14 de enero de 2011

Pacto de Estado a la vista, cuerpo a tierra.





“Nos parece imprescindible abrir el campo de juego e incorporar a las fuerzas políticas y sociales. Este país se merece un gran acuerdo.” -Ignacio Fernández Toxo, secretario general de CCOO-

No sabemos si los matonescos mercados han hecho una visita nocturna a los sindicatos, o si en las reuniones sobre la reforma de las pensiones les han echado algo en la bebida, pero es llamativo el cambio de postura. Han pasado de rechazar la reforma a aceptar hablar de ella, y de denunciar que sean los mercados quienes diseñen la política social a pedir un gran pacto que englobe todas las reformas para así “enviar un mensaje nítido a los mercados”, en expresión de uno de sus portavoces.

No sabemos cómo ha sido, pero “crisis” ha dejado de ser el trending topic para ser desplazado por “reforma”. Ha calado el mensaje, todos hablamos de las reformas como inevitables, y la discusión ya no es si hay o no que hacerlas, sino cuál será su contenido. Y no es lo mismo.

A partir de ahí, la propuesta sindical de un gran pacto global que incluya pensiones, reforma laboral, negociación colectiva y lo que haga falta, al que se sumen gobierno, sindicatos, CEOE y partidos (es decir, PSOE y PP) me parece temerario. Si hacer reformas bajo presión es arriesgado, buscar un gran pacto de Estado en un momento así es como para salir corriendo.

La cultura política española ha sido, desde la Transición, una historia de grandes consensos de las elites antes que de construcción democrática desde la ciudadanía. La llegada de la democracia, la elaboración de la Constitución, el ordenamiento laboral y social, las pensiones, todo ha venido de la mano de los grandes pactos. Pero no olvidemos que todas esas fotos de grupo sonriente tuvieron un claro sesgo hacia la derecha, reflejo de la relación de fuerzas políticas y económicas resultado de la Transición.

Por eso, en un momento regresivo como éste, que los sindicatos quieran sentarse a la misma mesa con los empresarios, el PP y un gobierno cuya política social ya conocemos, me recuerda con tristeza a aquella película francesa, La cena de los idiotas, sin que en este caso haya posibilidad de final feliz. Sobre todo porque el presidente ha repetido que habrá reformas con o sin consenso. Es decir, no hay mucho que hablar, sólo firmar.
Isaac de la Rosa - Público