2 de febrero de 2010

El capitalismo en el ranking del crimen






Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, los horrores habían superado la imaginación. Después de la “contrarrevolución preventiva” –como definió Luce Fabbri al fascismo italiano–, de la tenebrosa filosofía germánica que intentó dominar el mundo, de la sublevación de los militares que con el apoyo de Alemania e Italia agredieron a España para destruir una República en cuyo corazón estaban las centrales obreras (UGT y CNT-FAI), después de las persecuciones raciales e ideológicas, el estremecimiento que recorrió al mundo ante la visión de Auschwitz, Dachau, Buchenwalt y demás campos de concentración exigía una respuesta. La humanidad pareció comprender que esos actos de barbarie tenían origen en el desconocimiento o menosprecio de los derechos humanos.

“Se aprende el agua por la sed, la tierra por los mares surcados, la paz por todas las batallas”, había enseñado Dickinson, poetisa al fin, “espía de Dios”.

Naciones Unidas aprobó, entonces, una Declaración Universal, considerando que los derechos humanos deben ser protegidos “a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la opresión”.
Si los pobres vivieran de promesas serían ricos y prósperos.


En 30 artículos se concretó el compromiso de todas las naciones a promover “inspirándose en ellos” los derechos y libertades que pueden asegurar la libertad, a partir de la justicia en el mundo. Compromiso que tiene por base “el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana”.

En 1998, cincuenta años después de la Declaración Universal, una personalidad excepcional, el sacerdote uruguayo Luis Pérez Aguirre, denunció que “nuestro mundo sigue siendo un planeta inhabitable para la mayoría de los seres humanos”. Ese año –advirtió– morirían de hambre 50 millones de personas, sin pronunciamiento alguno de quienes declararon que “toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios”.(Este artículo es sólo uno, el 25, de la Declaración Universal).



Pérez Aguirre informó, además, que 800 millones de personas corrían riesgo de no poder salir de la pobreza extrema, y 1.430 millones no sabían leer ni escribir, en tanto se despilfarraban 2 millones de dólares por minuto en gastos militares, cifra equivalente a la deuda de los países pobres del sur con los países ricos.

El último informe sobre Desarrollo Humano publicado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) correspondiente a 2005, informa que el tsunami, tragedia impredecible y en gran medida inevitable, que arrasó costas del Océano Índico segando más de 280 mil vidas, ocupó la primera plana de los medios de comunicación del mundo. Pero ocurren, paralelamente, tragedias evitables “y predecibles por su exasperante regularidad” de las que no se informa: cada hora mueren en nuestro “planeta azul” (según la visión lejana de los astronautas) 1.200 niños, lo que equivale a tres tsunami mensuales. Cada mes la muerte lleva más vidas de niños que tres maremotos de horror, y en la mayoría de los casos, informa el PNUD, las causas de muerte se deben a una única patología: la pobreza.

Si los pobres vivieran de promesas serían ricos y prósperos: cinco años atrás, en 2000, los gobiernos ya habían firmado otro documento en el cual consta una nueva promesa a los pobres del mundo. La Declaración del Milenio pretendía ser una luz, como la Declaración Universal de Derechos Humanos. Proponía “liberar a nuestros semejantes, hombres, mujeres y niños, de las condiciones abyectas y deshumanizadoras de la pobreza extrema”.

Pero imperativos que están en las entrañas del sistema determinan que sean otros los intereses y apetitos defendidos.

La primera pregunta a plantearnos es cuáles son las causas de la desigualdad planetaria. Puesto que ellas son, como es obvio, la suma de dolores nacionales y regionales, es importante analizar cuáles son los motivos de la concentración de la riqueza y la multiplicación de la pobreza.

Marx observó que la mentalidad de una época es la mentalidad de la clase dominante. Aunque algunos de los valores que se promueven por los dueños del mundo tienen hoy su antítesis en las luchas de los trabajadores y en los cuestionamientos que surgen de la propia realidad, es importante analizar las ideas, las bases teóricas de quienes detentan al poder. Aunque esto exige abordar diversos temas (valores, educación, formas de transmisión de la historia, medios de comunicación, etc.) es importante comenzar por algunas observaciones sobre el liberalismo económico.

A partir de los postulados de la economía clásica, esa vertiente del liberalismo –explica el profesor Héctor Hugo Barbagelata– es el numen de los gobiernos que parten de una idea: que la actividad económica está sometida a leyes naturales e inevitables contra las cuales no es posible oponer ninguna resistencia efectiva. Los postulados de los neoliberales (neo significa nuevo) no se diferencian de la formulación tradicional del liberalismo económico. De acuerdo a ella el Estado debe limitarse a fijar normas que aseguren la “libre acción de los agentes privados”. El dogma del mercado, el dejar hacer a las empresas privadas, y sostener el efecto negativo de todas las iniciativas inspiradas en objetivos sociales, son postulados (auténticos dogmas) del liberalismo económico de siempre.

En ningún país del mundo esa doctrina ha obtenido resultados positivos. Pero esa es, en sus grandes líneas, la filosofía que ha animado a la mayoría de los grandes empresarios, a sus organizaciones y a los gobiernos de derecha. El avance o retroceso de esa corriente ha determinado el retroceso o avance de los sectores heridos por la adversidad.
Propagadores importantes del neoliberalismo han sido organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.


Propagadores importantes del neoliberalismo han sido organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Y la realidad mundial indica que la conquista de la libertad sindical y el trabajoso surgimiento de la legislación laboral han sido posibles en las etapas de desmoronamiento progresivo del liberalismo económico, explica el profesor Barbagelata, quien recuerda que a propósito del liberalismo económico, Bernard Shaw, aludiendo a la escuela de Manchester escribió que ella es quizás “el peor de los múltiples dogmas racionalistas que en el curso de la historia humana han conducido a razonadores complacientes a defender y cometer villanías que sublevarían a los criminales profesionales”.

A lo largo de los años, los explotados (los que forjan en el trabajo diario la abundancia ajena, más los desocupados) han ido creando herramientas (sindicatos, cooperativas, organizaciones solidarias, partidos) como instrumentos de lucha para el cambio. Pero importa observar el mundo tal cual es, en toda su crudeza, para comprobar la realidad del capitalismo. Para apuntar así (aún en etapas como las del Uruguay de hoy) hacia una sociedad en la que no exista la libertad de explotar; en la que los derechos humanos, la Declaración Universal (documento creado por los burgueses pero que, como afirma José Saramago, deberá llevar adelante la izquierda) dejen de ser sólo progreso manuscrito para trazarnos como objetivo una sociedad con socialismo y libertad. Porque la historia enseña que no hay socialismo sin libertad, como no hay libertad auténtica sin socialismo.

Mirar la realidad capitalista condena al sistema. Para superarlo será imprescindible abordar la acción desde el ángulo de la pobreza, como proponen los teólogos de la liberación. Como proponen también los marxistas (Engels señaló que no se ve la realidad de la misma manera desde una choza que desde un palacio) y como se plantean todos los que, sin proclamarse doctoralmente modernizadores de la izquierda saben, a partir de Marx, que los caminos de la redención pueden profundizarse comprobando las verdades de quienes han denunciado los mecanismos de la explotación capitalista.


En Montevideo, Guillermo Chifflet