27 de octubre de 2010

La lucha anticapitalista. Las líneas generales de la lucha contra el capitalismo en el Estado español en el crítico momento histórico actual.


Escrito por José López / UCR
Martes, 26 de Octubre de 2010 04:12

Estamos viviendo una gran ofensiva del capital. Nadie mínimamente concienciado e informado puede tener dudas al respecto. El problema es que dicha ofensiva tiene lugar, y no por casualidad, en un contexto general muy desfavorable para la clase trabajadora. Actualmente la izquierda está prácticamente desaparecida en combate y la conciencia de la clase obrera está bajo mínimos, aunque hay signos esperanzadores de que está empezando a renacer. Los acontecimientos recientes en Grecia, Francia y España parecen confirmar el resurgimiento de la contestación popular en Europa. El objeto de este artículo es indicar sucintamente cuáles deben ser, a mi modo de ver, los objetivos a corto, medio y largo plazo de la lucha anticapitalista, así como las estrategias más adecuadas para intentar alcanzarlos teniendo en cuenta la realidad actual. Cuando hablo de corto, medio y largo plazo, no me refiero necesariamente a muchos meses o años, simplemente expreso la idea de que hay objetivos que deben cumplirse antes que otros

1) Objetivos

a) A corto plazo

Lo más inmediato, lo más urgente, es detener la actual ofensiva neoliberal. Hay que echar para atrás la contrarreforma laboral y hay que impedir la contrarreforma de las pensiones. El éxito de participación en la pasada huelga general del 29-S en España debe ser acompañado del éxito en su objetivo: la retirada de la reforma laboral aprobada en el parlamento. No valen excusas de tipo técnico, del estilo “ya está aprobada la reforma, ya ha pasado el trámite parlamentario”. Cuando hay voluntad política, los obstáculos técnicos son superados. Si fue posible presentar una contrarreforma laboral que atentaba contra lo que ya había, no hay ningún motivo para no poder revertir la situación. Las bases de los sindicatos deben presionar a las cúpulas para incrementar la presión popular con el objetivo de forzar al gobierno a rectificar. Hay que salir más a la calle, hay que tomar múltiples iniciativas, y sobre todo hay que ir preparando el terreno para una nueva huelga general, incluso para sucesivas huelgas generales. No parece que Zapatero tenga intención de dar marcha atrás. Sospechosamente, los distintos gobiernos europeos parecen coordinados en cuanto a las respuestas ante sus ciudadanías. Todo apunta, por tanto, a que habrá que intensificar la lucha obrera, en cada país, e incluso a nivel continental.

Hay que seguir los ejemplos de Grecia y de Francia. Bien es cierto que el pueblo español no es tan combativo en la actualidad como los pueblos de aquellos países, pero el éxito inesperado de participación en la primera huelga contra Zapatero no ha lugar a dudas: la clase trabajadora española está dispuesta a dar la cara. La conciencia de clase, aunque muy menguada, ha resurgido con fuerza inusitada en apenas unos pocos meses, lo cual demuestra que con suficiente trabajo y tesón es posible rescatarla para que los trabajadores luchen. A pesar de 40 años de feroz dictadura, de más de 30 años de democracia de muy baja intensidad, de la permanente desinformación de los grandes medios, de una campaña mediática como nunca se había visto contra las huelgas y el sindicalismo en general, los trabajadores han reaccionado positivamente cuando han comprendido la gravedad del ataque del gobierno contra sus derechos más elementales. La lucha de clases sigue viva. El capital lleva atacando desde hace cierto tiempo, su ataque se ha intensificado en los últimos lustros, especialmente en el momento presente, y la clase trabajadora, por fin, empieza a reaccionar. Hay que trabajar mucho más para que esa reacción sea más contundente y duradera. Como así explico en mi artículo “La razón de ser de las huelgas”.

b) A medio plazo

Una vez lograda la retirada de la reforma laboral e impedida la de las pensiones, lo siguiente es luchar por una salida distinta a la actual crisis. Para ello hay que hacer comprender a la ciudadanía que las medidas tomadas hasta ahora por el gobierno no son las únicas posibles. Hay que explicar a los ciudadanos, a los trabajadores, que otras políticas son posibles. Que las medidas tomadas hasta el momento, además de injustas, son ineficaces. Que no sólo no resuelven la crisis sino que ahondan en ella. Como, de hecho, ya estamos observando. Desde que se aprobó la contrarreforma laboral el paro sigue aumentando y el empleo se precariza todavía más. Tras cada reforma laboral, el empleo se ha precarizado siempre. Ya no puede haber dudas en cuanto a esto: la llamada flexibilidad es precarización.

