22 de enero de 2010

EL DESCONOCIDO MOVIMIENTO GUERRILLERO ANTIFRANQUISTA DE LA POSTGUERRA




José Antonio Vidal Sales

Cuando el «Caudillo» vencedor en la contienda civil española firmó el último parte oficial de guerra -1 de abril de 1939 -, posiblemente ignoraba que el histórico documento no reflejaría jamás toda la verdad. Porque esta verdad era que de aquel «Ejército rojo, cautivo y desarmado», existían todavía unidades irreductibles en diversos lugares de la geografía peninsular.

Si el fin de unas hostilidades lleva implícita siempre la paz total, es evidente que el último parte oficial de guerra reflejaba sólo la realidad a medias; suponía únicamente el reconocimiento de que la guerra había terminado oficialmente, pero sólo la guerra a nivel convencional, a nivel de cierto equilibrio de fuerzas. Sin embargo, sería entonces cuando empezara realmente el verdadero movimiento guerrillero en España; o, mejor dicho, empezaría la reactivación de algo que hacía ya tres años que existía y que alcanzaría su momento más espectacular en los años 1944-1950 DURANTE LA GUERRA CIVIL


Porque lo cierto es que las guerrillas, los grupos de rebeldes o huidos, como así eran llamados, empezaron a dar fe de vida en el curso mismo de la Guerra Civil, protagonizando unos hechos que, para muchos, constituirían la continuación de la misma guerra... El entonces ministro de la Guerra de la República concibió, desarrolló y apoyó decididamente un vasto plan encaminado a constituir grupos de hombres capaces de actuar en las retaguardias de los frentes de Andalucía, Extremadura y Centro.

Los comunicados de la época difundidos por dicho Ministerio señalarían «la actuación llena de heroísmo de estos grupos». Se trataba verdaderamente de comandos audaces que, a través de una forma peculiar de hacer la guerra, se interfirieron en las vías de comunicación volando puentes, obstruyendo túneles, destruyendo, en fin, cuantos objetivos estimaban que podían entorpecer seriamente la acción del enemigo.

En Andalucía, el general Queipo de Llano mostró su preocupación e inquietud por la acción de los mineros de Nerva y de Río Tinto, hasta que ordenó -por medio de una serie de severísimas medidas y disposiciones- que se tratara por cualquier medio de cortar el apoyo que evidentemente recibían los guerrilleros -«forajidos», los denominaba él- por parte de la población civil.

En mayo de 1938- en plena contienda fratricida - el embajador alemán en Burgos, Sthorer, envió un amplio informe a su ministro de Asuntos Exteriores en Berlín, Von Ribbentrop. En dicho documento, se extendía en consideraciones acerca del «movimiento clandestino armado» en España, afirmando:

"... La España nacionalista carece aún, en muchos aspectos, de unidad, de cohesión y de solidaridad. Los que conocen bien la situación evalúan en un cuarenta por ciento aproximadamente el número de personas políticamente inestables en la España de Franco. Este hecho queda patente por una serie de atentados, por la destrucción de puentes, por los «misteriosos» accidentes que tiene lugar en los polvorines, por los incendios provocados y por una guerrilla que, todavía hoy, azota el sur de España y también, de una manera nada despreciable, la región cántabro-astur".

No exageraba el embajador alemán: pocos días después de este informe, un grupo formado por veinte guerrilleros realizó un espectacular golpe de mano en la retaguardia enemiga: la liberación de trescientos hombres -oficiales y comisarios políticos casi todos ellos- cautivos en el castillo de Corchuna (Málaga). y este hecho sería sólo uno más de los muchos que fueron llevados a cabo por los guerrilleros republicanos.

Lo ocurrido se debía, fundamentalmente, a que el «Alzamiento» fascista sorprendió a centenares de hombres que habían formado parte hasta entonces de los grupos políticos del Frente Popular. Una sorpresa repentina, en medio de un país que muy pocos días más tarde se partiría en dos, con sendas líneas de fuego como fronteras infranqueables.

Atrapados por la repentina victoria del «Alzamiento» en una extensa zona del Sur, de Extremadura y de Galicia, aquellos hombres no dudaron en elegir el monte: el camino azaroso e incierto que les situaría en la primera fase de la guerrilla. Porque ésta y no otra fue la génesis auténtica del movimiento guerrillero; el núcleo que años más tarde se vería engrosado por otros huidos, por otras partidas procedentes del exterior, hasta convertirse en el módulo de gigantesca rebeldía que se vertebraría, ramificándose, a todo lo largo y ancho del país.

