3 de noviembre de 2010

El PP declara que su objetivo es acabar con la educación, la sanidad y la dependencia públicas

La derecha ya no oculta sus intenciones. Tras las revelaciones de Mariano Rajoy, el domingo pasado, el responsable económico de los populares, Cristóbal Montoro, clarifica cuáles son los derroteros por los que andará España, si Rajoy alcanza la Moncloa en 2012.

Montoro explicó que el PP planea “la privatización de la gestión de servicios sociales básicos como la sanidad, la educación o la dependencia”. Montoro defendió que la gestión de esos sectores puede ser más eficaz desde la iniciativa privada y recordó que esa propuesta fue incluida ya en una ponencia aprobada en el Congreso nacional del PP celebrado en Valencia en 2008 y en otros textos de congresos regionales posteriores de su partido.

El PP de Madrid aprobó en septiembre de 2008 una ponencia bajo el título “Ideas para la acción” referida a la gestión privada en los servicios públicos de educación, sanidad, servicios sociales y seguridad, en la que se hablaba de "baja productividad del sector público en esas actividades, en comparación con el sector privado, lastrando en consecuencia la productividad global de toda nuestra economía".

El informe del PP de Madrid proponía "la potenciación de fórmulas de colaboración con el sector privado y la prestación de servicios por nuevos operadores privados que pueden aportar su mayor especialización". El objetivo era "conseguir avances en la eficiencia y calidad de los servicios públicos, promoviendo a la vez un aumento de la productividad del conjunto de la economía al producirse la ruptura de la posición dominante del sector público".

Montoro defendió recortar el gasto público, a través de una "reordenación del Estado", que simplifique competencias que, según él, están a la vez gestionadas por las tres Administraciones: la estatal, la autonómica y la municipal. Por ejemplo, las ayudas al automóvil, las políticas sobre la juventud y la ayuda al desarrollo y la cooperación.

El día que Obama soñó que era Lula

Pepe Escobar
Asia Times Online


Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens




En sus sueños más extravagantes en la Casa Blanca, el presidente de EE.UU. baja en picada como un ángel sobre la “Concentración para restaurar la cordura”, que este sábado convocó por lo menos a 200.000 personas en en Mall de Washington, DC; asegura que la “cordura” vence sobre el “miedo”, como lo hizo, con mucho vaivén y arrogancia; y se queda profundamente dormido, sabiendo en su fuero interno que su Partido Demócrata superará todos los matices de miedo en votaciones a mitad de período y mantendrá su presidencia por buen rumbo.
¡Uy! Me equivoqué de guión. De hecho “cordura” fue lo que eligieron el domingo los votantes brasileños, no los estadounidenses, cuando eligieron a Dilma Roussef, del gobernante Partido de los Trabajadores (PT), como la primera presidente del país, con 12 millones de votos más que su competidor, el socialdemócrata convertido en versión tropical del Tea Party, Jose Serra –o “Serra Palin”- Globalmente, los 56 millones de votos de Dilma constituyen la mayor victoria de una coalición de tendencias de izquierda (11 partidos) en cualquier parte del mundo.

Esta campaña presidencial brasileña fue tan desagradable y sucia como la de la mitad de período en EE.UU., incluyendo la interferencia de millones de poderosos evangélicos e incluso de la Iglesia Católica Romana que pidió subrepticiamente a la gente que no votara por Dilma porque está a favor de legalizar el aborto (personalmente ella dice que no). Para no hablar de campañas de calumnias como calificarla de “terrorista” porque luchó contra la dictadura militar brasileña a fines de los años sesenta, y fue torturada por ella.

Obama se debe de haber quedado boquiabierto a la vista del líder político más popular del mundo (tasa de aprobación de más de 80%), el presidente saliente de Brasil, Luiz Inacio Lula da Silva, a quien él llama “el hombre”, quien no sólo ganó dos elecciones seguidas (2002 y 2006), sino que además logró asegurar la elección de su sucesora elegida, una burócrata diligente pero relativamente desconocida que hasta hace poco no podía ser nombrada ni siquiera por un taxista. Sigue soñando, Barack. Bueno, más vale que no, ya que suena la alarma de su iPhone y lo despierta para enfrentar toda la dimensión de la debacle que espera el martes a los demócratas en EE.UU.

¿Fue una visión o un sueño despierto?

Es la economía, estúpido. Obama sólo podía soñar con navegar por los indicadores económicos de los años de Lula: un aumento del ingreso per cápita de un 23% de 2002 a 2010; una disminución del desempleo a un récord por debajo del 6,2%; el salario mínimo, ajustado por la inflación, que aumentó en un 65% –por no mencionar más de 20 millones de personas sacadas de la pobreza y llevadas a la clase media (compárese con 40 millones de estadounidenses que se han hundido a la línea de pobreza). Así como el "Sueño Americano" se encuentra en la Sala de Primeros Auxilios, el Sueño Brasileño es algo como un sueño legendario vuelto a mezclar como telenovela (con un final feliz al estilo de Hollywood). ¿Quiénes son esos nuevos soñadores suramericanos que votaron por Dilma? Esencialmente la clase trabajadora urbana, el subproletariado de la región pobre del noreste, la nueva clase media baja y algunas porciones sustanciales progresistas de la clase media clásica.

Es obvio que la elite financiera brasileña, concentrada en Sao Paulo y vinculada directamente a Wall Street no votó por Dilma, (como no lo hizo la City de Londres, a través del Financial Times; ni las cuatro familias que controlan los medios corporativos brasileños. Uno de los toques geniales de Lula fue no meterse con ellos –y que ellos no se metieran con él.

