9 de noviembre de 2011

Basta de dar pena: empecemos a dar miedo

por Vittorio Allasonati. No queda otra: hay que luchar. Pero hay que reflexionar muy a fondo el cómo. Y el dónde. El cuándo no hace falta pensarlo mucho: ya. Aquí, Allasonati ofrece unas cuantas pistas Los tiempos de la cooptación de masas se han acabado. No se vislumbra en el horizonte otro período como el de los treinta “gloriosos” (1950-1980) en que el capitalismo logró integrar a la práctica totalidad de la clase trabajadora del mundo desarrollado en su proyecto de dominio mundial. El precio del “soborno” no fue despreciable: relativa seguridad en el empleo, salarios directos e indirectos muy por encima del nivel de subsistencia (para irrisión de la “ley de bronce” lasalliana),protección social y prestaciones de todo tipo (en sanidad y educación, particularmente). Pacto social, en suma. Ése que tanto añoran, sin acabar de creerse que la otra parte lo haya hecho trizas, nuestros patéticos (pero imprescindibles) sindicatos obreros. Ahora toca volver a empezar casi de cero, como si estuviéramos en los albores del siglo XX, pero con unos mecanismos de manipulación de las conciencias infinitamente más eficaces que los que estaban a disposición de las burguesías de aquella época. Época en que el analfabetismo de la mayoría trabajadora y la ausencia de medios de información audiovisuales imposibilitaban el bombardeo ideológico de la derecha social a la vez que conferían un enorme poder de difusión y penetración en las masas a iniciativas culturales populares (ateneos obreros y otras asociaciones de índole parecida). Es crucial recordar en este punto que la “economía social de mercado” en que se sustentaba el mencionado pacto social no fue fruto de la filantropía de las clases dirigentes de la época, sino de unas luchas sindicales y políticas de más de un siglo reforzadas por la amenaza latente de un sistema socioeconómico alternativo al capitalismo: el llamado “socialismo real”, que hasta que se hundió en el marasmo subsiguiente al derribo del muro de Berlín constituyó, pese a todos sus defectos, la prueba patente de que era posible organizar una sociedad industrial sin someterse al dominio del capital. En definitiva: los avances logrados por la clase obrera entre 1950 y 1980 fueron, en gran parte, fruto del miedo de la clase dirigente a una revolución que ya había triunfado en los dos países más grandes del planeta: Rusia y China. Siendo ello así, la desventaja con que se parte en el momento actual se antoja insalvable. Rusia, desmembrada la Unión Soviética, de la que apenas sobrevive algo más que la música de su bello himno nacional, es un país dominado por mafias entregadas a una orgía de capitalismo salvaje. Y China, aunque gobernada por un partido comunista que conserva gran parte de los recursos de poder propios del viejo socialismo real, se ha entregado en cuerpo y alma al modelo de producción y distribución capitalista, con el agravante de que centra su estrategia de desarrollo en una economía de exportación basada en salarios bajos y escasísima protección social. ¿Qué medio hay, pues, de reintroducir en las mentes de los actuales explotadores el temor a perder sus inmensos privilegios? ¿Las movilizaciones de masas? Ejemplos como los de Egipto y Túnez muestran la verdad a la vez que la insuficiencia de esta respuesta. Verdad, porque la ocupación de las calles (y también, llegado el caso, de ciertas instituciones en las que se asienta el poder político y económico) es condición necesaria para poner en evidencia el hartazgo popular y la disconformidad generalizada con el sistema imperante, haciendo posible, a la vez, que la población cobre conciencia de su fuerza y se decida a usarla colectivamente. Insuficiencia, porque la movilización de las masas con ese grado de intensidad no puede mantenerse indefinidamente (sólo talibanes del orden burgués como el inefable Felip Puig o la no menos inefable Esperanza Aguirre pueden pensar que,sin aporrear a los concentrados en una plaza, éstos van a permanecer allí eternamente). Y cuando las masas vuelven a sus casas, si no queda en funcionamiento ningún otro mecanismo de intervención política que responda a los deseos de cambio,las aguas del poder vuelven tranquilamente a su cauce, anegando todas las esperanzas que la agitación anterior había despertado. Esto último se traduce, mal que les pese a “indignados” de toda laya y condición, en la necesidad de aprovechar todos los cauces legales que el sistema presuntamente democrático ofrece para expresar la voluntad popular, por muy estrechos que esos cauces se nos queden y por grande que sea (y lo es) la capacidad del poder establecido para neutralizarlos ignorando olímpicamente las voces que llegan a través de ellos o cooptando a sus portavoces. Es decir, necesidad del juego democrático formal… a la vez que manifiesta insuficiencia del mismo en la medida en que