6 de enero de 2010

Emilio Kléber (1895-1954),







Emilio Kléber (1895-1954), que también utilizó los nombres de Lazar Stern, Lazar Manfred Stern, Manfred Stern, Moishe Stern o Mark Zilbertsegún, fue un militar y político, militante comunista. El nombre de guerra Kléber procede del apellido de uno de los más legendarios Generales de la revolución francesa, Jean Baptiste Kléber.

Nació en la Bucovina (entonces en el Imperio austrohúngaro). Realizó estudios de medicina en Viena. En la I Guerra Mundial fue llamado a filas y combatió hasta ser hecho prisionero por las tropas zaristas. Con la Revolución de octubre es liberado y se une a los bolcheviques, integrándose en el Ejército Rojo. Combate en la Guerra Civil rusa y terminada ésta realiza estudios militares en la Academia Frunze, tras los que se integra en 1924 en los servicios de inteligencia militar.

Fue funcionario del Komintern y como tal realizó misiones para la URSS en distintos países del mundo: Estados Unidos, China, etc. Acude a la Guerra de España integrado en las Brigadas internacionales. Mandó la XI Brigada Internacional en el Ejército de la República española durante los combates de la Casa de Campo, en la defensa de Madrid. Al mando de la Brigada fue sustituido por el alemán Hans Kahle.

Al abandonar España con motivo de la retirada de las Brigadas Internacionales fue llamado a Moscú. Fue represaliado, se le arrancaron confesiones de supuestos actos de traición y se le condenó a 15 años de privación de libertad en 1939, lo que le llevó al Gulag. Su nombre fue borrado de las historias oficiales soviéticas de la Guerra Civil española. Murió en el campo de trabajo de Sosnovka en 1954.

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Hans Kahle (22 de abril de 1899 - Ludwigslust, Alemania; 1 de septiembre de 1947) fue un militar, periodista y político comunista alemán.


Marzo de 1937: Ernest Hemingway con Hans Kahle, Ludwig Renn y Joris Ivens visitando a las Brigadas Internacionales en el frente de Brihuega.




Kahle ingresó muy joven en la escuela de cadetes del Káiser y, después, una vez incorporado al Reichswehr (Ejército Imperial) luchó como teniente en la Primera Guerra Mundial.

Tras la derrota alemana se incorporó a las filas de los revolucionarios espartaquistas dirigidos por Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo y a partir de 1920 era ya militante del Partido Comunista de Alemania (KPD).

La llegada al poder de los nazis, en enero de 1933, obligó a Kahle a huir al exilio, primero en Suiza y luego en Francia, donde se mantuvo como cuadro de la Komintern.

Jefe de Brigada en la Guerra Civil Española

Kahle luchó entre 1936 y 1938 en la Guerra Civil Española, en el bando republicano, como jefe de batallón en el Batallón Edgar André, integrado en las Brigadas Internacionales. Comandó a partir de noviembre de 1936 la XI Brigada Internacional y en ese cargo participó activamente, junto a Enrique Líster, en la derrota de los fascistas italianos en la Batalla de Guadalajara. A partir de mitad de 1937 sería el comandante en jefe de la 17 Division del Ejército Popular de la República, y durante la ofensiva del Ebro en 1938 comandó la 45 División republicana.

Exilio en Canadá y Gran Bretaña

Tras la retirada de los brigadistas de España marchó a Francia y más tarde a Canadá y posteriormente a Gran Bretaña, donde trabajó como periodista y publicista.

Participó en operaciones del Ejército Rojo durante la Segunda Guerra Mundial.

A comienzos de 1946 se traslada a la República Democrática Alemana, donde sería jefe de la Policía (Volkspolizei) en la región de Mecklenburg. Murió al año siguiente en la ciudad de Ludwigslust.

