 1975 se congregaron en las inmediaciones del camposanto, lo que obligó a la Ertzaintza a disolver a los presentes para hacer cumplir el auto judicial. El homenaje, convocado por la asociación Ahaztuak 1936-1977 -agrupación que trabaja en el ámbito de la memoria histórica-, se pudo celebrar un mes después, el pasado 25 de octubre con la presencia de más de 300 personas. Tras ese episodio, Aralar llegó a exigir al Gobierno vasco que pidiera «perdón» a los allegados de Paredes por su comportamiento o, de lo contrario, exigiría la dimisión del consejero de Interior, Rodolfo Ares.

«Verdad y justicia»

Los socialistas piden ahora, junto a la mayoría de las formaciones de las Juntas de Guipúzcoa, que los tribunales y el Ejecutivo de Patxi López tengan en cuenta las características especiales de esta clase de actos de recuerdo, además de reivindicar la labor del colectivo Ahaztuak en favor de «los valores de la verdad y la justicia» y contra «los crímenes cometidos durante el franquismo».

La portavoz de Aralar en la institución foral, Rebeka Ubera, se mostró satisfecha por haber podido alcanzar un acuerdo con el resto de partidos para aprobar la moción y puso especial énfasis en que, «de alguna manera», el PSE haya «reconocido que metió la pata» por impedir la celebración del homenaje. «Los familiares y amigos de 'Txiki' merecen el reconocimiento de esta Cámara», señaló antes de insistir en que el Departamento de Interior podía haber actuado «de otra forma» y con una mayor «proporcionalidad».

Por su parte, el representante del PP, Iñigo Arcauz, explicó que su partido no había secundado la moción porque 'Txiki', aun siendo un «defensor de la libertad», era también «miembro de ETA» y su homenaje se ha «instrumentalizado» en la actualidad por parte de Batasuna.
(El Correo Español. 5 / 11 / 09)

Galaxia Gutenberg publica las crónicas de Vasili Grossman, inéditas en castellano, sobre la Segunda Guerra Mundial en Rusia.





Crónicas de Vassily Grossman

PEIO H. RIAÑO – MADRID – 06/11/2009 07:00

Su uniforme acabó hecho trizas al año y pidió uno nuevo. Pateó el frente ruso desde el primer día de la guerra contra la Alemania nazi, en 1941 y hasta el final de la contienda mundial. No vivió la guerra desde la barrera y su necesidad de verdad le llevó a preguntar y relacionarse con los protagonistas civiles y militares, que sufrieron y lucharon durante esos años. Cuando el país es invadido, Vasili Grossman se convierte en corresponsal de guerra. Está en todos los combates, ante Moscú, en Stalingrado, en Ucrania, en Polonia y llega a Berlín en 1945. Sus crónicas y reflexiones son publicadas a partir del 5 de agosto de 1941 en Estrella Roja, el periódico del Ejército Rojo que también leía la población, y pronto llegan a la prensa internacional.

Este material reunido bajo el título de Años de guerra, que la editorial Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores pondrá en distribución la próxima semana por primera vez en castellano, supone el alma de su obra posterior. El autor de Vida y destino acumula en estos apuntes desde el frente la materia prima con la que más tarde criticará el totalitarismo nazi y soviético. Es en la escritura y testimonio de los desastres de la guerra cuando Grossman llega a la iluminación: ¿Por qué fue el único escritor soviético del que se sabe que sufrió una conversión radical, pasando de la sumisión a la rebelión? Como dice Tzvetan Todorov, “el escritor sufre una metamorfosis completa: muerte del esclavo y resurrección del hombre libre”.

Grossman entiende después de su llegada al campo de exterminio de Treblinka que él pertenece a la población destinada a la aniquilación durante la guerra. Hitler es quien confirma a Grossman en su identidad judía, pero su conversión concierne a Stalin, no a Hitler: entendió que Hitler no fue mucho peor que Stalin y así lo dejó por escrito años más tarde en su obra cumbre. La revelación de los secretos del Gulag se hace posible gracias al Lager.

Grossman entiende que él pertenece a la población destinada a la aniquilación durante la guerra

En Treblinka, acompaña a las primeras divisiones del ejército Rojo que descubren los vestigios del campo polaco. Durante días investiga, interroga a supervivientes y guardias encarcelados. Después publicará el primer relato conocido sobre los campos de exterminio, titulado El infierno de Treblinka, un texto que las autoridades soviéticas presentaron como prueba en los juicios de Núremberg e incluido en esta importante edición.

