14 de octubre de 2011

Los peligros de la #SpanishRevolution

El movimiento de los indignados poco a poco se va propagando a nivel internacional. La primavera árabe dio lugar a la primavera española y al otoño norteamericano. Islandia está inmersa desde hace cierto tiempo en un proceso de transformación de su sistema político, el cual debe servir de ejemplo concreto de lo que hay que hacer y de cómo hacerlo. Grecia hace cierto tiempo que está inmersa en un proceso de lucha revolucionaria, como mínimo de resistencia frente al ataque neoliberal dirigido desde las instituciones europeas. Queda por ver qué ocurrirá en los países del Magreb donde se logró expulsar del poder político a algunos dictadores, pero donde todavía queda mucho camino para avanzar hacia la democracia. En Israel se han producido algunas de las manifestaciones más numerosas de su corta historia. India, Chile,… El próximo 15 de octubre puede ser una fecha histórica que dé el pistoletazo oficial de salida para una posible revolución mundial. Hay visos de que vamos a tener un invierno muy “caliente”. Como no podía ser de otra manera en la era de la globalización, de Internet, el movimiento revolucionario, como mínimo potencialmente revolucionario, va propagándose por el globo terráqueo (a pesar de los obstáculos impuestos por los grandes medios de desinformación masiva). Esto sólo está empezando. Pero, indudablemente, ya ha comenzado. Ya se dan un cúmulo de factores objetivos y subjetivos para la revolución democrática mundial. Sin embargo, nadie puede asegurar cómo evolucionará, cómo acabará. La historia humana está siempre más o menos (pero no ilimitadamente) abierta. Quienes deseamos que este movimiento sea realmente revolucionario, es decir, que se traduzca en cambios sustanciales concretos del sistema político, económico y social, no sólo a nivel local sino que también a nivel mundial (la revolución local no puede prosperar o sobrevivir mucho tiempo si no se ve acompañada de la revolución internacional, por lo menos en numerosos países, especialmente de la metrópolis capitalista, Europa y Norteamérica) debemos hacer todo lo posible para que la historia se decante hacia un mundo mejor, un mundo donde todos podamos vivir en condiciones dignas, una sociedad más próspera, más segura, más libre, más justa, que pueda sobrevivir a sí misma. Este artículo sólo pretende aportar un granito de arena para que así sea. La humanidad se encuentra en una encrucijada histórica: barbarie o democracia. La historia puede decantarse (ya lo está haciendo) hacia la involución democrática, hacia un sistema de corte más bien fascista (si las élites que nos gobiernan se salen con la suya) o hacia una profunda regeneración democrática (como así deben intentar los pueblos, las clases populares). Quien gane dependerá, entre otros motivos, de quien luche mejor y más. En toda lucha es imprescindible ser consciente de los peligros que se ciernen sobre ella. La #SpanishRevolution, la ya incipiente #WorldRevolution, como toda revolución, se ve amenazada, tanto desde el exterior de las filas revolucionarias, como desde su interior. Algunos de los principales peligros que amenazan a esta naciente revolución son los siguientes: En cuanto a los objetivos Como en toda revolución, es imprescindible marcarse objetivos concretos a corto, medio y largo plazo. Objetivos políticos y económicos. Si no se establecen objetivos concretos a corto plazo, la lucha puede decaer o devenir estéril. No es igual de peligroso (para el sistema) reivindicar un mundo mejor, de manera abstracta, que reivindicar medidas concretas que lo posibiliten realmente (como la revocabilidad de los cargos públicos, el mandato imperativo, referendos frecuentes y vinculantes, una ley electoral donde se cumpla el principio “una persona, un voto”, la libertad de prensa, la separación de todos los poderes, especialmente respecto del poder económico,…). Los sueños se vuelven peligrosos (para el sistema) cuando se tornan realizables, cuando quienes los perseguimos somos capaces de llevarlos a la práctica mediante medidas concretas. Si se marca una hoja de ruta realista (sobre todo en cuanto a los hitos a alcanzar a corto plazo) y al mismo tiempo idealista, ambiciosa (sobre todo en cuanto a los hitos a alcanzar a más largo plazo), entonces las probabilidades de que la lucha se retroalimente a sí misma y conduzca al éxito se disparan. El objetivo a corto plazo debe ser, sin duda, establecer un marco político suficientemente democrático. La democracia debe dar un salto cuantitativo y cualitativo suficiente de tal manera que se inicie un proceso de desarrollo continuo en el tiempo de la propia democracia. De la involución democrática debemos pasar a la revolución democrática. Se deben sentar las bases de un sistema político que posibilite el avance democrático. Sin la adecuada infraestructura política no será posible transformar la sociedad. La presa debe romperse para que el río pueda fluir libremente y alcanzar el mar en determinado momento. En cuanto las ideas, las distintas opciones políticas, tengan las mismas (o parecidas) posibilidades de ser conocidas y probadas, se sentarán las bases para, por fin, poder resolver los grandes problemas crónicos de nuestra sociedad (cuyas crisis no son más que, en el fondo, la agudización de sus latentes