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El teniente general Puentes Zamora rompió el protocolo de los actos de la Toma de Granada al encararse con un grupo de opositores a dicha celebración




El teniente general Puentes Zamora rompió el protocolo de los actos de la Toma de Granada el pasado 2 de enero al encararse con un grupo de opositores a dicha celebración. El militar dijo con la arrogancia característica de su rango: “no consiento que me abucheen” en un gesto que la prensa granadina, como no podía ser de otro modo, enalteció. Este general debería saber que en su cargo –y en su sueldo– va la penitencia y tendría que aprender de su jefe, el Rey, o del presidente Zapatero, que aguantaron estoicamente los silbidos de miles de personas en la pasada final de la Copa del Rey de fútbol o en el desfile de las Fuerzas Armadas del 12 de octubre. El abucheo es un acto simbólico, como lo es también la ofrenda floral que ofreció el militar, junto al arzobispo y las autoridades políticas locales –en un auténtico revival con olor a la más rancia naftalina– al sepulcro de los Reyes Católicos. Los primeros protestan contra una celebración que consideran excluyente y ofensiva; los segundos honran la memoria de los principales artífices de la mayor limpieza étnico-religiosa que se ha dado en la historia del país. El teniente general no consiente que se llame “fascista” al Ejército, pero nada dice de los vítores que recibe de los grupos fascistas y neonazis que con megáfonos y banderas preconstitucionales y falangistas, defienden el ritual que exalta la unidad religiosa y política de España como un hecho sagrado e incuestionable. El militar no puede pretender, por mucha experiencia defendiendo musulmanes en Bosnia que tenga, que nos identifiquemos con una institución que, año tras año, toma el espacio público granadino para festejar la victoria de los que hicieron de la intolerancia su bandera. ¿Qué diferencias hay entre esta celebración del 2 de Enero y la anterior franquista del 18 de Julio? En ambas, Iglesia, Ejército y Autoridad civil celebran la victoria a costa de la humillación de los vencidos. La propia existencia de una fiesta y un ritual tan extemporáneo como reaccionario ofende más a la convivencia democrática que unos cuantos silbidos.
Ángel del Río Sánchez


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En memoria del un héroe olvidado: Alberto Bayo








Alberto Bayo era un militar malísimo pero un aventurero genial. La mayoría se preguntará quién es este español nacido en Camagüey y de madre cubana, y es lógico que lo hagan porque la Historia, la nuestra, lo borró de sus páginas hace 70 años si es que alguna vez dio cuenta de él. De Bayo sólo nos hablan hoy un monolito en el cementerio de La Habana y un libro que ha publicado el periodista Luis Díez titulado Bayo, el general que adiestró a la guerrilla de Castro y al Che.

A Bayo se le deben muchas cosas, empezando por haber salvado la vida a Rafael Alberti, al que el golpe de Estado del 36 pilló con su mujer en Ibiza, donde no tardó en ser encarcelado con la idea de hacerle pasar a mejor vida más pronto que tarde. Bayo, que ya entonces parecía la momia de Lenin con bastantes kilos más, se puso al frente de la expedición enviada por Companys para sofocar la sublevación en Balerares. Liberó a Alberti, en efecto, pero consumó uno de los fracasos más estrepitosos de la guerra. Es lo que tiene poner a un capitán de aviación al mando de una operación naval con desembarco incluido.

Hay países avanzados que, a falta de otros talentos, pillan a un cazador de búfalos como Bill Cody, le hacen películas y, de paso, héroe nacional, aunque lo de llevar un gorro de mapache con la cola colgando sea hoy ecológicamente incorrecto. Aquí, a los tipos novelescos como Bayo, que era capaz de batirse en duelo con la segunda espada de Europa, otro capitán de aviación apellidado Gallarza, y sablearle en el sentido literal del término, que practicó el boxeo en Nueva Orleáns, que fundó el primer aeródromo civil de España y que terminó haciendo de espía e infiltrado en grupos fascistas para conseguir armas en el extranjero y ponerlas al servicio de la República, se les ignora o, lo que es peor, se les desconoce.



Alberto Bayo era un militar malísimo pero un aventurero genial. La mayoría se preguntará quién es este español nacido en Camagüey y de madre cubana, y es lógico que lo hagan porque la Historia, la nuestra, lo borró de sus páginas hace 70 años si es que alguna vez dio cuenta de él. De Bayo sólo nos hablan hoy un monolito en el cementerio de La Habana y un libro que ha publicado el periodista Luis Díez titulado Bayo, el general que adiestró a la guerrilla de Castro y al Che.