Una de aquellas primeras unidades fue el XIV Cuerpo de Ejército de Guerrilleros capitaneado por Domingo Ungría, que consiguió no pocos éxitos y objetivos militares verdaderamente importantes. A su vez, en las verdes tierras de Galicia, surgiría más tarde la IV Agrupación integrada exclusivamente por huidos en los primeros días del «Alzamiento» en aquella región. La IV Agrupación llevaría todo el peso de la organización guerrillera en Galicia y aun en parte de Asturias y León. Desde 1936 a 1949, las partidas -con el período en el cual se les incorporarían' las infiltradas desde Francia- tratarían en todo momento de mantener permanentemente en jaque a las fuerzas armadas encargadas de reprimirlas. Los campesinos que se desperezaban, ahuyentando sus bostezos de hambre entre trago y trago de orujo, contemplaban perplejos a aquellos puñados de hombres extraños, vestidos heterogéneamente, que a ratos les hablaban de explotación, de injusticia, de las verdaderas razones de una emigración histórica... y a ratos se alejaban para enfrentarse, locos suicidas o héroes sin nombre, a los civiles que les acosaban por todas partes.

En La Coruña, algunos de los componentes de las partidas consiguieron editar un periódico -El Guerrillero- que luego, en 1944, pregonaría que «aquellos valerosos antifascistas que se lanzaron al monte en 1936 fueron el fermento de este pequeño pero imbatible Ejército Guerrillero de Galicia». Según algunos historiadores que han investigado en las actividades de las guerrillas gallegas de la época, éstas poseían unas zonas en las que se movían con relativa seguridad debido, sobre todo, a ciertas esferas de influencia que les eran favorables. Así, se señala al respecto el sector de El Ferrol, donde al parecer, ya antes de la guerra civil, el Partido Comunista había trabajado el terreno, concretamente en lo que se refería a los obreros y la marinería de los astilleros, arsenales y algunas de las industrias navales existentes allí antes del 36.

También actuaban partidas en la provincia de Lugo, en cuyas zonas más boscosas tenían sus campamentos, llegando a conectar con otros grupos que operaban a su vez en las provincias de León y Asturias. Los objetivos seguían siendo los mismos, aunque en cierta ocasión una de las partidas llegó a atacar un convoy con camiones militares que, desde La Coruña, se dirigía hacia León y Burgos con tropas de reserva para el frente. En suma, el movimiento guerrillero en Galicia -uno de los primeros de la Península, quizá el primero- llenó de singulares ecos su paso por carballeiras y píñeírales, por carreiros y corredoiras, durante largos años, llevando consigo la saudade de una libertad imposible para su torturado país ...

Por su parte, Andalucía sería otra de las regiones donde más incidió el problema del huido, un problema que proporcionó muchos quebraderos de cabeza a las fuerzas que, desde el 18 de julio del 36, ocupaban ya gran parte de la región. Y como en Galicia, las primeras partidas se integraron con hombres comprometidos de algún modo con la política del Frente Popular; la mayoría de los fugitivos llevaba consigo el drama de una vida marcada por la servidumbre más ignominiosa: jornales de tres pesetas -y aún menos- trabajando de sol a sol, dependencia en cuerpo y alma al «señorito» -latifundista y amo absoluto de vidas y haciendas, retrepado en la cima de una sociedad desventuradamente feudal -, todas las obligaciones, todos los deberes y ningún derecho, olvidados del cielo y de la tierra, acabarían, naturalmente, por engrosar las filas de los rebeldes a semejante estructura social.

Algunos comentaristas señalan que fue Andalucía, junto con Galicia, las primeras zonas del país que registraron movimientos y acciones de guerrillas en gran escala. Y parece ser que, en efecto, en lo que a Andalucía se refiere, apenas la provincia de Huelva quedó virtualmente en poder de las fuerzas franquistas, los grupos de huidos en aquella zona comenzaron a merodear de forma alarmante para las autoridades. Primero, trataron de alcanzar las tierras de la comarca de Aracena lindantes con la provincia de Sevilla, exactamente a la altura de Cazalla de la Sierra. En este lugar consiguieron enlazar con otras partidas, así como con las procedentes de Badajoz por la parte sur de esta provincia. Todos ellos se dedicaban con preferencia a las incursiones más o menos audaces, amparándose en las fragosidades de Sierra Morena...

Llevaron a cabo numerosos asaltos a cortijos de viejos terratenientes explotadores, y efectuaron también algunos secuestros y múltiples actos de sabotaje, contando para ello -quizá con mayor incidencia que en el resto de España- con la inestimable colaboración de no pocos vecinos conocedores de la sierra y también del emplazamiento y característico de los más ricos e importantes cortijos, así como de las actividades políticas de sus propietarios. A la vez, tales colaboradores les aportaban cuanta información poseían respecto a la marcha general de la guerra en los distintos frentes.

Ya en el verano de 1936, se produjeron los primeros encuentros, verdaderas escaramuzas en plena retaguardia franquista. En algunos de los combates, las partidas recibieron la ayuda esporádica de pequeñas unidades del Ejército republicano y, principalmente, de grupos de milicianos, todos ellos, naturalmente, procedentes de la otra zona e infiltrados a través de la línea de fuego.

