19 de diciembre de 2011

El mito de la moderación.Ya lo dijo Lenin: “Siembra estrategia revolucionaria y, al menos, obtendrás y consolidarás las reformas; se reformista y las perderás definitivamente”.

(Un artículo de Manuel Navarrete).- Circula entre los ámbitos de la izquierda un dilema razonable, que podría resumirse así: ¿debemos hacernos reformistas, para al menos incidir sobre la realidad? ¿Son los revolucionarios personas que proponen disparates, mientras los reformistas mejoran la vida real de los más desfavorecidos? No aportamos nada nuevo si decimos, con razón, que este dilema nace de la completa incomprensión de la dialéctica entre reforma y revolución, bien expuesta por Rosa Luxemburg hace cosa de un siglo y según la cual las reformas pueden ser pasos hacia la revolución. Pero la cosa es todavía más grave, porque, en realidad, tal idea nace también de la atroz incomprensión de los más evidentes fundamentos de táctica política (o incluso, sin más, de la táctica). Cualquier persona que haya asistido alguna vez al congreso de una organización sabe lo siguiente: supongamos que la cuota actual es de 2 euros y un sector de la organización pretende incrementarla hasta los 3 euros. Si ese sector propone 3 euros, tiene menos posibilidades de alcanzar su objetivo que si propone 4 euros, ya que, si hace esto último, los 3 euros aparecerán bajo la apariencia de una posición de consenso. Todo esto me recuerda a una cita de José Carlos Mariátegui, que se negaba a simular mesura o moderación: “Los arbitrajes, las conciliaciones se actúan en la historia, y a condición de que las partes se combatan con copioso y extremo alegato”. Sin embargo, la incomprensión de este sencillo razonamiento (junto al acomodamiento de unas cúpulas no tan bienintencionadas) ha puesto de moda el reformismo y la moderación en el seno de la izquierda. Si se niegan a hacer uso del racionalismo, podrían al menos emplear el puro empirismo. ¿Dónde están los supuestos logros de la moderación? Treinta años de moderación política y sindical no han hecho otra cosa que mermar nuestros derechos hasta llegar a la situación actual. El marco de relaciones laborales más avanzado fue conquistado durante la llamada “transición” por una izquierda radicalizada y volcada en la calle. Desde entonces, no hemos hecho más que perder. ¿Acaso alguien podría sorprenderse? Más allá de la ingenuidad reformista, que concibe al Estado como un árbitro neutral situado por encima de la lucha de clases, la realidad es que no se trata de cuánto pides, sino de cuánto puedes arrancar en función de tus fuerzas. Apocarse, pedir menos y moderarse jamás ha dado esos frutos tan maravillosos que algunos se empeñan en prometernos; de hecho, todos los logros sociales de la historia tuvieron que ser arrancados a sangre y fuego. Tal vez aquello de que ‘la mejor defensa es un buen ataque’ sea un tópico, pero, ¿cómo llega un tópico a convertirse en un tópico? El deporte actual, que también tiene mucho de táctica y de optimización de efectivos, lo ha comprendido a la perfección: si presionas al enemigo atacándole, éste no encontrará margen para atacarte a ti. Pero, desgraciadamente, también lo ha comprendido a la perfección nuestro enemigo de clase. La CEOE y Juan Rosell despliegan sin complejos su programa máximo: miniempleos, despido de funcionarios, congelación de salarios… Mientras tanto, CC OO y UGT siguen mendigando clemencia, y la izquierda institucional(izada) no va más allá de consignas socialdemócratas-keynesianas. A la revolución de los ricos contra los pobres no podemos oponer una reforma de los pobres contra los ricos, ya que, entonces, el consenso, el término medio será una reforma de los ricos contra los pobres. Ya lo dijo Lenin: “Siembra estrategia revolucionaria y, al menos, obtendrás y consolidarás las reformas; se reformista y las perderás definitivamente”.Insurgente