1 de enero de 2011

Después de Julian Grimau las ejecuciones de Delgado y Granados en agosto de 1963






Carlos Artola


El día 18 de agosto de 1963 la prensa española anunció que en las primeras horas de la mañana, "y con sujección a las formalidades de la ley penal común, ha sido ejecutada la sentencia de pena capital dictada contra los terroristas Francisco Granados Data y Joaquín Delgado Martínez".

Bajo esa hipócrita retórica se encubría el hecho de que dos jóvenes anarquistas habían sido estrangulados por el aro de hierro del garrote vil tras el "enterado" del general Franco y después de un juicio militar sumarísimo que se celebró apenas diez días después de los hechos que se les atribuyeron.

Granados y Delgado habían sido acusados de colocar sendos artefactos explosivos el 29 de julio de 1963 en la Sección de Pasaportes de la Dirección General de Seguridad y en la Delegación Nacional de Sindicatos. El primero de los artefactos, una carga de plástico de doscientos gramos de peso, provocó heridas a una veintena de personas.

Dos días después de los atentados, el 31 de julio, a las 4 de la tarde, Francisco y Joaquín son detenidos, posiblemente a causa de una delación. Apenas tres semanas separaron la vida de la muerte para estos dos luchadores libertarios, sometidos primeros a torturas policiales y después a un juicio carente de garantías en el que son condenados a muerte. El Consejo de Guerra sumarísimo anunciado sólo 48 horas antes de su celebración les condena sin otras pruebas que las declaraciones arrancados bajo tortura, en un juicio lleno de irregularidades que incluyen el hecho de que el defensor no tenía título de abogado. Granados y Delgado negaron cualquier participación en las acciones armadas que se les atribuían y reconocieron ser miembros de la Federación Ibérica de Juventudes Libertarias.

El Consejo Ibérico de Liberación, la organización clandestina anarquista a la cual pertenecían Granados y Delgado, declaró el 11 de agosto ante la opinión pública nacional e internacional que Joaquín Delgado y Francisco Granados eran absolutamente ajenos a los hechos ocurridos el 29 de julio en Madrid, que los autores no habían sido detenidos y que el depósito de armas atribuido a Francisco Granados no había sido utilizado y permanecía intacto al ser descubierto por la policía.

Posteriormente esta misma organización haría público que el material descubierto por la policía estaba destinado a un atentado contra Franco. Sobre estos hechos se ha presentado recientemente en TVE-2, en un intempestivo horario de madrugada, un espléndido documental realizado para una televisión francesa por Lala Gomá. Este importante trabajo histórico cuenta con testimonios directos de los auténticos autores de los atentados de Madrid por los que fueron ejecutados Granados y Delgado así como de alguno de los responsables de la organización a la que pertenecían, entre ellos Octavio Alberola que confirma que la auténtica misión con la que estaban relacionados era la preparación de un atentado contra Franco.

Más allá del descubrimiento de la realidad de unos hechos oscurecidos y desconocidos para muchos españoles, el documental es una aportación de primera fila al conocimiento de los procedimientos del franquismo. Después de casi tres décadas persiste el silencio de la mayoría de los policías y jueces que intervinieron en el asunto. Los autores del documental han constatado, también, la negativa de Manuel Fraga, entonces Ministro de Información y Turismo, a hablar sobre estos hechos. Han contado, sin embargo, con los testimonios sobrecogedores de uno de los jueces y de otros jerarcas militares franquistas. Sus imágenes y sus palabras son extraordinariamente reveladoras, contra la voluntad de sus autores, de la sordidez criminal de esa parodia de legalidad de que se había dotado el franquismo.

El trabajo de Gomá revela un error judicial, pero va más allá de ese aspecto. Tampoco es únicamente un alegato contra la pena de muerte. Este documental es, sobre todo, un testimonio sobre el franquismo. En él se habla de unos hechos olvidados, de la soledad de unos luchadores antifascistas, de la discutible historia de los grupos armados anarquistas pero, sobre todo, del terror cotidiano con el que el franquismo alimentó su dictadura sangrienta.

El año 1963 fue muy importante para la lucha antifranquista, no en vano en dicho año continuaron las movilizaciones mineras asturianas iniciadas en la primavera de 1962. El renacer de la lucha contra la dictadura fue posiblemente uno de los motivos por los que el franquismo quiso "dar un escarmiento" a las nuevas generaciones libertarias que estaban entrando en actividad en aquellos años. También quisieron, probablemente, castigar la campaña contra el turismo en España que venían desarrollando la CNT, la FIJL y otras organizaciones anarquistas.