En las postrimerías del mismo 1936, cuando la batalla de Madrid se hallaba en su punto más álgido y lo mejor y más selecto del Ejército de Franco fue trasladado al Centro, setecientos hombres procedentes de unidades republicanas establecieron su base no lejos de Aznalcóllar, en la provincia de Sevilla, al amparo de un macizo montañoso conocido con el nombre de Sierra Pata de Caballo. Posiblemente, fue este grupo uno de los que lograron mayor efectividad en sus acciones militares en la retaguardia franquista de Andalucía.

Eran los tiempos en que, prácticamente, desde la Sierra de Aracena a las marismas de Cádiz, la acción guerrillera mantenía en jaque a las fuerzas de Franco, precisamente cuando más necesitado de ellas estaba el frente. Algunas de las partidas llegarían a organizarse militarmente gracias al apoyo que recibían de los expertos procedentes de la zona republicana que, como se ha dicho, cruzaban las líneas a tal fin. También, en el citado verano del 36, un convoy militar formado por más de treinta camiones, que desde Sevilla intentaba llegar a tierras de Badajoz, fue atacado en los alrededores de Fregenal por partidas procedentes de la Sierra de Aracena, causando numerosas bajas e incendiando vanos vehículos.

Hacia la mitad de 1937, el Estado Mayor del Ejército de la República estimaría aquellas acciones «como maniobras clave para el desgaste de los, efectivos enemigos en la retaguardia », ensalzando en diversos comunicados la actividad de quienes, alejados de sus bases, la llevaban a cabo «con una moral envidiable y un valor a toda prueba». Tres semanas después de haber triunfado el «Alzamiento» militar en Sevilla, tuvo lugar en el sector de Cazalla de la Sierra-Constantina-El Pedroso un hecho que aumentó la preocupación de Queipo de Llano: diez hombres que formaban arte de un grupo de veinticuatro, fugitivos todos ellos de Sevilla y de la represión, irrumpieron en una pequeña localidad en el momento en que en dicho lugar se disponían a partir tres camiones con voluntarios para el frente. Se trataba de falangistas procedentes de El Arahal, Utrera y Dos Hermanas, y entre los que les despedían, figuraba el alcalde de uno de aquellos pueblos del sector, un individuo muy destacado en las actividades represoras. Los huidos se apoderaron de él, no sin haber volado un polvorín situado en un lugar de la carretera de Lora del Río a Córdoba ... El alcalde fue encontrado diez días después en el fondo de un barranco con dos tiros en la cabeza. Las partidas conocerían múltiples alternativas en la lucha, aunque casi todas ellas de signo adverso. Numerosos hombres que las integraban conseguirían llegar a la zona republicana, en tanto que otros continuarían la azarosa existencia de la guerrilla con todas las consecuencias.

Asturias fue otro de los lugares más conflictivos para el Ejército franquista. Después de la ofensiva de las tropas del dictador sobre Santander - verano de 1937 -, quedarían embolsados y aislados más de dos mil hombres, constituyendo el «Ejército Guerrillero de la Reconquista», como ellos se auto titularon. Eran restos de unidades cuyo grueso había sido aniquilado. Su actuación hizo que del otro lado - del lado de las fuerzas de Franco - se tuviese que montar un importantísimo dispositivo destinado a la «limpieza» de toda la vasta zona en que las guerrillas se movían. Y ello, como es obvio, supuso una considerable distracción de fuerzas que eran absolutamente necesarias en los frentes de batalla.

El número de los que allí quedaron, que como se ha dicho superaba a los dos mil hombres, fue engrosado por partidas espontáneas. De tal forma que, no tanto por esta importancia numérica como por los hechos llevados a cabo, el mando supremo del Ejército republicano llegó a conceder extraordinaria atención a aquellos grupos, a los que no dudaría en calificar como «auténticos héroes de la guerrilla», convirtiendo este concepto en un poderoso elemento de propaganda. En 1937, y con hombres evadidos de un campo de concentración, se constituyó en los Picos de Europa una Brigada Guerrillera que consiguió enlazar con varias partidas de Asturias y León, realizando todas ellas muchos sabotajes, principalmente en nudos de comunicaciones y postes telefónicos.

Aquellos hombres poseían la convicción de que estaban contribuyendo a lograr la victoria, aquella victoria que en los frentes de batalla se alejaba cada vez más ... Unos caerían en los encuentros con la fuerza pública y otros verían llegar, asombrados, a los primeros grupos de guerrilleros que, procedentes de Francia, irrumpieron a través de los Pirineos en 1944...

LA POSGUERRA (1944-1950)

Empezaría entonces la segunda fase de la resistencia armada al régimen. El ciclo de tiempo que Stanley G. Payne ha calificado como «los años más difíciles y cruciales del franquismo».

