17 de enero de 2011

Noventa y seis felicidades, Santiago Carrillo




A partir de 1982, Santiago Carrillo no dudó ni un momento en abandonar el barco del partido, para zambullirse en la piscina de la burguesía pesebrera, de la intelectualidad blanda
No puedo por menos que alegrarme cuando una persona resiste el embate del tiempo, incólume ante el inexorable paso de los años, resistente ante ataques furibundos y defensas numantinas de sus rivales, enemigos, amigos y aduladores varios. Esa clase de seres muestran una fuerza vital envidiable, que resulta aún más sorprendente cuando se han vivido etapas cruciales de la historia reciente, desde el golpe de estado franquista a la “conquista” de un espacio de mínimas libertades, que se saldó con la proclamación de una Carta Magna, cuyo contenido es tan respetable, como despreciable el hecho de que sus artículos se incumplan a diario.

Me estoy refiriendo a Santiago Carrillo Solares (Gijón, 18 de enero de 1915), que fuera Secretario General del Partido Comunista de España, desde 1960 a 1982, año en que consumó otra de sus habituales traiciones políticas, para decantarse por la comodidad de dejarse querer desde los salones reales del palacio de su nada graciosa (tragicómica, diría yo) majestad Juan Carlos de Borbón, hasta los que son propiedad de aspirantes a Mafioso Cum Laude, como Juan Luis Cebrián, pasando por homenajes de todo tipo al que acudían presuntos culpables de homicidio (Fraga Iribarne), sospechosos catedráticos de la Estafa y el Pelotazo (Felipe González) y otras joyas de la suciedad (que no sociedad) española de alta alcurnia y baja estofa.

Santiago Carrillo ha demostrado temple, sangre fría y sentido de la oportunidad, durante todo el tiempo que medió entre su pactado regreso a la dictadura, llevando aquel infame peluquín de comedia de Alfonso Paso, y su presencia anhelada en las primeras fiestas del PCE, cuando quien firma estas líneas tuve el honor de presentarlas junto a varios camaradas que aún creíamos en la honestidad del asturiano.


A partir de 1982, Santiago Carrillo no dudó ni un momento en abandonar el barco del partido, para zambullirse en la piscina de la burguesía pesebrera, de la intelectualidad blanda, decantándose como invitado necesario en las cachupinadas de todo tipo que se organizaran para celebrar aniversarios borbónicos, cumpleaños de diputados y fiestas de disfraces ideológicos. Eso sí, mientras tirios y troyanos admiraban su gesto de temeraria impasibilidad, cuando el payaso Tejero disparaba balazos en el interior de Las Cortes, con su mesnada de delincuentes de medio pelo, en tanto Adolfo Suárez y Manuel Gutiérrez Mellado hacían lo propio. De Felipe González y Alfonso Guerra se recuerda el olor de sus orines, esa misma tarde, empapando las alfombras del hemiciclo, desparramados entre los detritus de decenas de señorías.

Felicidades, Santiago Carrillo. Cumples 96 años y no voy a ser yo el que no se alegre por ello, de que aún seas testigo del acontecer político en esta España de mentira, estafa, crisis de todo tipo y pandereta monárquica.

Felicidades, Carrillo, aunque estoy seguro de que te estarás haciendo algunas preguntas. Líderes de tu talla, con tu currículum de bravura y coraje, tal vez pudieron hacer algo más para que el desempleo no llegara a los extremos en los que se sitúa hoy, para que los pensionistas no temblaran ante el incierto futuro que les espera, para que los detenidos no denunciasen torturas y maltrato, para evitar que los jóvenes se desesperasen ante un horizonte sin luz, para que la incultura se alejase de las pantallas de plasma, donde los medios de comunicación cortan y cercenan la verdad, aplastan la objetividad, reniegan del criterio y el contraste. ¿No crees, ex camarada Carrillo, que pudiste hacer algo más para evitar tanto oprobio?

Sin embargo, te pido que soples feliz y contento sobre las 96 velas de tu tarta, Carrillo; aunque algún despistado sea capaz de pensar que aquello de: ¡Santiago y cierra España¡ se refería a ti… y a esa encerrada y prisionera España republicana, democrática y respetuosa con el derecho a la autodeterminación, en la que un día creíste.


Carlos Tena en Kaos en la Red