6 de mayo de 2010

Cómo hacerse de oro con el hundimiento de las finanzas griegas



por Antonio García Sinde

La clave de la operación de convertir el riesgo de quiebra de Grecia en una oportunidad de hacerse de oro reside en un tipo de activo financiero de la familia de los derivados. Este activo es el CDS (Credit Default Swap, o Permuta de Impago de Crédito) que básicamente consiste en que un comprador se compromete a pagar periódicamente una cantidad de dinero a cambio del compromiso del vendedor de compensarle en caso de que una obligación de pago de un tercero resulte fallida en una determinada fecha..
Veámoslo con un ejemplo: un banco alemán compra en octubre de 2009 100 millones de euros en bonos griegos a un año, con un interés del 4%. Si todo va bien, en octubre de 2010 ese banco recibirá 104 millones de euros. Pero si Grecia suspende pagos, es posible que el banco recupere sólo una parte de su inversión, o incluso que la pierda por completo.
En enero de 2010, y ante las malas noticias que llegan de Grecia, el banco decide cubrir su inversión, de modo que si Grecia suspende pagos no perdería su capital. Así que se dirige a otra entidad (un banco suizo, por ejemplo) y compra un CDS sobre cien millones de los bonos griegos emitidos en octubre de 2009. El vendedor, sabiendo que la deuda griega es muy arriesgada, le cobra un 0,2 % mensual, que en los ocho meses de vigencia del CDS significa un coste de 1.600.000 euros.
En febrero, las noticias de Grecia son alarmantes, y el interés mensual que hay que pagar por los CDS sobre deuda griega sube al 0,3%. Si en ese momento el banco alemán revendiese sus CDS recibiría en los siete meses restantes 2.100.000 euros. Sería un buen negocio, si no fuese porque la inversión inicial de cien millones se volvería a quedar sin cobertura. ¿Cómo solucionarlo? Pues comprando al banco suizo un segundo CDS de cien millones al 0,3%, y esperando a que su precio vuelva a subir para revender el primer CDS.
Si todo saliese mal para el banco alemán (es decir, si Grecia no quiebra, y no consigue revender sus CDS) en octubre de 2010 recibiría sus cuatro millones de intereses, después de haber pagado 3.700.000 al banco suizo. Le quedaría un beneficio de 300.000 euros, pero, eso si, conseguido sin riesgo alguno, ya que todo el riesgo ha quedado en manos del banco suizo.
Pero ¿por qué conformarse con tan poco? Lo que el banco alemán podría hacer después de comprar su segundo CDS es poner a la venta de improviso sus cien millones en bonos del estado griego. El mercado se conmocionaría y los precios de la deuda bajarían. Los precios de los CDS sobre deuda griega subirían, al igual que el tipo de interés que el gobierno griego tendría que pagar sobre la nueva deuda que no tiene más remedio que seguir emitiendo. El banco alemán perdería algo de dinero en la venta de los bonos, pero lo compensaría con los beneficios de la reventa de sus CDS. Y, además, se habría deshecho de todos sus riesgos, que se concentrarían en el emisor de los CDS, es decir, el banco suizo.
Parece un buen negocio, pero puede mejorarse: justo después de comprar su segundo CDS, el banco alemán cierra una operación de venta a futuro de sus bonos griegos (con una fecha de efecto de, por ejemplo, dos días después), naturalmente al precio vigente en el mercado. Acto seguido, procede a la venta inmediata de todos sus bonos, los precios bajan, y aprovecha para recomprar más baratos los bonos que tiene que entregar 48 horas más tarde y embolsarse la diferencia, vende los CDS, etc.
La única diferencia de lo aquí descrito con el mundo financiero real reside en los plazos y las cantidades. Lo que en el ejemplo son meses, en la vida real son operaciones que se realizan varias veces en un solo día. Y las modestas cantidades del ejemplo no son nada ante las cifras astronómicas que se manejan en el mercado. Precisamente los CDS y otros productos derivados permitan difuminar los riesgos, de manera que las cifras disponibles para la especulación se multiplican hasta cantidades asombrosas.

Pero ¿quién paga todo esto?

En primer lugar, los trabajadores griegos, sometidos a un durísimo ajuste salarial y de gasto social. En segundo lugar, los trabajadores de toda la Unión Europea que, al margen de los ataques que reciben cada uno en su país, están subvencionando con sus impuestos los préstamos a bajo interés que el BCE concede a la banca privada, y que en unos días tendrán que pagar el rescate de Grecia, ahogada por las operaciones de esa misma banca privada.
Y, en último lugar, cualquier trabajador o jubilado que, cuando a base de mucho sacrificio consigue reunir unos pequeños ahorrillos y se acerca a su banco o caja de ahorros, le recomiendan un maravilloso producto especialmente pensado para pequeños ahorradores: "Puede estar tranquilo, no hay riesgo, es totalmente seguro... fíjese usted que está respaldado por activos emitidos por un banco suizo"


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En el jardín de la (futura) República




En aquel lejano tiempo futuro, las democracias habían desaparecido: esas viejas estructuras políticas y sociales representativas, con ciudadanos manipulados por el dinero, los medios y las oligarquías, con autoridades sumergidas en el juego entrecruzado de intereses, de retóricas alambicadas, de conflictos de intereses y de disputas de poder, habían desaparecido, barridas por las multitudes inteligentes de nuevos ciudadanos, por la marea implacable de nuevas formas de ciudadanía y de poder.