En particular, frente a la política neoliberal del gobierno hay que reivindicar las siguientes medidas (podemos basarnos en las propuestas de diversos intelectuales y colectivos, como Attac, al final de este artículo el lector puede encontrar una serie de artículos y manifiestos, entre otros, que hablan sobre estas posibles medidas):

• Exigir responsabilidades a los actores que han provocado esta crisis: la banca, las multinacionales, las finanzas y sus instituciones internacionales, con la complicidad de gobiernos y partidos políticos que los han apoyado.

• Restituir el impuesto de patrimonio.

• Fiscalización de las SICAV (Sociedades de Inversión de Capital Variable), como así solicitan incluso una parte de los inspectores de Hacienda.

• Subir los impuestos a los más ricos y bajarlos a los más pobres (es decir, invertir la tendencia de lo que se ha hecho en los últimos años).

• Impuesto a la especulación financiera (tasa Tobin).

• Regulación del mercado financiero.

• Modificar la norma que impide al Banco Central Europeo dar directamente préstamos a los Gobiernos al 0% o al 1% de interés como se ha hecho y se sigue haciendo con los bancos privados.

• Que no se reconozca y pague la deuda soberana de ningún país de la eurozona sin que previamente se haga una auditoría de ésta depurándola del exceso de la especulación.

• Crear un bono de deuda pública pan-europea que reúna la deuda de todos los Estados miembros de la Unión Europea en un solo instrumento financiero.

• Luchar contra el fraude fiscal (probablemente sólo con esto ya bastaría para reducir sustancialmente el actual déficit del Estado, los técnicos de Hacienda hace tiempo que denuncian la falta de voluntad política para combatir el enorme fraude fiscal de las grandes fortunas, en España hay mucho dinero negro, esto es algo que todo el mundo sabe, es un secreto a voces).

• Abolición internacional de los paraísos fiscales (esto llevaría más tiempo pero podría empezarse por impedir la evasión de capitales desde cada país que decida enfrentarse a este mal).

• Creación de una banca pública. Con el dinero regalado a la banca para "rescatarla" ya se podía haber hecho, pero, por lo menos, para empezar, debería exigirse el control del dinero regalado a la banca y su devolución con intereses.

• Reducción drástica del presupuesto de defensa (España se gasta cada día unos 50 millones de euros en asuntos militares).

• Retirada de las tropas de Afganistán y de cualquier otro país extranjero.

• Reforma de la ley de financiación de los partidos políticos para que éstos gasten mucho menos y, de paso, y no menos importante, para que sean independientes del poder económico, es decir, para mejorar la separación de poderes y por tanto la democracia. Replantearse asimismo las subvenciones a los sindicatos y otros organismos.

• Reducción drástica de las aportaciones económicas, directas e indirectas, del Estado a la Iglesia católica con el objetivo de que ésta se autofinancie.

• Reducción drástica de costes superfluos e innecesarios de las administraciones públicas. Eliminación o estricto control de los gastos en publicidad, de cargos públicos designados a dedo, de coches oficiales, de celebraciones oficiales, de viajes oficiales, etc.

• Reducción drástica del presupuesto de la Casa Real, además de máxima transparencia.

• Estímulo del empleo público y aumento del gasto de las administraciones públicas para reactivar la economía.

• Subida de salarios generalizada. Establecimiento de un sueldo máximo y subida sustancial del sueldo mínimo.

• Disminución de la jornada laboral, inicialmente por lo menos a 35 horas semanales, a la vez que prohibición de las horas extraordinarias.
•…

Se admiten ideas. No parece, desde luego, que falten medidas alternativas a las tomadas hasta el momento por nuestro gobierno. ¿Por qué no se toman? ¿Por qué no están ni siquiera en la agenda de la mayor parte de los debates? ¿Por qué, “extrañamente”, las medidas propuestas, las decisiones adoptadas, casi siempre perjudican a los de abajo? ¿Qué democracia es ésta donde siempre se beneficia a los mismos, a los de arriba, y siempre se perjudica a los mismos, a los de abajo? ¿Para quiénes gobiernan los gobiernos? ¿Quién tiene realmente el poder? ¿Cómo puede tener el poder el pueblo y al mismo tiempo sentirse siempre impotente cuando los gobiernos elegidos, sean del signo que sean, atentan contra sus intereses, contra el interés general?

