8 de agosto de 2011

Víctor Serge, un revolucionario estoico





Texto escrito por Indalecio Prieto sobre Victor Serge
Texto publicado en El Socialista, 12 de junio de 1951.

He leído con avidez Memoires d´un revolutionnaire de Víctor Serge, libro escrito en Méjico los años 1942 y 1943 y editado ahora en París.

Su portada la adorna el retrato del autor, y el retrato aparece orlado con una línea zigzagueante, que se inicia en Bruselas, donde se deslizó la infancia de Víctor Serge, hijo de revolucionarios rusos en exilio, y termina en la ciudad de Méjico, donde murió.

Todos los ángulos del zigzag llevan nombres geográficos: París, Barcelona, Ginebra, Helsinki, Leningrado, Berlín, Moscú, Siberia, Bruselas otra vez, París de nuevo y la Martinica. Es el itinerario de una vida tormentosa, siempre presidida por admirable estoicismo y abarca época históricamente tan convulsa como la comprendida entre 1901 y 1943.

Diversidad de autobiografías

En su autobiografía, que pasa por iguales períodos, Stefan Zweig casi se esfuma personalmente para destacar paisajes por los cuales atravesó. Pudo hacerlo así porque Zweig sólo fue testigo de los acontecimientos. Serge no podía hacerlo por haber sido actor, principalmente en algo tan tremendo como la revolución rusa.

Más no se deduzca de esta observación mía que Serge se coloca en primer plano, pues, por lo contrario, procura confundirse con montones de hombres que viven su misma tragedia de ser implacablemente perseguidos por disentir ideológicamente de aquellos con quienes colaboraron íntima y ardorosamente, los cuales, encaramados en el Poder, castigaron y castigan de modo cruel, estimándolas delito de traición, cualesquiera disconformidades con sus opiniones, aunque esas disconformidades –caso de Serge- sean motivadas por absoluta fidelidad a los principios que inspiraron dicha revolución. Así, mi amigo –de tal lo trato, porque me distinguió con su amistad- hubo de rodar desde cumbre tan alta como la primera Ejecutiva de la Internacional Comunista, o sea desde el supremo poder soviético, donde coadyuvó entusiásticamente, hasta las cárceles de Moscú y la deportación en Orembourg, al pie de los Urales y al borde de la estepa, viviendo sobre nieves heladas el invierno y azotado por arenas abrasadoras el verano.Este capítulo, “Los años de cautividad” (1933-1936), es el mejor de los diez en que se dividen las cuatrocientas veinte páginas del volumen, y digo el mejor no porque deje de haber otros tan dramáticos o más, sino porque, disminuido el número de personajes –cuya abundancia quizás constituya elemento de fatiga en la lectura-, resalta más, sin él proponérselo, la figura del autor.

Quizás también la novedad me incline a reputarlo así. En la actual avalancha de literatura antiestaliniana, se ha pintado mucho, por gentes que lo han sufrido, el régimen de prisiones y de campos de concentración en Rusia, pero permanecía casi inédito –al menos, para mí- el panorama de las deportaciones decretadas por la Checa y organismos represivos sucesores suyos, mucho más inmotivadas y atroces que las del zarismo. En Orembourg convivieron Víctor Serge y su hijo con tribus nómadas, plagadas de miseria.

De las prisiones y campos de concentración soviéticos va a hablarnos, ampliando cuanto consigna su reciente libro, Valentín González, El Campesino, durante su próxima gira por Chile, Uruguay, Colombia, Bolivia, Costa Rica, Cuba y Méjico, donde expondrá de viva voz los horrores que le han inducido a abominar del estalinismo que idolatró desde España.

Entre Serge y Zweig hay otra diferencia esencial, además de la diversidad de estructuras en sus autobiografías: Zweig, desesperado ante el desolador espectáculo del mundo, se quitó la vida, dándose un pistoletazo; Serge murió sin ver quebrantada su vieja fe en la redención humana, aquella fe por la cual militó primeramente en el anarquismo y que después, creyendo cumplir deberes de ruso revolucionario impuestos por convicción y por herencia, le llevó, apenas hundido el trono imperial, hasta el viejo San Petersburgo, para ayudar a quienes allí luchaban en pro de la igualdad y del amor entre los hombres.