Después de su muerte, un largo silencio se extendió sobre ellos, silencio que ha llegado a nuestros días. El PCE iba a adquirir durante los años sesenta una amplia hegemonía en la oposición antifranquista, que no había tenido en las dos décadas anteriores, y para el PCE sólo cabía recordar a sus propias víctimas. Algo similar ocurriría diez años después, en 1973, cuando otro joven anarquista, Salvador Puig Antich, fuera ejecutado, también a garrote vil, en otra farsa judicial.

Robert Escarpit escribió en Le Monde (22-8-1963), poco después de las ejecuciones, unas palabras que hay forzosamente que compartir: "Francisco Granados Gata y Joaquín Delgado Martínez han dado su vida por algo pero, como siempre, los verdugos los han ejecutado por nada". Por una nada que era un vacío asesino, la sinrazón de un poder dictatorial.
Es obligación de todos nosotros recordar que esos dos hombres murieron por algo, por algo tan importante como la libertad, y exigir que la verdad histórica de estos crímenes franquistas sea reconocida oficialmente.


Las huelgas mineras asturianas



"Parece mentira, con la limpieza de comunistas que hemos hecho y todavía queda raíz". Así se asombraba un coronel fascista que presidía el juicio militar a uno de los mineros que participaron en la huelga de 1962.

El verano de 1963 estuvo marcado en España por una segunda oleada de luchas obreras contra el régimen de Franco. La primera reaparición amenazante del proletariado español, veintitrés años después del primer fracaso de su revolución, que siguieron a la guerra civil contra el fascismo local e internacional, había sido la primera oleada de huelgas en la primavera de 1962. A pesar de que las huelgas eran ilegales tras la victoria de Franco, estas movilizaciones generalmente victoriosas se extendieron por casi toda España. Empezaron en las minas de carbón de Asturias. Entre la última semana de julio y finales de septiembre de 1963, los mineros asturianos organizaron una huelga de sesenta días que reunió entre 40.000 y 50.000 trabajadores. Desde el éxito de 1962 no había cesado la agitación en las minas asturianas. Los conflictos sobre condiciones de trabajo y las huelgas selectivas habían proseguido constantemente. Esta vez, una huelga espontánea en una mina de carbón se extendió, con espíritu solidario, por todas partes en las regiones mineras de Asturias. Los metalúrgicos de Mieres se unieron momentáneamente, pero sus demandas fueron satisfechas rápidamente. Hacia el final del movimiento estallaron varias huelgas entre los mineros del sur de España (Río Tinto y Puertollano), y otros trabajadores se unieron a la agitación en la principal región productora (Jaén). Sin embargo, en ese momento el movimiento asturiano perdió ímpetu y la huelga no se extendió a Cataluña (Barcelona es el otro gran centro de industrialización y movimiento obrero en España), el País Vasco o Madrid.

Las revindicaciones de los mineros, económicamente más bien pequeñas, concernían a los trabajadores asalariados debido a que el aumento del coste de la vida en el curso de los últimos 16 meses había absorbido los incrementos ganados en 1962; pero no se limitaban únicamente a este aspecto. Tenían que ver también con las condiciones laborales y las vacaciones. Los metalúrgicos de Mieres habían conseguido un mes de vacaciones pagadas por año; los mineros añadieron inmediatamente esta demanda a las suyas. No obstante, la principal reivindicación de los mineros se refería al derecho a ser representados directamente por sus propios delegados, rechazando la estructura sindical "vertical" de Franco, en la que trabajadores y empresarios estaban obligatoriamente organizados juntos. Así que fue una huelga directamente política, una contestación de una de las bases del régimen que la burguesía española había abandonado en 1936-39. Fue una lucha abierta por la dignidad, y de esta manera una demostración de fuerza hacia el régimen, detestado por todos los trabajadores españoles.

Las formas de lucha de los mineros asturianos muestran su voluntad de independencia. Cada sector de la mina elegía su propio delegado mediante reuniones clandestinas, y estos lideraban la movilización. Al no reconocer al sindicato, para presentar sus reivindicaciones directamente los huelguistas enviaron al gobierno de Madrid a un grupo de mineros afectados de silicosis. Estos repetían que no tenían otros representantes que ellos mismos.

