12 de septiembre de 2010

Las memorias de Tony Blair o cuánto echo de menos el Tribunal de Núremberg




Probablemente hay muchos indicios que señalan la lenta degeneración de una sociedad. Uno podría ser el contenido de los programas de entretenimiento en los medios de comunicación de masas. Otro podría ser el alcalde («socialista») de París recibiendo como a una princesa a la criminal de guerra Condoleezza Rice (diplomacia obliga, ¿no?).

Otro podría ser un alto dirigente político que se declara «responsable pero no culpable». Otro podría ser más simplemente ese instante terrible en el que la curva ascendente de los horrores cruza la curva descendente de las indignaciones –y marca una cruz sobre el futuro- como, por ejemplo, cuando el manuscrito de un mentiroso empedernido, de un criminal de guerra, encuentra un editor y los medios le organizan un happening literario y encuentra un público dispuesto a hacer cola para mendigar una dedicatoria. Sin olvidar a las librerías que lo venden.

Confieso que todo en Tony Blair me horripila: su sonrisa, su mirada, su postura, sus ademes, su voz, sus gotas de sudor cuando vomita sus mentiras. En cada una de sus apariciones me hago la misma pregunta: ¿es un loco o un psicópata? Parece que el loco no sabe diferenciar el bien del mal, mientras que el psicópata sí sabe, pero no lo hace. ¿Qué sociedad enferma puede glorificar a un personaje semejante? La nuestra, naturalmente. ¿Cómo pasamos de insultar entonces, en su época, a los Idi Amin Dada y los Jean Bedel Bokassa para llegar finalmente a idolatrar a un Tony Blair ahora? A cada uno sus locos, a cada uno sus psicópatas, me dirán. Los primeros se mantuvieron gracias a la dictadura y por medio del terror. Pero para nosotros, ahora, ¿cuál es exactamente la excusa? ¿Que es un buen embaucador y que sus guarradas las ha hecho, como el buen perro que es, en aceras situadas bien lejos de nuestras calles peatonales y comerciales? Aparte de eso, no lo veo, no lo entiendo.

Algunas mentes todavía lúcidas reclaman justicia contra Tony Blair ante un tribunal internacional. ¿Que de qué se le acusa? Permítanme reformular la pregunta: ¿De qué no se le acusa? Entonces, tal vez algún día un juez dejará de fruncir los labios en sus esfuerzos por pronunciar correctamente los estrafalarios nombres de todos esos extranjeros que le presentan y levantará por fin la cabeza ante un nuevo acusado con un nombre muy fácil de pronunciar, cuyos papeles probablemente estarán en regla y todos sus domicilios conocidos.

Mientras tanto Tony Blair esgrime su defensa, reescribe la historia –sin embargo reciente- y afirma que sigue convencido de que era necesario atacar Iraq. Olvidadas las razones invocadas en la época le basta con sacar novedades de su sombrero, a posteriori. Un auténtico chiquillo con sus «Si, bueno, de acuerdo, pero…». Y olvidado el vertiginoso número de víctimas y destrucciones cometidas en nuestro nombre y por razones que la mayoría de nosotros somos incapaces de recordar con precisión.

Increíble inversión de razonamiento que nos asiste. «Sí, ha habido muchos muertos y lo lamentamos, pero es el precio que hay que pagar por… (y aquí pongan ustedes un término grandioso del tipo «democracia» o «libertad»). ¿El precio a pagar? ¿Un «precio» declarado subrepticiamente después de la entrega de la mercancía? ¿Por qué no declararon antes ese «precio»? ¿Por qué no dijeron antes que iban a masacrar a más de un millón de iraquíes para volverlos más demócratas? ¿Y que iban a arrasar su país para que pudieran ser libres y moverse sin que se lo impidiera un muro que sigue en pie?

Tony Blair mintió para desencadenar una guerra bajo falsos pretextos y ahora intenta cubrirse como lo haría cualquier criminal. Y todo ante las narices del mundo, ante los medios de comunicación y ante audiencias cautivas compuestas de élites solidarias por reflejo (¿de clase?) y probablemente un poco nerviosos ante la idea de que se haga justicia y sean llamados al banquillo de los testigos.

