1 de febrero de 2010

Libro: Las victimas de Negrín.



Presentación del libro en la contraportada con el texto siguiente:

" La figura de Negrín se está intentando reivindicar por un sector “revisionista” de su proprio partido, para significar de una manera poco hábil, que entre los socialistas había habido uno que llegó a Presidente del Consejo de Ministros. Puestos a elegir, según Antonio Cruz, se debiera haber elegido a Largo Caballero, un verdadero obrero socialista, que a un Negrín que hizo una política contraria a su partido, contraria a la Revolución proletaria y al final de todo, contraria a la República.

En este libro se huye del “¿Qué hubiera pasado si…?” y el autor se atiene a los hechos. Hechos que hoy día no pueden ser refutados con demagógicas palabras, porque se han abierto los archivos ingleses, rusos y americanos y sitúan a Negrín donde la Historia lo puso. Sólo, aislado en un exilio en Londres, alejado de la República, de la representación legal y legítima, negándose a rendir cuentas, y enfrentado a todos. Por último, hasta su testamento, por el que califico por su partido, el PSOE, COMO Traidor a la República, debido a que rendía cuentas de sus gestión sobre el oro al dictador General Franco."

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La farsa de la NO intervención. El SOS republicano que nadie atendió




Europa ignoró en 1937 las reiteradas peticiones de auxilio de la República ante la intervención del Eje Berlín-Roma

En nombre del Gobierno español tengo la honra de comunicarle que España notifica por el presente telegrama su retirada de la Sociedad [de Naciones] de conformidad con el artículo primero párrafo tercero del pacto. Ministro de Asuntos Exteriores", Ginebra, 9 de mayo de 1939. Este escueto mensaje enviado a Suiza por Ramón Serrano Suñer, titular de Exteriores nombrado por Franco, concluyó la relación diplomática que la Sociedad de Naciones y el Gobierno de la República mantuvieron durante la Guerra Civil. El Ministerio de Cultura ha adquirido la valiosa documentación a la que ha tenido acceso Público, que describe la petición de auxilio desesperada de políticos, artistas e incluso soldados desde el frente antela invasión fascista.

La comunidad internacional hizo oídos sordos al SOS republicano. El peso de Francia, y sobre todo Gran Bretaña, en la Sociedad de Naciones provocó que las denuncias de la República ante la invasión de las tropas fascistas de Mussolini (Italia era un miembro de la organización) fuese en vano. "La intervención extranjera en nuestro país hace correr a la paz europea la amenaza de guerra internacional que se proyectó primero en territorio español extendiéndose a nuestras costas (...) esta situación obliga al pueblo español a levantar ante el mundo la voz de su más encendida protesta por la acción criminal de sus agresores", dice un telegrama firmando por José Giral, como ministro de Estado de España, ante la Sociedad de Naciones el 24 deagosto de 1937.


Ataque de buques italianos

La misiva de Giral denuncia que los buques italianos están hundiendo los mercantes españoles en el Mediterráneo y que han hecho prisioneros en Guadalajara a "los camisas negras Andrea Cappone y Guiseppe Moretti". Exige la mediación del organismo, creado tras la I Guerra Mundial para mantener la paz en el continente. La República alude al artículo 10 del Pacto que establecía la independencia y no agresión entre los miembros del organismo.

La desesperación por el avance de los franquistas hizo que llegaran a Ginebra cartas enviadas incluso desde el frente. "Como movilizado por el Gobierno de la República y como ciudadano libre expongo que vista la trágica labor del Comité de No Intervención (...) cuyos resultados son los intensos bombardeos en la retaguardia, pido a toda la humanidad justa que presione a los gobiernos para que cesen tan inhumanos métodos de guerra que solamente emplea el fascismo internacional", pide el 8 de julio de 1938 el soldado Joaquín Sagols Viñas.

"La no intervención fue una farsa", analiza el historiador Julián Casanova

Desde el "Batallón de Ametralladores de la Base 1ª C. C. número 1", el "combatiente antifranquista" Francisco Álvaro Carralero, lamenta por carta el "abandono moral" de la comunidad internacional ante la invasión en una guerra "donde se ventila la paz de Europa, el sostenimiento de la democracia mundial (...) y el bienestar de los trabajadores". El soldado advierte al secretario general de la Sociedad del error de la no intervención y augura que "verán quién tenía razón cuando vean a sus mujeres e hijos morir", como ha visto él. La fecha de la carta, 20 de mayo de 1938, explica el pesimismo de las tropas republicanas, que confían poco en que tras 20 meses de guerra las democracias occidentales les ayuden.