deja fuera de control político real la actividad económica y,con ella, el poder desmesurado de aquellos a quienes el uso capitalista del mercado ha permitido una enorme (y creciente) acumulación de riqueza. Unos decenios antes de la obra de Marx, distinguía ya Fichte, en su Doctrina del derecho de 1812, entre un “estado económicode naturaleza” y un “estado económico de derecho”. En el primero, las fuerzas económicas, bajo la engañosa apariencia de un contrato social entre los agentes, actúan de manera más destructiva que productiva, beneficiando a unos cuantos a costa de la mayoría. Es lo que con toda propiedad se ha dado en llamar “la ley de la selva”. Según el mismo Fichte, semejante estado de cosas implica la ruptura del contrato social por los poderosos. Y como todo el mundo sabe, cuando una de las partes rompe un contrato, la otra parte deja de estar obligada a cumplirlo… Es obvio que, en el momen to actual, y desde bastan te antes de la crisis económica y política que estamos viviendo, los grandes grupos económicos han incumplido una a una, de manera descarada, todas las cláusulas del contrato en que se fundamenta la organización pacífica de la vida social. Dicho de otro modo: han vaciado la esfera política de todo contenido. La reciente reforma de la Cons ti tución española por simple acuerdo entre los dos partidos mayoritarios, con “estivalidad” y alevosía y sin refrendo popular, es buena prueba de ello Y la impotencia de las mo vilizaciones populares realizadas hasta la fecha (huelgas generales incluidas) para detener esta orgía de capitalismo salvaje, liquidador de derechos sociales arduamente conquistados, también está a la vista. No hay que excluir la posibilidad de que las grandes acciones de masas, aunque con altibajos, vayan a más y puedan acabar paralizando la “excavadora” neoliberal. Pero eso, si llega, será con toda seguridad un éxito transitorio, pasado el cual el sistema volverá a las andadas. Hemos dicho “sistema” (término acuñado en el mundo anglosajón para evitar hablar de “capitalismo” y otras expresiones con excesivo regusto “marxista”) cediendo a la moda que tiende a atribuir la responsabilidad de lo que pasa a entes abstractos (“los mercados” es, por ahora, el último de esos engendros metafísicos alimentados por el discurso político y mediático imperante). Y es cierto que un sistema es más (mu cho más) que la simple suma de sus elementos integrantes. Pero también lo es que ningún sistema cambia si no cambian esos mismos elementos. En efecto, como se ha recordado a veces (no todo lo a menudo que sería necesario), los mercados financieros,por ejemplo, no son, aparte de un cierto marco jurídico, sino un conjunto de grandes inversores individuales, por más que en muchos casos se oculten tras instituciones bancarias u otros entes corporativos. Son, por tanto, personas con nombres y apellidos, domicilio y propiedades, muchas de ellas tangibles. El corolario es claro: toda estrategia de cambio de sistema social exige actuar, lo más directamente posible,sobre sus piezas constitutivas, de naturaleza personal. No sobre unas pocas, claro está (en ese caso, el sistema las repone fácilmente), sino sobre el número necesario para que el sistema pierda capacidad de recuperación por falta de piezas de repuesto. Aplicando estas consideraciones generales a la estrategia de lucha contra el dominio neoliberal de la economía y su consiguiente usurpación de la dirección política de la vida colectiva, parece obvio que,dada la serie casi interminable de parapetos físicos y jurídicos tras los que actúan los miembros de la clase dirigente,sea prácticamente imposible arrebatarles el poder omnímodo de que gozan sus miembros mediante acciones limitadas al marco legal existente. Marco legal, por cierto, que con la antes mencionada ruptura unilateral del contrato social ha quedado deslegitimado: seguir hablando de democracia (“poder del pueblo”) en la situación actual es, simplemente, un escarnio y un insulto a la inteligencia (razón por la cual tantos miembros de la clase dirigente no se sienten insultados, pues no hay que confundir inteligencia con malicia y pillería…). Ahora bien, las acciones de masas no pueden penetrar demasiado profundamente en las defensas jurídicas y físicas del sistema, por muy legitimadas que estén dichas acciones al actuar contra un estado de cosas ilegítimo, sin desencadenar la reacción violenta de la clase dirigente con su potencialmente ilimitada panoplia represiva. Por otro lado, si uno quiere cambiar algo en un circo, debe tratar directamente con el director-empresario, no con los payasos, como observó agudamente hace años un portavoz del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, de El Salvador, en referencia a unas negociaciones políticas (con los “payasos” se refería,obviamente, al gobierno salvadoreño, mientras que el “director” era el gobierno de los Estados Unidos). No se