contradicciones, en verdad el sistema está en permanente crisis). Es tan peligroso marcarse objetivos demasiado tímidos como demasiado ambiciosos (a corto plazo). En el primer caso no se produce un salto suficiente (si es que se produce), en el segundo no se produce o se pospone demasiado en el tiempo. Si la gente no obtiene resultados importantes concretos a corto plazo, tarde o pronto, dejará de luchar, la rebelión no se transformará en revolución, la utopía seguirá siendo utopía, los sueños seguirán siendo sueños. El objetivo concreto a corto plazo no puede ser otro que la democracia (política) real. La manera de implementarla y de alcanzarla dependerá fundamentalmente de cada país, pues no todos ellos parten de las mismas condiciones, pero en realidad muchos de los problemas que tenemos son comunes a la mayor parte de países. Remito a mi artículo ¿Qué es la democracia real? . La democracia real debe ser la combinación de la democracia representativa, verdaderamente representativa, aunque mucho más participativa, y la democracia directa, la cual debe ser priorizada. No se trata de democracia representativa vs. democracia directa, sino de complementarlas, de integrarlas. Por ahora, no es posible prescindir de la democracia representativa, pero sí es posible que la democracia directa asuma mayor protagonismo. Hay que reformar profundamente la democracia representativa, que es muy poco representativa en la actualidad, y al mismo tiempo hay que desarrollar todo lo posible la democracia directa, tanto en los ámbitos más globales (fomentando el uso de referendos, que siempre deben ser vinculantes) como sobre todo en los más locales, donde es posible la participación directa de los ciudadanos en los asuntos que les conciernen. A medio/largo plazo el objetivo no puede ser otro que superar el capitalismo. Éste podrá ser superado con más y mejor democracia, con la democracia real. Si alcanzamos una democracia suficiente a corto plazo (aunque esto no se logrará de la noche a la mañana), será posible superar el capitalismo más adelante. En verdad la principal dificultad consiste en despejar el camino de obstáculos, reside en alcanzar una democracia que merezca tal nombre. No puede despreciarse la firme oposición de las actuales élites a perder el control de la sociedad. Ignorar o infravalorar al enemigo es uno de los peores errores que puede cometerse en cualquier lucha. Primero debe alcanzarse la democracia política y seguidamente debe expandirse la democracia por todos los rincones de la sociedad, especialmente a la economía. Sin democracia política no será posible la democracia económica. Pero sin democracia económica la democracia política será estéril, estará tocada de muerte, como hemos podido comprobar. No puede haber una sociedad realmente democrática si la democracia no alcanza al motor de la sociedad: el modo de producción. La involución democrática que estamos sufriendo actualmente es una consecuencia directa de la lógica del capitalismo, es decir, del totalitarismo económico. Quien controla la economía controla al conjunto de la sociedad. La economía debe ser controlada por el conjunto de la sociedad, por la mayoría, y no por ninguna minoría. En cuanto haya democracia económica el capitalismo sucumbirá. El capitalismo es dictadura económica. El capitalismo sólo puede sobrevivir a largo plazo si la democracia no avanza, incluso mejor si retrocede. No por casualidad a medida que el capitalismo “madura” la democracia retrocede. Esto ya lo previeron muchos revolucionarios de finales del siglo XIX y principios del XX. El objetivo esencial de la actual revolución debe ser, sin duda, repito una vez más, la democracia, política y económica, alcanzando primero la política, pero no conformándose con ésta. Tras la conquista de la democracia política debe lograrse, cuanto antes, la democracia económica. Lo más importante es sentar las bases del desarrollo democrático. La oligocracia actual disfrazada de democracia debe dar paso a la democracia sin ningún disfraz, a la democracia real. Sin este primer paso no hay nada que hacer, como la historia nos ha enseñado tozudamente. En cuanto a las estrategias Como explico más detalladamente en La estrategia de la #SpanishRevolution, el movimiento iniciado el 15 de mayo de 2011 en España empezó con muy buen pie no sólo porque se marcó como objetivo concreto y contundente la democracia real, sino también por la estrategia empleada para luchar por él. Una estrategia basada en cuatro pilares: apartidismo, pacifismo, horizontalismo y asamblearismo. Al ser un movimiento apartidista, que no apolítico (todo lo contrario, la política ha vuelto realmente a escena), ha logrado aglutinar a amplias capas de la población, que si bien aún no todas ellas participan lo necesario en el movimiento (y éste es un reto esencial del 15-M: lograr que muchas más personas participen activamente en él), sí una gran mayoría de ellas simpatiza con él. Y ello ha sido posible porque al centrarse en reivindicaciones y denuncias concretas, al centrarse en las ideas “desnudas”, al prescindir de etiquetas y banderas ideológicas, los prejuicios que las élites han incrustado en las mentes de los ciudadanos no han entrado tanto en funcionamiento. Las reivindicaciones del 15-M atañen a la gran mayoría de la ciudadanía. Al ser un movimiento pacífico, ejemplar