14 de octubre de 2010

Los sindicatos entre la espada y la pared


Escrito por Pedro Montes (Socialismo 21)
Miércoles, 13 de Octubre de 2010 00:00
Lamento utilizar un título tan falto de originalidad, pero no encuentro otro mejor para expresar mi opinión sobre la situación de los sindicatos mayoritarios tras la huelga general, para los cuales se han reducido acusadamente los márgenes de sus opciones y la libertad para elegirlas.

Durante muchos años CCOO y UGT han desempeñado el papel de interlocutores institucionales de la clase obrera, con dos rasgos principales en ese desempeño. Por un lado, han cedido continuamente derechos y aprobado retrocesos en sus condiciones de vida sin oponer ninguna resistencia, o resistencia digna de mención. Por otro, han aceptado ideológicamente las concepciones del neoliberalismo y la creación de la Unión Europea bajo sus dogmáticos criterios. Han colaborado, pues, con el pensamiento dominante sin crítica alguna, como si fuera imposible otra sociedad.

Como era inevitable, esta trayectoria prolongada ha producido un desprestigio generalizado de los sindicatos en el cuerpo social y un descrédito considerable entre los trabajadores. Instalados, por así decirlo, en el poder, pensaban que habían encontrado un punto de equilibrio estable: la burocracia, al precio de desfigurar el papel histórico y la naturaleza reformista y reivindicativa de los sindicatos, ganaba una presencia compensatoria en la vida social y política del país. Era un lugar común afirmar que los sindicatos se habían convertido en instituciones que defendían y consolidaban el sistema.


Así andaban las cosas. En una conversación privada con un relevante dirigente sindical, al que le expuse que en mi opinión estaban muy perdidos porque no habían entendido la gravedad de la crisis económica, sus causas y la ofensiva que desataría contra los trabajadores, me contestó que esa preocupación ni siquiera rozaba a los sindicatos, que estos no se moverían de su posición y que desde luego nunca respaldarían aventuras “izquierdistas”, por motivadas que estuvieran para algunas fuerzas políticas. Era el tiempo en que en IU había abierto un proceso para girar a la izquierda, desligarse del PSOE y democratizar la organización, que culminó con la llamada refundación (un tema importante que no trato).

Transcurrido el tiempo y estallada la crisis, los sindicatos mayoritarios no movieron ficha y siguieron actuando de la misma forma, sólo que cada vez las agresiones y amenazas sobre los trabajadores cobraban más fuerza, y por lo mismo sus márgenes se iban estrechando. Hasta que, como es sabido, el gobierno del PSOE, en mayo de este año, se quitó la máscara y emprendió una política de una dureza insólita y extrema. Con ello, los sindicatos mayoritarios vieron cómo se levantaba una espada que entrañaba peligros nefastos para la clase obrera y también, no diré sobre todo, para los propios sindicatos.

No tuvieron otra opción ante la corrosiva reforma laboral que levantarse de la mesa de negociación, a la que parecían firmemente atornillados, y convocar la huelga general. Era una decisión inevitable pero también bastante arriesgada, de ahí postergarla varios meses, por la desconfianza que suscitaban entre los trabajadores y la desmovilización social existente. La huelga en la función pública estaba reciente. Con generosidad e inteligencia, el resto de los sindicatos y los movimientos sociales, por encima de esa desconfianza y superando reticencias bien fundadas, dieron su apoyo a la huelga general al entender que la convocatoria era, en suma, un llamamiento a la protesta social y una oportunidad para impulsar la reactivación de los trabajadores y los sectores sociales más desfavorecidos. Con ese apoyo, poco menos que se garantizó el éxito de la huelga, un éxito que de otra forma no se hubiera producido.

Sin duda, la huelga general ha sido una gran huelga, en el sentido de que ha sido la mejor huelga que podía lograrse en las condiciones en que se daba: desmovilización social, profunda desorientación ideológica de la izquierda, debilidad manifiesta de ésta, desprestigio de los sindicatos, ofensiva terrorífica de la derecha, coacción empresarial, paro masivo, precariedad extrema, etc.

La espada está levantada. Zapatero, como un iluminado dispuesto a suicidarse por la causa, se ha propuesto llevar a cabo la reforma de las pensiones antes de que acabe el año y dice estar dispuesto a hacer todo lo que sea necesario, le “cueste lo que cueste”, para superar la crisis económica neoliberal con más neoliberalismo, en un contexto de presión sin tregua de las instituciones internacionales y los mercados financieros. No cabe engañarse respecto a la continuidad de las agresiones que se intentarán contra los trabajadores.