trata, por tanto, de pelearse con la policía antidisturbios,que, independientemente del carácter violento de algunos de sus miembros, no es más que un instrumento del poder real y cuya función, aparte de la estrictamente represiva, es también la de pararrayos para desviar la ira popular de su verdadero objetivo. Ni hay que perder demasiado tiempo en acosar a los políticos favorables al sistema, que no actúan sino por delegación, aunque en algunos casos pueda considerárseles también parte del núcleo dirigente. En el bien entendido de que ese núcleo dirigente ha roto unilateralmente el contrato social en que se sustenta toda forma legítima de gobierno, sólo hay una manera, hoy por hoy, de poner freno a la deriva oligarquizante que está haciendo la vida imposible a la mayoría de la población mundial: hacer, a su vez, la vida imposible a los titulares del poder real, a la mínima minoría que posee los resortes que mueven la sociedad (y la están conduciendo al abismo de la miseria generalizada y/o la guerra). Para ello, y a fin de evitar la reacción violenta de esa minoría contra las masas indefensas, no hay más remedio que combinar las acciones masivas abiertas de carácter básicamente pacífico y de alcance limitado con acciones encubiertas individuales o de grupos muy pequeños que causen daño real a los intereses materiales de las personas que controlan el sistema,con la única limitación del respeto al derecho fundamental de todo nacido: el derecho a la vida (derecho, por cierto, que los poderosos nun ca han llegado a respetar plenamente, al condenar a una muerte más o me nos lenta por inanición o enfermedades a millones de personas que po drían evitar ese destino con una asignación socialmente más eficiente de los recursos disponibles). Dada la enorme capacidad represiva y desmovilizadora del Estado moderno al servicio del poder eco nómico, capacidad que se ejerce indistintamente por la fuerza bruta, mediante la corrupción o, sim plemente, a través de los múltiples mecanismos de alienación que ofrecen las modernas tecnologías de la información y la co municación, la lucha contra el sistema ha de ser descentralizada, sin líderes reconocibles, difusa y omnipresente a la vez, de manera que ningún activista pueda arrastrar a otros si cae por efecto de la represión. Nada ha de tener que ver esta forma de lucha con el terroris mo propiamente dicho, o violencia indiscriminada que preten de desestabilizar el poder establecido creando un clima de in seguridad generalizada. Si en otras épocas esa sensación de inseguridad podía volverse contra el poder, hoy, después de la experiencia de los fascismos, parece más probable que contribuya a reforzar ese mismo poder. Por el contrario, frente a las auténticas armas de destrucción masiva con que suele reprimírsele, el pueblo ha de do tarse de armas de punición selectiva que no requieran en trenamiento ni encuadramiento en ninguna organización. Millones de pequeñas iniciativas individuales de sabotaje contra los bienes de los más poderosos, en una escala y con un grado de anonimato que desborde cualquier intento de represión, pueden convencer a los po deres oligárquicos de la conveniencia de no seguir estirando la cuerda del expolio social y acrecentar al mismo tiempo la confianza de la población en sus propias fuerzas, frente al actual sentimiento generalizado de impotencia. De ahí pueden seguir se cambios de orientación electoral que abran el camino del go bierno a fuerzas políticas de iz quier da real y, en consecuencia, a cambios sociales de sentido opuesto a la actual ten dencia a la oligarquización. Por si acaso, la inefable Unión Europea, oliéndose por dónde van a ir los tiros, y con el manido pretexto de las acciones terroristas atribuidas a Al-Qaida y otros atentados de lo más variopinto (incluidos, por supuesto, los de la extrema derecha,para que no se diga), aprobó, ha ce aproximadamente un año (22/11/2010), la lla mada “Estrategia de seguridad interior de la UE en acción”. En aplicación de dicha estrategia, el pasado 9 de septiembre, en Bruselas, se puso en mar cha la “Red de sensibilización a la radicalización”. Como es habitual, se reducen a común denominador, el “radicalismo”, todas las acciones violentas o así consideradas (para Felip Puig, dormir en la Plaza de Ca ta lu nya de Barcelona merece ese calificativo), a fin de tener las manos libres a la hora de decidir qué es “radical” (por lo general, lo que hace la izquierda) y qué no (por lo general, lo que hace la derecha). Nada excluye que, cuando vean seriamente amenazados sus privilegios, las oligarquías acaben saltándose las pocas reglas del juego democrático que aún siguen aplicándose y recurran, como tantas otras veces, a la dictadura pura y simple. Es más, resulta altamente probable que así sea. Razón de más para que tengamos preparado y funcionando el maquis antes de que lleguen los nazis…􀀀 http://pichaco.wordpress.com/