Fin de un calvario

Confundidos con el alud humano que la invasión nazi empujaba hacia el sur por tierras de Francia el año 40, Serge y su hijo arribaron a Marsella y de allí vinieron a Méjico.

“El primer rostro que distinguí en el aeropuerto de Méjico –escribe Serge relatando su llegada- fue la de un amigo español, rostro concentrado, enérgico y seco: Julián Gorkin. Cuando éste se hallaba preso en España, luchamos dieciocho meses para salvarle la vida. Otros camaradas como él, en Nueva York y Méjico, acaban de luchas catorce meses para asegurarme este viaje, esta evasión. Sin ellos, yo hubiese sucumbido, casi irremisiblemete. Destino privilegiado el mío, porque es la segunda vez en seis años [alude a cuando fue liberado de su deportación en Orenbourg gracias a gestiones de Román Rolland cerca de Stalin], que este milagro de la solidaridad se realiza conmigo. Así nos sostenemos, de un extremo a otro del mundo, pocos en número, pero seguros los unos de los otros y confiados en la marcha de la historia... En las calles de Méjico experimento la singular sensación de seguridad, de no estar ya fuera del derecho, de no ser ya el hombre continuamente acosado, bajo amenaza de internamiento o de desaparición. Las luces acogedoras de aquí se sobreponen a paisajes de ciudades lejanas, hundidas en el “black-out”, y veo caminar a los hombres más perseguidos en el mundo que yo he dejado tras de mí. Sé que todos no deben marchar, que el deber de los que puedan estar allí es quedarse, y sé que algunos habrán de sucumbir, pero hay también quienes no pueden continuar allí sin perecer, cuya vida es preciosa para la Europa de mañana, por su experiencia, su firmeza, su idealismo, su sabiduría... Si los cuadros del viejo socialismo europeo y de las jóvenes democracias asesinadas no son salvados, las revoluciones inevitables serán dirigidas por ex nazis, ex fascistas, ex totalitarios comunistas , aventureros sin ideas y sin humanismo y hombres de buena voluntad desorientados. Un simple cálculo político se impondría. ¿Por qué, pues, las puertas de las Américas se entreabren con tanta dificultad para acoger a algunos de estos combatientes?”.

Cosa parecida dije yo en La Habana el mes de noviembre último, durante [un] breve discurso por televisión que no encontró general asenso, pues hubo gentes que lo censuraron juzgándolo expresión derrotista. Al manifestarme de aquel modo pensaba en los elementos directivos de organizaciones españolas antiestalinianas exiliados en Francia. Partiendo del supuesto de que el estallido de la tercera guerra mundial coincidirá allí con una sublevación comunista, ¿habría de consentirse que elementos tan valiosos fueran asesinados? Porque ese sería su destino, fueses cuales fuesen la duración y el resultado del alzamiento. Para semejante exterminio bastarían pocas horas en cada ciudad francesa. Y la democracia –principalmente el Partido Socialista, la Unión General de Trabajadores y la Confederación Nacional del Trabajo- quedaría sin directores para reconstruirse en el suelo nacional...