Obviamente, algunas de las medidas alternativas propuestas pueden llevarse a cabo de manera más inmediata e intensa que otras, pero en todo caso de lo que se trata, como mínimo, es de empezar a hablar seriamente de ellas, de abrir un debate profundo y plural en la sociedad en el que todas las opciones puedan ser igualmente conocidas.


c) A largo plazo

La lucha anticapitalista no sólo consiste en frenar la ofensiva actual del capital, sino que debe tener por meta final la superación del propio sistema capitalista, por lo menos su cuestionamiento masivo, global y profundo. Una vez alcanzadas las anteriores metas que hemos mencionado, hay que marcarse nuevos objetivos. Y entre éstos está la sustitución del modelo político y económico actual por otro más racional. El objetivo último es lograr una sociedad más libre y justa. Y para ello de lo que se trata, como ya he explicado en diversos escritos míos, es de desarrollar la democracia. El poder del pueblo debe sustituir al poder oligárquico. La oligocracia debe dar paso a la democracia. Sólo si logramos una auténtica democracia que se realimente a sí misma, que posibilite su continuo desarrollo, lograremos transformar la sociedad en su conjunto.

En España la lucha por la democracia equivale a la lucha por la Tercera República. El frente de izquierdas, del que hablaremos a continuación en el apartado de estrategias, debe tener como uno de sus objetivos políticos principales la instauración de la República en el Estado español. En mi libro “La causa republicana” indico los objetivos y la estrategia general que, en mi modesta opinión, deben considerarse.

Si nos marcamos una agenda, resumidamente podemos dividirla en dos etapas:

1) Celebración del referéndum para que el pueblo elija entre República y Monarquía.

2) Celebración del referéndum para elegir el tipo de república, la nueva constitución, en caso de que en el anterior referéndum la opción ganadora sea la republicana.

Ambos referendos deben ser precedidos por amplios debates públicos en los que todas las opciones sean igualmente conocidas por la ciudadanía. Cuanto más participe el pueblo en la construcción de la República, más probabilidad de que ésta merezca la pena, de que sirva para establecer un marco auténticamente democrático. No se trata sólo de abolir la monarquía, se trata sobre todo de regenerar la democracia. El pueblo debe ser el protagonista, no sólo en la democracia lograda, sino que también en su construcción, en la lucha por alcanzarla. De hecho, lo primero es poco probable sin lo segundo. Si el pueblo no protagoniza la lucha democrática, la construcción democrática, no protagonizará la democracia alcanzada. La democracia debe alcanzarse a su vez de la manera más democrática posible. Esta nueva transición no puede hacerse a espaldas de la ciudadanía.

Pero, al margen de la cuestión republicana, también podemos ir acorralando al sistema actual con reformas democráticas muy concretas. En particular, se trataría de reivindicar una nueva ley electoral en la que se cumpla el elemental principio “un hombre, un voto”, es decir, en la que todos los votos tengan el mismo valor (esta reivindicación ya se ha hecho, pero hasta ahora infructuosamente, habrá que seguir insistiendo), de reivindicar que todos los referendos sean vinculantes (que el gobierno esté obligado a acatar la voluntad popular expresada en las urnas, al mismo tiempo podría potenciarse el uso del referéndum para que el pueblo participe directamente en ciertas decisiones de cierto calado), de reivindicar el referéndum revocatorio (para que cualquier cargo público pueda ser destituido directamente por el pueblo sin esperar a las siguientes elecciones), de reivindicar el mandato imperativo (para que cualquier gobierno esté obligado a ejecutar la política comprometida con sus votantes en su programa). Esto sólo para empezar. Continuando por el imprescindible desarrollo de la separación de poderes. Remito a mi artículo “La separación de poderes”. Como en él explico, con estas pequeñas y concretas reformas, la democracia daría un importante salto hacia delante. Se quitaría, por lo menos, el freno de mano. Se desbloquearía la situación.

