29 de octubre de 2011

A 75 años de la Guerra Civil: Anarquismo y poder

En 1936 la organización revolucionaria más poderosa, con cientos de miles de afiliados, fue, sin duda, la central anarcosindicalista CNT. Fue dirigida además por militantes con una gran trayectoria como luchadores, muchos de ellos activistas de la Federación Anarquista Ibérica (FAI). El anarquismo siempre se había opuesto a la existencia de cualquier estado por represivo, por eso ahora que su revolución estaba en marcha – en las calles, las fabricas y el campo - no aceptó la idea de sustituir el Estado republicano por otro, aunque fuera revolucionario. Sin embargo, los restos del viejo estado seguían en pie. En realidad existió una especie de dualidad de poderes, una dualidad que no pudo durar en un contexto de una guerra cada vez más cruenta. Además las fuerzas opuestas a la revolución – republicanos, socialdemócratas y comunistas – estaban haciendo todo lo posible para restaurar el orden democrático-burgués. Aunque la CNT-FAI rechazó la ‘toma de poder’ – diciendo que llevaría a una ‘dictadura libertaria’ –, colaboraron con las demás fuerzas en la lucha cotidiana contra el fascismo. Así, en septiembre de 1936 entraron en la Generalitat con las demás fuerzas obreras y republicanas. El nuevo gobierno catalán ‘legalizó’ la revolución, sobre todo su obra económica – las colectivizaciones –, pero había reemplazado el Comité Central de Milicias Antifascistas, hasta entonces el poder real de la Catalunya revolucionaria. Centralización En la práctica, la CNT tuvo que aceptar la necesidad de la centralización de la resistencia y, dado que no quería plantear la construcción de un nuevo estado revolucionario, acabó colaborando en la reconstrucción del viejo. A finales de octubre, una asamblea de la CNT declaró que el Estado republicano había dejado de ser represivo gracias a la influencia de la clase obrera y, con una situación de extrema gravedad en el frente, se acordó aceptar la invitación de entrar en el Gobierno central. El 4 de noviembre cuatro dirigentes cenetistas entraron en el gobierno del Frente Popular. No se tardó mucho en ver los resultados de tal colaboración. En ausencia de cualquier alternativa, la CNT aceptó la transformación de las milicias, y por consiguiente el fin de su espíritu revolucionario, en un ejército regular. Además, desde el gobierno, con el beneplácito de la CNT, se estableció el orden en la retaguardia, desarmando las organizaciones obreras, y se empezó a debilitar las colectivizaciones; todo un proceso contrarrevolucionario que culminó en mayo de 1937 con las luchas callejeras en Barcelona entre revolucionaros y las fuerzas del orden público. La dirección cenetista, ya totalmente comprometida con el poder, no tuvo otra alternativa que ordenar a sus militantes que dejaran las barricadas. Después de los Hechos de Mayo, miles de anarquistas fueron detenidos y la CNT excluido de un nuevo gobierno encabezado por el socialista moderado Juan Negrín. En agosto de 1937, tropas comunistas acabaron con el último bastión de la revolución libertaria, el Consejo de Aragón, y dispersaron las colectivizaciones aragonesas. La colaboración gubernamental tuvo un efecto catastrófico dentro de la CNT. Hubo sectores más radicales, como los Amigos de Durruti, que se rebelaron contra la dirección. Muchos militantes se sintieron muy incómodos con la política cenetista, pero no vieron ninguna alternativa. No hubo marcha atrás. En 1938 la lógica de la colaboración hizo que la dirección cenetista abandonara por completo sus principios apolíticos y reconoció la autoridad del estado en cuestiones económicas y militares. La FAI fue más lejos al convertirse en un tipo de partido político. La guerra y la revolución española fue una prueba muy dura para el anarquismo; la realidad mostró que no es posible hacer caso omiso de la cuestión del ‘poder’. La alternativa hubiera sido un nuevo tipo de ‘estado’ basado en la democracia desde abajo, los consejos de obreros, campesinos y combatientes que hubiese sido capaz de hacer avanzar la revolución al mismo tiempo que de centralizar la lucha antifascista. La tragedia de la revolución española fue que no hubo una organización revolucionaria con fuerza suficiente para ganar esta alternativa. Andy Durgan es historiador, miembro de la Fundación Andreu Nin y autor del libro “El Bloque Obrero y Campesino (1930-1936)” y militante de En Lucha. Artículo publicado originalmente en el nº 121 de En Lucha, recuperado con motivo del 75 aniversario sobre la guerra civil ---------------------