Vuelvo a Víctor Serge. Julián Gorkin, el primero que lo recibió en tierra mejicana, fue también el primero que recogió su cadáver. He aquí como Gorkin me ha relatado aquellas tristes horas. “No he podido dar entre mis montañas de papeles con el discurso que pronuncié ante su tumba ni el artículo necrológico que escribí. Serge feneció a fines de octubre de 1947. Sabía yo por su médico, desde hacia meses, que estaba irremediablemente condenado. Sin embargo, alimenté la ilusión de llevarle a Nueva York y luego a París. Trazábamos varios planes de trabajo en torno a la defensa del hombre y de la cultura y en torno a la unificación de Europa frente a los peligros totalitarios. Una noche, hacia las diez, me despedí de él, no lejos del Palacio de las Bellas Artes. Fue a ver a su hijo y no lo encontró. Sintióse mal, requirió un taxi y no pudo siquiera dar la dirección al conductor: quedó muerto en el acto, fulminado apenas tomó asiento en el coche. El ruletero llevó el cadáver del desconocido a una mísera comisaría policíaca. ¡Siempre entre policías, desde su nacimiento! Le encontraron mi dirección y vinieron a buscarme. Cuando lo vi, tendido sobre una mesa, con su camisa de obrero y sus zapatos agujereados, como un vulgar vagabundo, me dieron ganas de llorar. Sólo dejaba, él, que era gran escritor y auténtico erudito, una deuda de ciento cincuenta pesos, que un amigo suyo tuvo el mal gusto de reclamarme en presencia del cadáver. Cotizamos entre varios para enterrarlo. Cuando llené la hoja de inscripción en la agencia funeraria, hube de poner la verdad: que era apartida. No querían encargarse del entierro si no se le daba una nacionalidad. Pregunte a su hijo: ¿Qué nacionalidad hubiera preferido tener tu padre? Su hijo me respondió sin vacilar: La española. Y como español está sepultado en tierra mejicana” (1).

No se cumplió la profecía del juez que en París le instruyó el primer proceso, cuando, al tomar la filiación le dijo burlonamente “¿Revolucionario a los veinte años? A los cuarenta, será usted plutócrata”.

Motivos de exterminio

En Méjico, Serge me visitaba con asiduidad. Pocos hombres me han producido una impresión más honda. Pese a su cultura, no era pedante; pese a su historia, no era ególatra; pese a sus méritos, no era vanidoso. Exento de fatuidad y de falsa modestia, le caracterizaban la sencillez y la llaneza. Y nunca gustaba hablar de sí mismo, para hablar siempre de los demás.

Conmigo mostrábase inquieto por mi despreocupación ante posibles agresiones comunistas, y como yo chanceara, él insistía en sus consejos.

La contradanza del baile político había hecho que en Madrid, Valencia y Barcelona me sentara a la mesa del Consejo de Ministros junto a quien, años antes, dirigiera en Bilbao un atentado contra mí, que se frustró casualmente.

En Méjico, un funcionario a las inmediatas órdenes del Presidente Lázaro Cárdenas, me llamó cierta mañana a su despacho para enterarme de cómo un ex ministro que acababa de desempeñar alta representación diplomática en Europa, había dicho que era necesario eliminar aquí a dos extranjeros: a Trotsky y a mí, por lo cual yo debía tomar precauciones. No quise averiguar si el funcionario procedió por cuenta propia u obedeciendo órdenes superiores. Agradeciendo mucho la advertencia, guardé silencio sobre ella. Comunicársela a amigos y correligionarios hubiera equivalido a intranquilizarles e inclusive a promover algún grave incidente con los comunistas, cuya ira contra mí se manifestaba sin limites. Por otra parte, deseaba prescindir de protecciones inútiles y molestas.

No me cabía duda sobre el fanatismo estaliniano de quien, en su fobia, había emparejado el nombre, famoso, de Trotsky con el mío, insignificante. Y no me cabía duda tal a causa de haber sido yo testigo de su favoritismo por los comunistas y sus asimilados los negrinistas, concediéndoles escandalosa preferencia en los embarques de españoles exiliados para Méjico.

Silencie la confidencia inicial, repito, más al ocurrir la primera tentativa tumultuosa para asesinar a Trotsky en Coyoacán, rompí el silencio, aunque muy prudentemente, situando la confidencia a distancia y dentro de reducido círculo. Escribí a Buenos Aires, a Augusto Barcia, (...), contándole quien me la había hecho y diciéndole donde, cuando y cómo. Encargué a Barcia que leyera mi carta ante tres o cuatro personas probadamente discretas y que luego archivara el documento, el cual sólo debería publicarse si yo sufría algún percance de la índole del deseado por el ex ministro y exembajador aludido.





