17 de diciembre de 2009

De matrimonios católicos, sexualidad y comportamientos anti-naturales







El matrimonio homosexual es contra natura y punto. Lo ha dicho el Papa. No se atreva usted a contradecirlo, o vaya preparando abundante crema solar para cuando cruce las puertas del infierno....

I

Dice el Papa Benedicto XVI que el matrimonio homosexual es anti-natura. Que un hombre se case con otro hombre, o una mujer con otra mujer, no tiene cabida para esta gente de moral intachable e imperturbable en eso que ellos llaman la "ley natural", una ley que es distinta a la ley revelada, y que está vigente en aquellas cosas que los seres humanos podemos conocer por medio de la razón; es decir, lo que está al alcance de la razón sin recurso a la fe. En pocas palabras, es algo así como el conocimiento intuitivo, cuyos preceptos se captan a través de una reflexión racional para con uno mismo, que ha de tener todo ser humano acercca de la validez universal que se desprende de las principales doctrinas morales asociadas a la fe católica, pues estas estarían impresas en nuestra naturaleza existencial más profunda. Si usted no las ha encontrado aún, no se preocupe, es que simplemente no ha dedicado suficiente tiempo para buscarlas. Pero estar, están. Ya se encargan los Papas, auténticos Sherlock Holmes para con estas cuestiones, de buscarlas por usted, encontrarlas de todas, todas, y recordárselas. No hay un solo precepto de la ley moral natural que pueda escapar a las sabias exploraciones de estos representantes de Dios en la tierra.





Total, que ya lo saben, el matrimonio homosexual es contra natura y punto. Lo ha dicho el Papa. No se atreva usted a contradecirlo, o vaya preparando abundante crema solar del 50 para cuando le toque la hora de cruzar las puertas del infierno. Pero no solo es anti-natura, también es anti-natural. La naturaleza, ente sabio donde los haya, aunque, por supuesto, no más sabio que Dios, que por algo fue quien la creo a partir de sí mismo y de su inagotable sabiduría e imaginación (un día que estaba aburrido y solo para demostrar que era superior a Chuck Norris), ha dotado a la especie humana de machos y hembras no por capricho, sino para que estos puedan casarse, fornicar, tener hijos y todas esas cosas que ya ustedes conocen. Tan sabia es la naturaleza que a donde a uno le puso un palito, a la otra le puso un agujerito. Y tanto monta, monta tanto, que “si se suman dos manzanas, pues dan dos manzanas. Y si se suman una manzana y una pera, nunca pueden dar dos manzanas, porque es que son componentes distintos. Hombre y mujer es una cosa, que es el matrimonio, y dos hombres o dos mujeres serán otra cosa distinta”. Como decimos, la naturaleza es sabia (la autora de la cita anterior no, pero qué vamos a hacerle).

II

Ahora bien, a Dios, en su inagotable sabiduría, se le pasó por encima un detalle en el momento de la creación: convertir también el matrimonio católico en algo natural. ¿O acaso los seres humanos ya nacemos casados por la Iglesia? Es más, ¿cuántos animalitos conocen ustedes que hayan pasado por la vicaría? No, no parece que el matrimonio católico, visto así, desde los fundamentos biológicos de nuestra existencia, o desde las pautas que se dan de forma mayoritaria entre el global de las especies animales que habitan en el conjunto de la naturaleza, sea algo que se pueda considerar como muy natural. Es más, podríamos decir que todo lo contrario.

Si, según la ciencia, existen en torno a 1.000.000 de especies animales conocidas, y solo una de ellas, que se sepa, tiene entre sus conductas vitales hacer uso de este tipo de matrimonio católico, esto quiere decir que tan solo el 0,000001% de las especies animales existentes tienen entre sus comportamientos el casarse según dictan las normas de la Iglesia. Si, como deciamos antes, se sabe además que los miembros (y miembras) de esa única especie no nacen ya casados por tal rito, sino que es algo que han de realizar a lo largo de sus respectivas vidas, y a la misma vez se sabe que más de dos tercios de esos miembros (y miembras) de la especie humana no profesan la religión católica y, por tanto, quedan descartados de tal grupo, la cosa va quedando en un marco cada vez más reducido y antinatural. Si encima buena parte de los que supuestamente viven en naciones donde tal religión es mayoritaria, y aun habiendo sido bautizados en dichas creencias, tampoco optan finalmente por casarse según marca la doctrina católica, el tema ya es chistoso. De natural tiene poco o nada, más bien nada.