en las formas, el sistema ha tenido mucho más difícil demonizarlo, el sistema incluso se ha puesto en evidencia al tacharlo en ocasiones de violento sin poder mostrar ninguna imagen donde los indignados fuesen verdugos en vez de víctimas de la violencia física. El episodio excepcional del parlament de Catalunya (en el que, por cierto, la “violencia” ejercida por supuestos indignados no es comparable con la sufrida por los indignados tantas y tantas veces), el cual fue un grave error por su planteamiento (como ya opiné en su día en el artículo Los errores prohibidos de la #SpanishRevolution), no ha podido empañar la imagen de pacifismo y civismo que ha tenido el movimiento de los indignados. El pacifismo activo hace mucho daño al sistema porque despierta simpatías entre la ciudadanía. Al ser un movimiento horizontal, es decir, sin grandes liderazgos, es mucho más difícil descabezarlo. Si bien ese liderazgo casi ausente también puede jugar en su contra, como veremos más adelante. Al ser un movimiento asambleario, es decir, que practica la democracia directa, que usa como método la propia democracia para reivindicarla, para alcanzarla, demuestra que se hace camino al andar, que es posible mejorar notablemente la democracia. Los ciudadanos se dan cuenta de que muchas barreras que parecían insalvables en verdad no lo son, los ciudadanos se van concienciando sobre la importancia de la democracia a medida que la van practicando. El 15-M, por lo menos hasta el momento, ha demostrado gran coherencia. La coherencia hace mucho daño al sistema, el cual cada vez se muestra más incoherente. Mientras el 15-M reivindica la democracia real y la practica, la clase política (el bipartidismo PPSOE sobre todo) practica la involución democrática. El sistema se delata cada vez más. Sin embargo, aunque las líneas generales estratégicas del movimiento indignado son plenamente acertadas, existe el peligro de que dicho movimiento se aparte del camino correcto, de aquel que ha provocado que se pueda hablar de una posible revolución mundial, de un cambio global. El sistema que, lógicamente, no se queda de brazos cruzados, ha hecho, hace y seguirá haciendo todo lo posible para que el movimiento 15-M cambie de estrategia, para que se convierta en un partido político, para que se vuelva violento, para que sea controlado por ciertos líderes (los cuales podrán ser a su vez controlados por el sistema) o para que deje de practicar esa democracia directa que tanto pone en evidencia a la falsa democracia, a la oligocracia. Si bien la estrategia debe adaptarse al tiempo y al espacio, al momento y al lugar, sus líneas generales deben mantenerse, pues gracias a ellas el movimiento ha podido surgir con inusitada e inesperada fuerza, pues sólo gracias a ellas podrá fortalecerse todavía más, podrá incluso sobrevivir. A medida que pase el tiempo y no se consigan resultados concretos (el sistema no cederá fácilmente), a medida que el ataque del capital se recrudezca, existe el serio peligro de que las protestas se vuelvan violentas. La impotencia de la gente puede provocar desesperación y por tanto violencia. El sistema capitalista está deseando que las protestas se tornen violentas para, por fin, aplicar su habitual hoja de ruta violenta, para hacer lo que realmente desea: reprimir, reprimir, reprimir. El sistema está deseando que se produzcan estallidos violentos para justificar su reacción violenta. El sistema busca emplear métodos más contundentes para defenderse. Si impera el desorden violento generalizado, la excusa es perfecta para un golpe de Estado. A nuestra historia reciente podemos remitirnos. Ya nos van poco a poco, sutilmente, amenazando con guerras o ruidos de sables. No debemos sucumbir ante el miedo que intentan meternos en el cuerpo, pero tampoco debemos ponerle fácil al sistema llevar a cabo sus amenazas. Si logramos mantener nuestro pacifismo, alejamos el fantasma de guerras o golpes de Estado, se lo ponemos más difícil al sistema, en vez de al contrario. No ya sólo existe el peligro de caer en las provocaciones que ya ha habido, que seguirá habiendo (la violencia policial tiene el doble objetivo de, por un lado, amedrentar a las masas, provocar el miedo, y de, por otro lado, provocar la violencia de las masas para demonizarlas ante la opinión pública y lograr una escalada en la violencia física), sino de que pase el tiempo y las protestas se hagan más y más violentas como consecuencia de la sensación de impotencia que provoca en las masas el ver que no sirve de nada protestar con buenos modos. El sistema juega con provocar explícitamente violencia física y, además, con provocarla implícitamente, haciendo oídos sordos a las protestas para que la gente recurra a la violencia, como consecuencia de la impotencia, de la desesperación. Éste es un peligro del que debemos ser muy conscientes los indignados. La violencia pende sobre nosotros, y cada vez más. Si no caemos en ella tendremos alguna opción de lograr algo. La violencia sólo interesa al sistema, el cual tiene su monopolio y todos los medios a su favor para ejercerla. Quiero pensar que es posible luchar contra ella de manera pacífica, pero hay que reconocer que es muy difícil no responder con cierta violencia cuando uno es golpeado con saña. Hasta ahora los indignados han demostrado gran valentía, coherencia