A Bayo se le deben muchas cosas, empezando por haber salvado la vida a Rafael Alberti, al que el golpe de Estado del 36 pilló con su mujer en Ibiza, donde no tardó en ser encarcelado con la idea de hacerle pasar a mejor vida más pronto que tarde. Bayo, que ya entonces parecía la momia de Lenin con bastantes kilos más, se puso al frente de la expedición enviada por Companys para sofocar la sublevación en Balerares. Liberó a Alberti, en efecto, pero consumó uno de los fracasos más estrepitosos de la guerra. Es lo que tiene poner a un capitán de aviación al mando de una operación naval con desembarco incluido.

Hay países avanzados que, a falta de otros talentos, pillan a un cazador de búfalos como Bill Cody, le hacen películas y, de paso, héroe nacional, aunque lo de llevar un gorro de mapache con la cola colgando sea hoy ecológicamente incorrecto. Aquí, a los tipos novelescos como Bayo, que era capaz de batirse en duelo con la segunda espada de Europa, otro capitán de aviación apellidado Gallarza, y sablearle en el sentido literal del término, que practicó el boxeo en Nueva Orleáns, que fundó el primer aeródromo civil de España y que terminó haciendo de espía e infiltrado en grupos fascistas para conseguir armas en el extranjero y ponerlas al servicio de la República, se les ignora o, lo que es peor, se les desconoce.

Antonio Palós Palma: El médico republicano

Lucio Cabañas, guerrillero comunista mexicano al que ayudó Antonio Palós






Antonio José Palós Palma fue un doctor muy peculiar. Mayor médico del Ejército Republicano, egresado de la Universidad de Salamanca, peleó en España contra el golpe de Estado de Francisco Franco, realizó estudios militares en la Unión Soviética, se asiló en México, pasó por Cuba, vivió y ejerció su profesión en Atoyac de Álvarez, Guerrero, colaboró con la guerrilla de Lucio Cabañas y terminó sus días en Venezuela. Ejercía con determinación. A él no tan fácilmente se le moría un paciente de urgencia. Estabilizaba y salvaba a los heridos.

El también médico Salomón García, recolector de historias y del habla guerrerense, recuerda que en cierta ocasión le trajeron a Palós un paciente con un cuchillo clavado en el pecho, cerca del corazón. El exilado, que guardaba siempre una pistola "para lo que se ofreciera", en esa ocasión la usó para distraer al moribundo. El herido se desangraba en la cama de tratamiento y ya casi entraba en estado de choque cuando el cirujano, con una mano tomó el cuchillo en posición para extraerlo y con la otra sacó su pistola con el tiro en la recámara. Sin miramientos "amenazó" al apuñalado: “Ya no te puedo ayudar, creo que te vas morir –le dijo, mientras le apuntaba con el arma de fuego al pecho. Es más –añadió– te voy a disparar un balazo de una vez para que ya no sufras más...” Aterrado con las palabras del galeno, el campesino lesionado se desconcertó. En ese momento el doctor tratante sacó el puñal clavado en la región precordial. Paró la hemorragia, hizo desinfección y le salvó la vida.

Alto, rubio, rollizo, inteligente, gruñón, malhumorado y gritón, tenía heridas de bala en ambos brazos y en una pierna. Desidor Silva, alias El Negris, su ahijado de graduación de la secundaria, colaborador también de la guerrilla de Lucio, recuerda que el médico "le enseñaba orgulloso sus trofeos de guerra, sus medallas obtenidas en el campo de batalla. Estaba todo agujereado, como coladera de baño público." Era un gran tirador. Lanzaba al aire las monedas de 50 centavos y les daba en el mero centro, tirando con pistola.

Cuando el 18 de mayo de 1967, la Policía Judicial de Guerrero disolvió a sangre y fuego una manifestación pacífica convocada por Lucio Cabañas en la Plaza Cívica de Atoyac, Palós Palma fue el único médico que acudió a atender a los heridos.

