1 de diciembre de 2010

Una crisis que está lejos de acabar





La crisis global económica y financiera ya va por su cuarto año. La desesperada situación de la economía irlandesa y las tensiones de la eurozona que ésta ha dejado al descubierto muestran que la crisis tiene todavía mucha vida por delante. El último giro en esta historia representa la confluencia de tres factores: los desequilibrios en la economía mundial, la crisis bancaria que continúa y los efectos de la austeridad.

El desequilibrio económico global más importante es el que existe entre los estados acreedores y los estados deudores. China y Alemania son los dos mayores exportadores de bienes manufacturados. En consecuencia, tienden a poseer mayores balances gracias a la plusvalía de los pagos. Simétricamente, se encuentran cara a cara con estados como los Estados Unidos, Gran Bretaña, y las economías más débiles de la eurozona.

Estos estados importan más bienes y servicios de los que exportan, y solicitan préstamos a los estados acreedores para cubrir esa diferencia. El flujo de capital y bienes de China a los Estados Unidos ha sido el soporte de la economía mundial durante la pasada década. Pero esta relación se ha vuelto más y más conflictiva a medida que los Estados Unidos han intentado devaluar el dólar para hacer sus exportaciones más baratas.

En la reciente cumbre del G20 en Seúl, China pudo resistir con éxito la presión estadounidense para que permitiera que su moneda subiera con respecto al dólar. En Europa, el conflicto entre los estados acreedores y los deudores se extiende ampliamente dentro del marco de la eurozona. También se trata de un conflicto mucho más desigual, ya que enfrenta a Alemania, la superpotencia económica de la Unión Europea, con estados mucho más pequeños y débiles; sobre todo, contra Grecia, Portugal, Irlanda del sur, y España.

El proyecto

En realidad, el proyecto de la Unión Económica y Monetaria europea (UEM) que llevó a la aparición del euro en el año 1999 tenía, según sus arquitectos, en su mayoría franceses, dos grandes objetivos. El primero era conseguir hacer de la UE un contrapeso respecto a los Estados Unidos. El segundo era controlar el poder económico alemán y mantenerlo atado a unos objetivos europeos comunes.

Pero la UEM ha fallado absolutamente en conseguir estos objetivos por culpa de los fallos inherentes a ella. Siempre hubo diferencias económicas profundas entre los participantes del euro, y estas diferencias han crecido dramáticamente durante la pasada década.

Las empresas alemanas han reorganizado y aumentado, con éxito, su competitividad a costa de sus trabajadores. Los salarios reales se estancaron durante la pasada década, con lo cual Alemania mantuvo su porcentaje del 9-10 por ciento en el total de exportaciones mundiales, a pesar del crecimiento explosivo de China.

En el resto de estados de la eurozona, los salarios reales crecieron. Esto supuso que los socios europeos de Alemania se volvieran menos competitivos. Sin embargo, ya no podían devaluar sus respectivas monedas para abaratar las exportaciones. Dentro de un estado, las diferencias regionales de este tipo se podían disminuir, ya que los impuestos y el gasto del gobierno tienden a mover los recursos de las áreas más ricas a las pobres.

Pero la UEM es simplemente una unión monetaria y, por insistencia alemana, los estados que estuvieran pasando por apuros financieros no podrían ser rescatados. Durante los años comparativamente benévolos después de la aparición del euro, los mercados financieros ignoraron este hecho. Los miembros más débiles de la eurozona pudieron obtener préstamos con unos intereses solo levemente superiores a los que se ofrecían a Alemania. Este crédito barato impulsó los booms de la propiedad inmobiliaria y el consumo en Irlanda y en el sur de Europa.

Entonces, cuando el boom estalló en 2007-8, los gobiernos pidieron en préstamo y gastaron sumas enormes para prevenir que la Gran Recesión se convirtiera en una depresión de la magnitud de la de los años treinta.

Peligro

El aumento de la deuda pública y privada se convirtió en algo peligroso porque se cruzaba con la crisis bancaria que había precipitado, en 2008, el crash financiero más importante desde 1914. Los bancos europeos habían tomado prestadas cantidades enormes para agrandar la burbuja especulativa centrada en el mercado inmobiliario, y que se desarrolló en los Estados Unidos y algunas partes de Europa a mediados de la pasada década.

Fuera de los Estados Unidos, el lugar donde este proceso fue más acusado fue en Irlanda. En dicho país, la burbuja inmobiliaria, en su punto más alto, representaba una quinta parte de la renta nacional. Pero en Francia y Alemania, que evitaron tales excesos, los bancos se lanzaron a comprar los derivados del crédito estadounidense y a conceder préstamos a los gobiernos del sur de Europa.

La ola de rescates gubernamentales del otoño de 2008 tenía el objetivo de servir de soporte a los bancos. Pero el Informe de estabilidad financiera más reciente del Fondo Monetario Internacional (FMI) estima que las pérdidas de los bancos en el período 2007-10 son de 2.200 billones de dólares; menos de lo que se predecía en un principio, pero, igualmente, una suma enorme.

