27 de abril de 2010

Detrás del velo



POR GABRIEL Mª OTALORA


LA polémica está servida, aunque no es la primera vez que surge una situación semejante cuando una alumna se presenta al centro escolar con la cabeza cubierta por un velo islámico (hijab). El tema es complejo y, posiblemente, no hay una solución idónea. Lo que es seguro es que este tipo de situaciones exige más reflexión, rigor y mejor voluntad.

En primer lugar, no es un pañuelo cualquiera. Es una prenda con un fuerte significado religioso y cultural que, para muchos, actúa como signo público de dominación y que, además, señala a sus portadoras como sujetos de desigualdad. Sin embargo, el uso del velo tiene que ver también con varios enfoques progresistas dentro del mismo Islam, pues no son pocas las mujeres que con el velo defienden otras maneras de reivindicar el respeto y la responsabilidad no tutelada. Incluso al principio, este velo era un signo de liberación de la mujer y, por tanto, el haberse convertido a menudo en símbolo de su sometimiento no corresponde al espíritu del Corán; algunos creen que incluso debe desaparecer porque "El velo no es un principio fundamental del Islam", en palabras de Mahmoud Azab, profesor en la Sorbona de Cultura Árabe. Pero es cierto que el uso del velo también tiene que ver con la sumisión a los maridos; el que sus mujeres se vistan conforme a la tradición, para ellos es una cuestión de prestigio y valoración.

En segundo lugar, un centro educativo tiene sus normas internas. Y de la misma forma que algunos obligan a los alumnos a ir a clase con un uniforme concreto, incluido un gorro en algunos colegios femeninos, otros prohíben llevar la cabeza cubierta. Junto a estas normas, no existe prohibición legal alguna ni constitucional ni en otras leyes o reglamentos sobre la educación obligatoria que prohíban llevar a clase la cabeza cubierta con velo islámico. Sin entrar en la prohibición de ocultar la identidad por motivos de seguridad que propician otras prendas islámicas. (Las mujeres residentes en Francia que no acaten la ley de prohibición total del burka que prepara el Gobierno francés serán multadas; y si no pagan, se les retendrán sus salarios o prestaciones sociales).En el Estado francés es donde han desarrollado la legislación en este tema prohibiendo los signos religiosos ostensibles, cuando el 10% de la población es de condición musulmana, y en su gran mayoría ciudadanos franceses nacidos en la inmigración hasta el punto de que la religión del Islam se ha convertido en la segunda más importante entre los franceses en estas dos últimas décadas.

Ante un debate muy difícil de gestionar sin que se queden derechos fundamentales por el camino, creo que partimos de un prejuicio desde el cual metemos en el mismo saco a todos los musulmanes, de lo sensibilizados que estamos con las noticias sobre el fundamentalismo islámico. Sin duda que ellos tienen su asignatura pendiente pero, mientras tanto, no es justo proyectar nuestros miedos (violencia y agresión cultural) contra todos los musulmanes.

Un debate que sigue pendiente y entre nosotros una legislación, en su caso. Discutamos pues sin prejuicios sobre esta cuestión, que nos va a hacer más tolerantes y respetuosos con ellos…, y su respeto también se incrementará hacia nosotros. Nadie ha dicho que sea fácil pretender que los musulmanes se integren en nuestra laicidad al tiempo que desaparezca toda discriminación con las mujeres y con la libertad religiosa, como derechos fundamentales que son. Sin olvidar el sentimiento identitario que algunos sienten amenazado, pero que tácticamente, no parece oportuno explicitar aunque esté ahí, tan evidente como el hiyab. No sea que afloren demasiado algunas contradicciones.

Pero es que sin un diálogo profundo y sereno, partiendo de la realidad de la inmigración, parece imposible avanzar en dirección más justa y equitativa. Lo que parece bastante claro es que si cada centro educativo actúa por su cuenta sin otras actuaciones complementarias, como en el caso de Madrid, el problema se va a multiplicar. Al tiempo.