Porque tuvo cómplices para satisfacer los impulsos de un «chico de oro» mimado del escenario político europeo. En el mejor de los casos estamos ante un grave error cometido por los responsables que, persistiendo en su locura, se convierten en culpables absolutos. Y digo «en el mejor de los casos».

Porque la verdad es la siguiente: Si el Tribunal de Núremberg creado después de la Segunda Guerra mundial para juzgar a los dignatarios nazis se reuniera hoy…

…Tony Blair en la actualidad, en vez de impartir conferencias y publicar esa burla que son sus memorias (¿Quién creerá una sola palabra?), seguramente sería condenado a cadena perpetua o colgado…

…si el Tribunal de Núremberg. Es para preguntarnos si Occidente ha hecho progresos desde la Segunda Guerra Mundial.

Rebelión

Franquismo sin Franco en Euskal Herria



Cuando media engaño por­que no es conforme al cuadro de liberta­des públicas reconocido y brindado por lo que se dice Estado democrático y su Constitución. La suspensión cons­tante de los de­rechos emanados de ella hace que Euzkadi viva eter­namente un ré­gimen de represión. En otro tiempo por culpa del régimen abiertamente franquista, y después por culpa del franquismo “demo­crático”.

Sea como fuere, el caso es que el comportamiento del Estado es­pañol y de sus institucio­nes, desde tiempo inmemorial, contra Eus­kalherria es mucho peor que el comportamiento de Franco y el fran­quismo en el transcurso de la dictadura oficial de los años 39 al 78. Por­que en aquellos tiempos en que la bota del ti­rano aplastaba a la po­blación vasca después de haberla bombar­deado, ellos, y todos, al menos sa­bíamos a qué atener­nos: no cabía esperar margen alguno a la libertad de expre­sión, a la de manifesta­ción, ni a la de reunión. Pero después, una vez liquidado el Movi­miento, to­dos creíamos que las libertades for­males cacareadas por la democracia burguesa se­rían comunes a todos los pueblos de España. Pero no es así. El Estado, a través del ejecutivo y el poder judicial les mienten y nos mienten día tras día. De ahí viene el estado perma­nente de agita­ción que vive sin des­canso aquel territorio que a ve­ces parece mal­dito. masSea dictadura o sea democracia el marco de referencia, los administradores políticos y judiciales que se van suce­diendo en Ma­drid a lo largo del tiempo tratan a Euzkadi como un territorio de su propiedad y lo someten a un permanente estado de excep­ción. Y tienen además un formidable recurso para ello. Dice Marcelo Colussi que el narcotráfico es un instrumento del imperialismo yanqui. Pues bien, ETA es el instrumento del franquismo en­cubierto español...

En este país, en Celtiberia, hay pueblos y autono­mías de distintos rangos, y de entre ellos hay uno, el pueblo y la autonomía vascos, donde las libertades formales están secues­tradas permanentemente por una u otra causa, que viene a ser siempre la misma y entonces se convierte en un pre­texto; el pretexto de que todo vasco que no baja la cerviz a la ar­bitrariedad, es decir, al capricho institucional, es insurgente, violento y tiene relación con el separatismo armado.

Desde que se inauguró esta caricatura de democracia hay dos ór­ganos jurisdiccionales que actúan como perros de presa del ejecu­tivo y de buena parte de la oposición. Esos dos órganos son: el Tri­bunal Constitucional y la Audiencia Nacional. Ambos tienen una in­equí­voca vocación españo­lista y centralista y razonan, encausan y disponen desde un espíritu inequívocamente fascista. Al socaire del ga­rantismo de la Constitución ambos sofocan las li­bertades formales con tretas similares a las empleadas en las épocas más o menos blandas del Franquismo. En Euskal Herria la Audiencia Na­cional fun­ciona como una réplica solapada del Tribunal de Orden Público, y el Tribunal Constitu­cio­nal como la Jefatura Nacional del Movimiento. Hasta que ambos tribunales no desaparezcan o pasen a manos de demócratas verdaderos, de pensamiento e intención, Euzkadi se­guirá viviendo una pesadilla franquista o neofranquista.
Kaosenlared. Jaime Richart