La relación entre el médico republicano y la guerrilla sureña fue muy estrecha. Se relacionó con Lucio Cabañas y Serafín Núñez cuando trabajaban en la Escuela Primaria Modesto Alarcón y lo invitaban a dar pláticas de medicina y primeros auxilios a los padres de familia. Con el paso del tiempo, Palós se convirtió en asesor militar de Lucio, de quién era tío político, pues vivía en unión libre con Paula Cabañas, tía del guerrillero. Según cuenta Francisco Fierro Loza en Los papeles de la sedición o la verdadera historia político-militar del Partido de los Pobres, Palós Palma donó a la guerrilla de Lucio Cabañas dos pistolas Star, españolas, calibre 22. El doctor y su hijo Antonio curaban a los heridos y enfermos de la guerrilla en una casa de seguridad ubicada dos cuadras al sur del consultorio del médico. Palós atendió a un herido en Acapulco, producto de la acción en la que la guerrilla ajustició a José Becerra Luna, el responsable de la masacre del 18 de marzo.

La colaboración de Palós con las luchas de liberación nacional en América Latina tenía una larga historia tras de sí. Amigo del general Alberto Bayo, el instructor militar del Movimiento 26 de julio, fue invitado por éste a La Habana, al triunfo de la Revolución Cubana. Allí conoció a Ernesto Che Guevara, quien le obsequió y dedicó lo que sería uno de sus más preciados tesoros: un ejemplar de La guerra de guerrillas.

Palós llegó a Atoyac en la década de los 60 del siglo pasado con dos hijos. Cobraba poco por sus consultas médicas. Los pagos que recibían eran simbólicos. Pintaba al óleo Quijotes y escuchaba en un viejo tocadiscos acetatos con la música de Joan Manuel Serrat. Vivía en una casa a la que le decían "el castillo". Era una vivienda de tres niveles, construida a mano por él y su esposa, sin varillas, apilando los tabiques de filo.

Uno de los grandes dolores en su vida le llegó con la muerte accidental de su hijo. Palós había dejado mal acomodada su pistola y el muchacho la encontró y se puso a jugar con ella. El arma se le disparó en la cabeza. Él quiso reanimarlo, realizó las maniobras rápidas de resucitación, lloró y gritó: ¿por qué si yo he salvado a mucha gente, ahora no puedo salvar a mi hijo? El cadáver de la criatura siguió inerte. Embalsamó el cuerpecito del niño y lo conservó en su casa por un tiempo. No se celebraron las exequias tradicionales. La pareja cargó casi sola con la pena.

Cuando la guerrilla comenzó a operar, Palós le mandaba a Lucio recomendaciones de cómo afrontar y eludir el movimiento de tropas federales. Ya en plena guerra sucia, le informó a los familiares de Rosendo Radilla que su pariente se encontraba recluido en la Campo Militar Número 1, en la ciudad de México. La información provenía de una carta que Bertoldo Cabañas –quién se encontraba detenido en ese campo– le envió a su esposa, en la que hacía un recuento de las personas presas en ese centro.

Ante el hostigamiento militar, Palós huyó de Atoyac en 1974. Lo acusaban de andar curando a Lucio durante 15 días seguidos en el segundo piso de su casa. Un día partió rumbo a Acapulco a atender un paciente, dejando atrás todas sus pertenencias. Según cuenta Felipe Fierro Santiago, en El último disparo, antes de irse fue al rancho Los Coyotes, a despedirse de don Benjamín Luna, con quien tenía una gran amistad. Su hijo Antonio cuenta que "tomó un puño de tierra y dijo que se lo llevaba como recuerdo de Atoyac".

Personaje extraído de una novela, Antonio Palós Palma vive en la memoria popular y los relatos de los hermanos Salomón y Arturo García; de dirigentes sociales como Patricio Barrientos, ex líder de la otrora Unión de Ejidos Alfredo V. Bonfil; de Vicente Castro, carpintero y ex militante del PSUM; del líder cafetalero Zohelio Jaimes; de viejos maestros fundadores de la Prepa 22 de la UAG, y, de manera destacada, de Desidor Silva. Ya es hora de que la vida del médico republicano se divulgue más allá de las fronteras de Atoyac.
Publicado en el diario mexicano La Jornada http://www.jornada.unam.mx/2010/01/05/index.php?section=opinion&article=013a1pol