27 de enero de 2010

Según la televisión pública española (RTVE), las naranjas salvaron al régimen de Franco



Los dirigentes del PSOE, próceres de una ley de Memoria Histórica que no rehabilitará a las víctimas del franquismo gustan de manipular la historia

Durante el telediario emitido el pasado domingo día 24, la cadena pública de televisión RTVE, difundió unas imágenes, correspondientes a la década de los años 50 del siglo pasado, donde podían verse trenes de mercancías cargados de naranjas, listas para ser exportadas. A continuación presentaron unas estadísticas del volumen de exportación del cítrico en aquella época, mientras eran entrevistados empresarios e historiadores que llegaron a una conclusión unánime: gracias a las divisas generadas por las naranjas, el régimen de Franco pudo sostenerse; una versión a la carta, ideada por la dirección del informativo, per se o bajo órdenes, destinada a ser emitida en la más importante franja horaria dominical.


Según la televisión pública española (RTVE), las naranjas salvaron al régimen de Franco
Los dirigentes del PSOE, próceres de una ley de Memoria Histórica que no rehabilitará a las víctimas del franquismo gustan de manipular la historia
J.M. Álvarez | Para Kaos en la Red | Hoy a las 11:32 | 151 lecturas
www.kaosenlared.net/noticia/segun-television-publica-espanola-rtve-naranjas-salvaron-regimen-franc
[Aumentar tamaño texto] [Disminuir tamaño texto] [Versión para imprimir] [Enviar esta noticia] [Formato PDF] [Noticia anterior] [Noticia siguiente]
[Las "salvadoras" de Franco] Las "salvadoras" de Franco

Durante el telediario emitido el pasado domingo día 24, la cadena pública de televisión RTVE, difundió unas imágenes, correspondientes a la década de los años 50 del siglo pasado, donde podían verse trenes de mercancías cargados de naranjas, listas para ser exportadas. A continuación presentaron unas estadísticas del volumen de exportación del cítrico en aquella época, mientras eran entrevistados empresarios e historiadores que llegaron a una conclusión unánime: gracias a las divisas generadas por las naranjas, el régimen de Franco pudo sostenerse; una versión a la carta, ideada por la dirección del informativo, per se o bajo órdenes, destinada a ser emitida en la más importante franja horaria dominical.

Los dirigentes del PSOE instalados en el Gobierno, próceres de una ley de Memoria Histórica que no rehabilitará a las víctimas del franquismo (en el Estado español hay víctimas de primera, de segunda y “no” víctimas), gustan de manipular la historia. Es obvio que se recaudarían divisas con la fruta, pero afirmar que ello salvó al régimen, es rotundamente falso. En septiembre de 1953 Estados Unidos (EEUU) y España firmaron, el Convenio de Defensa y Ayuda Económica Mutua por el cual, EEUU estableció bases militares en territorio español, comenzó a enviar asistencia económica y propició que, dos años más tarde, España ingresara en la o­nU. La entrada masiva de divisas comenzó en 1961, cuando cinco millones y medio de turistas visitaron el país.

Considerando la barbarie que Occidente riega por el mundo-que no puede ser ocultada por completo- el interés oscuro que subyace tras este disparate, consiste en encubrir la relación histórica que existe entre democracia burguesa y dictadura fascista, (ramas del mismo árbol capitalista), de la que el franquismo se benefició. Genocidas, criminales de guerra y torturadores no pueden ser paridos por sistemas sociales que exijan, sinceramente, libertad, diálogo y respeto por los derechos humanos. Franco se mantuvo en el poder, gracias al apoyo de las “democracias” que lideraba EEUU; por tanto, para tapar complicidades siniestras, mejor echarle la culpa a las naranjas. Ellas no pueden hablar.


http://jmalvarezblog.blogspot.com/

El pueblo firma contra la monarquía





Ramón Pedregal Casanova.

UCR 24 de Enero de 2010



Lichtenberg (1742-1799) científico y filósofo discípulo de Kant escribió: “Si la historia de un rey no ha sido quemada, no me apetece leerla.” Más de 200 años lleva la frase dando vueltas. Las monarquías, los monarcas de nuestro entorno desaparecían de la vida política y social. La Historia, desde la revolución francesa cogía el cauce republicano como signo de justicia.

En España, que ha tenido casi 1.600 años de monarquía continuada, con la minúscula interrupción de la 1ª República, apenas un año, y la 2ª República, hoy sigue como continuación de la dictadura franquista, pues su representante preserva el legado anterior y no se atiene a la Constitución.

3 veces, tres, los Borbones se vieron arrojados fuera de España (Fernando VII, Isabel II y Alfonso XIII) y las tres volvieron a la cabeza de la reacción después de guerras terribles. Nunca han dado explicación de ello. Siempre se han hecho con el poder de manera terrible. Los siglos han pasado y su arrogancia y vanidad tienden el silencio sobre la Historia y su existencia recorre las revistas de la fatuidad, la necedad, la ignorancia de siervos y siervas. Los monarcas, defensores de los intereses de la aristocracia y la alta burguesía, del dictador, sus clérigos y fusileros, los monarcas se han opuesto histórica y sistemáticamente a la política del bien social buscada por la clase trabajadora.

Aquí se ha quemado la historia del rey 3 veces, tres, pero tenemos que seguir leyéndola por imposición de la dictadura.

Pero como dejar de intentarlo no es lo que nos caracteriza y la trayectoria histórica, la dialéctica histórica es la de la solución-superación de las contradicciones –un futuro de justicia basada en los derechos sociales y económicos, de reparto equitativo, de igualdad de géneros y derechos de la mujer, de elección popular del Jefe de Estado, de ley electoral igualitaria, de enseñanza laica, de separación de poderes, de derecho a la autodeterminación de las nacionalidades, …sigan añadiendo- en la Historia surgen iniciativas que buscan agrupar al pueblo sobre propuestas antimonárquicas. El Partido Comunista de España y su movimiento republicano ha comenzado una campaña a nivel estatal de recogida de firmas con el fin de “presentar ante la Comisión de Peticiones del Congreso de los Diputados una propuesta para que las cuentas de la Casa real tenga control público y puedan ser conocidas por todos los españoles.”

Miércoles 20 de enero, 11 horas: José Luis Centella, responsable máximo de los comunistas españoles, Juan Ramón Sanz, Secretario General de Madrid, Gloria Aguilar, máxima dirigente del Movimiento Republicano del PCE, junto con otros dirigentes y militantes tomaban sitio en la Puerta del Sol de Madrid para explicar la campaña emprendida a la población y solicitar su firma.

Si el día era frío con un sol aún lejano y los policías vestidos de civiles de las formas más variopintas vigilaban y fotografiaban a todos los que ya están, podemos suponer, en los archivos del FBI de allí y de aquí, las buenas gentes, muchos jóvenes, y mayores se acercaban de manera resuelta. Las explicaciones de los comunistas eran refrendadas por todo el que pasaba cerca y las casillas para las firmas contenidas en el conjunto de folios se fueron llenando a buen ritmo. La gente pedía listas para llevarse con el fin de dar a firmar a compañeras y compañeros, amistades y vecindad, se hablaba de buscar por Internet la página PCE.es y bajarse el formato. La hora y media fue reconfortante, la calle respondió con su apoyo y dando ánimo a los republicanos emprendedores.

Los dirigentes comunistas anunciaban su objetivo primero en ese camino de agrupamiento: “que los contribuyentes sepan el dinero que se le da a cada uno, es dinero público, pues que lo hagan público”. “Los regalos, donaciones y demás por ser Jefe de Estado debe conocerlos la gente y ser patrimonio estatal.” En el documento presentado por el PCE se hace saber que es tal “la opacidad que ni los diputados ni el Tribunal de Cuentas ni la Fiscalía, ni los tribunales, ni siquiera la Comisión de Secretos Oficiales tienen acceso a dicha información.” Entre los comentarios del público que firmaba la iniciativa destacaba la exigencia de claridad y justicia, “que se sepa lo que se llevan y cuanto tienen en total, siempre a nuestra costa”, “¡vergüenza les tenía que dar, con el paro y las necesidades que hay!”

La descendencia de Franco en forma monárquica hace que resalte un dato fácilmente contrastable:

De 215 países que hay en el mundo, sólo 20 tienen monarquía. De esos 20 sólo 6 monarcas son Jefes de Estado y de los ejércitos, y de esos 6 sólo 1 no ha jurado la Constitución. ¿Sabe usted cuál es? ¿Sabe qué es lo que sí ha jurado?