III

No, no me he vuelto loco. Tampoco estoy tratando de reírme de la inteligencia del lector, todo lo contrario. Si absurdo es el razonamiento anterior, que lo es, igual de absurdo resulta todo aquel razonamiento que trate de equiparar la sexualidad humana con los comportamientos de la naturaleza, o con las pautas mayoritarias presentes en el conjunto de esta. La sexualidad humana, al igual que la institución del matrimonio católico, no es algo natural, sino cultural. Así que hablar de sexualidad humana o de matrimonio católico es hablar en ambos casos de una misma cosa: la cultura humana.

Por ello, al igual que ocurre en el caso de los enlaces matrimoniales o de parentesco, son las reglas culturales de unos y otros pueblos del mundo quienes determinan cuáles son los comportamientos sexuales aceptados como válidos y socialmente reconocidos en el seno de una determinada comunidad humana. La ciencia antropológica ha dado buena cuenta de ello en sus estudios a lo largo y ancho del Planeta entre la multitud de culturas existentes. Salvo algunos tabús que parecen estar presentes en la práctica totalidad de las culturas, como es el caso del incesto (aunque tal concepto varía según la cultura en cuestión), las prácticas sexuales son tan variadas como pueden serlo las prácticas matrimoniales, o las prácticas gastronómicas. De hecho, bajo un análisis cultural, la sexualidad sería a la reproducción algo así como lo que la gastronomía es a la alimentación: una práctica cultural vinculada a unos determinados fundamentos biológicos, pero no por ello una práctica biológica.

Es decir, que haya un fundamento biológico que sustente de alguna manera tales prácticas culturales (bien por la satisfacción de necesidades biológicas, bien por su relación con el placer captado a través de los órganos sensoriales), no implica en ningún caso que el modo diverso en como las diferentes culturas del mundo las llevan a cabo sea una cuestión natural y no algo culturalmente determinado y delimitado. Una cosa es la cultura y otra muy distinta los fundamentos biológicos que se puedan dejar entrever a partir de ciertas prácticas humanas vinculadas con esta.

En consecuencia, cualquier argumento que trate de relacionar, en una misma disertación lógica, sexualidad y naturaleza, para obtener a través de ello una conclusión acerca de lo antinatural que resulta una determinada práctica sexual, será igual de válido (o de absurdo) que aquellos otros argumentos, como el dado por mí con anterioridad, que traten de equiparar matrimonio católico y naturaleza para tales efectos: lo que es cultural es cultural, y queda exento, en cuanto a tal, de cualquier vínculo real con las leyes de la naturaleza.

No hay, pues, una ley natural para la sexualidad, como no hay una ley natural para el matrimonio. Lo único que hay son leyes morales, comportamientos e instituciones culturales, nada más.

IV

Pero incluso si aceptásemos con válida la falacia que trata de vincular el matrimonio homosexual con las leyes de la naturaleza o con aquellos comportamientos determinados naturalmente que a su vez son mayoritarios en el conjunto de las especies animales existentes, el matrimonio homosexual no sería menos anti-natural que el matrimonio católico.

Un matrimonio católico se define por ser un vínculo entre un hombre y una mujer, sustentado, por tanto, en una relación de monogamia y monoandria, en cuyo compromiso se juran fidelidad eterna tanto desde una perspectiva sexual como desde una perspectiva de proyecto de vida “hasta que la muerte los separe”. Ahora bien, ni la monogamia, ni la monoandria, y mucho menos la fidelidad sexual, son comportamientos habituales en la naturaleza, sino todo lo contrario.