La solidaridad de los trabajadores de la región se ha manifiestado constantemente. Como en 1962, aquellos que no participan en la huelga reciben el insulto de los "granos de trigo" arrojados en las puertas de sus casas (comida para pollos, símbolo de cobardía). El pescador de Bilbao ha trabajado fuera de su turno normal para poder suministrar pescado a los mineros. Aquellos mineros que todavía poseen pequeñas parcelas cultivadas las han trabajado con otros camaradas y han compartido su producto. Pequeños comerciantes de la región han apoyado la huelga distribuyendo individualmente comida a los trabajadores en sus barrios. Los mineros asturianos dicen que el dinero colectado para ellos en el extranjero en 1962 nunca se distribuyó: quedó en manos de los burócratas de Praga (estalinistas) y de Toulouse (socialistas en el exilio) para financiar su propaganda. Reclaman que el dinero se reparta directamente a las familias de los huelguistas.

El papel de las viejas organizaciones políticas del proletariado español, todas ellas seriamente desacreditadas por sus errores durante la revolución y la guerra civil, es actualmente muy limitado, mientras que las demás -anarquistas, estalinistas, socialistas, P.O.U.M.- poseen todavía redes clandestinas. La más activa con respecto al movimiento asturiano parece haber sido la alianza de sindicatos, constituida por militantes anarquistas y socialistas, pero también muchos jóvenes trabajadores que no se adhieren a ideologías concretas, por un lado, y el Frente de Liberación Popular, que es una organización reciente al estilo de Castro que obtuvo sus reclutamientos iniciales entre intelectuales y estudiantes, por otro. El Partido Comunista es particularmente despreciado por el proletariado por su política de incluir a todas las clases españolas -incluida la burguesía monárquica-, así como de obtener pacífica y "democráticamente" el reemplazo de la dictadura franquista. De esta forma, el Partido Comunista tiende a garantizar al capitalismo que los cambios políticos esenciales no corren el riesgo de hacerse revolucionarios. Esta directiva política es muy difundida en España por Radio Praga.

En 1962 el gobierno de Franco, amenazado por el alcance de las movilizaciones, trató de ocultar su existencia mientras pudo. Finalmente tuvo que admitir la existencia de huelgas ilegales y subir los sueldos. Cuando acabó la huelga, la represión se limitó a la deportación de una pequeña cantidad de trabajadores militantes. En esta ocasión la existencia de la huelga ha sido inmediatamente reconocida por el gobierno, pero se ha justificado técnicamente por la crisis global en las minas de carbón debida a las nuevas fuentes de energía -una crisis que se da realmente en toda Europa-, atestiguada por las recientes huelgas de los mineros franceses y belgas en Borinage y particularmente en España, donde los niveles de extracción no son rentables, especialmente desde la perspectiva de la integración económica europea. Al principio, las autoridades respondieron con una serie de lock-outs; luego propusieron un debate sobre el futuro global de las minas con el sindicato. Los mineros rechazaron ese debate. Con cada reapertura oficial de las minas -hubo varios intentos ilegales y ridículos de hacerlo, y eventualmente se intentó cada lunes- los empresarios eran obligados a reconocer que no había suficientes mineros presentes para organizar los equipos de trabajo y declaraban un nuevo lock-out. Mientras el gobierno dejaba que la huelga se hundiese debido al agotamiento de los recursos financieros de los trabajadores, ejercía todo su poder para tratar de impedir una extensión de la misma que podía derrocarlo. Las armas del gobierno no fueron sólo concesiones económicas (como en Mieres), sino también una represión policial extremadamente violenta. Algunos mineros fueron arrestados y encarcelados; muchos de ellos fueron también torturados.

Como complemento de la represión, que se ha ocultado cuanto ha sido posible, pero que ha provocado ya las protestas públicas de unos cuantos intelectuales españoles, el gobierno de Franco ha organizado un juicio espectacular de la amenaza anarquista. Cinco militantes anarquistas fueron arrestados después -e incluso antes- de que estallasen varios pequeños artefactos, supuestamente como protesta contra el turismo bajo la dictadura (el influjo de los turistas del resto de Europa se incrementa cada año y constituye una contribución esencial a la economía franquista). Dos anarquistas españoles han sido pasados por el garrote (un castigo deliberadamente medieval). Tres jóvenes franceses han sido condenados a 15 y 30 años de prisión.