La voz de Grossman en este relato suena templada y cuidadosa. No está furioso, no está rabioso, no escribe desde el estómago, lo hace con cuidado, camina a paso lento por el horror y la organización de la tortura y los sistemas de encarcelamiento, por la descripción de los prisioneros y sus recuerdos, por el retrato de los asesinos que participaron salvajemente en la matanza de judíos y polacos. Según cuenta el historiador Antony Beevor en Un escritor en guerra: Vasili Grossman en el Ejército Rojo, 1941-1945 (Crítica), el procedimiento de nuestro autor se diferenciaba del de los periodistas al uso.
Un tipo de confianza

Grossman marchaba con las tropas, vestido como soldado, con toda la confianza del Ejército y sin prisa por escribir en el día. No tomaba notas en el momento en sus pequeños cuadernos de letra enjuta y menuda. Lo hacía más tarde, haciendo memoria de lo que le contaban y de lo que veía, de la experiencia y del sinfín de detalles relacionados con las personas en los que se fijaba. “Escuchaba y luego escribía en sus cuadernos”, cuenta Beevor, lo que explicaría esa reflexión sin vehemencia en su exposición.

Aún así, el testimonio es el de alguien superado por la maldad: “El espíritu de economía, la exactitud, el cálculo, la pulcritud pedantesca son todos ellos rasgos plausibles que poseen muchos alemanes. Aplicados a la agricultura o a la industria, dan sus frutos. El hitlerismo aplicó estos rasgos al crimen contra la humanidad y las SS del Reich procedieron en el campo de concentración polaco exactamente como si se tratara del cultivo de coliflores o de patatas”, escribe el autor ruso, que destacaba una y otra vez la afición alemana a la reglamentación y al esquema elaborado hasta los más insignificantes detalles.

“El carpintero de Varsovia Max Levit logró salvarse saliendo herido de entre los cadáveres”

Precisamente, uno de los supervivientes del campo le cuenta cómo la noche del 22 de julio de 1944 los soldados, conscientes de que la artillería soviética está a la vuelta de la esquina, liquidan a todos los presos. “El carpintero de Varsovia Max Levit logró salvarse saliendo herido de entre los cadáveres de sus compañeros cuando se hizo oscuro, y se arrastró hacia el bosque. Contó cómo, tumbado en la zanja, oyó a 30 chicos que al ser fusilados cantaron la canción “Mi gran país querido”, oyó cómo uno de los muchachos gritaba: “¡Stalin nos vengará!”, oyó cómo el jefe de los muchachos, el niño Leib, querido en todo el campo, al caer a su lado en la zanja se irguió después de sonar la descarga y pidió: “¡Señor guardián, ha errado el tiro, por favor, señor, otra vez, otra vez!”, dejó escrito.

Cuando descubre a los asesinos de Treblinka, concluye: “Lo que debe causar horror no son tanto esos seres como el Estado que los ha sacado de sus agujeros, de sus tinieblas y de sus subsuelos porque eran útiles, necesarios e indispensables”. Lo malo no son las personas, sino los totalitarismos.

En Años de guerra Grossman se mantiene fiel a la verdad, lo que llamó la atención de Gorki, supervisor de los escritores al servicio del Estado: “El naturalismo no es apropiado para la realidad soviética y lo único que hace es deformarla. El autor dice: “He escrito la verdad”. Pero debería haberse planteado dos preguntas: ¿qué verdad? ¿Y por qué?”, evidentemente molesto por la intención de un joven Grossman por arrimarse lo máximo posible a la verdad. El organizador de la literatura de propaganda prefería el realismo que fuera útil al país.

Así que luchó por la libertad contra el propio Estado y cuando le confiscan los manuscritos de Vida y destino, Mijail Súslov, ideólogo del régimen presidido por Nikita Jruschov, le amenaza con la misma moneda que Gorki: “La sinceridad no es el único requisito para la creación de una obra literaria en nuestros días”.
La bondad y la libertad

“Para Grossman, el bien siempre es más fuerte que el mal”

“Para Grossman, el bien siempre es más fuerte que el mal. Aunque asiste a la guerra preocupado por la tragedia humana y es testigo de un sinfín de atrocidades, su percepción nunca se ofusca, apunta con atención los detalles de particular interés humano (como todo buen novelista, por otra parte)”, recuerda su traductora Marta Rebón.