y entereza al resistir frente a los golpes de manera pacífica, pero uno no puede evitar preguntarse por cuánto tiempo será posible evitar respuestas violentas. El movimiento 15-M debe hacer todo lo posible para evitar cualquier tipo de violencia. Este tema debe ser tratado pormenorizadamente entre los indignados porque tarde o pronto el sistema intentará defenderse de la manera más violenta posible. A medida que el sistema se vea más y más amenazado responderá con más y más violencia. Como ya comenté en su día, en todos los actos públicos de los indignados deberían establecerse brigadas de voluntarios especialmente dedicadas a mantener el orden pacífico entre los ciudadanos que se apuntan a nuestra causa. Provocadores ya los hemos visto, y los veremos cada vez más. No podemos, no debemos, infravalorar al enemigo. El sistema se siente atacado y no renunciará al poder fácilmente. Si logramos que la inmensa mayoría de la gente se apunte activamente, de manera pacífica, a nuestra causa, que es la suya, pues la democracia es la causa del pueblo, de la inmensa mayoría (“somos el 99%” proclaman los indignados neoryorquinos), entonces el sistema tendrá más difícil reprimirnos. No debemos caer en las trampas que nos ponen. Y la violencia, provocada explícita o implícitamente, es la peor trampa. Pero, por supuesto, la violencia física no es el único peligro que acecha a la #SpanishRevolution, a la #WorldRevolution. El sistema tiene muchos recursos para defenderse. Cuenta con todos los medios a su favor: el Estado (y toda su logística: la “justicia”, las policías, el ejército,…), el poder económico, los medios de comunicación más importantes, la tradición, la religión, etc. Cuenta también con la pasividad de las masas. Mientras una gran mayoría de ciudadanos se limite a ser espectadora y no actora, mientras tan sólo muestre simpatía por el movimiento 15-M, mientras no participe en él, la revolución no podrá avanzar. El gran reto del movimiento es canalizar la indignación generalizada, es erradicar la apatía de la mayor parte de la gente. Mucha gente ya ha empezado a desprenderse de ella, ¡pero todavía queda mucha más gente que debe hacerlo! El sistema es capaz de sobrevivir a las protestas mientras éstas no sean suficientemente masivas o persistentes. Los indignados debemos reclutar a mucha más gente para que actúe codo con codo con nosotros. La lucha debe ser masiva, intensa y continua. Debemos luchar de manera persistente pero también corremos el riesgo de cansar a la ciudadanía, de cansarnos nosotros mismos. Debemos, por consiguiente, ser flexibles en la lucha. Debemos luchar de manera sostenida en el tiempo, pero también debemos cambiar las formas de hacerlo. Debemos ser imaginativos para lograr ese imprescindible equilibrio (continuidad en el fondo vs. variabilidad en las formas). Tan pronto deberemos manifestarnos (de distintas maneras), como acampar, como hacer asambleas populares, como realizar actos simbólicos, como llevar a cabo actos culturales, aquí y allá, en las ciudades y en los pueblos, en las calles, en las universidades, en las empresas,… Corremos el gran peligro de que nuestras protestas se vuelvan rutina, inofensivas para el sistema. También corremos el peligro de enfriar a las masas, al separar demasiado en el tiempo las grandes citas en la calle. Debemos evitar ambos extremos: cansar a la gente por hacer demasiado continuas y monótonas nuestras protestas, y enfriar a la gente por separar demasiado en el tiempo las grandes protestas. ¿Cómo lograrlo? Mediante una permanente presencia en las calles de intensidad media pero tampoco demasiado baja, una lucha permanente de más baja intensidad (actos contra los desahucios, puestos en las calles donde se explique las reivindicaciones y los actos más inmediatos de protesta, reparto de octavillas, promoción de páginas web de la prensa alternativa y del movimiento indignado, ciberactivismo,…), y también organizando cada cierto tiempo actos más masivos. Esto ya se está haciendo, pero a mi modo de ver, se requiere mayor presencia en las calles y el no separar tanto en el tiempo las grandes manifestaciones, además de complementar las actuales protestas con huelgas generales recurrentes. Ver el artículo Revitalizar el 15-M. El salto cualitativo que se necesita es aglutinar a los distintos colectivos que pueden poner en jaque al sistema. El país, el sistema, debe ser paralizado. No es posible la revolución sin la participación activa de trabajadores, funcionarios, estudiantes, intelectuales, desempleados, etc., etc., etc. Las luchas parciales deben convertirse en una lucha global. Como siempre, el pueblo sólo es fuerte si está unido. Dado que el neoliberalismo desbocado está atacando a capas cada vez más amplias de la población, el movimiento 15-M, además de apoyar a cada lucha parcial, a cada colectivo atacado por los recortes, debe procurar que dichos colectivos se apunten a la causa común de la democracia real. Los ataques que se están produciendo a los distintos colectivos son una consecuencia de una democracia irreal. El lema “el pueblo unido jamás será vencido”, además de coreado, debe ser practicado. Cuando sea realmente practicado lograremos cambios sistémicos de cierta envergadura. Otro de los peligros que acechan desde el principio al movimiento 15-M es el de ser subsumido por el