Los allí presentes confiaban en que la campaña para la recogida de firmas dé sus frutos y sea un impulso a la 3ª República.

Nuevos datos apuntan a la Policía española como autora del secuestro de Jon Anza




Arantxa Manterola


Un libro, que estará en el mercado dentro de unas semanas, revela que los autores de la desaparición de Jon Anza serían miembros de la Comisaría General de Información (CGI) de la Policía española.
Arantxa Manterola |
l trabajo de investigación de Jacques Massey -«ETA, histoire secrète d'une guerre de cent ans»- recoge en su epílogo el caso de la desaparición del militante donostiarra y se inclina claramente por la hipótesis ya adelantada por GARA el 2 de octubre pasado y por «Le Monde» el 4 de diciembre.

Citando, sin desvelar su identidad, a un interlocutor «importante y fidedigno», como el propio Massey lo presentó a «Le Journal du Pays Basque», que publicó la noticia en su edición de ayer, el escritor relata que «fuentes bien informadas de la Ertzaintza aseguran que la CGI, cuyo punto de contacto en Francia es la Subdirección Antite-rrorista de la Policía judicial (SDAT)», fue quien llevó a cabo el secuestro de Jon Anza.

Es más, dicho interlocutor sostiene que «existen escuchas telefónicas sobre este incidente». Massey ha interrogado a responsables de la DCRI (Dirección Central de Información Interior) en sus locales centrales de Levallois-Perret «que no desmienten dicha versión». Eso sí, tampoco habría ningún informe oficial sobre este hecho.

Preservar la colaboración

La DCRI, que trabaja exclusivamente con la Guardia Civil en los asuntos relacionados con ETA, no desea, según el autor del libro, más que «mantenerse alejada» de este caso porque «hay que preservar la cooperación operacional con los servicios españoles que actúan en Francia contra ETA».

Y es que el asunto de Jon An-za podría desatar «un escándalo, porque se evidenciaría que los detalles de las intervenciones, cuando menos las de la Policía española, no son siempre conocidos por los franceses», por lo que no podrían «excluirse acciones clandestinas al límite de la legalidad, e incluso, fuera de ella».

Tras estas indagaciones y contactos, Massey se muestra convencido de que la Justicia no podrá llegar al fondo de lo que realmente ocurrió con Anza porque después de su desaparición «parece que han hecho una buena limpieza» para evitar que se conozcan detalles sobre el caso.

La fiscal, cautelosa

Por su parte, la fiscal Anne Kayanakis manifestó ayer a «Le Journal du Pays Basque» que desconocía la existencia del libro y se mostró muy cautelosa con respecto a estas informaciones «porque las fuentes, si pueden llamarse así, son bastante ambiguas y no queda claro quién ha informado de qué al autor. Habría que leer bien todo el libro».

Añadió que lo que sí puede asegurar es que Massey «no se ha acercado a la Policía Judicial ni a la Fiscalía» para recabar datos. No descartó la posibilidad de llamarle a declarar «si es que lo consideramos útil», pero declinó responder si realmente lo hará. La fiscal también mostró su disposición «a escuchar cualquier testimonio útil para la investigación» del caso, incluidos los de las personas mencionadas en el libro que habrían filtrado la información sobre la participación de la Policía española en el secuestro de Anza. Reiteró que la Fiscalía «sigue muy de cerca el caso».
EScuchas

El interlocutor «importante y fidedigno» citado por Massey le aseguró que «existen escuchas telefónicas sobre el incidente», versión que la SDAT no ha desmentido, aunque tampoco habría informe oficial alguno sobre el hecho.
Massey, especialista en temas de seguridad y armamento

Jacques Massey es lingüista de formación y periodista. Especialista en cuestiones de seguridad y armamento, ha publicado varias obras de investigación sobre Palestina, el «bioterrorismo», criminales de guerra y los métodos antiterroristas franceses. Conoce bien Ipar Euskal Herria, donde residió, y ha dedicado dos años de trabajo a la obra «ETA, historia secreta de una guerra de cien años», que se pondrá a la venta hacia el 24 de febrero en la colección Investigación de la conocida editorial Flammarion. A. M.
http://www.gara.net/paperezkoa/20100127/179471/es/nuevos-datos-apuntan-policia-espanola-autora-secuestro

Carrillo: “La derecha está otra vez como en el 36″…







El veterano político comunista considera que la actitud del PP y los obispos así lo demuestra.
A pesar de que acaba de cumplir 95 años, Santiago Carrillo asegura que está “más preocupado por el futuro que por el pasado”. Pero ambas líneas de tiempo se le cruzan en el presente y eso le preocupa. Hoy mira cómo la derecha agita debates tales como la inmigración y la cadena perpetua, o se opone a los matrimonios entre homosexuales o brama por el supuesto peligro de la unidad de la patria, y le recuerda a la misma derecha que conoció cuando tenía 21 años.

Le retrotrae a oscuros tiempos pasados, cuando la democracia republicana fue golpeada por las bajas pasiones de la extrema derecha: “Están otra vez como en el 36, la dureza de las posiciones del PP o la actitud de los obispos me recuerda mucho a esa época”.

Esta vez Carrillo ve una diferencia respecto a ese ambiente que derivó en un golpe de Estado en forma de guerra civil: “Ahora, a diferencia de entonces, no tienen un ejército que esté por el golpismo“.

“La derecha ahora no tiene un ejército que apueste por el golpismo”

El ex secretario general del Partido Comunista de España (PCE) ha criticado duramente, en una entrevista concedida al informativo matinal de Tele Cinco, las intenciones de la “derecha” frente a la crisis. “Siempre ha sido la misma, cuando hay un periodo de crisis, siempre buscan una reforma del mercado laboral, o lo que es lo mismo: que los más débiles paguen las consecuencias, que la paguen los trabajadores”.

Sin embargo, considera que la izquierda ha cambiado mucho, que “está irreconocible”. Y debe tener razón, porque el viejo comunista ha exculpado a un socialdemócrata de su responsabilidad frente a la crisis. “José Luis Rodríguez Zapatero no ha tenido ninguna culpa de la situación, le ha tocado vivir una recesión mundial provocada por los agentes financieros y por el liberalismo”, ha dicho.
Energía nuclear

Santiago Carrillo es antinuclear. Así se define, pero no mira para otro lado cuando se le cuestiona por la problemática de los residuos y la necesidad de un cementerio nuclear. “Yo apuesto por la eliminación progresiva de la energía nuclear, pero mientras tanto ¿qué hacemos con los residuos?”, se ha preguntado.

“¿Qué hacemos con los residuos?, se pregunta Carrillo”

Pero no está de acuerdo con la forma en la que se está gestionando esta problemática. No cree que sea una decisión que se tenga que tomar en base a mercantilismos municipales, sino a razonamientos “científicos”.
Asumir la muerte

Parece que en cada entrevista Santiago Carrillo se despide un poco. Asegura sentirse fuerte y lúcido, pero también es consciente de algo que, pese al componente de obviedad que tiene, nunca es fácil de asumir: “El ser humano nace, vive y muere… y en mi caso, ya me he hecho a la idea”.

Sin embargo, no espera justicia poética para cuando llegue el fin de sus días; ni premio para sus años en el exilio o por su papel contra el franquismo, ni siquiera por su participación activa en la Transición: “No creo que se haga un museo con mi nombre, como ha ocurrido con Adolfo Suárez. Yo no le caigo bien a quienes hacen los museos”, ha terminado bromeando.

Público.es

El maoísmo y la revolución china: 2. Un texto clásico de Deutscher…



1. En mi artículo de introducción trataba básicamente de tres cosas: 1) Ilustrar sobre el debate sobre 1927, momento que marcó una mutación del Komintern del internacionalismo a la supeditación de la política exterior soviética, supeditación que llegó a tal extremo que el PC chino culminara la revolución en contra de los consejos de Stalin; sobre este punto se extiende también Deutscher; 2) Ofrecer un somero de análisis de lo que sucedió con la corriente maoísta en España (y en extensión por Europa), cuya influencia social bajo el tardofranquismo solamente fue inferior a la del PCE-PSUC, y que dejó un vacío tal que puede parecer que nunca existió; 3)Detallar una extensa sumaria del aporte de la corriente llamada reduccionistamente “trotskista”, a la que, por pertenecía Roland Lew, autor de un importante trabajo, China: de Mao a la desmaoización, curiosamente editado por la Editorial Revolución (Madrid, 1988), y afín al Movimiento Comunista…



Es un libro que habría que “colgar” en la Red porque ayuda a comprender una evolución que los más beatos convierten en un milagro: al igual que sucedió con Kruschev que convirtió el mar socialista en un mar capitalista por algo llamado revisionismo que atravesó el cristal de la realidad sin tocarlo ni mancharlo, también en China se habla de derrotas transitorias que salen de una manga sin necesidad de mayor argumentación.

