18 de enero de 2011

Burocracia sindical




Más allá del modelo sindical actual, las formas de representación o el modelo de subvenciones, hay un elemento que es común en los sindicatos mayoritarios: la burocracia sindical. Actualmente entre CCOO y UGT tienen 203.000 mil delegados sindicales y unos 57.000 mil liberados sindicales. Eso incluye a los liberados administrativos, que trabajan directamente para los sindicatos e infinidad de delegados elegidos en las empresas que han dejado de trabajar acumulando horas sindicales.

En la práctica esta burocracia es la que domina a los sindicatos y la responsable de la falta de democracia interna. Es muy importante destacar este hecho. Ante el sectarismo de parte de la izquierda sindical hacia CCOO y UGT, la respuesta habitual es que hay que diferenciar entre la cúpula y las bases. Eso es esencial. Pero no solamente eso. Las direcciones de las centrales mayoritarias no son simplemente dirigentes reformistas o conciliadoras, son un estrato social diferenciado. Aunque muchos ellos y ellas lo han sido, han dejado de ser trabajadores y tienen unos intereses diferentes.




La burocracia es hija de la paz social. La posición que ocupan está entre el capital y el trabajo. Su función es la de negociar las condiciones de trabajo, no de acabar con la explotación. Es por eso que, aunque los anticapitalistas tenemos que apoyar a los dirigentes de izquierdas o más combativos, la burocracia siempre jugará un papel conservador. La cuestión, por lo tanto, no es dar apoyo a una línea de actuación u otra, o sustituir un sector de la burocracia por otro, sino que los trabajadores recuperamos a los sindicatos. Eso significa que haya participación, cosa que pasa necesariamente por un aumento de las luchas.



A la vez la burocracia no es siempre totalmente inmovilista. A pesar de tener una dependencia respecto del estado y ocupar una posición de privilegio como negociadora con la patronal, también depende su existencia de las bases. Cuando hay una presión significativa desde bajo, las direcciones sindicales se ven obligada a hacer giros a la izquierda, incluso rompiendo la paz social.



La presión real desde bajo sólo es posible cuando hay luchas generalizadas, pero no podemos obviar que hay otro factor, que es la izquierda sindical tanto dentro de como fuera den CCOO y UGT.



Izquierda sindical

Dentro de CCOO hay muchos militantes que conservan las posiciones combativas y asamblearias de los años 70 y multitud de gente crítica con sus direcciones. En el pasado las voces críticas estaban organizadas en corrientes internas. Durante la Transición, en la Izquierda Sindical, impulsada por la LCR y el MC, y posteriormente en CrítiCCOOs con la gente de la órbita de Izquierda Unida. Finalmente CrítiCCOOs se disolvió a cambio de ciertos cargos en el aparato. La falta de referentes dentro de los sindicatos mayoritarios y el alto nivel de derechización y de represión por parte de las direcciones en forma de sanciones, expulsiones, etc., ha provocado que gran parte de la izquierda sindical se articule fuera de CCOO y UGT.



Esta izquierda sindical está formada por multitud de sindicatos tanto de ámbito estatal, como CGT, nacional o autonómico, como el SAT en Andalucía, el LAB en Euskal Herria, el CSI de Asturias, o la IAC en Cataluña, y multitud de sindicatos de empresa que mantienen una visión de clase y combativa. Los orígenes de estos sindicatos son muy diversos. Algunos provienen de la CNT histórica, algunos de candidaturas autónomas de trabajadores y muchos de rupturas de CCOO.



En la situación actual de derechización de CCOO y UGT, no es descabellado apostar por la izquierda sindical organizada fuera de CCOO y UGT. Construir un referente fuera puede significar un impulso para las luchas. Las movilizaciones en el campo andaluz impulsadas por el SAT, o la huelga general en Euskadi convocada sin CCOO y UGT son un buen ejemplo.