El Valle de Arán, en el Pirineo leridano, sería el primer escenario del encuentro entre los guerrilleros y las fuerzas encargadas de rechazarlos. Le siguió el Valle del Roncal, en Navarra, y las costas de Málaga y Almería, con desembarcos de hombres procedentes de Argel, la mayoría de los cuales serían aniquilados casi al pisar tierra firme.

Estas incursiones respondían a ciertas circunstancias políticas condicionadas a la situación internacional: en J 944, los aliados y la Resistencia francesa habían arrojado a los nazis del vecino país. La victoria sobre el fascismo era evidente, y los grupos políticos de la oposición en el exterior, en especial el Partido Comunista de España, estaban convencidos de que, creándose en la Península un frente militar más o menos estable, los aliados acabarían por ayudarles a fin de terminar así con el régimen fascista español. Se contaba, además, con la perspectiva de un «alzamiento popular» en el interior del país... Este y no otro era el nivel ideológico y de mentalización de cuantos creían , efectivamente, que aquella fase previa -la lucha armada- constituía una condición sine qua non para restaurar en España un Gobierno provisional democrático con ayuda de otros grupos políticos. Se daba casi por descontado, en fin, que tras la derrota del Eje en Europa, los mismos aliados no tolerarían la presencia del fascismo ibérico.

Armados al otro lado de la frontera, cruzaron ésta y se apoderaron de la totalidad del Valle de Arán en pocas horas, ocupándolo durante breves días. Aquellos hombres se habían batido heroicamente en las filas de la Resistencia francesa, reduciendo y aniquilando a un temible y poderoso Ejército. La mayoría eran militantes del Partido Comunista de España que respondieron espontánea y generosamente a una iniciativa precipitada, como así lo expuso Santiago Carrillo, enviado rápidamente al Valle de Arán para retirarlos del sector antes de que cayeran sobre ellos nutridas unidades de “spais” enviadas por el Gobierno de París. Carrillo que nunca había sido partidario de esta «invasión», sino más bien del envío de pequeños grupos encargados de encuadrar y desarrollar dentro del país las condiciones favorables a un levantamiento popular, desarrollando a la vez las unidades de guerrilleros ya existentes- consiguió con su lógico argumento convencer a todos, y el grueso de los infiltrados no tardó en cruzar de nuevo la frontera. Pero pequeños grupos se internaron buscando los caminos hacia Barcelona, Zaragoza, Valencia y Madrid, en tanto que otros conectaron con las partidas establecidas desde hacía años.

Así fue como se inició realmente la época del maquis, que abarcaría desde 1944 hasta 1949 e incluso 1950. Se crearon seis Agrupaciones: Levante-Aragón, Centro, Galicia-León, Asturias y Santander, y Andalucía. De la 14 efectividad de esta etapa dan prueba las trescientas cincuenta acciones llevadas a cabo por la guerrilla sólo en 1945, así como las ciento veintisiete realizadas en los primeros meses de 1946. El auge máximo de las Agrupaciones parece situarse entre 1946 y 1947, que es precisamente cuando la mejor de aquéllas -la de Levante- Aragón- alcanzaría su pleno desarrollo y máxima eficacia. Pero a partir de entonces, todas las demás Agrupaciones conocerían ya el principio de su ocaso.

Eran los tiempos en que periódicos como The Economist, de Londres, publicaba notas como ésta (1947): «Las actividades de las guerrillas aumentan en muchas provincias españolas. El Gobierno, lejos de disminuir sus medidas represivas, ha declarado a numerosas zonas rurales como «zonas militares», efectuando vastas operaciones tácticas contra los grupos guerrilleros que actúan en las zonas de Córdoba y Valencia.» Y ya entrado 1948, la Agencia International News Service ofrecía a millares de lectores europeos una crónica que, extractada, decía lo siguiente: «La reciente ejecución de varios jefes guerrilleros ha determinado una acción más cauta por parte de otros líderes terroristas. El hecho de que la Policía tenga ahora instrucciones de disparar sin previo aviso, se cree que también ha producido un efecto saludable. Varias comunicaciones enviadas a las agencias informativas por las guerrillas que actúan en Asturias y Galicia, protestan por la aplicación por la Policía española de la antigua y conocida «ley de fugas» contra los guerrilleros capturados.»