La derrota de la clase obrera de 1927 fue clave para que la revolución caminara con un solo pie (el campesinado)…El desastre de 1927 se repitió en 1965 en Indonesia cuando el partido comunista que simpatizaba con China, confió en Sukarno siguiendo las exigencias de la política exterior china, permitiendo que quedara inerme antes una matanza que se llevó por delante medio millón de militantes y el esfuerzo de varias generaciones…
2. Se trata pues de un artículo que no esconde la procedencia, y que brevemente trata de ilustrar sobre un legado teórico y analítico que bien se podría ampliar a otros trabajos que cito unos pocos más por sí alguien quiere profundizar sobre esta extensa y compleja historia: Los orígenes de la revolución china, de Lucien Bianco (Ed. Tiempo Nuevo, Caracas, 1976); Historia del Partido Comunista chino, 1921-1949, de Jacques Guillemaz (Ed. Península, Barcelona, 1970); El marxismo en Asia, de Stuart Schram-Helene Carrere d´Encausse (siglo XXI, Buenos Aires, 1974), y Los trajes nuevo des del presidente Mao. Crónicas de la Revolución Cultural, de Simon Leys (Tusquets, Barcelona, 1976)…

En relación a la realidad presente me remito a los datos estadísticos ofrecidos por la compañera Mercedes Petit, al igual que coincido en algunas apreciaciones aunque no coincido con ella en el tono “cerrado” y concluyente de su trabajo…
3. Las referencias al maoísmo en los años sesenta-setenta, no son baladíes. El maoísmo fue la corriente mayoritaria de la generación el mao del 68. Su abanica de corrientes y tendencias fue todavía más amplio que las del trotskismo o el anarquismo, pero todos coincidían en varias cosas: tenían direcciones jerarquizadas, consideraban los movimientos como meras “correas de transmisión” del partido, colaboraron en las diversas plataformas pactistas, no aceptaban ninguna discrepancia interna…Tuvieron influencia en sindicaos, barrios, universidades, diarios, revistas, editoriales, y creyeron que Mao era la palabra final del marxismo. Algunos (entre ellos un profesor de ciencias en la Universidad de Barcelona), que el “Libro Rojo” tenía virtudes terapéuticas…Y ¿quién se acuerda ahora del “Libro Rojo”?.

No dejaron casi nada, aparte claro está de muchos luchadores y luchadoras que en su mayoría, empero, no tuvieron la capacidad de evolucionar como en otros países, como en Portugal formando el bloque con la LSR…Por cierto, en el tiempo que tuve París (1968-1971), y coincidí en albergues y “foyeaurs” con portugueses, y entonces todos los exiliados jóvenes eran maoístas.

Ahora las referencias análogas hay que buscarlas en Asía o…el Perú. No tengo mucha información sobre estos casos, pero estoy seguro al menos de dos cosas. Una es que están obligados a evoluciona y poner al día sus instrumentos teóricos, y dos, que se quieren hacer una revolución tendrán que enfrentarse a la orientación de lo que se sigue llamando (¿??) Partido Comunista chino…Algunas de las notas aparecidas desde el Perú sobre el “Sendero Luminoso” son bastante ilustrativas.

Pero lo que es aquí, a la izquierda del IU, está la izquierda independentista, Corriente Roja Izquierda Anticapitalista amén de numerosos grupos, pero con incidencia no hay ninguno que se pretende del “pensamiento Mao…Ni tan siquiera tienen nadie que les escriba con mínimo de rigor y continuidad. Su fobia contra Trotsky y el trotskismo (que nunca estuvieron en el poder; lo que hizo Trotsky en tiempos de Lenin pues pertenece a su biografía, ningún amigo suyo está obligado a firmar todas sus acciones, aunque o es cierto que en Brest-Listovk perteneciera al sector de Bujarin, osciló pero acabó firmando)…


4. La suma de descalificaciones e improperios revelan antes que nada una nula formación política, una radical falta de argumentos y análisis, cuando otro tipo de problemas como resulta palpable en el caso del tal Simón Puerta alias tal, y lo digo con el máximo respeto posible. Y con pesar porque en ocasiones parece alguien formada y capaz de razonar. Sus comentarios sobre Trotsky el cristología son, por decirlo suavemente, esperpéntico. En el llamado marxismo-leninismo codificado según sus intereses de casta por Stalin, subyace un esquema escolástico que nos lleva a antes de Galileo. Lenin asciende a los cielos (no hay ya análisis concreto), y Stalin es su representante en la tierra. En defensa de la “tierra prometida” crea un partido-Iglesia en la que los discrepantes son traidores, herejes. Llega a imponer hasta una “infabilidad”…

Mi empecinamiento al tratar esta cuestión –la del socialismo real o burocrático- es sencillamente porque creo que hay que ajustar las cuentas con una historia que acabó en un desastre total, y que se trata de comenzar de nuevo sobre la base de un ajuste de cuentas radical con este pasado…
Pero dejemos paso al magnífico trabajo de Deutscher que quedará complementado en una segunda entrega.

Gracias y saludos comunistas, o sea libertarios




Isaac Deutscher: El maoísmo: orígenes y perspectivas

Primera parte 1

¿Qué es lo que constituye el maoísmo? ¿Qué representa, como idea política y como corriente, en el comunismo contemporáneo? La necesidad de esclarecer estas cuestiones se ha hecho de lo más urgente debido a que el maoísmo compite abiertamente con otras escuelas de pensamiento comunista por el reconocimiento internacional. Pero ya antes de iniciar esta competición el maoísmo había existido como corriente, y luego como tendencia dominante del comunismo chino durante treinta o treinta y cinco años. Bajo su bandera, las fuerzas principales de la revolución china emprendieron la más prolongada guerra civil de la historia moderna y consiguieron la victoria en 1949, abriendo la mayor brecha en el capitalismo mundial desde la Revolución de Octubre y sacando a la Unión Soviética de su aislamiento. Difícilmente puede sorprender que el maoísmo saliera finalmente de sus fronteras nacionales y solicitara para sus ideas la atención mundial. Lo sorprendente es que no lo haya hecho antes, y que permaneciera durante tanto tiempo dentro de los límites de su experiencia nacional.

El maoísmo ofrece, en este sentido, un contraste sorprendente con el leninismo. Este último también existió al principio como una escuela de pensamiento puramente rusa. Pero no por mucho tiempo. En 1915, tras el colapso de la Segunda Internacional, Lenin era ya la figura central del movimiento en favor de la Tercera, su iniciador e inspirador; el bolchevismo, como fracción del Partido Social-Demócrata Ruso, no tenía más de un decenio. Con anterioridad a ello los bolcheviques, como otros socialistas rusos, habían vivido intensamente todos los problemas del marxismo internacional, absorbido toda su experiencia, participado en todas sus discusiones, y se habían sentido ligados por vínculos inquebrantables de solidaridad moral, intelectual y política. El maoísmo, desde el principio fue semejante al bolchevismo en dinamismo y vitalidad revolucionaria, pero se diferenció de él por su relativa estrechez de horizontes y por la falta de contacto directo con los desarrollos críticos del marxismo contemporáneo. Uno vacila al decirlo, pero lo cierto es que la revolución china, que por su ámbito es la mayor de todas las revoluciones de la historia, fue dirigida por el más provinciano e «insular» de los partidos revolucionarios. Esta paradoja muestra en todo su relieve el poder inherente a la propia revolución.

¿Qué es lo que explica esta paradoja? El historiador advierte en primer lugar la ausencia total de influencia socialista y marxista en China con anterioridad a 1917.2

Desde mediados del siglo XIX, desde las Guerras del Opio y la Rebelión de Tai ping, a través del levantamiento bóxer y la caída de la dinastía manchú en 1911, China había estado hirviendo en el antiimperialismo y la revuelta agraria; sin embargo, los movimientos y sociedades secretas implicados en los levantamientos y revueltas eran todos de carácter tradicional y se basaban en antiguos cultos religiosos. El liberalismo burgués y el radicalismo no habían penetrado siquiera más allá de la Gran Muralla hasta comienzos del siglo actual: Sun Yat-sen solamente formuló su programa republicano en 1905. Por esta época el movimiento obrero japonés, cuyo portavoz en la Internacional Socialista fue el famoso Sen Katayama, adoptó oficialmente el marxismo. En Rusia, la invasión de las ideas socialistas occidentales había empezado a mediados del siglo XIX, y desde entonces el marxismo había arraigado en el espíritu de todos los revolucionarios, tanto populistas como socia1demócratas.