El alcance de la lucha asturiana y la represión que todavía sigue en marcha tendrán ciertamente un gran peso sobre las consecuencias de la crisis del franquismo. Los mineros asturianos ocupan un lugar inolvidable en la historia de la España moderna. En 1934 armaron la insurrección que siguió sus pasos para tomar el poder en toda la región; sólo una semana después de las operaciones militares, dirigidas principalmente por el ejército colonial español, la Comuna asturiana fue derrotada. Para ambas partes, esta confrontación armada fue el preludio de la guerra civil general, en el curso de la cual la generación precedente de estos mismos mineros asturianos se convertirían en los famosos dinamiteros de las batallas de Madrid y Guadalajara.

De esta manera, los mineros asturianos de hoy son el centro de las contradicciones de la España moderna. Sus demandas actuales son simultáneamente aceptables e inaceptables. En principio estas demandas (el derecho a la huelga y a la presión sindical para incrementar regularmente los salarios) son aceptables para el capitalismo moderno, pero en el período en el que nos encontramos, la modernización del capitalismo español (emprendida con ayuda del capital americano) ha avanzado lo suficiente para que se pueda pensar que la base social de la clase dominante se ha modificado profundamente desde 1936. El predominio ha pasado de los latifundistas a los capitalistas industriales. Estos capitalistas, que intentan construir una industria orientada en base al papel competitivo en el Mercado Común Europeo, no ha encontrado en la superestructura del régimen de Franco un poder adaptado a su actividad o sus máximos beneficios. Las declaraciones de la facción moderna del clero español en favor de los huelguistas de 1962 expresan los intereses de esta modernización capitalista; la concesión de un mes de vacaciones es igualmente característica de esto. No obstante, es muy difícil reemplazar suavemente el poder del régimen de Franco, que es primariamente el ejercicio del poder político por la casta militar, es decir, por las fuerzas represivas que destruyeron la revolución proletaria. El gobierno de Franco no puede volverse "democrático" por sí mismo, y dado que este régimen sigue siendo el modo de gobernar en España, las reivindicaciones de los mineros seguirán siendo inaceptables. Cualquier libertad de la clase trabajadora es inaceptable para un poder cuya función no es otra que la supresión de esa libertad.

El reemplazo del poder franquista es puesto así en peligro precisamente por la presión de la clase trabajadora, a la que el régimen empuja actualmente a medidas radicales. Los trabajadores son la principal fuerza que puede barrer el régimen franquista, pero no lo harán con la esperanza de establecer un capitalismo más moderno y una democracia formal, como en Francia o Alemania tras la Segunda Guerra Mundial. En España, la memoria mantiene un gran poder político. La evolución política hasta el presente ha sido en efecto obstaculizada, puesta en hibernación desde la victoria de Franco. Y de esta manera, la evolución económica ha llevado a España una vez más, en condiciones especiales, a un rendez-vous con el capitalismo global y sus problemas.

El actual ascenso del proletariado español todavía no ha apuntado a producir una organización revolucionaria adaptada a sus nuevas posibilidades, y esta carencia ha minado naturalmente la extensión del movimiento por toda España, una extensión que bastaría para destruir el régimen franquista y, junto con él, todo el orden social que no podría superar el nivel de este régimen. Pero al mismo tiempo, el hecho de que la clase trabajadora española no sea liderada por un partido reformista o estalinista agrava la posición de los intereses capitalistas modernos, reduce su margen de maniobra y termina en una contradicción extrema. En su permanente incapacidad para organizar un poder adaptado a sus fines, la clase dominante española pronuncia contra sí misma un juicio que sólo el proletariado puede ejecutar.

GUY DEBORD

Ispansi," la película sobre el exilio de los niños a la URSS



Del director Carlos Iglesias (Un Franco 14 Pesetas) el film nos cuenta la historia del envío de los niños a Rusia al comienzo de la Guerra Civil Española.

