1 de marzo de 2011

"Operación Tocino". La última parida de un Gobierno atolondrado




Desde que a aquel ilustre antepasado nuestro, con pinta de chimpancé y cerebro de mosquito, se le ocurriera la peregrina idea, después de algunos días saltando de alegría tras descubrir el fuego frotando con delectación dos ramas de alcornoque, de poner a asar la escasa manteca de dinosaurio que guardaba como oro en paño en el fondo de su cueva para alimentar a su numerosa prole, la Historia global de la Humanidad no había conocido otra idea de nivel intelectual parecido u otra decisión, personal o corporativa, que pudiera alcanzar semejante estatus de desarrollo en el amplio abanico cognoscitivo humano.

Y como no podía ser de otra manera, dada la antropológica imaginación celtibérica y la cara de cemento armado que desde Viriato adorna a la clase política de este país, esa idea genial, ese arrebato espectacular de un conjunto de neuronas de alto estanding acostumbradas a mandar, esa valiente decisión gubernamental con tintes de epopeya medieval propia más bien del sesudo gabinete de crisis global asentado permanentemente en los bajos de la Casa Blanca de Obama... no podía nacer en otro lugar que no fuera la antigua patria común de los luchadores contra Roma, la de la Reconquista express (ocho siglos) contra los moros, la del tanto monta de Isabel y Fernando, la de La Armada Invencible del gotoso Felipe II, la de la decadencia patriótica de los Borbones, la Una, Grande y Libre del carnicero gallego D. Francisco, la del salvador/ligón Juanca, o sea, la España imperial de siempre que ahora, de la mano del utópico y optimista patológico Zapatero, camina por el páramo europeo pidiendo limosna con una mano delante y otra detrás. Bueno, pues, como habrá intuido ya el inteligente lector al que me dirijo (no es por nada y, desde luego, no por un orgullo mal entendido pero mis encuestas personales me aseguran un muy alto nivel cerebro/vascular en las iconoclastas personas que me leen habitualmente) esa "sublime decisión" histórica a la que me estoy refiriendo no es otra, no puede ser otra, que la adoptada por el Consejo de ministros español presidido por Zapatero en el pleno del pasado viernes 25 de febrero, pero tomada como propia, gestionada y comunicada a los ciudadanos (es cierto que con muy poca profesionalidad, escaso conocimiento del tema y evidente nerviosismo) por el factotum gubernamental, vicetodo, superministro, espía mayor del reino, conquistador del norte, azote de los GAL, valido presidencial, lugarteniente de ZP hasta hace escasas semanas y en estos momentos hundido en el purgatorio político y social, Excmo señor D. Alfredo Pérez Rubalcaba. Así conocido en los ambientes periodísticos y ciudadanos de este país, en el que goza todavía de cierta consideración personal por sus largos años de servicio (varios de ellos prestados en las cloacas felipistas) y más bien como pequeño Lucifer o "Luciferín" a secas (¿por qué será?) en los reservados conciliábulos de los servicios secretos y las familias policiales. Gracioso epíteto elegido, seguramente, en plan cariñoso y, desde luego, sin ningún "animus injuriandi".
Bueno pues para entrar ya decididamente en el bochornoso tema que nos ocupa, ansioso lector, debo comenzar diciendo lo más alto y claro que den de sí mis pulmones, que la decisión gubernamental ésa de rebajar la velocidad de crucero en las autopistas y autovías españolas de 120 kilómetros/hora a 110, dada a conocer a la opinión pública española el viernes negro pasado por el ubicuo y caduco vicepresidente "Rubi de la Calva" con el fin de ahorrar el preciado combustible que ha dejado de facilitarnos abruptamente nuestro buen amigo de antes y ahora reconocido genocida, El Gadafi, es, lisa y llanamente, demencial, incomprensible, tonta, precipitada, irreal, chapucera, alucinógena, provocativa... todo lo que ustedes quieran y mucho más, pero, sobre todo y ante todo, es INEFICAZ. Total y absolutamente ineficaz si lo que de verdad busca es bajar el gasto de combustible de los millones de vehículos ligeros que pululan por la red viaria española, ya que de momento nada se ha dicho de medidas complementarias que pudieran afectar a los pesados.
