23 de agosto de 2011

YA NOS HEMOS INDIGNADO: ¿Y AHORA QUÉ?



El 15-M despertó la esperanza entre los que habían perdido la fe en las posibilidades de un cambio político, capaz de acabar con los agravios de una economía globalizada, donde crecen las desigualdades y la riqueza se acumula obscenamente en unas pocas manos. Se enarboló la bandera de la no violencia y se propagó el apoliticismo. Con esta estrategia se reunieron personas de ideas divergentes, que pidieron más transparencia, menos corrupción y una reforma de la ley electoral. Creo que este planteamiento no producirá ningún resultado. Los mercados lo han dicho muy claro: “Aún hay que recortar gastos en educación, sanidad y servicios sociales”. Yo cada día estoy más de acuerdo con Silvio Rodríguez: "La guerra es la paz del futuro. Lo más terrible se aprende en seguida y lo más hermoso nos cuesta la vida".






La prima de riesgo de española no deja de crecer. Estamos lejos de Grecia, pero nos encontramos en una zona caliente. Los mercados no funcionan por una racionalidad cartesiana, sino por expectativas de carácter psicológico. Los datos sobre la deuda pública de las Administraciones territoriales están contribuyendo a propagar el miedo. Ahora mismo la deuda de las Comunidades Autónomas alcanza los 121.500 millones de euros. Las corporaciones locales deben algo más de 37.000 millones. Pese a todo, la suma de estas cantidades representa algo menos de una cuarta parte de la deuda pública nacional. El total no llega al 60% del PIB, uno de los porcentajes más bajos de la Unión Europea. El poderoso Goldman Sachs, la influyente gestora Blackrock y Man Gropu, el principal fondo de inversión libre y de alto riesgo, han manifestado su confianza hacia la economía española, pese al elevado desempleo y el escaso consumo interno. Desde el punto de vista de la inversión, consideran que el sector energético y bancario pueden garantizar unos beneficios estimables. España aún es atractiva para los inversores, si continúa la política de austeridad, privatizaciones y recortes. Eso sí, España es el segundo país de la OCDE, sólo superado por Portugal, con mayor tasa de pobreza infantil, de acuerdo con las investigaciones realizadas en 2008, cuando la crisis sólo comenzaba a manifestar sus primeros síntomas. UNICEF ha señalado en su último informe que el 25% de los niños españoles viven por debajo del umbral de la pobreza.



Es cierto que en las Administraciones territoriales hay 58.000 millones de euros sin pagar (una cifra reflejada en la Contabilidad Nacional y, en ningún caso, oculta o bajo secreto), pero en realidad el peso de la deuda de las empresas públicas es cuatro veces inferior al registrado en 2008. Esto significa que se puede mejorar la gestión del gasto público, sin reducir las prestaciones ni los servicios. Sin embargo, no se deja de insistir en la necesidad de aplicar medidas restrictivas. Aunque se utilicen eufemismos, la intención de los mercados es muy clara: desmantelar un Estado del bienestar, que en España nunca llegó a existir. Paul Krugman, premio Nobel de Economía 2008, ha señalado en “El gobierno de los rentistas” (El País, 19 de junio de 2011) que ni republicanos ni demócratas han mostrado ningún interés en adoptar medidas para crear empleo o aliviar la deuda hipotecaria. “¿Qué se oculta detrás de esa actitud?”, se pregunta Krugman. Su respuesta es terriblemente esclarecedora: “Los responsables políticos están casi exclusivamente al servicio de los intereses de los rentistas, esos que obtienen enormes ingresos de sus activos, que prestaron grandes sumas de dinero en el pasado, a menudo imprudentemente, pero que ahora están siendo protegidos de las pérdidas a costa de todos los demás”.



Los rentistas alegan que si se crea empleo con ayudas oficiales la inflación y los tipos de interés se desbocarán. Este razonamiento sólo confirma lo que ha repetido muchas veces John Kenneth Galbraith: el paro estructural es el recurso que emplea la economía de mercado para contener la inflación. Por eso, el desempleo nunca baja del 8% o 9% y cuando se produce un superávit (como sucedió al final de la Administración Clinton), el dinero acumulado no se emplea en educación o sanidad, sino en gastos militares (Afganistán, Irak) que producen enormes beneficios privados y un endeudamiento público (como el que se creó durante el mandato de George Bush) que desemboca de forma inevitablemente en una crisis, cuyos consecuencias afectan a los asalariados y a las pequeñas empresas. Es un ciclo que ya describió Marx al analizar el imperialismo de los países europeos en el siglo XIX. Ha cambiado el escenario, pero no el guión, que se repite una y otra vez con diferentes afeites.