Como señaló Lenin, el bolchevismo seguía las huellas de muchas generaciones de revolucionarios rusos que habían respirado el aire de la filosofía y del socialismo europeo. El comunismo chino no tiene semejante antepasado. La arcaica estructura de la sociedad china y la autosuficiencia, profundamente arraigada, de su tradición cultural, han sido impermeables a los fermentos ideológicos europeos. El imperialismo occidental procuró minar esa estructura y esa tradición, pero fue incapaz de hacer que fructificara en la mentalidad china toda vital idea liberadora. Solamente la explosión revolucionaria en la vecina pero lejana Rusia sacó de su inercia a la inmensa nación. El marxismo llegó a China a través de Rusia. La rapidez con que lo hizo a partir de 1917 y la firmeza con que echó raíces en suelo chino son la mejor ilustración de la «ley del desarrollo combinado»: vemos aquí que la más arcaica de las naciones absorbe ávidamente la más moderna de las doctrinas revolucionarias, la última palabra de la revolución, y la traduce en acción. El’ comunismo chino, falto de un antepasado nativo, desciende directamente del bolchevismo. Mao sigue los pasos de Lenin.3

El hecho de que el marxismo llegara tan tarde a China y en la forma de bolchevismo fue consecuencia de dos factores: la Primera Guerra Mundial, que puso de relieve y agravó al máximo las contradicciones internas del imperialismo occidental, desacreditándolo a los ojos de Oriente, intensificó los fermentos sociopolíticos de China, la hizo «madura» para la revolución y extraordinariamente sensible a las ideas revolucionarias; mientras que el leninismo, con su vigoroso énfasis en el antiimperialismo y los problemas agrarios, convirtió al marxismo, por vez primera en la historia, en directa y urgentemente relevante para las necesidades y luchas de los pueblos coloniales y semicoloniales. En cierto sentido, China tuvo que «saltar por encima» de la fase prebolchevique del marxismo para ser capaz de responder a él.
Pero el impacto del leninismo puro en China fue muy breve. Perduró únicamente hasta principios de los años veinte, hasta el comienzo de la revolución «nacional» en 1925. Solamente una pequeña élite de intelectuales radicales estaba familiarizada con el programa leninista, que adoptó. En el Congreso fundacional del Partido Comunista Chino, en 1921, sólo estaban presentes doce delegados —Mao Tse-tung era uno de ellos— que representaban un total de cincuenta y siete miembros En el segundo Congreso, al año siguiente, el mismo apostólico número de delegados hablaron en nombre de 123 miembros. A principios de 1925, poco antes de que los comunistas se hallaran a la cabeza de millones de insurgentes no había más de 900 militantes en toda China.4

En estos primeros círculos de propaganda comunista las ideas básicas del leninismo dejaron una profunda huella. Independientemente de la medida en que la estalinizada Comintern confundiera el espíritu del comunismo chino, el germen del leninismo sobrevivió, y se transformó en el maoísmo.

El leninismo ofreció a sus adeptos chinos unas pocas verdades sencillas y grandes, más que una estrategia perfectamente delimitada o unas precisas instrucciones tácticas. Les enseñó que China solamente podría conseguir su emancipación por medio de una revolución desde abajo, por la que debían trabajar infatigablemente, invenciblemente y confiadamente, de la misma manera que los bolcheviques habían trabajado por su revolución; que debían desconfiar del reformismo burgués y no confiar en un arreglo con las potencias que mantenían sometida a China; que, en contra de estas potencias, debían ir de la mano con los elementos patrióticos de la burguesía china, pero que debían desconfiar de sus temporales aliados burgueses e incluso estar preparados para la traición de éstos; que el comunismo chino debía procurar apoyarse en las desposeídas masas del Campesinado, y estar siempre a su lado en sus luchas contra los señores de la guerra, los señores feudales y los prestamistas; que la pequeña clase obrera urbana de China era la única clase consistentemente revolucionaria y, potencialmente, la fuerza más dinámica de la sociedad, la única fuerza capaz de asumir la dirección (la «hegemonía») en la lucha nacional por la emancipación; que la revolución «democrático-burguesa» china era parte de una revolución «no interrumpida» o «permanente», de un trastorno global en el que el socialismo superaría necesariamente al imperialismo, al capitalismo, al feudalismo y a toda forma de sociedad asiática arcaica; que los pueblos oprimidos de Oriente podían confiar en la solidaridad de la Unión Soviética y de la clase obrera de los países occidentales; que el Partido Comunista, actuando como vanguardia del movimiento, no debía perder nunca el contacto con la masa de los obreros y de los campesinos, pero que debía ir siempre por delante de ellos; y, por último, que debían guardar celosamente la independencia total del partido en la política y en la organización respecto de las demás partidos. 5 Tal fue la quintaesencia del leninismo, que los escasos pioneros del comunismo chino habían absorbido antes de la revolución de 1925-1927.

En lo que se refiere al maoísmo, estos años son todavía la «prehistoria». El maoísmo sólo empezó a dejarse entrever durante la revolución, y solamente a consecuencia de la derrota de ésta llegó a formar una tendencia especial dentro del comunismo. El período «prehistórico» es, a pesar de todo, de importancia evidente, pues el maoísmo aprendió algunas de sus lecciones en la escuela del leninismo, que, a pesar de ser recubiertas por otros elementos ideológicos, entraron firmemente en su constitución política.

II
Las siguientes influencias formadoras fueron la propia revolución y el golpe traumático de la derrota. Los años 1925-27 contemplaron la erupción de todas las contradicciones nacionales e internacionales que dividían a China, y esa erupción fue asombrosa por su rapidez, magnitud y fuerza. Todas las clases sociales —y todas las potencias involucradas— se comportaron tal como había predicho el leninismo. Pero la característica más sobresaliente de los acontecimientos —una característica que no se halla en la siguiente revolución china y que, por tanto, se olvida o ignora fácilmente— fue la revelación del extraordinario dinamismo político de la pequeña clase obrera china.6

Los principales centros de la revolución estuvieron en las ciudades industriales y comerciales de la China marítima, especialmente Cantón y Shanghai. Las organizaciones más activas fueron los sindicatos (que se convirtieron en un gran movimiento de masas casi de la noche a la mañana). Las huelgas generales, las grandes manifestaciones callejeras y las insurrecciones de los obreros fueron los acontecimientos principales y los puntos culminantes de la revolución, mientras ésta se mantuvo en su fase ascendente. El levantamiento agrario como fondo, amplio y profundo, fue mucho más lento en su desencadenamiento, diseminado por áreas inmensas y desigual en ritmo e intensidad. Dio una resonancia de amplitud nacional a la acción del proletariado urbano, pero no afectó a los acontecimientos tan directa y dramáticamente como esta última. Nunca se subrayará lo suficiente que en 1924- 27 la clase obrera china desplegó casi tanta energía, iniciativa política y capacidad de dirección como la que habían mostrado los obreros rusos en la revolución de 1905. Estos años fueron para China lo que 1905-06 habían sido para Rusia: un ensayo general de la revolución, con la diferencia, sin embargo, de que en China el partido de la revolución obtuvo del ensayo conclusiones muy diferentes de las que se había obtenido en Rusia. Este hecho, en combinación con otros factores, objetivos, que se discutirán más adelante, habría de reflejarse en las diferencias entre los alineamientos sociopolíticos de China en 1949 y de Rusia en 1917.

En el momento del «ensayo» chino, el Moscú oficial estaba reaccionando ya contra sus propias esperanzas excesivas y las aspiraciones de revolución intelectual de la era de Lenin: precisamente acababa de proclamar que su doctrina era el «socialismo en un solo país». Las facciones estalinista y bujarinista, que todavía detentaban el poder conjuntamente, veían con escepticismo las posibilidades del comunismo chino, temían las «complicaciones» internacionales y decidieron actuar sobre seguro. Para evitar disputas con las potencias occidentales y el antagonismo de la burguesía china, Stalin y Bujarin reconocieron al Kuomintang como dirigente legítimo de la revolución, cultivaron la «amistad» de Chiang Kai-shek, proclamaron la necesidad de un «bloque de las cuatro clases» en China, y dieron instrucciones al Partido Chino para que entrara en el Kuomintang y se sometiera a su orientación y disciplina. Ideológicamente, esta política se justificaba sobre la base de que la revolución china era de carácter burgués y había que mantenerse dentro de los límites de una revolución burguesa. Por consiguiente, la dictadura del proletariado no estaba a la orden del día, sino solamente una «dictadura democrática de los trabajadores y campesinos», slogan vago y contradictorio que Lenín había avanzado en 1905, cuando todavía sostenía que la revolución rusa sería únicamente «democrático-burguesa».