sistema, que tantas veces ha absorbido, cual agujero negro, a quienes osaron cuestionarlo. Si no es posible marginar a los indignados, se intentará controlarlos desde dentro, se intentará domesticarlos. Tan pronto haya liderazgos más visibles, éstos correrán el serio riesgo de ser comprados por el sistema, de ser seducidos por él. Sobran ejemplos en la historia, incluso reciente, de semejantes traiciones personales. Están, de hecho, a la orden del día. Tan pronto el movimiento cayera en el error de formar un partido político, éste correrá el riesgo de ser asimilado y desactivado por el sistema, correrá el serio riesgo de perder el Norte. ¿Formar o no formar un partido político que recoja las reivindicaciones de los indignados? Éste es un gran dilema que se ha presentado desde el principio a los indignados. Es un tema de debate que no es nada fácil de resolver. Yo reconozco que no lo tengo del todo claro. Si bien la insistencia de ciertos guardianes ideológicos del sistema (me refiero a aquellos contertulios que acaparan los grandes medios de comunicación, que trabajan a sueldo del sistema, pues en éste el poder de la prensa es esencial) en que el 15-M se presente como partido a las elecciones nos da serias pistas acerca de lo que no hay que hacer. Por un lado, existe el peligro de que ninguna organización política canalice el sentir del 15-M, de que no lleguen a las instituciones personas u organizaciones que luchen desde dentro del sistema para cambiarlo. ¿Es posible cambiar el sistema sólo desde fuera? Por otro lado, existe el peligro de que un partido político que canalice el sentir de indignación ciudadana generalizado sea finalmente asimilado y anulado por el sistema, como tantas veces ha ocurrido. Asimismo no está nada claro, a pesar de las simpatías despertadas entre la ciudadanía, que un partido del 15-M pudiera irrumpir con fuerza en las instituciones “democráticas” actuales, menos aun que pudiera romper el bipartidismo. Existe el claro riesgo de que en el hipotético caso de presentarse a unas elecciones y no sacar un porcentaje de votos significativo, un partido que abanderara el 15-M fuese desprestigiado por las urnas, lo cual daría argumentos al sistema para desarmar al movimiento ciudadano. El movimiento 15-M sólo acaba de empezar y necesita más tiempo para que la gran mayoría de la gente lo apoye realmente, se sienta identificado con él, lo cual se conseguirá cuando participe activamente en él. En un sistema donde se da voz primordialmente a los dos grandes partidos, dicho partido del 15-M tendría muy pocas posibilidades de dejar de ser marginal, anecdótico. ¿Qué le ha pasado a IU, UPyD y otros partidos minoritarios? ¿Han logrado algo concreto? Ni siquiera han podido evitar una reforma constitucional hecha a toda velocidad a espaldas del pueblo y sin el más mínimo debate (ni siquiera en las instituciones “democráticas”). El sistema lo tiene todo atado y bien atado. No teme a sus enemigos, siempre que éstos jueguen a su juego, siempre que las reglas del juego no cambien. El movimiento 15-M aspira a cambiar las propias reglas del juego. Esto es lo que más teme la oligarquía: que cambien las reglas del juego, que el juego sea limpio, realmente democrático. La oligarquía sólo puede sobrevivir con oligocracia. La democracia, la verdadera, es su enemigo más mortal. ¿Cómo evitar ambos peligros? ¿Cómo combatir simultáneamente el peligro de no poder luchar desde dentro del sistema y el peligro de ser subsumido por él? Como ya expliqué en El papel de la izquierda en la #SpanishRevolution, en mi opinión, la cual, por supuesto, puede estar equivocada, el movimiento 15-M no debe entrar en el actual juego político, es decir, no debe transformarse en un partido político, debe seguir siendo un movimiento ciudadano popular apartidista. Es la izquierda la que debe ir recogiendo y abanderando sus reivindicaciones para ser ella quien se “ensucie” en el juego político, para luchar contra el sistema también desde dentro del mismo. Afortunadamente, parece que poco a poco esto se está empezando a llevar a cabo. La mayoría de indignados se opone en las asambleas a formar un partido político y la izquierda real empieza, todavía de manera insuficiente, a recoger las demandas del 15-M. Yo creo que mediante la combinación de un movimiento ciudadano popular apartidista independiente y un frente de izquierdas unido (el cual aún está lejos de lograrse, si bien hay ciertos indicios de que está cada vez menos lejos), sí será posible combatir simultáneamente esos dos peligros de los que hablábamos. O dicho de otra manera, la lucha debe hacerse tanto desde fuera del sistema como desde dentro de él. Los indignados deben hacerlo desde fuera de él, sin ensuciarse en un juego que está viciado de raíz, sin entrar en la lucha por el poder político. La izquierda auténtica, es decir, la que aspira a superar la actual sociedad capitalista, una izquierda unida pero plural, debe hacerlo desde dentro, luchando por el poder político, batallando en las instituciones, aprovechando los flancos legales del sistema, que nunca es perfecto. Los indignados no aspiran al poder, aspiran a cambiar radicalmente, de raíz, el sistema, para que realmente el poder lo tenga el pueblo, y no los mercados, no los bancos, no ciertas élites. La democracia es el gobierno de la mayoría respetando los