Según se sabe por estudios llevados a cabo entre biólogos y etólogos, sólo el 5% de los mamíferos, nuestros parientes más directos, son monogámicos. Entre los insectos, que cuentan con el mayor número de especies animales existentes, apenas si se han constatado unos pocos casos de relaciones monogámicas. Únicamente en el caso de las aves parece ser un comportamiento más extendido. Incluso entre los seres humanos, según un estudio de estructura social que abarcaba 238 diferentes sociedades humanas alrededor del planeta del antropólogo George Murdock, el matrimonio monógamo estaba presente en solo 43 de ellas; esto es, un porcentaje de alrededor del 16%. Tenemos, pues, un 84% de sociedades humanas que no han debido profundizar los suficiente en la búsqueda de la "ley natural" de la que el Papa nos habla como máxima guía y referente. El infierno no va a tener hueco suficiente para tanto pecador.

Pero si extraños son los comportamientos monogámicos en la naturaleza, mucho más extraños aún resultan los comportamientos animales sustentados en una fidelidad sexual macho/hembra. Incluso entre las especies que se consideraban monogámicas hay pocas, si es que hay alguna, que sean realmente monogámicas desde una perspectiva sexual. Diversos estudios científicos han puesto de manifiesto que en multitud de ocasiones los machos de una determinada pareja animal cuidan hijos que no han sido engendrados por ellos mismos. David P. Barash explica bien este tema en su famoso artículo “desinflando el mito de la monogamia”. En el mundo animal, al igual que ocurre en tantas ocasiones en el mundo de los humanos, la monogamia “social” no se corresponde con una verdadera monogamia “sexual”. La inmensa mayoría de las especies que han sido identificadas por los científicos como monógamas, son en realidad promiscuas desde una perspectiva sexual, y esto afecta por igual tanto a machos como a hembras, según la especie en cuestión. Las pruebas de ADN hechas por los científicos a las diversas especies consideradas monogámicas han ido demostrado que si bien algunos animales son socialmente monógamos, establecen relaciones estables, sexualmente apuestan por la poligamia; incluso los cisnes y los gansos, que hasta ahora se tomaban como ejemplos de fidelidad en el reino animal, resulta que les ponen los "cuernos" a sus “cónyuges”.

Así que, sabido esto, podemos afirmar con toda rotundidad que si la homosexualidad es tachada por estos señores de rancia sotana como un comportamiento anti-natural, a pesar de ser conocido también que existen abundantes muestras de comportamientos homosexuales en determinadas especies animales, no es en realidad menos anti-natural que cualquiera de las principales características de lo que se conoce como un matrimonio católico. De hecho, no hay nada más antinatural en lo que se refiere a comportamientos sexuales que la fidelidad sexual, santo y seña del matrimonio católico tradicional. Pero no verán ustedes a ningún Papa diciendo que tal cosa atenta contra la ley natural o es un comportamiento contra-natura. Son así de hipócritas.

V

Por supuesto, todos estos argumentos, como ya se ha dicho antes, dejan de tener cualquier tipo de validez lógica desde el mismo momento en que se acepta que las conductas sexuales de los seres humanos, a diferencia de las que tienen la inmensa mayoría de las especies animales existentes, son una manifestación más de la cultura humana, y no un rasgo propio de su naturaleza.

Nada puede haber anti-natural en la sexualidad humana, como nada puede haber antinatural en las relaciones matrimoniales o de parentesco que se establezcan en las diferentes sociedades existentes. Lo único que hay, como mucho, son comportamientos sexuales contra-culturales o que no van en la linea de los comumente desarrollados por la mayoría social. Lo que los católicos llaman un comportamiento anti-natural, en realidad no es más que un comportamiento opuesto a la moralidad mojigata y represiva que históricamente el catolicismo ha impuesto a las prácticas sexuales de aquellas sociedades donde ha estado presente. Nada más. Y nada menos.

Afortunadamente, las leyes civiles poco a poco han ido apartándose de la senda impuesta por esta moralidad represiva. La aprobación del matrimonio homosexual que cada vez se va extendiendo por más rincones del mundo, así como la despenalización de la misma práctica de la homosexualidad, es sólo una muestra más de este avance hacia una sociedad verdaderamente liberada desde una perspectiva sexual, que no solo debe respetar las prácticas sexuales de todos sus ciudadanos y ciudadanas (siempre y cuando sean prácticas voluntarias y mutuamente consentidas entre personas adultas y en uso de sus plenas facultades mentales), sino que además debe ajustar necesariamente su legalidad civil a las diversas realidades sentimentales y/o matrimoniales que puedan derivarse de ello. No queda otro camino si abordamos la cuestión desde una perspectiva de derechos humanos, la auténtica y verdadera "ley natural" por la que deberíamos regirnos todas las sociedades del planeta.