Para seguir esta orientación los comunistas chinos tenían que ceder en casi todos los principios que Moscú les había inculcado muy recientemente. Tenían, como partido, que ceder su independencia y su libertad de movimientos. Tenían que ceder, en hechos si no en palabras, la aspiración de la dirección proletaria y aceptar en cambio la dirección burguesa. Tenían que confiar en sus aliados burgueses. Para constituir y mantener el «bloque de las cuatro clases», tenían que refrenar la militancia de los obreros urbanos y la rebeldía del campesinado, que amenazaba constantemente hacer saltar el bloque en pedazos. Tenían que abandonar la idea de revolución continua (o permanente), pues habían de «interrumpir» la revolución cuando tendía a superar los márgenes de seguridad de un orden burgués, y ello era constante. Tenían que romper el impulso proletario-socialista del movimiento, o bien Moscú les acusaría de ser partidarios del trotskismo. El socialismo en un solo país, en la URSS, significaba la negación del socialismo en China.7

En este punto el comunismo chino fue devorado por su propia debilidad, así como por el oportunismo de Moscú y por el egoísmo nacional. Faltos de una tradición marxista propia en que apoyarse, dependientes de Moscú en su inspiración, en sus ideas y para el nervio de su actividad, hallándose transportados, por acontecimientos de vertiginosa rapidez, desde la oscuridad de un estrecho círculo propagandístico a la dirección de millones de personas en la revuelta, faltos de experiencia política y de confianza en sí mismos, bombardeados por una sucesión infinita de órdenes categóricas, de instrucciones y reproches desde Moscú, objeto de la persuasión, de las amenazas y del chantaje político por los enviados de Stalin y la Comintern, los pioneros del comunismo chino, aturdidos y confusos, se sometieron. Habiendo aprendido todo su leninismo de Moscú, no podían pensar, ni decirse a sí mismos, que Moscú se equivocaba al recomen- darles que lo olvidaran. En las mejores circunstancias, hubieran considerado muy difícil estar a la altura de su misión y habrían necesitado consejos firmes, claros y absolutamente inequívocos.

El consejo que les llegaba de Moscú solamente era inequívoco al urgirles que soslayaran el problema, que eludieran sus responsabilidades, que abdicaran. No sabían que la oposición trotskista estaba desafiando la ‘línea general’ de Stalin y Bujarin, ni que el propio Trotsky se oponía a la idea de que el partido chino entrara en el Kuomintang y aceptara sus dictados (no tenían contactos con la oposición y Trotsky criticaba la «amistad» de Stalin y Bujarin con Chiang Kai-shek dentro del Politburó). Para los chinos, pues, Stalin y Bujarin hablaban en nombre de todo el bolchevismo.
Fue en este momento, en el momento de la rendición al Kuomintang, cuando Mao reveló su disentimiento por vez primera. Su disentimiento se expresó sólo indirectamente, pero, en estos términos, fue firme y categórico. En la segunda mitad de 1925 y comienzos de 1926 Mao pasó mucho tiempo en su provincia natal de Hunan, organizando revueltas campesinas, y participó en la actividad comunista de Cantón y Shanghai, representando al partido en algunos organismos dirigentes del Kuomintang. Su experiencia le incitó a analizar los alineamientos sociales, especialmente la lucha de clases en el campo, en dos ensayos (Las clases de la sociedad china, escrito en marzo de 1926, y Un estudio del movimiento campesino en la provincia de Hunan, en marzo de 1927). No trató de analizar la estructura social china profundamente o de criticar la línea del partido en general, pero hizo su descripción en unos términos que estaban en conflicto implícita e irreductiblemente con todas las premisas de la política del partido y de la Comintern.

“…No ha habido una sola revolución en la historia —escribió en marzo de 1926— que no haya encontrado la derrota cuando el partido que la guía ha seguido un mal camino... hemos de cuidar de unirnos a nuestros auténticos amigos y golpear a nuestros auténticos enemigos... [hemos de ser capaces] de distinguir a nuestros auténticos amigos y a nuestros auténticos enemigos... »

Los «auténticos amigos» del proletariado revolucionario eran los campesinos pobres y los elementos semiproletariados de las aldeas; los «auténticos enemigos», los terratenientes, los campesinos ricos, la burguesía, el ala derecha del Kuomintang. Caracterizó la conducta de todas estas clases y grupos con tal falta de ilusiones y con tanta claridad y decisión que, a la luz de lo que decía, el «bloque de las cuatro clases», la sumisión del partido al Kuomintang y la idea de una contención de la revolución dentro de límites burgueses parecían otros tantos absurdos, suicidas para el partido y para la revolución. No estaba volviendo la mirada de la ciudad al campo, como haría después, aunque ya se mostraba mucho más sensible para lo que hacían y sentían los campesinos que para el movimiento de los obreros. Pero todavía insistía, en el mejor estilo leninista, en la primacía de los obreros en la revolución, y su énfasis en este punto revela la relación real de trabajadores y campesinos en los acontecimientos de ese período.

En la misma época, en la Unión Soviética, solamente los partidarios de Trotsky y de Zinoviev empleaban todavía semejante lenguaje.8 Mao era una especie de Monsieur Jourdain trotskista, ignorante del tipo de prosa que empleaba. Su papel en el partido no era lo suficientemente importante para que la Comintern advirtiera la herejía, pero ya en 1926 estaba en desacuerdo con el Comité Central chino y con Chen Tu-hsiu, el indiscutido dirigente del partido que en otro tiempo había sido su propio mentor intelectual y político. En el Estudio del movimiento campesino de Hunan, escrito poco antes del golpe de estado de Chiang Kai-shek, Mao hizo pública su indignación ante los dirigentes del Kuomintang y ante «los camaradas del Partido Comunista» que tratan de apaciguar al campesinado y detener la revolución agraria.

«Muy obviamente —les fustigaba— éste es un razonamiento propio de la clase terrateniente.., un razonamiento contrarrevolucionario. Ni un solo camarada debería repetir este contrasentido. Si mantenéis opiniones claramente revolucionarias y permanecéis algún tiempo en el campo, únicamente podéis alegraros de ver cómo millones de campesinos esclavizados están arreglando cuentas con sus peores enemigos... Todos los camaradas deberían comprender que nuestra revolución nacional exige un gran levantamiento en el campo.., y deberían apoyar este levantamiento; de otro modo se encontrarán a sí mismos en el bando de la contrarrevolución.»
Esta actitud le costó a Mao su puesto en el Comité Central. Volvería a ocuparlo un año más tarde, pero la vena de radicalismo o de «leninismo originario» perduraría en él, incluso por debajo de muchos añadidos posteriores, y le acarrearía la acusación de trotskismo,.. treinta y seis años más tarde.


III
Sin embargo, fue a partir de la derrota de la revolución cuando el maoísmo adquirió su origen propio y aquellas características que habrían de distinguirle de todas las demás corrientes del comunismo y del leninismo.

La derrota ocasionó una gran inquietud entre los comunistas chinos, especialmente después de conocer la verdad sobre la pugna que respecto de China había tenido lugar en el Politburó ruso. Se produjeron varias reacciones en conflicto respecto de lo ocurrido. Chen Tu-hsiu reconoció lamentablemente que había dirigido mal a su partido pero alegó que él (y el Comité Central) habían sido mal orientados por Moscú. Al exponer dramáticamente la historia interna de la revolución, relatando los muchos actos de presión y chantajes a que Moscú le había sometido, admitió que Trotsky había estado en lo justo sobre China. Por ello fue expulsado del partido, calumniado y perseguido tanto por el Kuomintang como por la Comintern 9.