Ahora bien, hay que ser muy críticos. Para la manifestación del 23 de febrero contra el “pensionazo” convocada por CCOO y UGT, el SAT no convocó. Para la huelga general del 20-J de 2002 contra el “decretazo”, los sindicatos ELA y LAB se desmarcaron convocando huelga en Euskal Herria el día anterior. Ejemplos tan claros de sectarismo no se pueden admitir. La unidad de acción es ahora más importante que nunca. Los revolucionarios no estamos con unas siglas u otras sino con los activistas que luchan, estén afiliados donde esté.



La izquierda sindical tiene diferentes retos. El primero es superar el sectarismo general hacia CCOO y UGT. Superar a la vez la dispersión en multitud de sindicatos impulsando la unidad de acción y, si es posible la unidad orgánica. El otro reto es un crecimiento cualitativo. La izquierda sindical está básicamente presente en las empresas grandes y la administración. Organizar los precarios en sectores con poca tradición sindical, articular asambleas de precarios en base al territorio o buscar nuevas formas de organizarse es básico para conectar con esta nueva clase trabajadora que va mucho más allá del obrero industrial.



El otro reto es como conseguir que la izquierda anticapitalista o los movimientos sociales en general tengan presencia dentro de los sindicatos.



Movimientos sociales y sindicatos

Con respecto a la relación entre sindicatos y movimientos sociales la situación en el Estado español es confusa, ya que existe una gran barrera entre las luchas sociales y las luchas laborales. En comparación con el entorno europeo, tenemos un mundo asociativo muy amplio y combativo, con reivindicaciones de todo tipo, vivienda, inmigración, mujer, cooperativismo, etc. Pero también a diferencia de otros países los y las activistas de la izquierda radical han renegado de trabajar de forma sindical y en sus espacios de trabajo quedan al margen de toda lucha. Eso explica en parte por qué la burocracia sindical es tan fuerte.



Para nosotros, las luchas sindicales tienen que tener prioridad ya que mediante éstas tenemos capacidad real para detener la normalidad económica, es decir, son un tiro a la línea de flotación del sistema. Eso no quiere decir que no tengamos que llevar reivindicaciones políticas al mundo del trabajo, de hecho, es un imperativo hacerlo. Para destruir el capitalismo hace falta que todos y todas las trabajadoras tomen conciencia de que se trata de un sistema explotador, clasista, sexista y racista.



Tenemos que dejar clara una cosa, las luchas sociopolíticas y las luchas sindicales no tienen que ser dos compartimentos aislados. La experiencia nos demuestra que la combinación de las dos es explosiva.



En contextos de creciente crispación social las luchas sindicales y las políticas se retroalimentan en espirales de crecimiento de la movilización.



Por ejemplo, en el 2002 el movimiento antiglobalización, el creciente ambiente anti-PP, el Pretige, el PHN, etc., ayudaron a forzar la convocatoria de huelga general de junio del 2002 contra el “decretazo”. En el 2005 los franceses votan “No” a la Constitución Europea, en otoño está la revuelta de las banlieus, elementos de politización que hicieron que el rechazo al CPE (Contrato de Primer Trabajo) en el 2006 provocara una oleada de huelgas. En Grecia, la conexión entre las huelgas estudiantiles contra Bolonia del 2006, la revuelta juvenil del año pasado y la oleada de huelgas actual también se hace evidente.



Concluyendo...

La regeneración de los sindicatos pasará, y sólo puede pasar por el aumento de las luchas. Eso significa que la izquierda anticapitalista tiene que impulsar en los centros de trabajo la democracia directa, las asambleas de trabajadores, las plataformas unitarias, pasando por encima de las burocracias sindicales y los sindicalistas profesionales. Eso se puede hacer tanto dentro de CCOO, UGT o en los sindicatos combativos. Para poder hacer eso tenemos que estar para la unidad de acción y no caer en el sectarismo, sin por eso perder la radicalidad.



Hemos visto cómo los movimientos sociales tienen una fuerza real a la hora de politizar a los sindicatos. Movimientos sociales muy a menudo protagonizados por una nueva generación de trabajadores precarios. Organizarse en la precariedad, dotando de referentes a los activistas para defender sus derechos es también un reto urgente.

Oleguer Bohigas y Gorka Ferrándiz