La prioridad es contener la inflación para asegurar la devolución de los préstamos. La deflación perjudica principalmente a los trabajadores y las pequeñas empresas, pero los gobiernos no se inquietan por esas penalidades. Krugman afirma que unas medidas más agresivas por parte de la Reserva Federal podría sacar a Estados Unidos de la crisis. Si se tolerara un crecimiento moderado de la inflación, se generaría empleo, aumentaría el consumo y muchas familias podrían enfrentarse a sus hipotecas, sin miedo a perder su casa por impago de las letras. ¿Quiénes son esos acreedores a los que se refiere Krugman? “Los banqueros e individuos adinerados con montones de bonos en sus carteras de inversiones”. Son los que financian las campañas electorales, los que hablan de igual a igual con los jefes de Estado, los que ofrecen puestos de consejeros con sueldos millonarios a los políticos salientes. Este proceso lleva a “una corrupción flagrante”. Se presupone que lo que es bueno para esas personas (“ricas, elegantes y con grandes sastres”) es bueno para la economía, pero es falso, rigurosamente falso. Si la política continúa esta dinámica, la riqueza se concentrará en los gigantes financieros y la pobreza afectará cada vez a más ciudadanos, que en muchos casos dejarán de ser asalariados para convertirse en excluidos. “La única forma de conseguir una recuperación real –finaliza Krugman- es dejar de jugar a ese juego”. Yo creo que sería más realista dejar fuera de juego a los explotadores, que se disfrazan de arquitectos financieros. Es obsceno que Blackrock maneje unos activos de 2’5 billones de euros, algo más del doble PIB español.



El 15-M se ha convertido en una algarada inofensiva, que a veces deriva hacia disturbios indecentes, como zarandear a Cayo Lara, coordinador general de Izquierda Unida, cuando asistía a título personal a una movilización para evitar un desahucio o intentar robar el perro guía del único diputado ciego de la cámara catalana, José María Llop, alegando que su discapacidad no disculpa su condición de político de CiU. El 15-M oscila entre el pacifismo ingenuo y la violencia irracional y sin justificación ética. Nadie se atreve a hablar de lucha de clases, pero de eso es de lo que se trata. No podemos consentir que los banqueros y rentistas gobiernen el mundo, acumulando cada vez más poder. Tal vez cedan un poco. No descarto que se cree empleo precario durante la previsible legislatura del PP, pero subirán los beneficios empresariales y proliferarán los sueldos de miseria. El PSOE ya ha acordado que los convenios salariales no estén sujetos al IPC. La CEOE ha manifestado que esa decisión le suena a “música celestial”. Ante un panorama tan desolador, no concibo otra salida que el socialismo, es decir: la socialización de los medios de producción. De momento estamos padeciendo la socialización de la crisis, es decir, los sacrificios que nos impone la Administración para garantizar los intereses de los rentistas y los banqueros.



Se ha demonizado al socialismo, particularmente a los países que como Cuba confiscaron las empresas norteamericanas, algo imperdonable para un país que controlaba la explotación del azúcar, la electricidad y las comunicaciones, así como las refinerías de petróleo. Fidel Castro es peor que Hitler y el Che Guevara un asesino despiadado. Lo dice José María Aznar, que implicó a España en una guerra inmoral e ilegal y que en su juventud experimentaba raptos místicos leyendo a José Antonio Primo Rivera. Creo que Silvio Rodríguez nos ofrece una versión más realista de la Revolución cubana: “Antes La Habana estaba mucho más pintada, los baches eran raros y uno caminaba calles y calles de tiendas llenas e iluminadas. Pero ¿quiénes compraban en aquellas tiendas? ¿Quiénes podían caminar con verdadera libertad por aquellas calles? Por supuesto los que tenían con qué en sus bolsillos. Los demás, a ver vidrieras y a soñar, como mi madre, como nuestra familia, como la mayoría de las familias cubanas. Por aquellas avenidas fabulosas sólo se paseaban los ciudadanos respetables, bien considerados en primer lugar por su aspecto. Los harapientos, los mendigos, casi todos negros, tenían que hacer rodeos, porque cuando un policía los veía en alguna calle decente, a palos los sacaban de allí. Esto lo vi con mis propios ojos de niño de 7 u 8 años y lo estuve viendo hasta que cumplí 12, cuando triunfó la Revolución”.



Cuba es el único país de América Latina sin niños de la calle ni desnutrición infantil. A pesar de todos los obstáculos económicos, políticos y militares impuestos por Estados Unidos y sus aliados, ha conseguido mantener el abastecimiento de los mercados, universalizar la sanidad y extender y consolidar la educación hasta erradicar el analfabetismo. Mientras los países industrializados siguen sin cumplir el compromiso de aportar el 0’7 de su PIB para cooperación al desarrollo, en 2004 Cuba envió 35.724 cooperantes a 109 países. 24.000 fueron cooperantes médicos. Volker Skierka, autor de una espléndida biografía sobre Castro (Fidel, Martínez Roca, 2004), ha escrito: “Fidel proporcionó por primera vez en la historia, una identidad y una dignidad nacionales a su pueblo. El triunfo de su revolución, tras el cual arrebató a los estadounidenses todo cuanto poseían en Cuba, la invasión frustrada de los exiliados cubanos dirigida por la CIA en 1961 en Bahía de Cochinos y sobre todo la supervivencia de su régimen a lo largo de décadas de bloqueo económico sin precedente impuesto por Estados Unidos –el más largo de la historia- son una serie de incontables e hirientes insultos narcisistas ante la historia y los ojos del mundo que la superpotencia del norte jamás le perdonará, más allá de la muerte”. Yo creo que la Puerta del Sol no será la Plaza de la Liberación. Sin un pensamiento político que coordine, unifique y establezca directrices, las protestas se diluirán o se exasperarán, sin conseguir ningún avance. Yo creo que el 15-M debería ser reemplazado por un movimiento político que se llamara “Dignidad y soberanía para el pueblo” y que no se avergonzara de reivindicar el socialismo revolucionario.

Rafael Narbona

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