Toneladas de bombas

"La no intervención fue una farsa", resume el historiador Julián Casanova en República y Guerra (Editorial Crítica). Casanova destaca cómo Italia y Alemania se saltaron desde un primer momento el Acuerdo de no intervención firmado el 9 de septiembre de 1936 en Londres por el que se acordaba no enviar ni una bala a España. "La Alemania nazi arrojó 21 millones de toneladas de bombas" en España y la ayuda de Italia a Franco alcanzó los 73 millones de euros, según los estudios de John F. Coverdale, recogidos por Casanova. La URSS, que intervino dos meses después de iniciarse la contienda, envió 600 aviones.

"La República estableció relaciones con la URSS siempre con notable independencia. ¿La estrategia diplomática de la República fue un fracaso? Digamos que el devenir de la guerra no ayudó y el triste papel de España como farolillo rojo de la Europa occidental tampoco", reflexiona el historiador Ángel Viñas.

Los horrores de los golpistas y sus aliados llegaron a Ginebra en telegramas en un francés casi ininteligible. "La destruction de Guernica espiritual peuple basque par imperalisme etranger STOP La Catalonge fraternellement unie peuple basque ressent plus que toute autre nation grande douleur Euscadi STOP ce crime inexpiable, Lluis Companis, President de Catalonge".

Las quejas ante el organismo llegaron desde todos los ámbitos. Un grupo de artistas y científicos del Comité contra la guerra y el fascismo trasladaron a la Sociedad de Naciones su "emoción" por la masacre de prisioneros en Málaga" y "por la invasión de contingentes extranjeros". Firmaron el telegrama personajes de renombre como André Malraux, John Dos Passos, Heinrich Mann o el profesor Paul Langevin.

Las peticiones de ayuda llegaron hasta el final de la guerra. El funcionario de la Policía Jaime Vidal Isern se encontraba encerrado en el campo de concentración de Sant Cyprien, en el sur de Francia. "Hace un mes que me encuentro en este campo sin recursos económicos ni ropa que ponerme", describe desesperado. "Es mi deseo conseguir una generosa mediación para mi salida de este campo o por lo menos el mejoramiento de mis condiciones mientras dure mi exilio. (...) Son también mis deseos, amargado por la tragedia española, dirigirme a cualquier país americano", reclama el 11 de marzo de 1939.

La presión diplomática llegó también a Suiza desde los sublevados que hablan de los "crímenes de los marxistas". El dirigente de Falange Manuel Hedilla se dirige el 23 de febrero de 1937 al presidente de la Sociedad de Naciones para advertirle de que "el Gobierno Soviético de Madrid" está cometiendo "exportaciones fraudulentas de oro" y avisa al organismo de que se va a arrepentir y "va a sentir horror" por haber "permanecido indiferentes ante el cúmulo de violencias y crímenes" cometidos. Hedilla asegura que sentirán "vergüenza ante la tibieza" demostrada. Falange denuncia que los "rojos" están evacuando "en trenes hacinados a niños y mujeres" camino de Rusia.

Los republicanos se exasperaron por la traición de las democracias occidentales ante el avance del fascismo. Una decepción que muchos republicanos debieron volver a sentir cuando el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, anunció el pasado lunes la condecoración a la Sociedad de Naciones y a varios museos internacionales por su labor en la salvación de las obras de arte del Museo del Prado durante la Guerra Civil. "España salda una deuda histórica", enfatizó.
Diego Barcala. Público

Los medios nos preparan para acatar el retraso de la edad de jubilación







Más allá del “formar, informar, entretener”, tríada de la funcionalidad mediática cada vez más inverosímil, los medios de comunicación de masas cumplen en nuestra sociedad dos funciones, estas si, perceptibles: vender y fabricar consenso.

Sobre lo primero me ahorraré las explicaciones y sobre lo segundo les remitiré a Walter Lippman y Noam Chomsky para un conocimiento profundo y a los párrafos venideros para una constatación de sus usos actuales.

Postergar la edad de jubilación es, a priori, una medida tremendamente impopular. Para aprobarla sin coste electoral habrá pues que vestirla convenientemente y difundirla con profusión una vez sean irreconocibles las voluntades subyacentes en ella. Por supuesto para ello se harán necesarios los medios de comunicación previamente untados y maniatados. La noticia de la que extraigo las citas es un ejemplo cualquiera.



Comiéncese, pues, por el miedo “el sistema de pensiones podría quebrar en quince años si no se hacen cambios”. Para dar consistencia a la amenaza, resulta útil emplear un dato de todos conocido y aprovechando el trasfondo real del dato puede el periodista formular una hipérbole que, aunque así no se corresponda con la realidad, cuela “el número de ciudadanos mayores de 65 años crece de forma exponencial”.