En todo caso, lo más importante es inaugurar una dinámica que permita ir desarrollando continuamente en el tiempo la democracia. De la involución democrática debemos pasar a la revolución democrática.

2) Estrategias

Lo primero que deben hacer todos los sindicatos de clase para alcanzar los objetivos a corto plazo de los que hablábamos al principio, es trabajar con ahínco la conciencia de la clase trabajadora, cada día, siempre que haya ocasión. Allá donde los sindicatos tengan capacidad de ser escuchados, especialmente en las empresas, pero también en Internet y en los grandes medios (presionando a éstos insistentemente para que les den voz). Hay que ir preparando el terreno para nuevas movilizaciones. Es necesario hacer ver a los trabajadores, de cualquier sector, vistan con traje o con mono, trabajen con las manos o con la mente, que todos ellos están condenados, como mínimo, a la precariedad, a la pérdida de poder adquisitivo, al riesgo de ser excluidos del mundo laboral. Hay que recurrir a la memoria histórica, hay que despertar el pensamiento libre y crítico, hay que hacer ver el fondo de las cuestiones para no perderse en la superficie o en las formas, hay que combatir el pensamiento único y la alienación de los ciudadanos, hay que contrarrestar la influencia de los medios de desinformación.

Todos los trabajadores deben comprender que su explotación tiene una explicación y que la única forma de combatirla es mediante la unidad de acción. Y esto hay que hacerlo teniendo en cuenta la situación actual. Hay que usar un lenguaje acorde con los tiempos. Hay que hacer comprender a los trabajadores que la división fundamental de la sociedad entre trabajadores y capitalistas, entre proletariado y burguesía, entre explotados y explotadores, sigue vigente, al margen de las palabras con que la describamos, a pesar de los cambios en las formas acontecidos en el último siglo. Hay que concienciar a todos los trabajadores de que la lucha de clases sigue existiendo, de que en verdad nunca ha acabado, de que el capital lleva atacando desde hace tiempo sin casi tener oposición. Hay que hacer ver a los trabajadores, a todos, que hay que defender las conquistas sociales, como mínimo, pero que además hay que aspirar a seguir conquistando terreno. Que si no atacamos, seremos atacados en determinado momento, como así ha ocurrido. El capital es insaciable y siempre que puede contraataca. La propia lógica del capitalismo casi le obliga a ello. Esta dinámica sólo puede ser frenada por la clase trabajadora. Pero no sólo eso, el proletariado debe aspirar a superar dicha endiablada lógica. Debe frenarla en el corto plazo y erradicarla en el largo plazo.

Los sindicatos minoritarios deben unirse para ganar en fuerza y presionar a los mayoritarios, especialmente a través de sus militantes de base. Los sindicatos minoritarios deben coaligarse, unirse en un frente común y forzar a los mayoritarios a ser escuchados para constituir un gran frente sindical donde todos los sindicatos trabajen al unísono por unos mismos objetivos a corto plazo. Como los acontecimientos acaban de demostrar, todo el sindicalismo está en peligro. Lo que ha ocurrido en la pasada huelga del 29-S demuestra que cuando todos nos unimos, por lo menos en lo esencial, es posible lograr resultados. A mí en particular me ha alegrado mucho ver cómo en la pasada huelga general los principales sindicatos de clase (si exceptuamos los sindicatos vascos, lamentable decisión la suya), mayoritarios y minoritarios, socialistas, comunistas, anarquistas, incluso la CNT, así como la inmensa mayoría de agrupaciones políticas de la auténtica izquierda, incluso ciertas facciones de la socialdemocracia, han apoyado sin dudas la huelga. Hubiese sido mejor que en todos los actos todos los sindicatos hubiesen ido juntos, pero por lo menos, aunque por separado, todos apoyaron activamente la huelga, a pesar de sus discrepancias. Todos supieron comprender la importancia del momento histórico actual, fueron capaces de dejar de lado las diferencias, por lo menos de aparcarlas temporalmente, todos se concienciaron de que se trataba de defender en conjunto a la clase trabajadora frente al mayor ataque de las últimas décadas. Esa unidad, aunque prematura, aunque todavía insuficiente, puede ser el principio de una unidad de mayor calado. Esa unidad precipitada ante la urgencia del devenir de los acontecimientos debe ser consolidada, construida de forma mucho más sólida.