Chen Tu-hsiu y sus escasos amigos, razonando por analogía con la revolución rusa (y aceptando la orientación de Trotsky), contemplaban la perspectiva de un período de estancamiento político, un intermedio entre dos revoluciones; proponían actuar como lo habían hecho los bolcheviques entre 1907 y 1917: retirarse, atrincherarse y sostenerse primariamente entre los obreros industriales; reconquistar y construir plazas fuertes en las ciudades, que serían los centros principales de la siguiente revolución; combinar el trabajo clandestino con la propaganda y la agitación abierta; luchar por «reivindicaciones parciales», reivindicaciones salariales y libertades democráticas; hacer presión en favor de la unificación de China y pedir una Asamblea Constituyente Nacional; apoyar las luchas de los campesinos; utilizar todos los descontentos contra la dictadura de Chiang Kai-shek y reunir fuerza para la revolución siguiente, que debería ser la revolución ininterrumpida que Lenin y Trotsky habían propugnado.
Esto constituía, al menos teóricamente, una perspectiva amplia y un programa de acción coherente. Lo que ofrecía la Comintern, por medio de sus delegados, Li Li-san y Wang Ming, era una combinación altamente incoherente de oportunismo básico y táctica ultraizquierdista, ideada para justificar la política de 1925-27 y para salvar las apariencias en favor de Stalin. Se sostenía que la revolución siguiente sería también «democrático-burguesa»; este principio habría de ser utilizado en el futuro para justificar la renovación de una política pro Kuomintang y un nuevo «bloque de las cuatro clases» (Stalin siempre sostuvo esa política de reserva, incluso durante sus peores zigzags ultraizquierdistas). Entretanto, la Comintern, negando que la revolución china hubiera sido derrotada, incitaba al partido chino a iniciar golpes desesperados y levantamientos armados. Estas tácticas, iniciadas con la insurrección armada de Cantón en diciembre de 1927, se adaptaban bien a la nueva «línea general» de la Comintern, que consistía en pronosticar la inminencia de la revolución en Oriente y Occidente a la vez, llamando a la «lucha directa por el poder», rechazando en Europa todo frente único de socialistas y comunistas, negándose a defender las libertades democráticas, con slogans sobre el socialfascismo, etc. En Alemania esta política condujo al desastre en 1933. En China los levantamientos desesperados, los golpes y otras desventuras desmoralizaron y desorganizaron lo que había quedado del movimiento obrero chino tras la derrota de 1927.

Sobre este telón de fondo hizo su aparición el maoísmo. Aunque los historiadores oficiales (y el propio Mao) nunca lo han admitido, Mao compartía la opinión de Chen Tu-hsiu de que la revolución estaba en decadencia y que se avecinaba un período de adormecimiento político. Rechazaba la táctica ultraizquierdista de la Comintern, desde el levantamiento de Cantón a las diversas versiones de «li-li-sanismo». Sostenía, sin embargo, que el comunismo, durante largo tiempo, no tendría la posibilidad de volver a atrincherar- se en las ciudades ni de reconquistar plazas fuertes entre la clase obrera, pues creía que la derrota moral subsiguiente a las rendiciones de 1925-27 era muy profunda. No albergaba la esperanza de que el proletariado urbano se levantara de nuevo eventualmente, pero volvía la mirada hacia el campesinado, que no había cesado de luchar y de alzar- se en revueltas. Lo que se suponía que era simplemente el «acompañamiento» agrario de la revolución en las ciudades continuaba oyéndose, fuerte y estruendosamente, después de que las ciudades hubieran sido reducidas al silencio. ¿Era posible —aventuraba Mao— que no se tratara de un mero «acompañamiento»? ¿Serían acaso las revueltas de los campesinos, no ya el contragolpe de una ola revolucionaria en retroceso, sino el comienzo de otra revolución cuyo principal teatro sería la Chinal rural?

El historiador del maoísmo puede seguir las sutiles gradaciones por las que Mao llegó a responder afirmativamente a esta cuestión. Aquí bastará recordar que a finales de 1927, tras su disputa con el Comité Central, se retiró a su Hunan natal; que tras la derrota del Levantamiento de la Cosecha de Otoño se retiró a la cabeza de pequeñas bandas armadas a las montañas fronterizas entre Hunan y Kiangsi, y que desde allí urgió al Comité Central que «trasladara todo el partido», sus cuadros y cuarteles generales, «de las ciudades al campo». Los manuales oficiales chinos afirman hoy que Mao había concebido ya en 1927-28 la estrategia de largo alcance con que habría de conseguir la victoria veinte años después. Los escritos de esa época de Mao sugieren que primero consideró la «retirada al campo» como un expediente temporal y posiblemente como una jugada, aunque no una jugada tan desesperada como los intentos del partido de incitar a los trabajadores urbanos a la acción insurreccional.

Dijo una y otra vez que la «Base Roja» que Chu Teh y él habían formado en las montañas Hunan-Kiangsi era solamente un «refugio temporal» para las fuerzas de la revolución. 10 Pero este recurso temporal y provisional apuntaba ya la estrategia maoísta posterior. Los dirigentes del partido, tanto los «oportunistas» como los «ultrarradicales» rechazaban el parecer de Mao, sosteniendo que llevaba a romper con el leninismo. Y, realmente, ¿quién puede imaginar a Lenin, tras la derrota de 1905, «retirando el partido» de San Petersburgo y de Moscú y poniéndose al frente de pequeñas bandas armadas en los páramos del Cáucaso, los Urales o Siberia? La tradición marxista, en la cual la idea de la supremacía de la ciudad en la revolución moderna ocupa un lugar central, estaba demasiado profundamente arraigada en el socialismo ruso para que un grupo socialista ruso se embarcara en semejante aventura. Nada parecido se les ocurrió siquiera a los socialrevolucionarios, los descendientes de los narodniks, populistas y socialistas agrarios.


Notas

1. Escrito para «The Socialist Register» y «Les Temps Modernes» en 1964. Aparece incluido en la antología de escritos de Deutscher titulada Ironías de la historia, publicada por Ediciones Península, Barcelona, 1969, en traducción de Juan Ramón Capella.

2 La primera traducción china del Manifiesto Comunista apareció tan sólo en 1920; fue entonces cuando Mao, que tenía ya veintisiete años, leyó el Manifiesto por vez primera. Al año siguiente acudió en peregrinación a la tumba de Confucio, aunque no era creyente.

3. Aquí puede señalarse un paralelismo entre la fortuna del marxismo y de la revolución en Europa y en Asia. De la misma manera que el marxismo, en Europa, ejerció una amplia influencia en la Alemania industrial, también en Asia encontró un importante núcleo de seguidores en el Japón industrial, la «Prusia del lejano Oriente». Pero el marxismo no pasó de la propaganda y la agitación en ninguno de estos dos países «avanzados». Las grandes naciones «atrasadas» han sido las que han tenido que realizar la revolución en ambos continentes.

4 Ho KAN-CHIN, A History of the Modern Chinese Revolution (Pekín, 1959), pp. 40, 45, 63 y 84.

5. El Segundo Congreso de la Internacional Comunista en 1920, se ocupó especialmente de los problemas de los países coloniales y semicoloniales, y Lenin fue el principal impulsor de las tesis y resoluciones sobre esta cuestión. Cf. Lenin, Sochineniya (Moscú, 1963), vol. 41.

6. Mao dice que el número de obreros industriales chinos, empleados en grandes empresas, era de dos millones. Había alrededor de diez millones de coolies, rikshas, etc. MAO TSE-TUNG, Izbrannye proizvedeniya (Moscú, 1952), vol. 1, pp. 24 y 25.
Mao explica el papel decisivo de los obreros en la revolución por el alto grado de concentración en grandes fábricas, por las condiciones de extraordinaria opresión y por su militancia excepcional. Rusia no pasaba de los tres millones de obreros empleados en la industria moderna en el momento de la Revolución, y Trotsky explica su papel decisivo de manera parecida.

7. Cf. mi descripción de estos acontecimientos en The Prphet Unarmed, pp. 316-338.

8. Una comparación entre los documentos contenidos en Problemas de la Revolución China de Trotsky y los escritos de Mao de 1926-27 muestra la completa identidad de sus puntos de vista sobre estas cuestiones. Ho Kan-chih, en op. cit. (que es el relato maoísta oficial de la revolución china) da involuntariamente otros muchos ejemplos de esta identidad. Así, relata que a principios de 1926 Mao protestó contra la decisión del partido chino de votar a Chiang Kai-shek en las elecciones para el Comité Ejecutivo del... Kuomintang, y apoyar su candidatura para el cargo de comandante en jefe de las fuerzas arma- das. Casi al mismo tiempo Trotsky protestó en Moscú contra la elección de Chiang como Miembro de Honor del Ejecutivo de la Comintern. El historiador maoísta condena únicamente a Chen Tu-hsiu por su política «oportunista», pretendiendo no saber que Chen se comportó como lo hizo por órdenes de Moscú y que Chiang era el candidato de Stalin al cargo de comandante en jefe. El hecho de que Chiang fuera miembro honorario del Ejecutivo de la Comintern ni siquiera se menciona en la Historia maoísta.