La enumeración de todos y cada uno de los hechos llevados a cabo por las Agrupaciones nos llevaría a extendernos con exceso. Baste decir que aquellas singulares unidades realizaron entonces algo a todas luces insólito, manteniendo en constante movimiento a las Fuerzas Armadas del régimen y logrando invalidar en cierto modo aquel histórico parte oficial de guerra del vencedor escrito el primer día de abril de 1939 ... El epílogo -por lo menos teórico-- de las guerrillas se produciría cuando, en el mes de octubre de 1948, los cuadros políticos y militares informaron al entonces Buró Político del Partido Comunista de España y al Comité Ejecutivo del PSUC (Partit Socialista Unificat de Catalunya) respecto a la realidad del' movimiento guerrillero, con sus experiencias y posibilidades reales. Esta circunstancia coincidió con el replanteamiento de nuevas perspectivas de lucha por parte del Partido Comunista, así como de algunos otros grupos políticos del exilio. Quedarían, en efecto, los grupos de Levante - Aragón y algunos otros, pero todos ellos estaban ya condenados a un final irreversible. Se imponía la realización de una verdadera tarea en el seno de las masas trabajadoras, lo que llevaba consigo otra alternativa: la de trabajar en los sindicatos oficiales. Así pues, las guerrillas tenían necesariamente que desaparecer. La nueva táctica exigía la incorporación de los guerrilleros a la lucha estrictamente política, procediéndose a la retirada de .todas las unidades que podían recuperarse desde el interior. En un comunicado especial, el Partido Comunista expuso «su sincero dolor al tener que poner fin a un movimiento al que se habían dedicado tantos esfuerzos, tantos medios, por el que tantos hombres habían dado su sangre y su vida, habían derrochado tanto heroísmo... Pero el Partido Comunista, que había sido el alma del movimiento de resistencia contra el franquisrno, no podía permitir que se fuera consumiendo, que fuera cayendo en poder de las fuerzas de represión. La liquidación del movimiento guerrillero era una necesidad política y ha sido cien por cien justa, y si algo pudiese reprochársenos es no haberlo hecho un par de años antes...», y añadía el comunicado, como posibles causas de aquel final, la represión cada vez mayor en sus medios y en sus métodos, la ausencia de unidad de todas las fuerzas democráticas antifascistas y, sobre todo, las consecuencias --que seguían pesando sobre España entera- de la derrota del pueblo en el 39. Sin olvidar, ni mucho menos, la poca propicia situación internacional, factor importantísimo y determinante en grado sumo.

No obstante, los supervivientes siguieron resistiendo, como el anarquista Quico Sabaté, cuyo nombre llegó a tomar aires de leyenda, fue uno de los guerrilleros que más tiempo se mantuvieron en la lucha armada. Siendo finalmente abatido por la Guardia Civil en la localidad catalana de San Celo ni el 5 de enero de 1960. He aquí su cadáver. Una lucha ciega y desesperada hasta que, perdida toda esperanza y sin posibilidades razonables de retirada, terminarían en manos de las fuerzas del régimen o, los menos, que los hubo, iniciarían un éxodo tan espantoso como increíble. Pequeños grupos, principalmente los veteranos de Levante-Aragón, que lograrían -tras terribles vicisitudes - cruzar los Pirineos hasta Francia, en una marcha atroz desde las tierras del Maestrazgo, Teruel, Cuenca... Fueron realmente los últimos guerrilleros. Con ellos, desaparecería todo vestigio de la lucha singular que, desde 1939 -y aún desde 1936- habían sostenido contra viento y marea, a despecho de todas las dificultades imaginables, los centenares de hombres que un día creyeron poder conquistar un país - el suyo propio - desde el subrepticio parapeto montaraz o la sombra cómplice de los bosques. Por esos montes, por esos valles y llanuras, quedaron los restos olvidados de cuantos cayeron en la lucha o a consecuencia de ella, y cuyo recuento general, según las cifras oficiales de la época, se estimaría en dos mil ciento setenta y tres guerrilleros muertos. Kaosenlared

Un militar protesta, brazo en alto, ante la retirada de la estatua de Millán Astray en A Coruña







El Ayuntamiento de A Coruña procedió este viernes a la retirada de la plaza en la que estaba ubicada de la estatua del fundador de la Legión, el general Millán Astray, que estará un almacén municipal hasta su destino definitivo, que podría ser el Museo Militar, según apuntaron a Europa Press fuentes municipales. Por su parte, la Comisión pola Recuperación da Memoria Histórica (CRMH) de A Coruña se congratuló por la iniciativa, pero instó al gobierno local a "agilizar" la retirada de otros símbolos franquistas.

Los trabajos para su retirada --que ha suscitado numerosa polémica entre los partidarios de quitar de la ciudad lo que consideraban un "símbolo" de la dictadura franquista, y los que defendían su permanencia, como el PP o ex legionarios-- comenzaron a primera hora, sobre las siete de la mañana. La estatua fue tapada con una lona y depositada en una caja.

Fuentes municipales enmarcaron esta actuación en la aprobación del acuerdo plenario para la retirada de 53 símbolos franquistas en la ciudad, pero también en el inicio de las obras de remodelación de la Plaza de España, próxima a la plaza donde estaba ubicada esta estatua.

Sobre su destino, apuntaron que se encuentra ya depositada en unos almacenes municipales ubicados en el polígono de A Grela, aunque admitieron que "lo más seguro es que después se reubique en el Museo Militar", una posibilidad que el presidente de la Comisión pola Recuperación da Memoria Histórica de A Coruña, Manuel Monge, volvió este viernes a rechazar.