Posteriormente Oumanski, embajador ruso en Méjico, obtuvo de Zalamea, embajador colombiano, que le facilitara una entrevista con personalidades republicanas españolas -los más relevantes fueron Fernando de los Ríos y Diego Martínez Barrio-, todo para amenizar la cena fría, dispuesta en su residencia particular por Zalamea, con violentas diatribas contra mí. Víctor Serge, al enterarse, se alarmó mucho, creyéndolo mal síntoma.

Oumanski quedó mudo cuando el aeroplano que debía llevarle a Guatemala cayó y se aplastó a poco de despegar del aeropuerto(...). "Se trata de un atentado", me dijo Serge. "¿Quién iba a planearlo?", pregunté en tono incrédulo. "Stalin", contestó con acento rotundo el escritor exiliado. Mantuve mi incredulidad, pero ahora, leyendo en "Memorias de un revolucionario" como Stalin iba desembarazándose en Rusia de los colaboradores que le estorbaban, algunos por saber más de la cuenta, aún siguiéndole siendo leales, sospecho que Serge acaso estuviese en lo cierto.

En 1936, León Trotsky envió a Víctor Serge un recorte de Pravda anunciando el aniquilamiento de enemigos del pueblo, Trotsky expresaba temores de que aquello fuese preludio de una matanza, "Comencé a temblar -dice Serge- por todos cuantos yo había dejado allí. El 14 de agosto se comenzó el proceso de los dieciséis, terminado el 25 – ¡en once días!- con la ejecución de Zinoviev, Kaménev, Iván Smirnov y todos sus coacusados. Comprendí, y así hube de escribirlo seguidamente, que empezaba el exterminio de toda la vieja generación revolucionaria. Imposible asesinar a éstos y dejar vivos a los otros, sus hermanos, testigos impotentes, pero testigos que lo comprendían todo a fondo. ¿Por qué esta matanza me preguntaba yo en "La revolución proletaria" No veía otra explicación que la voluntad de suprimir los equipos de recambio del poder en vísperas de una guerra considerada inminente. ..Creo que fui el primero en definir el Estado soviético como un Estado totalitario. ..No hay porqué disimular que el socialismo lleva en sí mismo gérmenes de reacción. En el territorio ruso, esos gérmenes han dado una floración extraordinaria. A la hora actual estamos, cada vez más, en presencia de un Estado totalitario, "castocrático", absoluto, embriagado de su potencia, para el cual el hombre no cuenta. Esta máquina formidable descansa sobre doble asiento: una Seguridad general omnipotente que ha reanudado las tradiciones de las cancillerías secretas del fin del siglo XVIII y en el sentido clerical de la palabra, un "orden" burocrático de ejecutantes privilegiados. La concentración de los poderes económicos y políticos hace que el individuo esté sujeto por el pan, el vestido, el alojamiento y, puesto totalmente a disposición de la máquina, permite a ésta desdeñar al hombre. Ese régimen contradice todo lo que se ha proclamado, apetecido y pensado durante la revolución misma".

Las purgas, una vez iniciadas no suelen concluir. Forman una bola de nieve -de nieve ensangrentada-, que aumenta mientras rueda por la pendiente y su tinte rojo se lo dan tanto la sangre de adversarios, disidentes y sospechosos como la sangre de amigos que más adelante pueden convertirse en enemigos.

Vida y pensamiento

La orla zigzagueante que rodea el retrato de Serge en la portada de sus Memorias significa, según dije, el itinerario de su vida, desde que en Bruselas, a los doce años, preguntándose que eras la vida, se contestaba: "No lo sé, pero veo que eso quiere decir: pensarás, lucharás, tendrás hambre". A partir de entonces, desde que comunicó a su padre propósitos de estudiar sin cursar estudios, hasta que su cadáver viajó en un automóvil de alquiler por el centro de la ciudad de Méjico, Víctor Serge pensó, luchó y pasó hambre.