9. El destino de Chen Tu-hsiu —denunciado como <‘traidor» por la Comintern, fue encarcelado y torturado por la policía del Kuomintang-_ fue una terrible advertencia para Mao, quien en lo sucesivo evitó una ruptura abierta con la ortodoxia estalinista, incluso cuando andaba a la greña con sus sucesivos guardianes chinos. Mao no se arriesgó nunca a un conflicto con Stalin y Chiang Kai-shek. Su actitud cauta y ambigua hacia el estalinismo reflejaba algo de la sensación de debilidad y de dependencia última del apoyo soviético que había ocasionado que Chen Tu-hsju aceptara los dictados de Stalin y Bujarin en 1925-27. Pero, a diferencia de Chen, Mao, pese a todo su respeto externo hacia Stalin, nunca cedió en su propio enjuiciamiento de los problemas chinos ni se apartó de su propia orientación.

10. MAo, Op. cit., vol. 1, pp. 99-110 y 117 y ss, passim.


Pepe Gutiérrez-Álvarez en Kaosenlared

El maoísmo y la revolución china: 1. Una introducción



El maoísmo y la revolución china: 1. Una introducción
Se cumplen 61 años de la revolución china de 1949…A continuación de esta breve introducción, editaré un texto famoso de Isaac Deutscher de 1964, pero cuyo interés creo fuera de duda


La revolución china fue profundamente deudora de la revolución de Octubre, y de los planteamientos anticolonialistas de la Internacional Comunista. Su historia y sus enseñanzas merecen ser conocidas desde todos los puntos de vistas.

Al cumplirse la primera década de Octubre, esta conexión sufrió un poderoso trastorno: la URSS de la burocracia que sustituía una clase obrera destruida durante la guerra civil (1919-1921) que desmanteló las ya atrasadas bases objetivas de la revolución, pretendía crear un “socialismo” autárquico, en tanto que el movimiento comunista internacional se orientaba hacia una misión muy diferente por la que había sido construido. Ahora debía supeditar sus propias exigencias a los vaivenes de la política exterior soviética…



El dilema teórico entre el socialismo en un solo país y la revolución permanente tendría una ilustración inmediata en la actuación del Komintern en la crisis social china entre 1925 y 1927, una primera revolución en la que el anticolonialismo y el socialismo iban de la mano. Para Trotsky, las condiciones socioeconómicas de China sólo podían ser interpretadas por la ley del desarrollo desigual y combinado a través de las enseñanzas revolucionarias de las últimas décadas. La China milenaria se hundió al contacto con las naciones capitalistas más adelantadas. Desde finales del siglo XIX, las compañías extranjeras colonizaron el país, dominando de una parte a otra el comercio, los ferrocarriles, las líneas de navegación y las inversiones en todos los campos de la industria. La burguesía autónoma no surgió, pues, por evolución natural, sino como intermediaria, compradora y dependiente estrechamente del mercado internacional. Sus inversiones propias se orientan hacia el agro y sus representantes no vertebran un cuerpo sólido, capaz de dictar sus imposiciones a las demás clases: debía apoyarse en la reacción y sostenerse en el imperialismo —con el que disputaba la «parte del león»—, contra la revolución agraria y nacional.

La primera revolución china (1911) había sido una especie de equivalente de la revolución que se produjo en Rusia en febrero de 1917, ya que, a pesar de coger las riendas de la nación, fue incapaz de llevar adelante ninguna de las transformaciones que la revolución democrático-nacional exigía. Pero los campesinos no podían esperar y se lanzaron nuevamente a la guerra contra los señores. En los centros ciudadanos, donde había surgido en poco tiempo una industria moderna y concentrada, la clase obrera empezó pronto a desarrollar una intensa labor sindical que desembocó, convergiendo a menudo con las agitaciones campesinas, en movilizaciones y huelgas que agrupaban a millones de luchadores. Según Trotsky, sus similitudes con la Rusia zarista eran evidentes:

Las mismas causas objetivas, sociales e históricas que determinaron la salida de Octubre en la Revolución rusa se presentan en China bajo un aspecto todavía más agudo. Los polos burgueses y proletarios de la nación están opuestos en China con una intransigencia mayor si cabe que en Rusia, ya que por una parte la burguesía nacional china está directamente ligada al imperialismo extranjero y su aparato militar y, de otra, el proletariado chino ha tomado contacto desde sus inicios con la Internacional Comunista y la Unión Soviética. Numéricamente el campesino chino representa en el país una masa mucho más considerable que el campesinado ruso; pero, al margen de las contradicciones mundiales, el campesinado chino es todavía menos capaz de jugar un papel dirigente. (La internacional comunista después de Lenin, p. 308)

Por su parte, Stalin, Bujarin y Martinov —un antiguo menchevique de derechas que representaba el ascenso de gente de ese tipo en el aparato tras la muerte de Lenin—,

quienes orientaban ahora la política de la IC, determinaron que en China la revolución no podía ser más que burguesa y que había que apoyar incondicionalmente al partido

nacional-burgués y atraerlo a un pacto de amistad con la URSS. Este partido era el

Kuomintang, y su líder, Chiang Kai-check, fue nombrado «miembro honorario» de la

Internacional, curiosamente en el mismo momento en que Trotsky era tildado de agente reaccionario y de menchevique.

El papel que Stalin asignaba al Kuomintang era el de dirigir un frente de cuatro clases: la burguesía, la pequeña burguesía, el campesinado y el proletariado, contra el feudalismo chino (término que no correspondía en absoluto a la historia china) y el imperialismo. El Partido Comunista chino debía restringir su labor al interior del Kuomintang, aceptando sin reservas sus principios y su disciplina. Para Stalin, « […] el partido comunista chino reconoce resueltamente que el Kuomintang y sus principios son necesarios para la revolución china. Sólo aquellos que no quieren ver la revolución china triunfar pueden ser partidarios de la ruina del Kuomintang. Incluso en el caso de que sea mal dirigido, el partido comunista chino no puede ser partidario de la ruina de su aliado el Kuomintang, por darles placer a nuestros enemigos, los imperialistas y los militaristas».

La consecuencia de esta subordinación fue una sangrienta derrota. Temeroso de la creciente influencia del comunismo, Chiang preparó una dantesca represión para exterminar a sus militantes. Algunos comunistas chinos y la Oposición rusa ya habían advertido de que esto podía ocurrir. Pero, a pesar de la evidencia, Stalin se niega de plano a reconocer los resultados de sus órdenes a la sección china y trata de enmascararlo obligando, en plena derrota del movimiento revolucionario, a la sublevación ultraizquierdista, inútil y heroica, de Cantón. Después de tres días de encarnizada resistencia, la revuelta es aplastada, con lo que se rompe la espina dorsal del movimiento sindical y proletario en las ciudades hasta 1949. Trotsky denuncia con fuerza este hecho:

Sería una prueba de pedantismo si afirmáramos que, de haberse seguido una línea correcta durante la Revolución de 1925-1927, el PC chino habría conquistado de golpe el poder.

Pero afirmar que esta posibilidad estaba completamente descartada sería hacer un alarde de filisteísmo vergonzoso. El movimiento de masas de los obreros y los campesinos, al tiempo que la desintegración de las clases dominantes, podía permitir su realización. La burguesía indígena envió a su Chiang Kai-check y Wang Ching-wei a Moscú; por intermedio de sus representantes de izquierdas como Hu Han Min llamaba a las puertas de la IC precisamente porque, cara a las masas revolucionarias, se sentía muy débil: reconociendo esta debilidad desde un principio, buscó con qué protegerse. Los obreros y los campesinos no habrían seguido a la burguesía indígena si nosotros —la IC— no los hubiéramos cogido con el lazo y obligado a seguirla. Si la política de la IC hubiera tenido alguna justeza, la alternativa de la lucha del PC por la conquista de las masas estaba decidida desde el primer momento: el proletariado chino hubiera sostenido a los comunistas y la guerra campesina hubiera apoyado al proletariado revolucionario.

Si, desde el principio de la campaña del Norte, hubiéramos comenzado a establecer los soviets en las regiones «liberadas» (y las masas aspiraban a ello con todas sus fuerzas), hubiésemos creado nuestro ejército y disgregado el del enemigo; a pesar de su juventud, el PC chino hubiera madurado bajo la dirección juiciosa de la IC en el curso de estos años excepcionales: habría podido llegar al poder, si no en toda China de un golpe, al menos en una parte importante de su territorio, y lo que es más importante, habríamos tenido un partido.

