17 de febrero de 2010

José María Bulart Ferrándiz, insigne capellán fascista de Franco





Infeliz de verdad esa madre, como otras muchas más, que ignoraban la sencillez con la que Franco despachaba las sen-tencias de muerte, el tristemente famoso «enterado» del Generalísimo, contado posteriormente por ilustres vencedores como Ramón Serrano Súñer o Pedro Sáinz Rodríguez con la gracia y la impunidad que proporciona el paso del tiempo. Una vez dictadas las sentencias por los consejos de guerra, el auditor del cuartel general, el teniente coronel Lorenzo Martínez Fuset, le presentaba a Franco la relación de las condenas para el «enterado». Allí estaba a menudo, con su Caudillo, el capellán José María Bulart, que se permitía la licencia de bromear sobre el asunto: «¿Qué?, ¿enterrado?» Al bueno y católico de Bulart le llegaban muchas cartas de petición de clemencia, pero él tenía por costumbre arrojarlas a la papelera.



Jose María Bulart Ferrándiz fue parco en entrevistas o declaraciones políticas. Gironella pensó también en él para su libro Cien españoles y Dios, pero José María Bulart le devolvió el cuestionario. Fue amigo de muchos políticos, sobre todo de los hombres de la santa casa, los propagandistas católicos, como Silva Muñoz y Martín Artajo, a quien había conocido en su trabajo de la Acción Católica. El cardenal Tarancón también encontró en él un buen aliado para «los asuntos de la Iglesia», aclara su secretario, pero que en aquellos años eran también espinosos asuntos políticos.

El capellán de El Pardo, que también era rector de la iglesia del Buen Suceso, formaba parte del paisaje familiar de El Pardo y, según sus propias declaraciones, acompañaba a Franco ante el televisor, sobre todo cuando se emitían partidos de fútbol: «Antes del furor de la televisión hablábamos mucho, pero en cuanto apareció ésta se quedaba embebido en el aparato y claro, ya no podíamos hablar tanto». También le compraba libros «que me encargaba, especialmente de pintura».

La muerte de Franco le afectó como a toda su familia José María Bulart se recluyó en sus tareas del Buen Suceso, sin dejar de visitar a la viuda del general fallecido.