VI

Por cierto, que para comportamiento verdaderamente antinatural, la abstinencia sexual a la que se ven obligados curas y monjas. Eso sí que no lo encontrarán en una sola especie de la naturaleza.

Otra muestra más de lo absurda que puede llegar a ser a veces la cultura humana. Sobre todo si tiene su amparo en eso que el Papa y los suyos llaman la "ley moral natural", que en realidad es, naturalmente, cualquier cosa menos natural.

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"El rey Juan Carlos I traicionó al pueblo saharaui en 1975"





Amadeo Martinez Inglés

Ayer tarde se aprobó en el Congreso de los Diputados una proposición no de ley presentada por el Grupo Socialista, que resultó aprobada con el apoyo de todos los demás grupos de la Cámara a excepción del PP que se abstuvo, en la que se recogen una serie de puntos trascendentes a tener en cuenta en la política exterior española en relación con el Sahara Occidental administrado por España hasta el año 1975. Entre estos sobresalen el reconocimiento del derecho de autodeterminación del pueblo saharaui, la necesidad de que finalmente se celebre el referéndum auspiciado por naciones Unidas y, también y curiosamente, la realización de gestiones “al máximo nivel” para intentar solucionar política y humanitariamente el caso Haidar.

Como dentro de este último eufemismo político se esconde la recientemente aireada y pedida intercesión del monarca español para resolver “in extremis” el contencioso hispano-marroquí nacido a cuenta de la posición personal adoptada por la activista saharaui, es de suma importancia que el pueblo español conozca que la actual situación de abandono, menosprecio y sometimiento a Marruecos del valeroso pueblo saharaui, proviene de la traición personal del actual rey de España Juan Carlos I que en noviembre de 1975, desempeñando interinamente la jefatura del Estado español, pactó en secreto con el Departamento de Estado norteamericano la entrega incondicional de la antigua provincia española del Sahara Occidental al reino de Marruecos. Todo ello para evitarse una guerra colonial con este último país que España no estaba en condiciones de enfrentar.

Este vergonzoso Pacto del entonces príncipe de España con Henry Kissinger y el rey Hassan II de Marruecos, que como historiador militar he estudiado a fondo, me permití ponerlo en conocimiento del Presidente del Congreso de los Diputados, señor Bono, en una carta remitida con fecha 8 de octubre de 2008, continuación de otra del 4 de abril del mismo año en la que le pedía la creación de una Comisión de Investigación que depurara las responsabilidades del rey de España en una serie de presuntos delitos relacionados con el 23-F, los GAL, la malversación de fondos públicos y el homicidio cometido en la persona de su hermano, el infante Don Alfonso de Borbón.

De esta última carta, que adquiere especial relevancia en estos momentos de creciente deterioro de las relaciones con Marruecos por el caso Haidar y en los que algunos se atreven a pedir, con total desconocimiento de la historia, que el monarca español interceda ahora ante el reino alauí por aquellos a los que él mismo traicionó en el año 1975, transcribo a continuación, porque creo que es de sumo interés para los medios de comunicación y el pueblo español en general, los párrafos más importantes relacionados con el tema que nos ocupa:

“Y ahora paso al meollo del presente escrito, es decir, a contarle algunas cosas muy graves, muy graves, muy graves… gravísimas ¡como no! del actual rey de España, Juan Carlos I de Borbón. Más que nada para que tome buena nota de ellas, añadiéndolas en lugar preferente al inventario de presuntos delitos que ya le he remitido y que deberá ser estudiado, cuando a usted le venga bien, por la todavía nonata Comisión de Investigación Borbónica Española (CIBE)

Me estoy refiriendo en concreto, señor Bono, a tres nuevos, espeluznantes, bochornosos, repugnantes… delitos, que ni la historia ni los ciudadanos españoles conocen todavía en toda su profunda dimensión (algunos historiadores, obviamente, estamos en ello) cometidos en los últimos meses del año 1975 por el entonces príncipe de España, justo cuando desempeñaba la Jefatura del Estado de una forma interina pero con todos los poderes del dictador en la mano. Presuntos delitos que de entrada podríamos catalogar, hasta que la citada Comisión parlamentaria pueda pronunciarse, como de alta traición, cobardía ante el enemigo y genocidio. Sí, sí, no se me ponga nervioso, señor Bono, que enseguida paso a informarle largo y tendido sobre el asqueroso hecho político que acoge estas figuras delictivas de Juan Carlos I, que para eso soy historiador militar y, modestia aparte, creo que de todo esto sé un poquito, lo justo quizá para despertar su mente y la de algunos miles de ciudadanos españoles.