RETIRADA DE OTROS SÍMBOLOS

Así, en declaraciones a Europa Press, Monge calificó como "una buena noticia" el traslado de la estatua a un almacén, donde, en su opinión, debería permanecer e instó al gobierno local a que "inmediatamente" proceda a la retirada de otros símbolos franquistas en la ciudad, entre ellas la plaza que lleva el nombre de este general.

Monge calificó como una "dura batalla" las iniciativas impulsadas en los últimos años en la ciudad para la retirada de esta estatua, y en cuyo lugar miembros de la Comisión pola Recuperación da Memoria Histórica colocaron esta mañana un cartel en el que se podía leer "Millán Astray era un fascista impresentable. No era un coruñés de pro", en alusión al calificativo empleado en una ocasión por el portavoz del PP en el Ayuntamiento de A Coruña, Carlos Negreira, al referirse a su figura.

El presidente de la CRMH recordó que hace cinco años, cuando el PSdeG gobernaba en mayoría absoluta en el Ayuntamiento de A Coruña y al frente de la Alcaldía se encontraba el actual Embajador de España ante la Santa Sede, Francisco Vázquez, "PP y PSOE votaron en contra de una moción pidiendo su retirada".

Monge instó ahora al bipartito coruñés a "agilizar" la retirada de los 53 símbolos franquistas, entre ellos 23 nombres de calles, en la ciudad, en cumplimiento del acuerdo adoptado en pleno en septiembre del año pasado. "No entendemos el retraso por parte del gobierno municipal", apuntó, al tiempo que lamentó que la estatua de Millán Astray se retirase "con clandestinidad y nocturnidad", indicó al referirse al horario elegido.

Por su parte, fuentes municipales insistieron en que este proceso ya se inició "con la retirada de una placa de la Falange" y recordaron la aprobación del cambio de calles como la avenida de Alférez Provisional que pasará a denominarse avenida de la Diputación. Además, confirmaron que donde estaba la estatua de Millán Astray se ubicará una zona de juegos infantiles.

REACCIÓN DEL PP

Sobre la retirada de la estatua, el portavoz del PP en el Ayuntamiento de A Coruña y presidente de la formación popular en esta provincia, Carlos Negreira, acusó al gobierno local de estar "empeñado en seguir anclado en el pasado en vez del futuro" y de estar centrado "en estatuas inertes en vez de hablar de los problemas reales", afirmó al sostener que con el bipartito el paro aumentó en la ciudad en un 40 por ciento.

En unas imágenes emitidas por Telexornal, el Informativo territorial de Galicia de RTVE, se recoge el momento en el que un militar uniformado contempla, desde una ventana, la retirada de la figura.

Visiblemente molesto, conversa con otras personas, se gira hacia la ventana, contempla el exterior y, airado, alza el brazo al estilo fascista mientras profiere "¡Arriba España!".

La retirada de la estatua ha suscitado no poca polémica entre los partidarios de quitarla por ser un "símbolo" de la dictadura franquista, y los que defendían su permanencia, como el PP o ex legionarios.

La figura fue desmontada, tapada con una lona, depositada en una caja y transportada a un almacén.
Europa Press y Público

¿Antiliberalismo o anticapitalismo?








Paris. Salle de la Mutualité, 9 mai 1968. En la foto: Daniel Cohn-Bendit, Henri Weber, Daniel Bensaid.


Daniel Bensaïd
El antiliberalismo es un término muy extenso. Tan vasto y plural como los propios liberalismos. Envuelve la gama de las resistencias a la contrareforma liberal aparecidas desde la insurrección zapatista de 1994, las huelgas del invierno de 1995 y las manifestaciones altermundistas de 1999 en Seattle. Expresa una gran denegación social y moral que no ha llegado (¿aún?) a dotarse de estrategias políticas realmente alternativas. Puesto en escena a escala planetaria por los foros sociales, popularizado por los libros críticos de Viviane Forrester o de Naomi Klein, es el momento -necesario sin duda alguna- de la negación: "El mundo no es una mercancía, el mundo no debe venderse…" “Otro mundo es necesario”, pero ¿cuál? Y sobre todo: ¿cómo volverlo posible?
Este "momento antiliberal", señalado por el regreso de la cuestión social y la irrupción de los movimientos sociales (antiguos o "nuevos"), permitió deslegitimar al discurso liberal que triunfaba a principios de los años noventa. Pero, de las respuestas que deben aportarse a "la revolución pasiva" neoliberal, el espectro está bastante abierto. Hablar en singular de un movimiento altermundista, como si se tratara de un gran sujeto susceptible de tomar el relevo de un proletariado en vías de extinción, es no solamente aventurado, sino erróneo. Sobre el "Otro mundo”, cohabitan en efecto -y esto está muy bien así, a condición de no desvanecer las divergencias reales en un consenso diplomático- los opositores radicales a instituciones como el Banco Mundial y la OMC, así como partidarios de sus políticas; partidarios del "sí" y del "no" al referéndum sobre el Tratado Constitucional Europeo (TCE); los que quieren humanizar la mercantilización del mundo y los que quieren derribar los ídolos; los que administran las privatizaciones y las reformas de la protección social, y los que se oponen a ellas…