derechos humanos elementales de cada individuo. La oligocracia, por el contrario, es el gobierno de las minorías. Pero que el movimiento 15-M no entre en el actual juego político no significa que no haga política. El movimiento 15-M no puede ser más político pues reivindica, entre otras cosas, un nuevo sistema político. No existe mayor lucha política que aquella que aspira a cambiar el sistema en sus mismas entrañas. Otro peligro que acecha al movimiento 15-M, alentado por el sistema para que pierda el rumbo, es el de negar toda política, como el de negar toda democracia (al identificar erróneamente la actual “democracia”, que en verdad no lo es, que en verdad es oligocracia, con la democracia en general), como el de renunciar a la democracia representativa. Afortunadamente, estos peligros “negacionistas”, consistentes en negar ciertos conceptos teóricos por su aplicación práctica tergiversada, en confundir lo que ha sido con lo que puede ser, en renunciar a lo que puede o debe ser por lo que ha sido, en pensar que cierto concepto sólo puede aplicarse de la manera en que ha sido aplicado, hasta el momento, han sido superados, pero siempre acecharán. El sistema desea presentar a los indignados ante la opinión pública como negadores de toda democracia, de toda democracia representativa, de todo Estado, de toda convivencia social. El sistema desea que el movimiento 15-M pierda el Norte y reivindique lo imposible, la utopía inalcanzable, lo irrealista. Que pida demasiado demasiado pronto, si no es posible que se conforme con lo intrascendente, lo inofensivo. Si no es posible que el movimiento 15-M se ciña a ciertas reformas de poco calado, perfectamente asumibles por el sistema, que no podrían cambiarlo en su esencia más profunda, como una simple reforma de la ley electoral o como el establecer listas abiertas, el sistema procurará que dicho movimiento se radicalice para pedir cosas imposibles de obtener en un plazo de tiempo razonable. Lo verdaderamente importante para el sistema es evitar cambios (a mejor para el pueblo) sustanciales pero posibles a corto plazo. El sistema procura que no sean sustanciales o que sean a muy largo plazo, que se pospongan indefinidamente. Por supuesto, en toda revolución existe el peligro de que el sistema ceda momentáneamente un mínimo para volver a la carga cuando las aguas se tranquilicen, que dé un paso atrás para posteriormente volver a dar dos pasos adelante (atrás para la mayoría, lo que es avance para las minorías es retroceso para la mayoría). Cuando suenan truenos revolucionarios quienes permanecían callados ante la involución, o peor aún la dirigían, de repente, reivindican el reformismo. Así ha hecho y hace la socialdemocracia. Cuando gobierna aplica el programa capitalista, ahora incluso neoliberal, cuando no hay peligro revolucionario no sólo no aplica su programa reformista sino que contribuye a la involución (lo ocurrido con Zapatero no puede extrañar a quien tiene un poco de memoria histórica), pero luego cuando arrecian vientos de cambios más profundos empieza a hablar de ciertas reformas para contener a aquellos, para canalizarlos hacia derroteros asumibles por el sistema. Por supuesto que existen socialdemócratas sinceros, pero pecan de ingenuidad al no darse cuenta de que los gobiernos pretendidamente socialdemócratas son en verdad la más sutil y eficaz línea de defensa del sistema capitalista para contener a las clases populares engañándolas, para salvar al capitalismo. Tras años de gobiernos socialdemócratas el socialismo no sólo no ha avanzado, sino que el capitalismo se ha afianzado. Es un insulto a la inteligencia de cualquier persona que aún tenga un poco de dignidad que un partido que tanto ha contribuido al afianzamiento del capitalismo siga usando las palabras “socialista” y “obrero” en su denominación. ¡Si su fundador Pablo Iglesias levantara la cabeza! Repito que dado lo acontecido recientemente, y a lo largo de toda la historia del siglo XX, no es posible llegar a otra conclusión: la socialdemocracia sólo ha servido para evitar la revolución, para salvaguardar el capitalismo. A los hechos podemos remitirnos. Los hechos hablan por sí solos. No es casual que ahora el partido “socialista” haga guiños al movimiento 15-M, después de reprimirlo, después de obviarlo. No es casualidad que ahora el partido “socialista” adopte un discurso más izquierdista. Quien ha sido mano derecha del presidente Zapatero, quien ha sido uno de los hombres fuertes del gobierno, ahora dice que va a hacer una política diferente si gana en las próximas elecciones. Desgraciadamente, aún hay demasiada gente que se deja engañar por tales artimañas. El bipartidismo sobrevivirá mientras haya demasiada gente que prefiera votar a lo menos malo, cuando en verdad no hay diferencias entre lo malo y lo menos malo. Si elegimos entre malo y menos malo siempre tendremos algo malo, nunca saldremos del círculo vicioso, no escaparemos de la trampa bipartidista. ¿Qué es peor el lobo o el lobo vestido de oveja? El batacazo del PSOE es bastante probable, pero no creo que el bipartidismo se rompa a corto plazo. ¡Ojalá me equivoque! Lo realmente importante, y aquí radica el verdadero peligro del movimiento 15-M para la oligarquía, para las élites que nos gobiernan, para la plutocracia vestida de democracia, es cambiar el sistema. Como