También señala el informe que los préstamos que concedieron masivamente los bancos durante el período de la burbuja hacen que ahora estén obligados a refinanciar unas deudas por valor de más de 4.000 billones de dólares en los próximos dos años. El problema es peor para los bancos de la eurozona que para los de los Estados Unidos o Gran Bretaña.

La continua fragilidad de los bancos ha desempeñado un papel central en las recientes crisis en la eurozona. En abril y mayo, los mercados financieros provocaron una subida de los intereses de los bonos del gobierno griego, previendo que Grecia no podría pagar sus deudas. Lo que forzó a la eurozona a intervenir fue en parte el temor a un “contagio”: o sea, que la crisis de confianza se extendiera desde Grecia.

Pero el hecho de que los bancos franceses y alemanes hubieran prestado dinero abundantemente a Grecia, Portugal y España hizo que la canciller Angela Merkel y el presidente Nicolas Sarkozy se pusieran a pensar en alguna solución. De ahí que la decisión de la UE, en mayo, de establecer unas Facilidades para la estabilidad financiera europea de 440.000 millones de euros suponía, esencialmente, un segundo rescate de los bancos.

Aunque Merkel se sumó a estas medidas presionada por Sarkozy y Barack Obama, el gobierno alemán, más tarde, llamó a hacer cambios en los tratados de la UE para que se pudiera imponer sanciones a los estados miembros que se endeudaran o gastaran demasiado. La dura posición alemana surgió en parte debido a presiones políticas internas, pero también reflejaba la confianza creciente debida a la fuerte recuperación de las exportaciones de ese país, y en particular, la exportación de bienes de gran calidad que una China en pleno boom necesitaba.

El abismo entre Alemania e incluso Francia, la otra cabeza de la eurozona, se hace más amplio. Las duras negociaciones de Alemania han aumentado las tensiones en la eurozona, y el aviso de Merkel de que los cambios en los tratados supondrían que los acreedores pagaran parte del coste de futuros rescates ha asustado a los mercados.

La víctima inmediata ha sido Irlanda. En octubre de 2008 el gobierno irlandés financió la mayor parte de la deuda de sus bancos, con el resultado de “convertir el estado y los bancos en una entidad única desde el punto de vista de los mercados financieros”, tal como indica el Financial Times. Pero los bancos irlandeses están en quiebra, y se mantienen vivos gracias a los préstamos del Banco Central Europeo (BCE).

Mientras todo esto se veía cada vez más claro durante las pasadas semanas, los bancos irlandeses empezaron a desangrar los ingresos corporativos, y los intereses sobre la deuda irlandesa se dispararon hasta niveles insostenibles. El pasado fin de semana el gobierno irlandés aceptó lo que el Financial Times bautizó cínicamente como el “estatus de casi-protectorado de Grecia, bajo la tutela de la troika FMI-BCE-Comisión [europea]”.

Problemas

Pero nadie sabe si estas medidas evitarán la diseminación del “contagio”. Si los mercados financieros empiezan a apuntar hacia España, otra víctima de una burbuja inmobiliaria y con una economía mucho mayor que la griega o la irlandesa, la eurozona podría encontrarse realmente en peligro.

Un tercer factor desestabilizador son las políticas de austeridad que asolan Europa. Dichas políticas tenían el objetivo de reducir la deuda de los gobiernos al disminuir el gasto público, pero todos los indicios apuntan que, al contrario, están empeorando la situación. El gobierno griego acaba de verse obligado a prometer recortes aún mayores en el gasto público después que los pronósticos señalaran que su déficit presupuestario será de un 9,4 por ciento de la renta nacional de este año, en vez del 8 por ciento acordado cuando la UE y el IMF le ofrecieron su “rescate”.

Una razón por la que no se ha conseguido este objetivo es que la economía se ha contraído en un inesperadamente alto 4,2 por ciento. La austeridad, al disminuir la demanda de bienes y servicios, reduce el rendimiento económico y aumenta la carga de los préstamos que soportan los gobiernos. A pesar de la grave depresión económica y de unos recortes devastadores, el informe sobre Irlanda del FMI todavía insiste en que “será necesario que los elevados precios y salarios irlandeses pasen por un período de “devaluación interna” durante los próximos años, para facilitar el crecimiento de las exportaciones”.

La única cura para los males de la austeridad que puede ofrecer el consenso neoliberal reinante es aún más austeridad. Un futuro mejor depende de las luchas sociales y políticas masivas que se necesitan para romper el dominio absoluto del neoliberalismo.

Alex Callinicos, es profesor de teoría social en el King's College de Londres, autor de libros como “Los nuevos mandarines del poder americano” o “Un manifiesto anticapitalista” y miembro destacado del Socialist Workers Party.