La batalla va a ser larga y dura. Esta nueva fase de la lucha de clases sólo acaba de empezar. Probablemente, la lucha se va a recrudecer. El capital no va a ceder fácilmente y además va a seguir atacando. El enemigo está fortalecido, alentado por la pasividad de los últimos lustros de la clase trabajadora. Cuenta con que ésta se canse pronto o reaccione tímidamente. Cuenta con que las protestas se hagan con poca fe y más como producto de la desesperación que como producto de la convicción de que en verdad sirvan para algo. El capital contaba con ciertas protestas populares pero más bien como el acto final de una etapa de resistencia en extinción. El capital se siente fuerte y está empezando a recoger los frutos de la intensa alienación a que ha sometido al pueblo en las últimas décadas. Sabe que los trabajadores están, en general, desmoralizados, confusos, divididos, que están a punto de claudicar por largo tiempo, salvo un pequeño reducto que resiste. Aunque, tal vez, no tan pequeño. Por esto, ataca de forma cada vez más virulenta al sindicalismo. Los sindicatos son presentados ante la ciudadanía, ante los trabajadores, como unas mafias que se comportan de forma antidemocrática, que se creen con derecho a someter a los representantes de la “soberanía popular”, que coaccionan a los propios trabajadores, que conculcan el “derecho al trabajo”.

La campaña de criminalización del sindicalismo tiene como objeto el desmovilizar por completo a la clase trabajadora. Los sindicatos, ciertos trabajadores de ciertos sectores, como el industrial, son casi el último reducto de resistencia. El capital sabe perfectamente que la única posibilidad de resistencia y lucha de la clase trabajadora es mediante la unidad de acción. Sin sindicatos no hay posibilidad de que los trabajadores luchen. El desconcierto generalizado de la izquierda, dividida y contagiada también por la apatía de la ciudadanía, apatía sólo rota en momentos muy excepcionales como el pasado 29-S, da alas a la derecha, a la oficial, a la extraoficial, y sobre todo al poder económico, el verdadero poder en la sombra de estas “democracias”. La oligarquía tiene, por ahora, perfectamente controlada la “democracia” y no le da miedo dar voz al pueblo por las vías que ella monopoliza. No le dan miedo las elecciones, porque sabe que ante la falta de perspectivas, en el peor de los casos, la gente no votará o en todo caso la izquierda más combativa, o menos domesticada, sólo podrá hacer acto de presencia simbólica en las instituciones “democráticas”. Por esto, intenta convencer a la opinión pública de que las huelgas son un anacronismo (precisamente, cuando ahora son más necesarias que nunca para que la clase obrera se defienda ante el descomunal ataque que nos va retrotrayendo al siglo XIX), porque las huelgas son las únicas que pueden frenar al capital. Hará falta mucho más tiempo para que la democracia se desarrolle, para que la gente se conciencie de que esto no es más que una oligocracia. El control de los medios de comunicación le facilita a la oligarquía domesticar a la opinión pública para que siga realimentando al bipartidismo, garantía de que el poder oligárquico seguirá gobernando. El pensamiento único no podrá contrarrestarse en poco tiempo. No se puede deshacer el mal hecho en la ciudadanía en pocos meses. No se puede contrarrestar el trabajo hecho día a día, durante muchos años, de los medios de persuasión capitalistas. ¡Bastante trabajo hay ya para recuperar rápidamente la conciencia de la clase trabajadora para lograr los objetivos a corto plazo! ¡Vayamos por partes!