Al poco tiempo de comenzar la Guerra Civil Española, la República envió a 3.000 niños a la Unión Soviética para protegerles de los bombardeos de Franco. Los primeros en salir fueron los niños sin padres, los niños de los orfanatos.Nuestra protagonista femenina se llama Beatriz, la hija de una familia acaudalada de derechas, con padre y hermano falangistas, que tuvo la mala suerte de quedarse embarazada de un hombre que se negó a casarse con ella. Al no poder abortar, por creencias religiosas, ni asumir su maternidad fuera del matrimonio, se convierte en víctima de su propia ideología, y tiene que esconder a su criatura en un orfanato de Madrid. Al enterarse del inminente viaje de su hijo a Rusia, roba la identidad de una republicana muerta (Paula) para ofrecerse de voluntaria como cuidadora de los niños, y de esta forma emprende un viaje terrible junto a su hijo rodeada de sus enemigos naturales a miles de kilómetros de su país y su gente.




En junio del 41, Hitler invadió la Unión Soviética, en septiembre estaba a dieciséis kilómetros de Moscú. El convoy de niños españoles huye de Stalingrado. La continua llegada de tropas de refresco para la defensa de Moscú entorpece una y otra vez el viaje de los españoles; en una de estas paradas se les une un comisario político del Partido Comunista de España que va a curar sus heridas de guerra a Samarcanda; este personaje se convertirá en nuestro protagonista masculino: se llama Álvaro.


El director de 'Un Franco, 14 pesetas' volvió a Suiza para iniciar el rodaje de su nueva película. Un proyecto ambicioso que trata uno de los grandes dramas españoles del siglo XX: los niños que durante la Guerra Civil debieron refugiarse en la Unión Soviética.


El largometraje, que coproduce Saga Production (Lausana) y cuenta con la participación de Televisión Española (TVE), "se llamará Ispansi, que quiere decir 'Españoles' en ruso".

Se lo nota cómodo, como en casa. Y es que para Carlos Iglesias, Suiza no es tierra extraña. El cineasta que causara sensación con Un Franco, 14 Pesetas, que narra en clave de tragicomedia el cotidiano de los emigrantes españoles en la Suiza de los años 60, ha pasado su infancia en este país. De esa época guarda inmejorables recuerdos y un impecable suizo alemán del que se enorgullece.

El actor y realizador se presenta con una poblada barba en el centro de Neuchâtel y se muestra entusiasta ante la idea de comer en una tradicional 'brasserie' del Jura.





Recuperar la memoria


"Entre 1937 y 1939 casi 30.000 niños huyeron de la Guerra Civil por los puertos de Bilbao, Valencia o Barcelona", explica, "y de todos ellos, la historia más triste es la de los niños que fueron a la URSS, puesto que los demás, al finalizar la guerra, pudieron volver a España". Tal es el tema de su nueva obra.

"La película se llamará 'Ispansi', que quiere decir 'Españoles' en ruso. Así, tal como suena", comenta entre risas. El guionista y actor madrileño reproducirá en los bosques nevados del Jura las estepas rusas, los Urales, el asedio de Leningrado, e incluso un barrio de Moscú durante los dramáticos años de la II Guerra Mundial. Sin duda, un proyecto más que ambicioso para el cine español, plagado de naturalismo y costumbrismo.

"Debe ser porque el cine español tiene recursos limitados, y contar una historia así es muy caro", analiza, "y sólo el éxito de 'Un Franco...' me permite llevar adelante este nuevo proyecto".

Mientras se sirve un vino de la región, Iglesias profundiza en el tema de 'Ispansi / Españoles'. Los 'niños de la guerra' se convirtieron en una moneda de cambio, "pues Stalin invirtió mucho en su educación, y Franco no quería jóvenes formados en el comunismo. Pero lo cierto es que esos niños vivieron en Rusia mejor de lo que hubieran podido vivir en sus aldeas y pueblos de origen", sostiene.

" Sobre el telón de fondo del drama de los 'niños de la guerra' está la historia nunca contada de los adultos que les acompañaron. ¡Y es fascinante...créame "



Carlos Iglesias, cineasta Una historia nunca contada


"El Partido Comunista Español pensaba que tras 1945 esos jóvenes formados en la URSS iban a ser la élite y la clase dirigente de una nueva España, pues casi todos tenían estudios superiores o eran técnicos cualificados", analiza antes de proseguir:

"En 1953 comienza un deshielo entre Franco y la URSS cuando los rusos permiten la vuelta de los prisioneros de la División Azul. A través de la Cruz Roja se negoció entonces la posibilidad del retorno a España de los niños y adultos que no tuvieran delitos de sangre ni hubieran ocupado cargos políticos en la Guerra Civil".