El autor apunta en estos escritos el interés por la verdad, libertad y bondad. Grossman, en el horror; Grossman ante la maldad; Grossman elogiando la bondad y oponiéndolo a las doctrinas del bien. “Su humanismo es lo que cautiva”, advierte Joan Riambau, editor de Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. “En realidad, ni es un cronista, ni un periodista, es una figura singular y extraña, que hace un tratamiento muy literario de la información”, explica. Destaca el editor la preocupación por el destino de los individuos y la narración trepidante como la misma cara de todos los Grossman que aparecen por estos textos. El especialista Ricardo San Vicente también recuerda que Grossman abandonó la ideología “para unirse al hombre y a los valores comunes de la humanidad”.
Los años de Grossman en primera línea de fuego

1941, ‘El pueblo es inmortal’
El libro ‘Años de guerra’ arranca con la novela que recoge el primer año de la contienda en la provincia de Gómel, en Bielorrusia. Uno de los capítulos recoge la destrucción de una ciudad por 40 bombarderos alemanes, ejercitando su maestría para combinar realidad y ficción. “El ataque de la aviación alemana se inició aproximadamente a medianoche. Los primeros aviones de exploración, que volaban a gran altura, dejaron caer unas bengalas con paracaídas y varias cajas con bombas incendiarias. Cuando las blancas lunas de las bengalas se inflamaron y quedaron suspendidas en el espacio, las estrellas empezaron a palidecer y a difuminarse. (…) Quedaron iluminados los anuncios del teatro guiñol; las ventanas, con sus visillos y macetas con flores; la columnata del hospital; el pintarrajeado letrero de un restaurante. (…) Ya durante el día, los 40 bombarderos bimotores habían sido dispuestos para el ataque. Los mecánicos alemanes, con una meticulosidad propia de los boticarios, llenaban los depósitos de gasolina con el líquido transparente y volátil. (…) Una tras otra retumbaban las explosiones, haciendo temblar la tierra; saltaban ruidosamente los cristales, en las casas se desprendía el enlucido y se abrían de par en par puertas y ventanas. Mujeres a medio vestir, que sostenían en brazos a sus criaturas, corrían hacia las zanjas-refugio”.

1942, ‘El viejo profesor’

Grossman aprovecha la figura del profesor Borís Isaákovich para preguntarse por cuestiones que van más allá del relato inmediato del acontecimiento histórico y dibujar el destino desdichado de los civiles que sufren la guerra: “Usted, filósofo, matemático, acláreme a mí, médico, ¿qué es todo esto? ¿Un delirio? ¿Cómo un pueblo culto y civilizado, capaz de crear tales clínicas, cuna de celebridades de la ciencia médica, ha sumergido al mundo en las tinieblas de una época reaccionaria, como si fuera la Edad Media? ¿Qué es esto? ¿Una epidemia de psicosis? ¿Una rabia en masa?”, le hace preguntar un doctor a un filósofo. ‘Stalingrado’. Viaja en automóvil desde Moscú a Stalingrado y se deja llevar por uno de los pocos momentos más ligeros y propagandísticos de sus relatos: “La mujer rusa ha asumido el enorme trabajo en los campos y en las fábricas. Pero más agobiante es el peso que oprime su corazón. No duerme por las noches, llora al marido muerto, al hijo, al hermano. Paciente, espera noticias de sus familiares desaparecidos. Con su magnífico y bondadoso corazón, con su claro y juicioso cerebro, soporta los duros reveses de la guerra”.

1944, ‘La ofensiva de primavera’

Grossman apunta este capítulo con el subtítulo de ‘Pensamientos’, escritos en la zona de Kursk. “La ofensiva comenzó por la mañana. Cuando la voz de nuestra artillería resonó en la estepa gris, se estremecieron el cielo y la tierra. Los cuerpos de la guardia royeron la defensa enemiga con las mandíbulas de acero de sus cañones. La potencia del combate crecía por horas. Algunos evocaban la batalla de Stalingrado. A causa del estruendo de nuestra artillería pesada, el hielo fino que apresaba los charcos se rompía como cristal. Los alemanes combatían con tesón y habilidad”.