¿Todos antiliberales? En cierta medida y hasta un determinado punto. En distintos grados y de modo diferenciado. Algunos se contentarían con corregir el margen de excesos del liberalismo salvaje, sin poner en entredicho su matriz capitalista. Otros quieren cambiar radicalmente de lógica social. Las líneas divisorias no dependen, o sólo de manera secundaria, de cuestiones terminológicas (antiliberalismo o anticapitalismo), sino de cuestiones políticas concretas. Lula y el Partido de los Trabajadores, en Brasil, así como Refundación Comunista, en Italia, han sido, desde el principio de los Foros Sociales en 2001, los dos pilares del movimiento altermundista en América Latina y Europa. El primero es actualmente un destacado alumno neoliberal, citado como ejemplo por el Fondo Monetario Internacional. El segundo colabora con disciplina a la política belicista e antisocial de Romano Prodi. Ambos purgan sus partidos respectivos de aquellos representantes electos críticos. Queda claro en América Latina que "el antiliberalismo" de Chavez o de Morales no tienen el mismo sentido, ni la misma dinámica que el de Lula o Kirchner.
El antiliberalismo es entonces en el mejor de los casos un significado flotante para designar un frente de negaciones que va de la izquierda revolucionaria a las utopías neokeynesianas, del pacifismo teológico al antiimperialismo militante. Puede ser una palanca unitaria eficaz para acciones y campañas precisas, como contra la deuda externa o contra la guerra, contra la directiva Bolkenstein o contra el Tratado Constitucional (aunque, sobre este tema, el frente se haya dividido). Pero no constituye en sí un proyecto político. Eso eso lo que mostró la división de la izquierda radical en Francia en las elecciones legislativas y la presidencial: la "victoria defensiva" que representa el "No" al referéndum sobre el TCE no era mecánicamente convertible en una dinámica ofensiva alrededor de un programa y de una estrategia de alianzas.
Las cuestiones propuestas por la revista Politis son en su mayoría formuladas en términos de definiciones. ¿Una izquierda auténtica debe definirse como anticapitalista o antiliberal? ¿Cómo se define en relación a la economía de mercado? La manía de la definición es característica del gusto francés por la razón clasificadora y su manía del orden. La definición fija e inmoviliza. La determinación dialéctica pone al contrario el acento sobre el devenir y la dinámica.
¿Antiliberalismo o anticapitalismo? Esta no es una cuestión de etiquetar o de definición, sino de orientación; no es una cuestión de catálogo de medidas y reivindicaciones para campañas electorales, sino de intervenciones que permiten evaluar, en la prueba de la práctica, las alianzas y los compromisos que aproximen a la meta buscada, y de los que le vuelven la espalda.
Una política de ruptura con el despotismo anónimo de los mercados exige hoy día que la lógica del bien común, del servicio público, de la solidaridad se coloquen por encima de la del beneficio a toda costa, del cálculo egoísta y de la competencia de todos contra todos. Eso exige atreverse a incursiones enérgicas en el santuario de la propiedad privada (incluida la propiedad inmobiliaria y financiera, que desempeña un papel clave tanto en las cuestiones ecológicas como en las de la urbanización y del alojamiento). Exige una oposición intransigente a la guerra de reconquista colonial, a la economía armamentista, a los pactos militares imperialistas. Pasa por una ruptura con el yugo de los criterios de convergencias y el pacto de estabilidad europeos, por una noche del 4 de agosto fiscal, etc.
Una lucha resuelta sobre estos objetivos es rigurosamente contradictoria con las coaliciones parlamentarias y gubernamentales con Blair o Schröder ayer, o con Prodi o Royal hoy, so pena de volver porosa la frontera entre la izquierda y la derecha hasta el punto que los tránsfugas (¡en los dos sentidos!) puedan cruzarla sin tener al menos el sentimiento de ser renegados. La cuestión de las alianzas no es la prótesis técnica o la simple prolongación instrumental de un programa destinado a cambiar el mundo. Es una parte integrante.
¿Las tareas del servicio público pueden confiarse al interés privado? En 1977, Michel Rocard (agradablemente) había sorprendido a un grupo de patrones declarando que las lógicas de la regulación -plan o mercado- son globales, y que no se apoyan en el mercado. Eso era hablar de manera franca y verdadera. Tan verdadera que una vez que esa "izquierda" se hizo cargo de esos asuntos, Laurent Fabius fue el primer Primer Ministro se la jugó a fondo con la libre circulación de capitales; y Pierre Bérégovoy, "el primer artesano de la desitermediación bancaria". No se trata de abolir todas las relaciones comerciales, sino de saber qué se debe privilegiar, la soberanía democrática (del poder popular constitutivo) o el fetichismo autómata de los mercados.
La cuestión no se reduce a la parte de la apropiación social autogestionada de los medios de producción, comunicación y de intercambio. Implica lo mismo a la política fiscal, un control político de la herramienta monetaria, una redefinición de los servicios públicos, una reorientación del comercio exterior. Que, en tal marco, las tareas del servicio público puedan delegarse a operadores privados no es una cuestión de principio, si son encuadradas por legislaciones fiscales y sociales vinculantes. Además las formas de apropiación social pueden ser muy variadas, de la empresa pública a la cooperativa autogestionada. Pero, aún aquí, la cuestión crucial es la de las relaciones de fuerzas sociales y políticas, y del poder real de decisión.
Para ir a la raíz de las cosas, un antiliberalismo radical debe atacar al disco duro del capital, volver el derecho a la existencia (al alojamiento, a la salud, a la educación, al empleo) opuesto al derecho de la propiedad. Debe oponer a la privatización y la mercantilización del mundo una política de solidaridad social, desmercantilización y gratuidad. Por lo tanto, la distinción formal entre antiliberalismo y anticapitalismo se difumina: es resistiendo a lo irresistible que uno se vuelve en revolucionario sin forzosamente saberlo.