Pero a los sindicatos mayoritarios se les ha levantado una pared: la pared del propio éxito de la huelga general y la confianza que se les ha otorgado por parte de la izquierda para defender a partir de ahora los derechos de los trabajadores y el resto de capas sociales gravemente perjudicadas por la crisis. No quiero imaginar el desastre que se originaría si los sindicatos frustraran las esperanzas que han suscitado y la confianza que se les ha depositado y de nuevo se plegaran mansamente, sin lucha, a las imposiciones del gobierno. La izquierda desaparecería del mapa por mucho tiempo y la ofensiva de los poderes económicos contra los trabajadores se convertiría en un paseo militar con efectos destructivos desoladores. Dejemos de pensar en esa alternativa. La otra no puede ser más que la de prepararse para una lucha sin cuartel, dura y prolongada.

Muchas cosas han de cambiar con respecto al pasado para qué CCOO y UGT recuperen la identidad perdida de sus organizaciones y alcancen a comportarse como exigen las circunstancias dramáticas en que está sumida la sociedad española. Hace falta, en primer lugar, un ejercicio de modestia y generosidad. Modestia para entender que ellos solos no pueden resistir la ofensiva que se avecina. Generosidad para integrar a otros sindicatos y a los movimientos sociales en las luchas que habrán de generarse, y esto tanto a nivel de las cúpulas como en los niveles de base, incluidas las empresas donde la competencia sindical, siendo inexorable, no tiene por qué ir acompañada de menosprecio y prepotencia.

Es hora de entender que en gran medida el desgarramiento sufrido por el mundo sindical se deriva, junto a la política seguida, de prácticas sectarias y actuaciones inadmisibles. No preciso dar ejemplos, pero está en la mente de muchos los abusos cometidos. Los sindicatos mayoritarios deben participar, con su fuerza reconocida, pero sin imposiciones, en las plataformas sociales que se han levantado y seguirán montándose. Como decimos, sin prepotencia, sin desprecios innecesarios. Hay ejemplos localizados en el proceso de preparación de la huelga general que debieran constituir el modelo de relaciones que han de regir con carácter general a partir de ahora.

En segundo lugar, los sindicatos han de hacer un ejercicio de análisis y reflexión sobre la crisis que afrontamos. Es inútil ahora tratar de levantar reivindicaciones que en lo fundamental pretendan recuperar el terreno perdido. Y no porque esto no sea justo, y no porque no haya que reclamar cambios que restituyan derechos y mejora de las condiciones de vida de los trabajadores (en el terreno fiscal, en la protección al paro, en el mantenimiento de las pensiones….) sino porque los cambios ocurridos y el contexto de crisis hacen imposible desandar lo recorrido, al menos por el mismo camino. La destrucción, por ejemplo, de puestos de trabajo no es una evolución reversible por voluntad y lucha. La degradación de los servicios sociales reclama un cambio de política tan pronunciado y duradero que no está al alcance de las luchas momentáneas que ahora puedan hacerse. Porque, y este es un problema básico que han de incorporar los estrategas sindicales, la economía española está sumida en una crisis tan profunda y en ciertos aspectos tan irresoluble que concatenar reivindicaciones sin plantearse las posibilidades del sistema para satisfacerlas es adentrarse en un callejón sin salida. Se suele decir que son más fáciles a veces los cambios radicales que los cambios graduales, algo que puede aplicarse al momento actual. No hay que juzgar con benevolencia a Zapatero, pero hay que entender que está atrapado en una situación inmanejable.

Y esto nos lleva a un tercer aspecto de los cambios que han de realizar los sindicatos. Hasta ahora se sentían cómodos en el orden establecido, o en todo caso pensaban que este orden era en el fondo inamovible. Pues bien, la salida de la crisis, todo el conflicto social que está generando tiene al final un componente esencialmente político. Sin comprender esto es imposible trazar una estrategia útil para afrontar los tiempos que vienen. Sin un proyecto político global que combata el neoliberalismo y el marco impuesto por la Europa de Maastricht es imposible resolver esta crisis. Sin entender que el sistema está en bancarrota y que toda solución requiere como condición indispensable construir otro modelo económico y social en el que el Estado recupere los resortes, instrumentos y objetivos que en otros tiempos tuvo para conducir la política económica y social es instalarse en la utopía reformista, es darse calamones contra la pared que cierra las salidas.