1945, ‘Camino a berlín’

Varsovia liberada presenta un cuadro imponente, triste, puede decirse que trágico. El demonio alemán de la destrucción absurda y la maldad se ha ensañado a sus anchas durante más de cinco años de dominación en la capital de Polonia. Es como si un enorme monstruo, al verse libre de las cadenas que le sujetaban, hubiese asestado terribles golpes con sus puños de hierro a los altos edificios, derrumbado las paredes, destrozado las puertas y ventanas, destruido los monumentos, deformado las vigas y raíles de acero”, escribe el autor en su viaje hasta Berlín.

Público.es

Los años rojos de Luis Buñuel bucea en la etapa menos estudiada del cineasta.





JESÚS ROCAMORA – MADRID – 05/11/2009 06:00

El 6 de mayo de 1932, Luis Buñuel escribió una carta a André Breton, su jefe en el grupo de los surrealistas, para informarle de manera oficial de que abandonaba su militancia en esta corriente artística y revolucionaria. La razón: otra militancia, la del Partido Comunista, al cual el cineasta se había adherido recientemente y que, en aquellos momentos, encontraba incompatible con los ideales surrealistas. “En el estado actual de las cosas no tendría sentido para un comunista dudar un instante entre su partido y cualquier otra actividad y disciplina”, escribe a Breton.

Esta carta, descubierta en la Biblioteca Nacional de Francia en París en el año 2000, fue el punto de partida de Román Gubern y Paul Hammond para “tirar del hilo”, según palabras de Gubern, y “reconstruir la vida de Buñuel desde 1930 hasta 1938, tanto en el cine como fuera de él, así como en el mundo de la política”. El resultado es un tomo de 400 páginas titulado Los años rojos de Luis Buñuel (Cátedra).

Años rojos por su contenido político, aunque durante un momento, sus autores se plantearon titularlo los años oscuros, ya que se trata de su época menos conocida y estudiada. “Son los años más grises como cineasta. Mientras sus amigos tenían éxito, como Lorca, que triunfaba en el teatro, y Dalí, que estaba ganando mucho dinero en EEUU, él es el que queda agazapado en la sombra, en trabajos menores, anónimos”, dice Gubern.

Buñuel debió de ingresar en el PCE (y no el PCF, aunque, debido a sus largas estancias en Francia, se valió cierta “ambigüedad” para “eludir encargos incómodos”) en algún momento entre el 26 de octubre de 1931 y el 25 de enero de 1932, “durante su prolongada estancia en Madrid, Zaragoza y Toledo, y cuando muchos amigos o compañeros intelectuales de su generación estaban dando el mismo paso”, como Alberti, Eduardo Ugarte o Pedro Garfias.
Denuncia de la República

“El único destello” en la obra de Buñuel estos años fue Las Hurdes, tierra sin pan (1933), una cinta que precisamente nació como crítica a la República. “Hay que tener en cuenta que el PCE, cuando se proclama la Segunda República, se declara contraria a la República burguesa y a favor de una República bolchevique. Esa postura antirrepublicana del PCE, que Buñuel también comparte (y que se mantiene hasta el año 35), hace que Las Hurdes sea una denuncia de la incuria del gobierno republicano, que había mantenido esta miseria atávica sin remediarla, etc, etc”, subraya Gubern.

El 1938, tras dos años trabajando en la embajada española en París, Buñuel se ve empujado al exilio en EEUU. “Y nunca admitió haber sido militante comunista: habría sido suicida”, reconoce Gubern. Aún así, tras la campaña de una revista que dependía del obispado, la Motion Picture Herald, dimitió de su puesto en el Museo de Arte Moderno de Nueva York.

“Fue la primera víctima del McCarthismo, antes de que éste naciese oficialmente en 1947: él tuvo que dimitir por presiones políticas de la derecha católica americana”, concluye Gubern. Poco después, ignorado en Hollywood, en 1946, Buñuel se va a México, donde volvería a rodar.
El espía que fue interrogado dos veces por el FBI

Para escribir ‘Los años rojos de Luis Buñuel’, Gubern y Hammond han investigado, entre otras fuentes, “en los informes del contraespionaje francés, que espiaba a Buñuel en tanto que Buñuel era un agente de espionaje de la República española”, asegura Gubern. Los autores también han podido consultar la ficha de Buñuel en el FBI, “que sí sabía que era un rojo” y que lo “sometió” a dos interrogatorios. Entre otros documentos, se pueden ver la carta mecanografiada que dirigió en 1932 a Breton y otra, a mano, que Dalí le envió desde Nueva York, en 1939, en tono despectivo.

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