En este proceso de desmovilización del proletariado, la propia contrarreforma aprobada en el parlamento es un jaque en toda regla (no podemos decir que jaque-mate porque en la historia humana nada es definitivo, salvo la extinción), pues al convertir en papel mojado a los convenios colectivos, se desarma a los sindicatos. Uno de los objetivos esenciales de dicha mal llamada reforma laboral es finiquitar al sindicalismo, eliminando así las únicas posibilidades de defensa de la clase trabajadora. Por este motivo, fundamentalmente, los sindicatos mayoritarios se quitaron las telas de araña y recuperaron la actividad combativa, casi olvidada. La burocracia sindical percibió perfectamente el peligro. No tuvo más remedio que ponerse las pilas. Estamos ante un ataque frontal contra el mismo sindicalismo. De cualquier índole. Esta contrarreforma laboral pretende inaugurar la era de la extinción del sindicalismo en nuestro país. Si finalmente sale adelante entonces sí podremos casi asegurar que la lucha de clases será algo del pasado, la lucha de la clase trabajadora contra el capital, que no al revés, la del capital contra el proletariado sí está plenamente vigente, y más que podrá estarlo, una vez despejado el camino de obstáculos, una vez desarmados los sindicatos, una vez erradicado el sindicalismo, el ejército de la clase obrera. Si el capital se sale con la suya, sí podremos decir que las huelgas serán un mal recuerdo del pasado, mal recuerdo para el capital. En ese caso, si esta crucial batalla la gana el capital, sí deberemos darle la razón a quienes tanto se empeñan en enterrar la lucha obrera. Al menos por cierto tiempo. Quizás por demasiado tiempo.

El ataque del capital en nuestro país y a escala global es muy grave y puede tener importantes consecuencias en los próximos años. Estamos en un momento histórico crítico. Esto es algo que debemos tener muy claro los ciudadanos y los trabajadores. Si no resistimos ahora, si no luchamos ahora, probablemente, ya no tendremos opción, habrá que volver a empezar a hacer el trabajo que hicieron nuestros bisabuelos. El legado que les dejaremos a nuestros hijos y nietos será el de volver a reconquistar los derechos sociales que tantos sacrificios costaron en el pasado. ¡Urge defenderse! ¡Es cuestión de vida o muerte para el sindicalismo, para la izquierda verdadera, para la clase trabajadora, para el pueblo en general! Ante este momento tan crítico se requiere, más que nunca, la unidad, de los sindicatos y de los partidos de izquierdas, de todas las verdaderas izquierdas. El momento trascendental vivido requiere decisiones trascendentales. No ha lugar para excusas. No ha lugar para la apatía. No ha lugar para eludir las propias responsabilidades. Lo que ocurra en los próximos meses y años dependerá de nuestra actitud actual. Si no hacemos nada ahora, si no reaccionamos, si no insistimos, ¡luego no nos quejemos! ¡Menos llorar y más actuar! La izquierda, los sindicatos, los trabajadores, los ciudadanos, tendremos el futuro que nos hayamos merecido.

¡Tomemos ejemplo de los ciudadanos griegos o franceses! Ellos, que son más conscientes que nosotros de la necesidad de luchar, que tienen una larga tradición combativa, que tienen muy interiorizado el concepto de lo público, de la democracia, por lo menos mucho más que nosotros los españoles, luchan, y no por casualidad. El capital internacional sabe que ceder en un país es dar alas a lo que pueda ocurrir en otros países. Frente al ataque internacional del capital se requiere una contestación popular internacional. ¡Proletarios de Europa, uníos! ¡Proletarios del mundo, uníos! Debemos volver a aprender el ABC de la lucha proletaria. Pues que así sea. Si no hay más remedio, y no lo hay, volvamos al capítulo de introducción del manual de lucha obrera. Los sindicatos, los partidos políticos, deben volver a explicar lo que a estas alturas debería ser obvio para todo el mundo. ¡Pero así están las cosas en este principio de siglo XXI! ¡Menos lamentarnos de que debemos volver a explicarlo todo, de que debemos volver a colocar el primer ladrillo, y hagámoslo sin dilaciones! El tiempo apremia y debemos recuperar mucho terreno en el campo de la concienciación. El capital se ha estado currando intensamente la falsa conciencia y la inconciencia durante muchos años. La izquierda, los ciudadanos en general, nos hemos acomodado estos últimos lustros y ahora no tenemos más remedio que levantarnos del sillón y batallar. O esto o nos rendimos. ¡Pero si tiramos la toalla, luego no nos quejemos! Ya casi no podremos hacer nada. No se puede luchar contra el capital de forma individual. Sólo podemos resistir un poco los individuos, pero el resultado de la lucha de clases está cantado si uno de los dos ejércitos enfrentados ya no es un ejército, si sus soldados huyen cada uno por su lado, si se impone el “sálvese quien pueda”. Los sindicatos son los ejércitos de la clase trabajadora. Si pierden poder de negociación colectiva, se quedan casi sin armas con las que luchar. Todavía estamos a tiempo. Luego, quizás, probablemente, no se podrá luchar o costará muchísimo más.

