1 de febrero de 2011

"Ley Sinde": la victoria de la mercantilización de la cultura



Diego Garrido

El poder que tienen los mercados sobre nuestras vidas no se refleja sólo en la política y la economía; su imperio llega a muchos otros ámbitos de la vida cotidiana. La cultura y las artes pueden entenderse históricamente como formas de expresión que las sucesivas civilizaciones y sociedades han desarrollado con diversas intenciones.
Aunque la inmensa mayoría de las obras que se conservan y se valoran actualmente eran exclusividad de las élites sociales de aquellas épocas, se sabe que siempre ha existido una cultura popular de tradición oral, probablemente muy rica, pero de la que a duras penas podemos disfrutar hoy en día. Con la llegada de la industrialización y la posibilidad de imprimir copias masivas de textos grabar sonidos e imágenes (estáticas primero; en movimiento más tarde), el acceso a la "cultura de las élites" se convirtió en algo habitual por cada vez más personas, aunque las clases populares nunca dejaron de cultivar su propia cultura.

Durante la segunda mitad del siglo veinte, la economía de mercado llega a su máximo esplendor, y el capitalismo de consumo extiende sus tentáculos por todas partes, convirtiendo todo lo que toca en mercancía. La cultura no ha sido una excepción.

Algunas empresas comenzaron a alimentarse de artistas que, al tener cierto éxito, podían generar muchos beneficios gracias a la grabación y la copia masiva (y posterior venta) de sus obras en todo el mundo. Este proceso se pervirtió hasta el punto de que la "cultura popular" ha sido casi monopolizada por estas industrias, mayoritariamente por las de origen estadounidense. Ya no es la calidad de los artistas lo que les hace obtener éxito, sino su rentabilidad; el marketing que las empresas hacen de una obra (o, como ya se denomina sin tapujos, "producto cultural") es lo que crea al artista. En pocas palabras, la cultura popular ha muerto. Ahora se llama "pop".

Sin embargo, nunca han desaparecido las iniciativas culturales alternativas al sistema de mercado, y la copia y distribución de obras artísticas (ya sean fotocopias de libros, cassettes de música, cintas de vídeo...) entre amigas y conocidos han estado en el orden del día en las últimas cuatro décadas. Con la aparición de internet los años 90, la grabación casera ha pasado a ser un enlace al que todo el mundo con una conexión a la red puede acceder. La idea de "compartir" ha ampliado su significado: ahora la comunidad va más allá del grupo de amigos y amigas que se copian libros; pueden ser gente de diferentes países que nunca se verán las caras, pero unidos por una misma manera de entender la cultura, y el cable telefónico.

Este fenómeno tiene una explicación muy sencilla y un origen muy claro, por el que ya hemos pasado en el fugaz viaje histórico de este artículo: el arte no se puede encarcelar, las notas de una canción no se pueden adiestrar y hacer dóciles para se queden dentro de un disco de plástico y no se muevan de allí nunca más. La cultura es, en sí misma, libre, porque proviene de un momento y de las personas que participan. El arte no puede ser un producto, y este fue el gran error de planteamiento del sistema: intentar encajarlo en la lógica de mercado originó una contradicción (otra más del capitalismo), que ha podido sostenerse hasta que Internet lo ha deslumbrado de manera flagrante. Desgraciadamente para las grandes "multinacionales de la cultura", muchas veces el arte sí se puede transformar en "bytes". Y los "bytes" suelen ser escurridizos y promiscuos.

Ahora la Ley Sinde quiere acabar, en nombre de la propiedad intelectual, con las webs que facilitan las descargas, batallando desesperadamente para mantener un modelo cultural que se ha mostrado obsoleto, y con una norma que se acerca peligrosamente a la censura y a la violación de la protección de datos personales. A pesar de la "doble intervención judicial", incorporada al pacto entre Gobierno, PP y CiU que finalmente permitirá la aprobación de la ley, la potestad de decidir cuándo un contenido de la red se debe eliminar recae sobre un órgano ejecutivo, la Comisión de Propiedad Intelectual. Aunque un juez debe intervenir en la acusación, sólo podrá aprobarla o denegarla, valorando la forma pero nunca el fondo.

Hemos presenciado una vez más cómo el color político no importa cuando se trata de subordinarse a las leyes del mercado, y además la derecha ha sido lo suficientemente hábil para apuntarse una victoria, haciendo ver que ha "moderado" la ley con un mayor control judicial sobre el cierre de webs, que en la práctica no tiene ningún efecto.

Se puede decir que este es un caso paradigmático de la historia reciente del capitalismo: o bien el mercado se adapta a los cambios transformándolos en beneficios, o utilizará todos los medios a su alcance para detenerlos –incluidos los poderes políticos de los estados.