Pero precisamente ha sido en el terreno de la dirección donde se ha producido algo monstruoso, una verdadera catástrofe histórica: la autoridad de la Unión Soviética, del partido de los bolcheviques, de la IC, ha servido enteramente para sostener a Chiang Kai-check contra la política del Partido Comunista y después ha apoyado a Wang chingwei como el dirigente de la revolución agraria. Después de haber patinado la base misma de la política leninista y roto los huesos del joven PC chino, el Comité ejecutivo de la IC ha determinado desde el principio la victoria del kerenskismo chino sobre el bolchevismo chino. (La Internacional Comunista después de Lenin).

Tras la derrota de las ciudades, la revolución china se refugia en el campo para emprender dos décadas después, y muy a pesar de Stalin, quien apoyaba todavía al Kuomintang, la conquista del poder. Antes de esta revolución, la sociedad china no conoció ninguna etapa democrático-burguesa. La dirigió el PC chino y tuvo que emprender —a su manera— el camino de un «socialismo» cuyos rasgos despóticos están sirviendo en los últimos tiempos para una restauración capitalista bajo la dirección del PC... En los años sesenta, el PC chino, después del comienzo del conflicto chino-soviético, adoptó la consideración de que China se había convertido en

«el bastión de la revolución mundial» —a la inversa de la Unión Soviética, en la que el capitalismo habría sido restaurado—, esquema desarrollado en una teoría llamada de «los tres mundos», y de la que podemos encontrar una justificación local en obras como Política internacional y conflictos de clase, de Jordi Solé-Tura (Laia, Barcelona, 1974).

Partiendo de dicha teoría, el maoísmo justificó toda clase de asociaciones contrarrevolucionarias con las fuerzas reaccionarias de todo el mundo (con el Sha de

Persia-Irán, con las dictaduras militares de Pakistán, con el imperialismo estadounidense, con Franz-Josef Strauss, con Sadat, con el carnicero militar chileno Pinochet, con la dictadura militar tailandesa) contra la Unión Soviética.

Se decía que se trataba de la «defensa de la fortaleza socialista», identificada con el

Estado chino, al igual que había hecho Stalin, por ejemplo durante el pacto nazi-soviético. La trágica consecuencia final de las aberrantes doctrinas del nacionalcomunismo» fueron las guerras abiertas entre «países socialistas», como parte de una escalada al final de la cual la «revolución cultural» resultó desenmascarada, el presidente Mao se desveló como un auténtico sátrapa ambicioso y el maoísmo internacional resultó abocado a una agonía de la que sobrevivirían fuerzas políticas tan deleznables como Sendero Luminoso en Perú.

El maoísmo fue una corriente política muy militante, con gente muy entregada, muy

dada a hegemonizar o patrimonializar los movimientos —y, así, acusar a quienes discrepaban de atentar contra la «unidad»—, y a crear sindicatos y organismos propios; harto elocuente en este sentido sería cómo la ruptura del PTE y la ORT con Comisiones Obreras dio lugar a un congreso constituyente «unitario» del que saldrían dos centrales sindicales opuestas, la CSUT (Confederación Sindical Unitaria de Trabajadores) y el SU (Sindicato Unitario), ligadas, respectivamente, a dichas organizaciones políticas. Al margen de sus matices tácticos y estratégicos, el maoísmo hispano (como otros, claro está) se distinguió por una orientación jerárquica, por un sistema organizativo en el que correspondía a la dirección (y dentro de ella al líder o al grupo dominante), el desarrollo del programa y la interpretación de su aplicación, en tanto que a la base le tocaba siempre obedecer. Cualquier discrepancia era considerada como una traición…

El maoísmo tuvo una importancia en absoluto desdeñable en la España de los años setenta, a través de partidos como el Partido del Trabajo Español (PTE), surgido en 1967 en Barcelona de una escisión en el comité «provincial» del PSUC; la Organización Revolucionaria de Trabajadores (ORT), creada por la reconversión de una asociación sindical cristiana; Organización Comunista (Bandera Roja), que contó con un equipo de líderes muy reconocidos, como el propio Solé-Tura, Jordi Borja, Alfonso Carlos Comín, etc.; Movimiento Comunista (MCE), proveniente de una escisión de ETA; la Organización de Izquierda Comunista (OIC), que fue más sincretista (maoísmo, trotskismo, consejismo); y otros menores.

Alentados por la llamada «revolución cultural», trataron de combinar las tradiciones estalinistas con el izquierdismo del 68, pero la propia historia china acabó conduciéndolos a una crisis final. Sin una respuesta a los dilemas abiertos por la Transición (o por la restauración neoliberal en el caso del MC), sufrieron una crisis tras otra, hasta que la caída y el desprestigio de la llamada «banda de los cuatro» aceleró su descomposición, y muchos de sus cuadros acabaron haciendo carrera política en el PSOE o en la propia derecha. Con todo, algunos de sus líderes no dudaron en algunas ocasiones en resucitar algunas de las mayores aberraciones del estalinismo, aunque esto no quita que llegaran a contar con una generosa base militante, que asistió con estupor a la caída de unos dioses que se habían consagrado poco menos que como «sagrados».

Todas las organizaciones de signo maoísta acabarían a principios de los años ochenta, cayendo como un castillo de naipes. Luego no han conocido más que el olvido, apenas bien en el más absoluto olvido, sin un mal estudio o análisis, en tanto que buena parte de sus líderes hicieron carrera en la política oficial. Quedaron miles de militantes, no pocos de los cuales siguieron siendo buenos combatientes. En países como Portugal o Alemania, muchos supieron evolucionar y ahora forman parte de una militancia reconocida en el Blocas o en la Izquierda. En los países colonizaos, la situación es más complejas, pero hay casos terribles, de fracciones enfrentadas por las armas como en Etiopía, cuando no grupos delirantes como Sendero Luminoso. De lo que no hay duda es que su cordón umbilical con China ya no puede ser el mismo. Ahora más que nunca, China da total prioridad a sus intereses nacionales.

Ni que decir, todo esto forma parte de una historia larga y compleja sobre la cual la corriente llamada trotskista realizó numerosas aportaciones específicas. Algunas de ellas están recogidas en la extensa recopilación, anotada y presentada por Pierre Broué, La question chinoise dans l’International Communiste (EDI, París, 1976, con textos tanto de la línea oficial, representada por Stalin, Bujarin y Martinov, como de la oposición representada por Trotsky y Zinóviev, así como con aportaciones de Alfred Rosmer, Kurt Landau y León Sedov, e incluye también la famosa carta de Chen Du-shiu). La editorial Pluma, de Buenos Aires-Bogotá, editó la recopilación de los trabajos de Trotsky sobre este tema con el título de La revolución china, y también existe una edición en Crisis (Buenos Aires, 1973), que comprende textos de Nicolai Bujarin así como un ensayo preliminar de Richard C. Thornton, de la Universidad de Washington. Asimismo, se volvió a editar el ensayo de Víctor Serge La revolution chinoise (1927-1929), con prólogo de Pierre Naville (Savelli, París, 1977).

Un análisis de conjunto sobre la corriente fue el que realizó Denise Avenas en Maoïsme et communisme (Galilée, París, 1976), que comprende un amplio análisis de la historia de la revolución china y una valoración crítica sobre el significado real del maoísmo. También resulta muy interesante el trabajo de K. S. Karol China: el otro comunismo (Siglo XXI, México, 1967), sin olvidar la controversia entre Trotsky y Malraux con motivo de las dos novelas de este último sobre los acontecimientos, Los conquistadores y La condición humana (ambas editadas en Argos-Vergara), y sobre las cuales cabe citar los artículos de Trotsky incluidos en Literatura y revolución. Otra elaborada aportación trotskiana sobre el maoísmo es la realizada por Livio Maitan en El ejército, el partido y las masas en la revolución china (Akal, Madrid, 1978, tr. de Julio Rodríguez Aramberri), y desde una perspectiva más reciente la de Roland Lew, China, de Mao a la desmaoización (Revolución, Madrid, 1988, tr. de Alberto Fernández). En la recopilación de textos de Ernest Mandel La longue marche de la Révolution (Galilée, Paris, 1976) hay un amplio ensayo sobre Mao.

Por su parte, la Serie Popular de ERA lo hizo con el opúsculo de Deutscher El maoísmo y la revolución cultural china, que es el que editaremos en próximas entregas en las que también trataremos de responder a las objeciones críticas de interés que se nos hagan.

Pepe Gutiérrez-Álvarez