Su libro editado ahora es síntesis de doloroso calvario, ampliado en su Journal, que se imprimirá luego de publicarse la Vida de León Trotsky, escrita en colaboración con la viuda del asesinado en Coyoacán. La nueva biografia de Trotsky contendrá seguramente muchos datos inéditos. Entre las sobrias siluetas personales que Serge dibuja en sus Memorias, la más favorecida es la de Trotsky, por ser con quien más compenetrado se sintió. He aquí algunos trazos: “En la cima del poder, de la popularidad y de la gloria a los cuarenta y un años, tribuno de Petrogrado en dos revoluciones, creador del ejercito rojo que literalmente sacó de la nada, según frase de Lenin a Gorki, vencedor de batallas decisivas en Svijarsk, Kazan y Poulkovo, organizador, reconocido por todos, de la victoria en la guerra civil, eclipsaba a Lenin por su gran talento oratorio, por su capacidad organizadora, demostrada en el ejercito y en los ferrocarriles, por sus brillantes cualidades de ideólogo. Lenin no tenía sobre él otra superioridad , inmensa en realidad, que la de haber sido desde antes de la guerra el jefe indiscutido de la pequeña agrupación bolchevique que formó los verdaderos cuadros del Estado y que, por espíritu de capilla, desconfiaba de hombre tan rico en pensamientos como el presidente del Consejo Superior de Guerra (...) Mis amigos y yo, comunistas de espíritu crítico, admirábamos mucho a Trotsky, pero sin amarle (...) Sus soluciones políticas a las dificultades me parecían propias de un carácter realmente dictatorial (...) Alrededor de Trotsky un equipo de antiguos camaradas se entrega a diversos trabajos. Su secretaría es un laboratorio único en el mundo, donde se elaboran ideas incesantemente”.

Ya queda excluida de esas loas la dhsión incondicional. Víctor Serge, espíritu independiente, no podía prestársela a nadie. Y recalcándolo escribe: "Salvo una o dos excepciones, todos cuantos se han declarado trotskistas no lo eran, ni lo habían sido jamás; inclusive se hallaban en profundo desacuerdo con Trotsky y sus polémicas con él han durado años".

Si el itinerario de la vida de Serge los eñala una línea en zigzag, débese al constante afán de buscar lugares de lucha eficaz, pero su pensamiento fue una línea recta, sin quebraduras, desviaciones ni curvas, a pesar de haber proclamadoq ue hay pocas exactitudes definitivas. Por ello la libertad de pensamiento -abolida en Rusia y en todas las dictaduras, rojas o negras, calcadas de la soviética- le parecía uno de los valores más esenciales.

Su trayectoria, la resume Serge mismo con estas palabras: "Exiliado político de nacimiento, he conocido las ventajas reales y los pesados inconvenientes del desarraigamiento. Este ensancha la visión del mundo y el conocimiento d elos hombres; disipa las nieblas de conformismos y particularismos asfixiantes; preserva de una suficiencia patrótica que en verdad no es más que mediocre satisfacción de uno mismo. Pero en la lucha por la existencia constituye un handicap muy serio. He visto nacer la gran categoría de los apátridas, a quienes las tiranías niegan hasta la nacionalidad. En cuanto al derecho a vivir, la situación de los apátridas, que son los hombres más apegados a sus patrias y a la patria humana, sólo se puede comparar a la de los vagabundos de la Edad Media que, no teniendo amo ni soberano, carecían de derecho a la defensa y cuyo solo nombre constituía un insulto... En la tierra mejicana, tan profundamente original con su sequedad volcánica, he vuelto a encontrar paisajes de Rusia y de España, y el indios e me ha aparecido como hermano de los labradores del Asia Central.

Fiel siempre a sus ideales, Víctor Serge nunca desfalleció ante las desventuras que esa fidelidad le produjo. Fue un revolucionario estoico.

Notas de la Fundación Andreu Nin

(1) Puede consultarse el texto de Julián Gorkin "La muerte en México de Víctor Serge"


Edición digital de la Fundación Andreu Nin, enero 2002