Una vez que “el rebaño” está debidamente atemorizado, pueden los políticos salir en su ayuda pero para evitar suspicacias dejarán antes hablar a los expertos. “Unespa vincula el futuro de las pensiones a alargar la vida laboral”. Nótese que realizar el informe que motivó la publicación de la noticia enlazada llevó a Unespa tres años y con menos de una semana de diferencia se han filtrado propuestas del ejecutivo español virtualmente idénticas. Esta sucesión de voces produce una apariencia de multilateralidad que legitimará las medidas posteriores, por más que todas las voces hablen el idioma del liberalismo y sólo entre ellas.

Pero para evitar el colapso no bastará con retrasar la edad de jubilación.“Entre las propuestas del informe, se aconseja la desincentivación de las jubilaciones masivas, la prohibición de la utilización de fondos públicos en las prejubilaciones o la eliminación de la edad obligatoria de jubilación para que el trabajador que quiera, pueda seguir en su puesto más allá de los 65 años”.

Lo único que incentiva o desincentiva a un empresario es el dinero. Así que supongo que desincentivar prejubilaciones consiste en hacer tan barato un trabajador con beneficios derivados de su trayectoria en la empresa como un novato. Esto se consigue suprimiendo los beneficios o pagando la parte correspondiente. Así que, al final, o el estado vuelve a poner fondos públicos en la empresa o el trabajador paga el reajuste en forma de dignidad laboral. Pero desincentivar suena mucho mejor. Por otra parte, quiero llamar su atención, querido lector, sobre el modo redundante y nada casual en que se expresa la última idea del párrafo. Obviamente, suprimir una obligación conlleva que lo que antes era obligado ahora lo hace quien quiera, pero el periodista medio, fiel servidor de los poderosos, introduce este tipo de apreciciones para maximizar la confianza del lector y que, después de todo, la medida parezca una ampliación de derechos.

De modo que A. La amenaza es enorme B. Expertos y políticos coinciden C. El ciudadano casi lo agradecerá. Adminístrese en grandes dosis de prensa para el desayuno, televisión para el resto de comidas y aprovechen los tiempos de conducción para suministrarlo mediante la radio. En cuestión de días habrán fabricado consenso, habrán vuelto lo inaceptable, imprescindible.
Nacho Chaparro - Tercera Información

‘La Idea’ que prendió en Barcelona





Barcelona fue distinta de una España ya diferente y diferida de Europa, y si pasó lo que ocurrió –más dinamita, plomo y petróleo que en ningún otro lugar–, alguna razón tuvo que haber.

La anarquía entró en la península de la única forma que lo podía hacer: en el más perfecto desorden. Fueron Aristide Rey y Élie Reclus quienes –allá por vendimiario de 1868– primero cruzaron los Pirineos y predicaron la buena nueva, pero parece que lo hicieron con ligero defecto de forma –un boceto de anarquía demasiado arrepublicanado, para Bakunin–, de manera que el mérito de inaugurar la temporada ácrata se suele conceder a Giuseppe Fanelli.

Fanelli, republicano tránsfuga con asiento en el Parlamento italiano (y privilegio de no pagar tren: de ahí que Bakunin lo mandara a pasear) apareció y se perdió en Madrid, y a pesar de proclamar en la lengua del Papa, consiguió que Lorenzo y Garrido y Mora y González Morago y una quincena más se hicieran una idea de la Idea y una foto con él –el famoso retrato de grupo en que cada uno mira por su lado. Luego resultó que Fanelli había embarullado los estatutos internacionalistas con las disposiciones de cierta alianza secreta con la que Bakunin pretendía infiltrarse en la Internacional, y el desarreglo programático en la península fue más que regular (y aciago: sirvió para que, en 1872, Karl apeara de la Internacional a Mijail).

La simiente anarquizante sembrada por Fanelli en las mentes precultivadas de Madrid encontró terreno abonado en Barcelona (ciudad superpoblada, industrializada y propensa al alboroto), en la que la fuerza del número se alió con la teoría. El resultado fue que durante las siguientes décadas hubo que mantener a la capital catalana al abrigo de la Constitución un año de cada tres. Porque si la Idea (luego acracia, una vez despejada la incógnita de si el ruso o el alemán: aquí se botó a Marx) germinó y medró como buena hierba por toda España, floreció de diferentes maneras en diferentes lugares: en Barcelona, los brotes fueron de violencia.