Debe constituirse un gran frente de partidos de izquierdas para complementar la lucha sindical con la política. Lo lógico es que dicho frente se forme alrededor de aquellas formaciones más fuertes, en este caso Izquierda Unida. Pero, sin esperar a que IU tome la iniciativa o no, sin esperar a los resultados de su proceso de refundación, el resto de fuerzas deben iniciar urgentemente un proceso de comunicación, de toma de contacto. No vale escudarse en que eso sólo puede hacerlo IU. No vale con criticar a ésta, hay que dar ejemplo e iniciar un proceso de unión sin esperar a que las fuerzas institucionales lo logren o no. Actualmente tenemos varias fuerzas dispersas de la izquierda anticapitalista que se limitan a publicar manifiestos en la prensa alternativa y a realizar algún que otro evento aislado. Pero esto es claramente insuficiente. Las distintas formaciones no tienen casi nada que hacer si van por separado. El enemigo es muy poderoso y no puede ser combatido desde la marginalidad y la desunión. La unión hace la fuerza. Esto es el ABC de la lucha proletaria. ¿A qué esperamos para empezar a practicarla? ¿A que ya no tengamos opciones? ¿A que sea demasiado tarde?

Las distintas formaciones actúan, cuando lo hacen, cada una por su cuenta. Todas ellas hablan de la necesaria unidad, pero nadie hace nada en concreto por ella, o muy poco. Nadie da el primer paso, o los pasos que se han dado son tímidos o limitados en el tiempo, mueren casi al nacer. Parece como si todos los colectivos de la izquierda transformadora estuvieran esperando a que otros lleven la iniciativa, a que otros llamen a sus puertas. Todo el mundo parece estar a la expectativa. Pero nadie se mueve seriamente. Yo me pregunto de qué sirve fundar un partido político si luego no se hace política. Hacer política consiste, en primer lugar, en organizarse. Hacer política no sólo consiste en hablar o en manifestarse de vez en cuando, en agitar banderas o en cantar la Internacional, consiste sobre todo en trabajar para lograr objetivos concretos, en establecer estrategias para alcanzarlos, en pasar a la acción, en aprender de los errores, en seguir avanzando cuando lo alcanzado es insuficiente, en reorientar las tácticas cuando no dan los frutos esperados. Hay que dejar de lado orgullos, comodidades y demás tonterías, y de una vez por todas las distintas formaciones tienen que reunirse para plantear seriamente la unidad de acción. Mientras esto no se haga, todos los discursos, todos los actos simbólicos y anecdóticos serán muy bonitos, pero totalmente ineficaces. Mientras no trabajemos seriamente por la unidad de la izquierda auténtica, la derecha no tendrá nada que temer. Ella, por el contrario, trabaja mucho más. No sólo tiene todos los medios a su favor sino que es más activa. La izquierda que, por definición debe ser siempre combativa, pues cambiar el mundo es ir contra lo establecido, es nadar contracorriente, por el contrario, en la práctica se duerme en los laureles. ¿Alguien se extraña de que el capital se sienta crecido?

Comunistas, marxistas, anarquistas, socialistas, ecologistas, incluso socialdemócratas auténticos (que también los hay, no hay más que ver cómo apoyaron la pasada huelga general del 29-S), anticapitalistas y antineoliberales, republicanos, demócratas sinceros, todos ellos, sin excepción, por lo menos inicialmente la mayor parte de ellos, deben formar un frente común. Como mínimo para lograr los objetivos a corto y medio plazo. Aunque no estén todos ellos de acuerdo con las medidas alternativas descritas, con la política a aplicar para salir de la crisis, por lo menos sí estarán de acuerdo en combatir el pensamiento único, en luchar para que todas las ideas puedan ser conocidas por la opinión pública, en reivindicar un debate público libre y plural. No creo, además, que ninguna de las facciones de la verdadera izquierda (la gran mayoría de ellas al menos), esté en contra de los objetivos a largo plazo, por lo menos del desarrollo de la democracia. Una vez alcanzada la verdadera democracia, por lo menos en grado suficiente, entonces los antiguos aliados podrán enfrentarse los unos a los otros para intentar lograr el apoyo de los electores. Pero antes de alcanzar la democracia con mayúsculas, hay que tener en cuenta que TODA la izquierda está en peligro de extinción en estas oligocracias disfrazadas de democracias, en estas “democracias” hechas a la medida de la derecha, del capital. La cuestión, por tanto, no radica ahora en discutir sobre si la alternativa al capitalismo agresivo actual, llamado neoliberalismo, es el socialismo o el comunismo o la anarquía o un capitalismo menos salvaje (el keynesianismo). No se trata de discutir sobre si son galgos o podencos cuando están a punto de exterminarnos. Ahora la cuestión esencial consiste en salvar la democracia e impulsarla, para que mediante el libre debate, mediante la participación popular, podamos dar con aquel sistema que de verdad solucione los grandes males del actual. La democracia es cuestión de vida o muerte para toda la izquierda, para la clase trabajadora, para el pueblo. Esta lucha es vital y requiere de una gran amplitud de miras y de un proceso a la altura de las circunstancias históricas.