Según Carlos Iglesias, el mayor drama fue entonces el reencuentro entre esos jóvenes y unas familias que ya no les reconocían. Unos adultos formados en el comunismo y que generaban sospechas. "La mayoría volvió a la URSS para no salir ya nunca más", observa antes de agregar, enigmático: "Sobre el telón de fondo del drama de los 'niños de la guerra' está la historia nunca contada de los adultos que les acompañaron. ¡Y es fascinante...créame!"

¿El realizador habría encontrado un auténtico filón en la exploración de la memoria contemporánea española? "Vaya pregunta", comenta con una sonrisa, "aunque lo cierto es que soy el primer sorprendido de que nadie se haya interesado antes en temas como la emigración o el destino de los niños de la guerra".

"Creo que Un Franco, 14 pesetas recuperó la memoria y dio un nuevo valor y dignidad a la emigración de los 60", continúa el realizador. "Y algo sorprendente de esa película es que funcionó muy bien sin estrellas, ni sexo, ni violencia, ni efectos especiales. Eso demuestra que lo esencial es tener una buena historia".

" Esta historia de 1939 tiene un claro mensaje para nuestros compatriotas de hoy en día, pues la crispación y división son, en muchos aspectos, similares "
Carlos Iglesias, cineasta Un enamorado de Suiza
Que Carlos Iglesias es un enamorado de Suiza no es ningún secreto. "Yo no entiendo por qué se insiste con el mito de que Suiza es tan cara. ¡De hecho, muchas cosas son más baratas que en Madrid o Barcelona!", afirma entre risas.

El cariño hacia su país adoptivo es evidente: "Los suizos son graciosos. Se creen tan distintos los de lengua alemana de los francófonos...pero en el fondo son iguales. Sólo que hablan distinto."

"A mí me da la impresión de que a los suizos les da vergüenza ser tan perfectos... y parecen por ello apreciar el carácter hispano", prosigue el actor. Ya más serio valora, casi con cierta furia: "En Suiza me sorprende comprobar el valor que tiene la palabra dada, la seriedad y el compromiso. Ver que el que manda no te roba por definición, y eso es algo que se transmite de generación en generación. Y es que éste es un país de 'ciudadanos' desde hace siglos. Y eso se nota".

Cuando Carlos Iglesias presentó en Suiza Un Franco, 14 pesetas algunos medios locales criticaron su visión "demasiado idealizada", una crítica con la que él no está de acuerdo. "Personalmente, no comprendo de qué hablan cuando dramatizan la emigración a Suiza en los 60. Cada uno habla del baile según le ha ido, y yo sólo he vivido cosas positivas. Mi madre consiguió casa y trabajo en 24 horas sin hablar ni una palabra de alemán, francés ni inglés. Dudo mucho que los inmigrantes que llegan hoy a España puedan decir lo mismo".

Igualmente, aclara que para realizar el guión de su primer largometraje entrevistó a 70 ex emigrantes españoles, italianos y portugueses. Y todos ellos compartieron lo esencial de su visión de la Suiza de entonces.

Iglesias no escatima elogios hacia sus anfitriones, pues esta nueva película no sería posible sin el apoyo que brindan el cantón del Jura y sus habitantes. "La generosidad de los campesinos suizos es total", valora casi emocionado, "nos abren sus casas, nos prestan útiles de época y hasta nos explican cómo era una granja en 1941".



Un puente entre las dos Españas


"Creo que el mensaje de Ispansi/Españoles es intentar crear un puente entre las dos Españas. Tenemos una historia común que compartir y un futuro por construir juntos; necesitamos que se nos cuente esta historia desde la distancia y con equilibrio", analiza a modo de conclusión. "Y esta historia de 1939 tiene un claro mensaje para nuestros compatriotas de hoy en día, pues la crispación y división son, en muchos aspectos, similares."

Finalmente, el director y guionista acepta explicar al cronista la historia íntegra de "Ispansi / Españoles", pero bajo férrea promesa de guardar el secreto. Lo cierto es que al final de la narración, tanto el realizador como el cronista tienen los ojos llenos de lágrimas, para gran sorpresa de los comensales suizos. Pero, lamentablemente, el nudo y el desenlace del drama no pueden explicarse, "salvo que quiera usted cargarse la peli", concluye Carlos Iglesias con un guiño.

Rodrigo Carrizo Couto, Neuchâtel, swissinfo.ch