El Estado Vaticano es "hijo" del fascista Mussolini








Este $anto E$tado fué creado por el Duce en 1929.
El, Estado Vaticano, tal como lo conocemos hoy, nace con la firma del Tratado de Letrán el 11 de febrero de 1929, pero para llegar hasta ahí el trono de San Pedro tuvo que atravesar un prolongado período de decadencia a lo largo de 59 años que a punto estuvo de comprometer su existencia. La salida de aquella situación vendría de la mano de Pío XI, que no dudó a la hora de pactar con el mismo diablo, encamado en la figura de Benito Mussolini, para salvar a la Santa Sede de la ruina.

A comienzos de 1929, poco imaginaba el mundo la tremenda crisis económica a la que tendría que hacer frente apenas unos meses más tarde. Sin embargo, la miseria ya llevaba tiempo instalada entre los, sólo aparentemente, opulentos muros del Vaticano. Hacía tiempo que los números rojos habían impuesto su dictadura en las arcas vaticanas. La quiebra en 1923 del Banco de Roma, donde se gestionaban todas las cuentas de la Santa Sede, supuso un serio quebranto para las finanzas pontificias, a pesar de que la institución fue salvada en última instancia por Mussolini que aportó 1.750 millones de liras. Esta aportación fue un primer acercamiento entre la Santa Sede y los fascistas, lo que dejó prácticamente indefenso al Partido Católico, única fuerza democrática con suficiente implantación como para plantarle cara a los seguidores del Duce (título equivalente al de caudillo en español). De hecho, a raíz de esta intervención, las jerarquías prohibieron que los clérigos militasen en este partido, lo que según diversos analistas allanó de forma notable el ascenso al poder de Mussolini.



Pero el balón de oxígeno que supuso el reflote del Banco de Roma no había sido suficiente. El palacio de Letrán necesitaba urgentes reformas y el personal de la Santa Sede había sido reducido a su mínima expresión para minimizar los gastos lo máximo posible. Nunca la Iglesia había estado tan cerca del ideal de pobreza de los primeros cristianos. Las causas de este estado eran múltiples, y entre ellas cabe destacar no sólo la mala suerte financiera, sino el catastrófico efecto que para las cuentas papales había tenido el proceso de reunificación de Italia, que tuvo lugar en el siglo xix. Este hecho histórico privó, además, al Vaticano de muchos de sus recursos económicos, en especial grandes extensiones de terreno —los Estados Pontificios que ocupaban buena parte de la Italia central— que habían proporcionado a la Santa Sede unas saneadas rentas.

Incluso el pontífice había tenido que soportar la humillación de ser «invitado a abandonar» el palacio del Quirinal, en el centro histórico de Roma, que fue ocupado por la familia real y el presidente. A partir de entonces se sucedieron varios intentos infructuosos de alcanzar un acuerdo. En 1871 el gobierno italiano garantizó al papa Pío IX, por medio de la llamada Ley de Garantías, que tanto él como sus sucesores podrían disponer del Vaticano y del palacio de Letrán. También se les indemnizaría con 3.250.000 liras anuales como compensación por la pérdida de los Estados Pontificios. Los representantes de la Iglesia se negaron en redondo a aceptar estas condiciones. Para ellos la cuestión de la soberanía era fundamental, ya que, según su parecer, era imprescindible para el cumplimiento de su misión espiritual que la sede de la Iglesia se mantuviera independiente de cualquier poder político.

Así pues, a partir de ese momento los papas pasaron a considerarse a sí mismos como «prisioneros» dentro del Vaticano.


Santiago Camacho / Kaos en la Red