Una construcción de Europa con criterios distintos de los que emanan de Maastricht podría ser una solución. Una Europa donde un poder supranacional cubriese las cesiones de soberanía que han ido haciendo los gobiernos a favor de los mercados, una Europa encaminada firmemente hacia la unidad económica social y política sería indiscutiblemente el mejor de los objetivos por los que luchar. Pero, en mi opinión, en la medida en que tal objetivo atañe a nada menos que 27 países en la actualidad, recorridos por divisiones y discrepancias de todo tipo, es irrealista planteárselo.

En mi experiencia, oyendo a los líderes sindicales en sus intervenciones ligadas a la huelga general, han empezado a revisar sus posiciones en un sentido correcto: el neoliberalismo ha declarado una guerra y hay que defenderse. Pero están pendientes de dar un paso esencial y sacar la conclusión pertinente por dura que resulte: que este sistema no nos sirve, que nos lleva a la catástrofe. Y si de sistema hablamos, la política ocupa un lugar central, ineludible, que los sindicatos debieran pensar en atender, ellos, y por su gran influencia, el conjunto de las fuerzas de la izquierda luchadora. La necesidad de convergencia de las fuerzas antisistema es una exigencia inexorable para cubrir los mínimos que nos reclama una situación tan grave y dramática como la que nos queda por vivir.

Hay, por lo demás, algunos aspectos relacionados con la preparación y el desarrollo de la huelga general que me gustaría comentar porque siendo de una naturaleza diferente son importantes para la lucha del futuro. Que el movimiento obrero y los sindicatos en particular estaban desentrenados para acometer el maratón de la huelga general es algo evidente. Repentinamente se ha debido pasar de la pasividad a una actividad frenética, lo que si en lo personal es difícil en lo social es imposible. Muchos años de no hacer ni siquiera una modesta tabla de gimnasia han adormecido los músculos, oxidado las articulaciones y debilitado la fuerza de la pegada. Para el futuro, ese abandono físico hay que desterrarlo, y aunque sólo sea para mantener en cierta forma, que no es el caso ahora, el movimiento obrero no debe pararse.

Pero esa falta de actividad sindical también se ha traducido en una pérdida de convicciones y energía en los miembros activos de los sindicatos. Se trata en este caso de algo sutil, como de la psicología o el estado de ánimo que predomina en estos activos. Los piquetes, por así decirlo, han sido en general blandos, hay miedo, hay poca rebeldía latente en los que participan en ellos, se pliegan dócilmente muchas veces a las pretensiones de la policía y, en fin, no actúan con la contundencia debida en un intento como la pasada huelga general de hacerle ver a la sociedad que los trabajadores están hartos de tantos abusos e infamias como se cometen con ellos. La noche de la huelga, por ejemplo, los taxistas de Madrid se pavoneaban delante de piquetes de cientos de personas de que ellos ejercían su derecho al trabajo.

Por lo demás, una huelga general o cualquier actividad movilizadora de los sindicatos requieren, como si de una operación militar se tratara, de cierta planificación y solvencia a la hora de ejecutarse. La espontaneidad prima sobre la previsión y los muchos cabos sueltos estropean los resultados visibles de una huelga general. Por ejemplo, no es concebible que el Metro de Madrid operase el día 29 con plena normalidad, sin que se produjera intento alguno de perturbar su funcionamiento. El sindicato de conductores no convocó la huelga pero ello no debía ser obstáculo para que los sindicatos convocantes hiciesen su trabajo. Por otro lado, dada la dispersión sindical existente, los sindicatos mayoritarios deben ganarse el respeto y la solidaridad de todos mostrándose generosos y solidarios en la huelgas sectoriales o de empresa que no están dominadas por ellos. Es tiempo de unidad, convergencia y sentido de clase.

Se abre un período muy duro para los sindicatos, los trabajadores y el conjunto de la izquierda, a pesar del éxito de la huelga general. Hay que revisar actitudes, métodos de trabajo en las movilizaciones ahora que todo está reciente y las carencias manifiestas, y profundizar en el análisis de la crisis, las posibles salidas y las exigencias políticas que la excepcionalidad de estos tiempos impone. Nada debiera ser descartado, incluida la unidad orgánica de los sindicatos y la articulación política de toda la izquierda dispuesta a combatir el desorden existente e insuflar vida a la idea del socialismo.

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Pedro Montes es miembro de la Coordinadora Federal de Socialismo 21