Aquellos y aquellas que creemos que se ha de poder disfrutar libremente de la cultura no podemos hacer más que felicitarnos por la plataforma que ha supuesto internet, no sólo a la hora de compartir las obras "comerciales", sino sobre todo para dar a conocer proyectos culturales y artísticos que parten con unos medios limitados y sin apoyo de la industria. Seguramente gracias a ello, la "cultura popular" está ahora un poco más cerca del pueblo, guste o no a quienes nos gobiernan.

Diego Garrido es militante de En Lucha.
http://enlucha.org/site/?q=node/15661


Egipto: imágenes de una revolución. Un video impresionante: el pueblo contra la represión

Medios israelíes y revolución egipcia:“¡Disparad contra los manifestantes!”




Fouad Ben Eliezar (Partido laborista) no entiende lo que ha ocurrido, y en todas las emisoras de radio muestra su apuro. ¿Qué le ha ocurrido a su amigo Hosni Mubarak? ¿Porqué no ha dado a los militares la orden de disparar contra las masas y poner fin así a los “disturbios”?, tales son sus propias palabras.

Teniendo en cuenta su relación amistosa con el dictador egipcio, Ben Eliezer se ha convertido estos últimos días en un analista eminente de los asuntos egipcios, solo que esta vez, confiesa con una modestia poco habitual en él, que sencillamente no entiende nada: algunas centenas de muertes más y todo volvería a la normalidad.

La verdad es que no solo Ben Eliezer no tiene ninguna visión y no entiende nada, sino que en Israel todos los “analistas de los asuntos árabes” y “especialistas sobre las cuestiones de Medio Oriente” –todos diplomados de los servicios de información militares israelíes o del Mossad- están obligados a admitir su ignorancia. Una vez más, hemos sido sorprendidos, como nos vemos sorprendidos siempre: sorprendidos por el paso del Canal de Suez en 1973, sorprendidos por la resistencia palestino-libanesa en 1982, por la tenacidad de Hezbolá en 2006, por la victoria de Hamas en las elecciones palestinas y así siempre.

En sus palabras, Ben Eliezer es el reflejo de la prensa israelí que, inmediatamente, ha tomado posición: todos con las fuerzas del orden, contra el movimiento popular incluso si, como en Túnez, esto quiere decir el pueblo entero. Las masas árabes son siempre el enemigo, y los regímenes, socios. El hecho de que esos regímenes sean regímenes autoritarios, asesinos y corruptos no es en absoluto visto como un inconveniente, sino como el testimonio de su capacidad bienvenida para dominar a su población. Por decirlo sencillamente: mientras las masas árabes no son más que una horda, un rebaño de salvajes sobreexcitados, sus dirigentes son los garantes del orden incluso si, a veces, Israel está obligado a hacerles la guerra.

Otra sorpresa, y esta vez para las élites políticas e intelectuales del mundo entero, y no solo para Ben Eliezer y nuestros “comentaristas”: las masas populares, de Marruecos a Irak, de Francia a Bolivia, no han leído El fin de la Historia de Fukuyama, y si lo han leído, se han negado a abandonar el marco de la historia: cuando son pisoteadas, empujadas al hambre o humilladas –tarde o temprano, se levantan y expulsan a los dictadores corruptos y arrogantes. Incluso si va con retraso, la revolución acabará por estallar. Para salir del paso, pero no obligatoriamente para ganar, no es inconcebible que Mubarak escuche los consejos de la prensa israelí y del general Ben Eliezer, y que ordene a los militares aplastar el levantamiento en la sangre.

Se puede ya adivinar cual será el tema de la próxima etapa de la prensa y de la campaña de propaganda de nuestros expertos periodistas: Al Qaida. Las dictaduras de Ben Ali y de Mubarak están justificadas pues son una muralla al Islam militante y tras las manifestaciones populares, se encuentra nada menos que Bin Laden. Zvi Barel (Ha´aretz, 30 enero) es uno de los raros periodistas en refutar el argumento de que los Hermanos musulmanes estarían en el centro del levantamiento egipcio. Subraya que su eslogan no es “Allah Akhbar” sino “Abajo el dictador, abajo la corrupción”. Así, en Túnez, el partido islámico Al Nahda no ha jugado papel en la insurrección, aunque solo sea porque aún tiene que recuperarse de la cruel represión de Ben Ali y de sus bandas.

No son ni Al Qaeda, ni los Hermanos musulmanes quienes están detrás de las masas encolerizadas en El Cairo, en Rafah o en Suez, sino treinta años de régimen autoritario, de opresión, de pobreza. Mientras los periodistas y políticos israelíes no lleguen a entenderlo, continuarán sorprendiéndose cada vez que las masas (una palabra “arcaica” desde hace mucho fuera de su diccionario) tomen sus destinos en sus propias manos.

30/01/2011

http://www.protection-palestine.org/spip.php?article10029

Traducción: Faustino Eguberri para VIENTO SUR