se decía en la Puerta del Sol en aquellos días de mayo: “Ni cara A ni cara B, queremos cambiar de disco”. El cambio no es que vuelva al gobierno aquel partido que ya ha gobernado. No hay cambio cuando en los gobiernos siempre gobiernan los mismos. El cambio auténtico que se necesita es un nuevo sistema político. Necesitamos cambiar de disco. ¿Quién se cree que el PSOE hará una política diferente si vuelve a ganar en las próximas elecciones? ¿No ha tenido ya suficientes ocasiones para aplicar otro tipo de políticas? ¿Por qué no lo ha hecho? ¿Quién se cree que el PP hará una política diferente? Las “diferencias” entre los dos principales partidos, que acaparan el poder político porque monopolizan el sistema político, son simplemente de matices, en el mejor de los casos. El capital duerme tranquilo mientras gobierne cualquiera de sus dos partidos, los cuales son financiados por él. El 15-M, como ya han afirmado algunos dirigentes políticos más sinceros, es para el capital, para el actual sistema oligárquico, una pesadilla que espera erradicar, una “broma” de mal gusto. Por primera vez en muchos años, el sistema está nervioso, tiene miedo. ¡Y eso que sólo acabamos de empezar! Cuanto más nervioso se ponga el sistema, mejor lo estamos haciendo. ¡Pero debemos conseguir que se ponga todavía mucho más nervioso! La “pesadilla” debe convertirse en una nueva realidad. Liderazgo vs. espontaneidad Uno de los puntos fuertes del movimiento nacido el 15 de mayo en el Estado español (como en el resto de revoluciones surgidas en distintos países en los últimos meses), pero al mismo tiempo uno de sus posibles puntos débiles, es la falta de liderazgo, la horizontalidad. Esta incipiente revolución ha nacido con tintes claramente anarquistas, por lo menos en cuanto a la manera de organizarse, no tanto en lo que reivindica. Por un lado es positivo que no haya grandes liderazgos, pues así el movimiento depende menos de ciertas personas concretas, es más democrático. Las traiciones personales son así menos probables, o por lo menos tienen menos impacto. Pero, por otro lado, el exceso de espontaneidad, es decir, el defecto de organización, es también peligroso pues no es posible vencer a un enemigo poderoso sin suficiente coordinación, sin una clara estrategia. En cualquier guerra vence el ejército más poderoso, y, en igualdad de condiciones, el mejor organizado. No es posible que un ejército desorganizado, indisciplinado, venza a un ejército bien organizado, disciplinado. Ésta es una lección histórica que no puede obviarse. Todas las revoluciones de corte anarquista, todas, duraron apenas unos pocos meses, en el mejor de los casos. El Estado burgués, capitalista, o como demonios se quiera denominar, nunca ha consentido, ni nunca consentirá, que los ciudadanos se autogobiernen. Dicho Estado no consiente una sociedad distinta dentro de la suya. La conquista del poder político, del Estado, es ineludible para el pueblo. Existen ciertas tendencias anarquistas dentro del movimiento 15-M que apuntan hacia el autogobierno a corto plazo, es decir, que defienden que los ciudadanos pueden convivir al margen del Estado, que pueden prescindir de él de manera más o menos inmediata. Esta tendencia es muy peligrosa porque obvia el principal obstáculo que siempre ha habido para superar la actual sociedad capitalista, para la revolución social: la burguesía no se queda de brazos cruzados. Las élites harán todo lo posible para evitar perder el control de la sociedad. Las élites no pueden ser élites si el rebaño de ovejas se autogobierna. No es peligroso que unos cuantos ciudadanos monten una comuna más o menos aislada del resto de la sociedad, sin embargo, cuando ya son muchos ciudadanos los que aspiran a prescindir del Estado, la cosa cambia mucho. Desgraciadamente, el autogobierno no podrá alcanzarse hasta despojar a las actuales élites de su dominio político y económico. La revolución social no será posible sin la revolución política. No sabemos si la sociedad será capaz de organizarse en determinado momento prescindiendo del Estado, por lo menos tal como éste es en la actualidad, pero sí podemos estar seguros de que no será posible intentarlo si primero el pueblo no conquista el poder político, si primero no conquista el Estado. Debe haber una transición, más o menos larga, más o menos dura, desde la sociedad actual a cualquier sociedad futura. De esto ya advirtieron en su día Marx o Lenin. Sin embargo, ellos se equivocaron en la manera de plantear la cuestión, no en la necesidad de que el proletariado, es decir, la inmensa mayoría trabajadora, conquistara el Estado, sino en la solución planteada, en el cómo hacerlo. No puedo en este artículo desarrollar todo lo que quisiera esta cuestión, la cual explico resumidamente en el artículo Democracia vs. Oligocracia. A él remito por no extenderme demasiado. El liderazgo, como casi todo en la vida, es bueno dentro de unos márgenes. Tan peligroso es la falta del mismo como su exceso, lo mismo puede decirse en general de la organización revolucionaria. Las revoluciones de corte marxista-leninista lograron por lo menos alcanzar el poder político, posibilitaron el intento de superar el capitalismo, pero el exceso de liderazgo y disciplina, entre otros motivos, posibilitaron al mismo tiempo que la revolución se transformara en