Y le voy a exponer el asunto, en principio, señor presidente, de una forma extractada y casi telegráfica (aunque creo que muy comprensible para usted, que me imagino tiene cierta culturilla histórica, y para el lector medio) pues no querría bajo ninguna circunstancia que este escrito se convirtiera en una larga y tediosa lección magistral de historia de España. Eso lo dejo, si a vuecencia le parece bien, para deleite de las señorías a las que les corresponda un día poner en su sitio, de una vez por todas, a este Borbón de medio pelo salido de las cloacas del franquismo que ha tomado la jefatura del Estado español como su finca particular y su saneado negocio.

El hecho histórico a que me refiero, señor Bono, no es otro que el de la vergonzosa entrega a Marruecos, en noviembre de 1975, de nada menos que 200.000 kms cuadrados del llamado Sahara español (provincia africana según Franco, territorio bajo administración española según la ONU) por miedo a tener que enfrentar una guerra con ese país (que había organizado una marcha “pacífica” de 300.000 ciudadanos marroquíes y nos amenazaba con la invasión pura y dura) y tras un pacto secreto entre el jefe de Estado español en funciones en aquellos dramáticos momentos (el príncipe Juan Carlos de Borbón), la CIA y el Departamento de Estado norteamericano (Kissinger). Pacto por el cual el heredero de Franco se quitaba de en medio una muy probable guerra colonial con nuestro vecino del sur (que podía poner en grave peligro su ansiada corona) y recibía además el inmenso apoyo político yanqui para estabilizar su tambaleante Régimen.

A cambio, claro está, de traicionar con nocturnidad y alevosía, como ha sido práctica habitual en él, al pueblo español (ajeno a todo como siempre), a sus Fuerzas Armadas (que a pesar de su abandono operativo y escasez de medios estaban dispuestas a sacrificarse por defender el honor de España y la legalidad internacional), al pueblo saharaui (que sería entregado desarmado al invasor y bárbaramente masacrado en una desigual guerra y en un oscuro genocidio que se saldarían con más de cuatro mil víctimas, y del que cualquier juez imparcial pediría responsabilidades al jefe del Estado español por cómplice y colaborador necesario) y a la ONU (que había decretado a través de su Tribunal Internacional de Justicia y de su resolución 380 la ilegalidad de la acción unilateral de Marruecos y el derecho del pueblo saharaui a la autodeterminación).

Empecemos, pues, presidente, y que nadie desdeñe el asunto como lejano en el tiempo o meramente historicista pues estamos hablando de hechos gravísimos cometidos en su día por el actual jefe del Estado español, como son los presuntos delitos de “alta traición a la nación española” tras la acción consumada y no debatida en sus órganos institucionales de la entrega a una potencia invasora de una parte importantísima del territorio nacional sin intentar defenderlo siquiera y tras un pacto secreto con el propio enemigo y su socio geoestratégico; de “cobardía ante el enemigo” por parte del jefe del Estado español en funciones de comandante en jefe del Ejército que entrega sin combatir una parte substancial del territorio nacional tras un pacto secreto con el enemigo; y de “genocidio” contra el pueblo saharaui, en grado de colaboración necesaria con el ejecutor directo del mismo (el sátrapa marroquí), al haber puesto bajo la bota de su Ejército, totalmente desarmados, a los 30.000 habitantes de la antigua provincia española, a los que debería haber defendido con arreglo al Derecho Internacional y a los derechos humanos más fundamentales.