Evidentemente, el problema fundamental de quienes reivindicamos más y mejor democracia es la poca o nula posibilidad de llegar al gran público. El control absoluto de los grandes medios de comunicación por parte de la derecha lo impide. En este sentido, la izquierda debe exigir a los distintos organismos nacionales e internacionales que correspondan el cumplimiento de la libertad de expresión. Los partidos, los sindicatos, las organizaciones sociales deben pasar a la ofensiva para intentar que todas las ideas lleguen a los grandes medios. Y para ello hay que recurrir al activismo en todos los frentes, en todas las escalas, a todos los niveles. Hay que denunciar ante los tribunales nacionales e internacionales las censuras, las manipulaciones, las coacciones, las criminalizaciones, las represiones de todo tipo. Hay que exigir que se cumplan los derechos constitucionales. Hay que acorralar al “Estado de Derecho”. Hay que iniciar campañas insistentes para reivindicar que todas las ideas puedan ser difundidas en igualdad de condiciones por la sociedad. Recurriendo a las octavillas en la calle, al envío masivo de correos electrónicos, a la participación activa en todos aquellos foros o redes sociales de Internet, a eventos y manifestaciones que procuren llamar la atención de manera original y pacífica, etc., etc., etc. Sin esta batalla por la libertad de expresión, reconocida por las actuales leyes, no hay casi nada que hacer. Todo lo que digamos y hagamos se quedará en agua de borrajas si no llega al conjunto de la ciudadanía.

Se requiere mucho activismo, es imperativo aprovechar todos los medios al alcance, por pocos que sean, explotar todas las posibilidades, por limitadas que sean. No hacerlo es rendirse de antemano. Criticamos a ciertas organizaciones sindicales o políticas porque no luchan, o porque no lo hacen suficientemente, pero luego nosotros, los partidos al margen de las instituciones, los sindicatos minoritarios, las organizaciones populares, los ciudadanos más conscientes, ¿hacemos todo lo que podemos?, ¿no hacemos prácticamente lo mismo que quienes tanto criticamos? Que nadie se ofenda, hay honrosas excepciones, pero sólo son eso: excepciones. Se necesita una lucha mucho más intensa, a mucha mayor escala, más generalizada y sostenida. La lucha por la aplicación efectiva de la libertad de expresión es esencial para la democracia. No sólo para impedir que ésta degenere, sino que también para desarrollarla.

¡Es hora de pasar a la acción! ¡Es hora de concretar! ¡Es hora de defenderse y contraatacar! Este momento histórico es crucial, puede que sea la última oportunidad hasta dentro de mucho tiempo. ¡No la desperdiciemos! El sistema no colapsará por sí mismo. Hay que luchar activamente contra él. De forma realista, por etapas. Sin unidad no hay lucha victoriosa posible. La prioridad es la unidad de la izquierda auténtica. La unidad sindical y la unidad política. La lucha sindical y política son ambas imprescindibles. Al igual que la lucha individual y colectiva. El individuo, como mínimo, también puede resistir frente al capitalismo, como explico en detalle en mi libro titulado “Manual de resistencia anticapitalista”, disponible en mi blog gratuitamente, como todos mis escritos. Pero esa resistencia es insuficiente. Los trabajadores sólo pueden enfrentarse colectivamente al capital. Esto nunca hay que olvidarlo. Habrá que reaprenderlo cuantas veces sea necesario. Habrá que repetirlo hasta la saciedad