contrarrevolución. Este debate del liderazgo, de la organización, frente al espontaneísmo de las masas es bien viejo (pero sigue muy vigente, no está resuelto). En general, podemos decir que no es posible una revolución triunfante sin cierto equilibrio entre liderazgo, es decir, organización revolucionaria, es decir, vanguardia organizada, y espontaneísmo de las masas. A la historia podemos remitirnos. En mi último libro ¿Reforma o Revolución? Democracia (especialmente en el capítulo La necesidad e inevitabilidad de las vanguardias) hablo sobre todas estas cuestiones con todo detalle, analizando minuciosamente las experiencias históricas revolucionarias, especialmente el caso de la URSS. El problema se resolverá cuando logremos en la práctica dicho equilibrio. No debemos despreciar la experiencia práctica adquirida por el proletariado, por las clases populares, por la humanidad en general, en su lucha por una sociedad más libre y justa. El movimiento 15-M, protagonizado por muchos jóvenes, el cual también huye de todo lastre del pasado (lo cual me parece muy positivo), de los errores cometidos por la izquierda, corre, sin embargo, el peligro de caer en el extremo opuesto: no considerar los aciertos del pasado con tal de no volver a reproducir los errores, desechar todo del pasado. El futuro no debe estar hipotecado al pasado, pero tampoco puede construirse dándole la espalda. Hay que aprender del pasado, hay que retomar los aciertos y hay que corregir los errores. No debemos caer en la ingenuidad de reinventar la rueda. Si despreciamos la experiencia adquirida en el pasado, corremos el serio riesgo de volver a cometer los mismos errores, o incluso de cometer errores aún más básicos. Éste es un peligro que amenaza muy seriamente al movimiento 15-M, preso a veces de cierta inocencia. ¿Cómo evitarlo? Estudiando el pasado, conociendo (de manera crítica) “viejas” ideologías, que en verdad siguen muy vigentes, escuchando a los que tienen más experiencia (siempre de manera crítica) en luchas sociales y políticas. La izquierda auténtica tiene mucho que aportar al movimiento, aunque sólo sea para asesorarlo, para intentar orientarlo, pero siempre que lo haga sin afán de superioridad (pues la izquierda ha fracasado, no ha logrado, como sí lo ha hecho el movimiento 15-M, canalizar el descontento de la ciudadanía), siempre que esa comunicación entre personas, entre organizaciones, sea de igual a igual, con toda humildad. Todos tenemos mucho que enseñar y mucho que aprender. Los jóvenes de los mayores, éstos de aquéllos. Uno de los peores errores en el que puede caer el movimiento 15-M es el de la autocomplacencia, el de pensar que esto ya es imparable, que la historia ya no puede cambiarla nadie (nada en la historia humana es irreversible), el de pensar que ya se ha logrado mucho (que indudablemente así ha sido, hemos logrado que salte la chispa, pero la chispa puede apagarse, la chispa debe avivarse, aún no se ha logrado realmente nada concreto, el camino es largo y duro, sólo hemos arrancado), el de pensar que nadie puede decirle qué se debe o no debe hacer, el de desechar la experiencia ajena, de tanta y tanta gente que lleva muchos años luchando. El movimiento 15-M debe nutrirse tanto del vigor y la frescura de la juventud como de la voz de la experiencia de los no tan jóvenes. Una de las claves para que la revolución avance con firmeza es practicar el librepensamiento, la crítica (constructiva) y la autocrítica (sin las cuales es imposible superar los inevitables errores, pues nadie es perfecto), es practicar el debate de igual a igual entre todas las ideas, todas las tendencias, es practicar la libertad y la democracia para alcanzarlas. El fin y los medios se interrelacionan íntimamente. El fin está contenido en los medios. ¿Cómo combatir el peligro del defecto del liderazgo al mismo tiempo que el peligro del exceso de liderazgo? Mediante liderazgos democráticos, elegidos en asambleas populares, liderazgos rotatorios, revocables en cualquier momento, controlados en todo momento por las bases. “Liderazgos” que sean casi sólo portavocías, que sean las encargadas de hablar en nombre de los indignados ante los grandes medios de comunicación, ante la opinión pública (alguien tendrá que hacerlo, no podremos hacerlo todos los indignados simultáneamente, de hecho, ya hay quienes lo están haciendo), personas encargadas de ejecutar las decisiones tomadas en asambleas populares, personas cuya función básica sea coordinar acciones conjuntas. El movimiento 15-M necesita imperativamente designar democráticamente una red de portavoces y coordinadores a todas las escalas, desde la más local (barrios) a la más global (Estado). A su vez habrá que coordinarse internacionalmente. Sin coordinación, sin organización, no hay revolución. Remito a mis artículos #SpanishRevolution 5.0: La importancia de la portavocía y #SpanishRevolution 5.1: La importancia de la portavocía (II). Si somos conscientes de los peligros que nos acechan, podremos combatirlos mejor. La lucha por la democracia nos concierne a todos, a casi todos. Entre todos podemos. Quien escribe estas líneas ha intentado todo lo posible aportar su granito de arena. ¿Y tú qué opinas lector, tú qué opinas lectora? Blog del autor: http://joselopezsanchez.wordpress.com/ Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.