Pero hay grandes problemas en el futuro. Como Brasil mantiene tasas reales de interés disparatadamente elevadas, no es sorprendente que los dólares estadounidenses lluevan a tontas y a locas. Y Brasil todavía no crece tan rápido como otros países del BRIC –Rusia, India y China. Por mucho que este domingo millones de brasileños hayan acariciado la ilusión de que estaban eligiendo un proyecto para el país, Brasil todavía carece gravemente de una estrategia sana de desarrollo que refleje realmente las aspiraciones de la mayoría de la población.

El tiempo pasa rápido. Con Lula, Dilma tendrá un sabio avalado, globalmente respetado, con un bagaje invaluable de 35 años de duras negociaciones. Por su parte Lula, en teoría, se verá libre ahora para realizar una delicada reforma política y sindical y para tratar de reorganizar el complejo tablero del ajedrez político brasileño. Mientras tanto es hora de un curso acelerado: Lula lleva consigo a Dilma para presentarla a los líderes mundiales en la próxima reunión del G20 en Corea del Sur.

Hay tres caminos posibles: el lulismo sin Lula; que Lula vuelva a presentarse a la elección en 2014; o el post lulismo, con Lula al timón de UNASUR o incluso como secretario general de las Naciones Unidas.

Por lo tanto entrará en juego un fuerte grado de esquizofrenia –pero en todo caso es algo muy brasileño-. Dilma apostará fuertemente por el Mercosur y la integración política de Suramérica –a través de UNASUR– mientras al mismo tiempo se alinea con las potencias occidentales en la Organización Mundial de Comercio (OMC).

El influyente (y muy satanizado) movimiento brasileño de los campesinos sin tierras (MST) –un concepto que si se materializara en China causaría la caída en picada del Partido Comunista– apoyó oficialmente a Dilma en la segunda vuelta contra Serra. Al mismo tiempo, Dilma seguirá invirtiendo en controvertidos proyectos hidroeléctricos acusados de eco-desastres.

Dilma apostará fuertemente a la macro estabilidad y al control de la inflación –pero al mismo tiempo, como ya lo ha dicho, no reducirá los gastos sociales; no hará recortes en la mejora de la desastrosa infraestructura del país; y no desperdiciará el auge económico asociado con la nueva riqueza petroera mar adentro encontrada por el gigante energético Petrobras en las capas pre-sal.

El problema clave para Brasil es ciertamente adaptar el llamado “modelo” de exportar un tsunami de mineral de hierro, petróleo crudo, soja y pasta de madera triturada químicamente a China, el mayor socio comercial de Brasil después de que sobrepasó a EE.UU. Y todo esto, mientras bajan las exportaciones manufactureras. Lula dijo a Vale –el mayor productor de mineral de hierro del mundo– que construya plantas siderúrgicas. Dijo a Petrobras que construya refinerías. Pero todavía no basta.

Será demasiado temprano hablar de desindustrialización de Brasil –porque la base manufacturera del país es muy grande. Pero China ya ha destruido prácticamente dos industrias brasileñas muy competentes, textiles y calzado (y miren lo que ha pasado a EE.UU. desindustrializado). No basta con exportar materias primas; hay que buscar el valor agregado, al estilo surcoreano.

Para que esto suceda, Dilma tendrá que hacer aquello que incluso Lula no se atrevió a hacer; poner cabeza abajo el sistema tributario bizantino de Brasil. Tiene que buscar reformas estructurales duras –políticas, fiscales y agrarias. Lula no pudo hacerlo esencialmente porque carecía de una base política suficientemente fuerte. Dilma podría tratar de lograrlo.

La reforma fiscal es esencial porque como en EE.UU. los ricos hacen lo que les da la gana mientras las clases asalariadas pagan la cuenta. Pero se puede decir que el tema más complejo es la reforma agraria.

Depende de cómo se defina la reforma agraria. Esencialmente, es una política estatal para democratizar la propiedad de la tierra. Esto nunca tuvo lugar en Brasil. La burguesía local se alió a los terratenientes para exportar básicamente materias primas. Al hacerlo, expulsó a masas de campesinos hacia las grandes ciudades. Siempre se pudo basar en un ejército industrial de reserva; y los salarios que pagó fueron en todo caso miserables. Este proceso explica en pocas palabras el crecimiento y el aumento de la violencia urbana en Brasil.

Lo que se necesita ahora, como argumenta el MST, es un nuevo tipo de reforma agraria, llamada “agricultura popular”; agro-ecología para el mercado interno, no para la exportación, y como parte de un nuevo modelo de desarrollo, con menos capital extranjero que controle el agro-negocio. Si Dilma logra hacerlo, Dios será conocido en todo el mundo como una mujer brasileña.

Como argumenta el respetado teólogo brasileño Leonardo Boff, no cabe duda de que Brasil será un protagonista esencial en el nuevo tablero de ajedrez global multipolar porque el país posee todos los factores ecológicos clave que pueden recalibrar el dilapidado sistema de la Tierra.

Pero es demasiado temprano para decir si Dilma logrará concentrarse en la visión global. Con el agregado que no es irrelevante de que la actual trayectoria brasileña podría llevar a la formación de la primera potencia tropical global. ¿Sería sólo sub-imperial? ¿Sería sólo cordial? ¿O sería una nueva especie mutante, impredecible de subimperialismo benigno?

Obama tuvo tiempo el lunes en su programa ultra agitado previo a la elección para llamar a Dilma, ofrecer sus congratulaciones e invitarla a visitar EE.UU. Por lo menos, por un momento, pudo soñar que actuaba como “mi hombre” Lula.