Cuando en 1881 se propuso en Londres la propaganda por el hecho –“revuelta permanente mediante la palabra escrita o hablada, el fusil, la dinamita, todo lo que sea ilegal nos sirve”–, fueron los catalanes los más inclinados a la violencia, quizá por influencia de exaltados como Paul Brousse, que tras instalarse en Barcelona en 1871 participó en un asalto al ayuntamiento local, y, en su La Solidarité Révolutionnaire, junto con Charles Alerini –otro escapado de la debacle comunera de París– empezó a abocetar el protocolo del anarquismo furibundo y de acción.



Influencias exteriores
Otros ilustres extranjeros airados llegaron después: Paul Bernard y Paolo Schicchi (afilados articulistas de El Porvenir Anarquista) hacia 1890; Malatesta, de gira por España en 1891, tuvo que cancelar fechas tras los sucesos de Jerez; Francesco Momo (desde Argentina importó la bomba Orsini) en 1892; Jean Pauwels en 1893 (saltó por los aires al año siguiente en una iglesia de París); Tomás Ascheri (chivo expiatorio del atentado de 1896, fusilado inocente con otras cuatro personas); Michele Angiolillo (vengador de los anteriores, acabó con Cánovas del Castillo aunque no con el canovismo), etc.

En Barcelona, igual que en todas partes, los adjetivos –colectivismo, comunismo, individualismo, autonomismo– proliferaron como cardos, y no sólo se denostaba al partidario de atributos diferentes, sino que se entablaron tremendas refriegas dentro de una misma facción: el anarco–comunista Schicchi retó a duelo al anarco–comunista Malatesta, desafío que éste declinó por escrito y educadamente.

La importancia de la prensa
Aunque en minúscula minoría, fueron los individualistas y los grupos de afinidad los que más ruido hicieron; o causaron, porque al estrépito de las bombas hay que sumar el estruendo de los fusilamientos, de inocentes casi siempre. Las publicaciones anarquistas influyeron también en la reputación furibunda de Barcelona. Los periódicos más afectos a la dinamita –La Justicia Humana, Tierra y Libertad (primera época), Ravachol, El Eco de Ravachol (ambos de Sabadell), El Porvenir Anarquista, Ariete Anarquista, etc.– tuvieron una tirada y una continuidad inferior a la de El Productor o La Tramontana, pero, quizá por apelar al individualismo exacerbado, tuvieron, al menos proporcionalmente, más influjo (o secuelas: recordamos tres casos de clausura por defunción –un suicidio en la cárcel y dos ejecuciones).

Y en 1909, Barcelona acabó ardiendo como una pira, en una semana que unos llamaron trágica y otros gloriosa según les fue en ella: a Ferrer y Guardia le fue ambas cosas.

Entre 1884 y 1892, los estornudos revolucionarios se sucedieron en forma de anónimos atentados menores: anónimos porque la policía nunca halló al culpable, menores porque causaron pocos funerales, tres o cuatro. La tendencia respondía a la norma internacional, con artefactos que estallaban en el jardín de un burgués o en la puerta de la fábrica, sin apenas daños. Paulí Pallàs inauguró la era de los grandes atentados, con las dos Orsini que lanzó al paso de Martinez Campos, al son de “¡Ahí va eso, mi general!”. Fue convenientemente ejecutado. El atentado de Santiago Salvador contra el Liceo canceló la temporada de ópera y resonó en el mundo entero. Una sola bomba causó más entierros que toda la propaganda por el hecho. Lo nunca visto. En 1896 hubo una tercera masacre con rúbrica Orsini, aunque claras sospechas apuntan a la policía. En todo caso, la feroz represión que subsiguió apaciguó a mansos y a violentos.



Entre 1896 y 1904 apenas hubo ruido en la ciudad, excepto la algarada que siguió a la huelga de 1902, que según el New York Times causó 500 muertos, aunque Gobernación dijo tres. El lustro que precedió a la hazaña que durante una semana alumbró la ciudad —repetimos: la única iglesia que ilumina es la que arde— fue, en cuanto a actividades revolucionarias, un período lamentable. Y el que dio a Barcelona el apodo de La ciudad de las bombas. La anarquía no tuvo nada que ver con la serie de bombas que estallaron a diestro y siniestro, sin más objetivo que sembrar el terror, obra de un tal Joan Rull, chivato de la policía y traficante de información y artefactos explosivos, que detonaban o no según honorarios percibidos.

Marc Viaplana, autor de La Barcelona de la dinamita, el plomo y el petróleo: 1884-1909/ Barcelona. Diagonal