Repasemos, pues, esos lamentables hechos, próximo a cumplirse su 33 aniversario:

21 de agosto de 1975

El departamento de Estado norteamericano da luz verde a un proyecto estratégico secreto de la CIA, financiado por Arabia Saudí, para arrebatar la antigua provincia del Sahara (270.000 Kms cuadrados) a España. Un territorio vital desde el punto geoestratégico, rico en fosfatos, hierro, petróleo y gas, que EE.UU no está dispuesto a dejar en manos de España dada la situación en que se encuentra el régimen franquista. El plan consiste en invadir la zona mediante una marcha “pacífica” de unos 300.000 ciudadanos marroquíes (Marcha Verde), que se harían pasar por antiguos habitantes de la zona.

6 de octubre de 1975

El servicio de Inteligencia del Ejército español informa a Franco, ya muy enfermo, de los planes de EE.UU en relación con el Sahara.

16 de octubre de 1975

La Marcha Verde es anunciada por Hasan II, al mismo tiempo que el Tribunal Internacional de Justicia de la ONU rechaza las pretensiones de Maruecos sobre ese territorio.

20 de octubre de 1975

Franco empeora ostensiblemente. Sufre un nuevo ataque al corazón.

21 de octubre de 1975

El príncipe Juan Carlos de Borbón, heredero del dictador, se niega a aceptar la jefatura del Estado con carácter interino. Quiere plenos poderes para poder actuar en el Sahara.

22 de octubre de 1975

El presidente del Gobierno español, Arias Navarro, con conocimiento de Franco, manda a Solís a Rabat para tratar de parar el órdago marroquí prometiendo negociaciones sobre el tema en cuanto la situación del dictador mejore.

26 de octubre de 1975

Comienza la Marcha Verde en territorio marroquí. Toda la planificación operativa y la organización logística han corrido a cargo de técnicos norteamericanos.

30 de octubre de 1975

Juan Carlos de Borbón se hace cargo de la jefatura del Estado español (artículo 11 de la ley Orgánica del Estado). Está muy preocupado por la situación en el Sahara pues tiene muy presente el caso portugués. No quiere que la situación le desborde.

31 de octubre de 1975

El príncipe preside un Consejo de Ministros en La Zarzuela. Cuestión prioritaria: el Sahara. Asiste invitado el jefe del Estado Mayor del Ejército, Carlos Fernández Vallespín. Juan Carlos manifiesta su férrea determinación de ponerse al frente de la situación. Sin embargo, no les dice a los reunidos que él ya ha enviado a su hombre de confianza, Manuel Prado y Colón de Carvajal, a Washington, para solicitar la ayuda de Henry Kissinger. Es consciente de que una guerra colonial con Marruecos en aquellos momentos podría precipitar los acontecimientos al estilo de lo acaecido en Portugal y que podría perder su corona antes de ceñirla.

El secretario de Estado norteamericano acepta la mediación solicitada por el nuevo jefe del Estado español, intercede ante Hassan II y en las siguientes horas se pergeña un pacto secreto por el que Juan Carlos se compromete a entregar el Sahara español a Marruecos (vistiendo el muñeco de la rendición con unas amañadas conversaciones políticas en Madrid), a cambio del total apoyo político americano en su próxima andadura como rey de España.

2 de noviembre de 1975

Juan Carlos de Borbón visita las tropas destacadas en El Aaiun en un viaje sorpresa. Está en tratos secretos con los americanos para la entrega del territorio, pero no tiene ningún reparo en escenificar un “teatrillo castrense” con los militares (a los que traicionará en las siguientes horas igual que al pueblo español, a los saharauis y a la propia ONU) echando mano de la extensa parafernalia castrense propia de estos actos: formación solemne, desfile, honor a los muertos, recepción en el Casino Militar… En este centro, en el curso de una bien regada copa de vino español, hasta se permite el lujo de representar el papel de un moderno “Escipión El Africano a la española”, diciéndoles a los oficiales de las tropas allí destacadas: “España no dará un paso atrás, cumplirá todos sus compromisos, respetará el derecho de los saharauis a ser libres” y también, hinchando el pecho y subiendo la barbilla: “No dudéis que vuestro comandante en jefe estará aquí, con todos vosotros, en cuanto suene el primer disparo”