Esas viejas democracias del siglo XX y de principios del siglo XXI (herederas de la tradición liberal o socialista de los siglos XVIII y XIX), y que funcionaban sobre la base de la igualdad teórica y la desigualdad práctica de los individuos y los ciudadanos (desigualdad social, política, material, cultural y tecnológica), se vinieron abajo ante el peso de sus propias debilidades estructurales.

En algún momento de la historia futura/pasada, las multitudes ciudadanas tomaron conciencia que la política es un asunto demasiado serio como para dejarla sola en manos de los políticos, y se decidieron a reapropiarse del poder y de la soberanía largamente conculcada y maltratada.

Nuevos vientos soplaron a través de los intersticios del viejo edificio y las ventanas se abrieron.

El viejo Estado (burgués, oligárquico) fue derribado por la nueva Nación y así floreció nuevamente el jardin de la República.

Ahora son los tiempos de las post-democracias.

En este siglo futuro, las post-democracias operan como sistemas políticos horizontales, donde pluralismo, diversidad socio-cultural y un activo protagonismo ciudadano, genera autoridades y líderes políticos revocables, gobiernos regionales y locales dotados de diversas modalidades y niveles de autonomía, donde el Estado es un aparato político socializado por la intervención ciudadana, por la acción pública servicial, por una administración pública que -desechados los conceptos ideológicos del mercado en lo público, la subsidiariedad y la eficiencia cuantitativa- busca ahora realizar la gestión pública sobre la base del nuevo paradigma de la calidad socialmente satisfactoria, y por códigos éticos insospechadamente exigentes con y para los servidores públicos.

A la democracia de las instituciones verticales y centralizadas, se ha sustituído la democracia de los consejos, de la regionalización y de la descentralización.

Ahora, hemos descentrado el poder.

No solamente intentamos regionalizar la democracia, sino también democratizar la regionalización, otorgando poder de decisión y recursos financieros a las colectividades regionales y locales.

Las post-democracias de este tiempo futuro no son secuencias interminables de elecciones y votaciones, sino que funcionan como regímenes políticos abiertos, donde los ciudadanos, las asambleas y los concejos colectivos, construyen ciudadanía y hacen nación, interviniendo en el proceso de elaboración de las leyes y de las normas, en los procesos de toma de decisiones institucionales y en el desarrollo progresivo de una conciencia cívica que no ahoga las identidades individuales, grupales, sociales y culturales, sino que las potencia y empodera para que se manifiesten como nuevas formas y dimensiones de la ciudadanía.

En las post-democracias, la politización de la ciudadanía no es mas que una dimensión de la ciudadanización de la política y de la socialización del quehacer público.

La (re) conquista de los espacios públicos comenzó en medio de aquellas fragorosas revoluciones ciudadanas que hicieron saltar los goznes del sistema de dominación capitalista-oligarquico, cuando los ciudadanos organizados apagaron masivamente los televisores y sus alienaciones programadas, se negaron a pagar los impuestos con que se financiaba impunemente a quienes los reprimían, victimizaban, sujetaban, dominaban, discriminaban y excluían. El viejo orden del desorden injusto se desordenó, al tiempo que las multitudes construyeron su nuevo orden.

El reino de la plusvalía se hundió ante el nuevo gobierno de la utilidad social.

La vieja ética individualista de la ganancia y del exitismo a todo precio, fué barrida y reemplazada por la nueva moral de la solidaridad, del esfuerzo y del trabajo: entonces el paradigma neoliberal del “emprendedor” (todos pueden llegar a ser emprendedores), fue reemplazado por el paradigma social del “creador y trabajador” (todos son creadores e innovadores).

Las nuevas democracias post-democráticas no son, sin embargo, idílicos lugares de tranquila convivencia, sino espacios dinámicos, permanentemente tensionados por el dialogo plural, por la controversia de ideas, por el intenso debate político, social y cultural que atraviesa toda la comunidad, por la activa implicación de los ciudadanos organizados y las organizaciones de la sociedad civil, por partidos políticos y nuevos actores políticos que actúan como mediadores ciudadanos y protagonistas del debate de ideas, proyectos y visiones.

http://paradygmassiglo21.wordpress.com/author/manuelrodriguezuribe/