6 de noviembre de 1975

La Marcha Verde invade la antigua provincia africana española. En virtud del pacto secreto (alta traición) entre Kissinger, Hassan II y el flamante nuevo jefe del Estado español (el viejo se está muriendo en el hospital hecho un guiñapo entre monitores y sondas) los campos de minas de la frontera han sido levantados y los legionarios españoles prudentemente retirados. España hasta se permite la desvergüenza de enviar al ministro de la Presidencia para que gire una visita de cortesía a los campamentos marroquíes. La ONU, incómoda y sin saber de qué va la cosa, urge a Hassan II a retirarse y a respetar la legalidad internacional. España mira para otro lado ¡bastante tiene el principito con asegurar su corona! y el tirano alauí no hace el menor caso.

9 de noviembre de 1975

Hassan II da por alcanzados todos sus objetivos en el Sahara y en espera de las conversaciones de Madrid (ya tiene asegurada su presa) retira los campamentos de la Marcha Verde a Tarfaya. Argelia protesta y retira su embajador en Rabat. Los polisarios, traicionados por España, se aprestan a la lucha.

12 de noviembre de 1975

Comienza la Conferencia de Madrid entre España, Marruecos y Mauritania, con EE.UU de mandamás en la sombra.

14 de noviembre de 1975

Declaración de Madrid sobre el Sahara. Se entrega a Marruecos toda la parte norte de la antigua provincia española: 200.000 Kms cuadrados de gran importancia geoestratégica, muy ricos en toda clase de minerales, gas y petróleo (descubierto por petrolíferas yanquis y en reserva estratégica). A Mauritania (que los abandonará enseguida en beneficio de su poderoso vecino del norte) se le transfieren 70.000 Kms cuadrados del sur, los más pobres e improductivos. Las Cortes y el pueblo español no saben nada del asunto. Todo se ha tejido entre bastidores, con la CIA, el departamento de Estado norteamericano y los servicios secretos marroquíes como maestros de una ceremonia bochornosa en la que el príncipe Juan Carlos ha movido sus hilos a través de sus validos y hombres de confianza: Armada, Mondéjar, Torcuato Fernández Miranda… mientras el Gobierno del anonadado Arias Navarro, con Franco moribundo y su porvenir político en el alero, se ha limitado a ejercer de convidado de piedra en la mayor vergüenza política y militar de España en toda su historia. Porque sí, efectivamente, este país, después de su flash imperial, ha padecido en diferentes épocas derrotas sin cuento, descalabros memorables y renuncios espectaculares, pero nunca jamás había traicionado de una forma tan perversa a sus propios ciudadanos (los saharauis lo eran en 1975), se había humillado de tal manera ante un pueblo más débil que él pactando en secreto su rendición, y abandonado cobardemente el campo de batalla sin pegar un solo tiro y después de entregar a su envalentonado enemigo acuartelamientos, armas y bagajes.

Una vergüenza histórica sin paliativos, a cargar ¡como no! en el “debe” de un príncipe sin principios morales de ninguna clase, cargado de ambición, bufón de un dictador sin escrúpulos, ansioso de poner sobre su cabeza los ridículos oropeles de una corona trasnochada y profanada hasta la saciedad en el pasado por reyes despreciables de su propia dinastía, y que se permitió el lujo de vender a su propio país, a su pueblo, a la sacrificada minoría étnica que, bajo nuestras leyes y nuestra protección, creyó en la promesas de España y en ser libres algún día.

De todo esto que le cuento, señor Bono, poca información han recibido durante nuestra sacrosanta transición tanto el pueblo español como su clase política. Había que preservar, así lo estipula la Constitución franquista del 78, la imagen del rey que iba a salvarnos a todos y a traernos los derechos y libertades conculcados durante décadas por su amo y señor.

Termino, señor presidente del Congreso de los Diputados, y recuerde: alta traición, cobardía ante el enemigo y genocidio. ¡Casi nada! ¿No le parece a su excelencia que quizá esa Comisión de Investigación que tanto pavor le produce debería comenzar su trabajo analizando tan escalofriantes delitos?

Reciba, señor presidente del Congreso de los Diputados, un afectuoso saludo

Firmo el presente escrito en Alcalá de Henares a 8 de octubre de 2008

Fdo: Amadeo Martínez Inglés

Coronel. Escritor. Historiador.