Parece mentira que todo un Gobierno, que tiene asesores a centenares (y es de suponer que algunos de ellos adornados con algún título de ingeniería industrial o simplemente con conocimientos técnicos sobre el automóvil, los motores de combustión interna, la conducción, las vías de comunicación y, en general, sobre el amplio mundo comercial/industrial que gira alrededor de los vehículos de turismo) haya podido cometer semejante irresponsabilidad y tan gran estupidez. Porque la velocidad de un móvil puede ser que tenga algo que ver con el tocino (sobre todo de si es ibérico de bellota) pero, desde luego, tiene muy poco que ver, por mucho que algunas personas no muy documentadas sobre la materia puedan pensar lo contrario, con el consumo real de carburante de su motor.
No se puede establecer a priori y de una forma general (llegado este momento y dejando de lado la falsa modestia debo poner en conocimiento del lector que quien esto escribe, por obligaciones de su vida profesional ha debido instruir durante años a miles de conductores de vehículos de todo tipo y soportado una responsabilidad total y directa sobre centenares de coches, camiones e ingenios motorizados pesados, algunos de ellos con potencias superiores a los 800 CV) una relación directa y exclusiva entre la velocidad de un móvil (en este caso hablamos de turismos) y su consumo de combustible. Puede ser que exista, sobre todo a velocidades elevadas, alguna mínima interdependencia entre ambos factores debido sobre todo a la mayor resistencia del aire cuando el primero de ellos aumenta substancialmente pero, en general, y en coches modernos con un elevado coeficiente aerodinámico, el consumo de combustible de su motor en un momento dado depende prioritariamente y casi exclusivamente del número de revoluciones por minuto a las que gira en ese momento.
Y tampoco se puede establecer una relación directa entre el número de revoluciones a las que gira un motor y la velocidad a la que se desplaza el móvil sobre el que ese motor está implantado. Entre ambos sistemas (el motor y las ruedas) figuran otros dos de suma importancia para que ese vehículo pueda desarrollar un avance estable y regular sobre la vía de comunicación por la que se desplaza: la caja de velocidades y la transmisión. Sistemas ambos encargados de gestionar adecuadamente, tanto las revoluciones del motor y el par (esfuerzo de rotación del motor en un instante dado) que esa máquina genera en cada instante como la desmultiplicación final que debe acoplarse a las ruedas en función del esfuerzo que éstas deben vencer para superar las irregularidades o pendientes del camino.
Así, un turismo puede gastar más carburante a 110 kilómetros por hora que a 120. Y también más a 80 ó 90 que a 120. E incluso, si me lo permite el lector y rizando el rizo, puede gastar más a cero kilómetros por hora que a 120 si el cafre de conductor (algunos lo hacen para calentar a lo burro sus pobres motores) se dedica a ponerlo durante minutos y minutos al tope de revoluciones y en punto muerto para cargar su batería, la del móvil o la de los DVD de los niños. El gasto final siempre dependerá de las revoluciones a las que gire el motor durante el viaje. Lo ideal para minimizarlo y alargar substancialmente la vida de los propulsores, y por eso los fabricantes estampan la cifra en las tarjetas técnicas de los vehículos a disposición de los usuarios, es llevar el motor a su velocidad de régimen, es decir a la que genera el par motor máximo y que en un propulsor moderno suele estar en un abanico entre 3.000 y 4.000 vueltas para los de gasolina, y unas 2.000 para los diesel. A ese régimen de giro y utilizando prioritariamente las velocidades más altas de la caja de cambios (superdirectas 5ª o 6ª) conseguiremos el mínimo consumo en nuestros desplazamientos independientemente de la velocidad sobre el terreno. Por supuesto, si nos pasamos de la velocidad legal permitida deberemos volver a ella jugando con la caja de cambios y engranando la relación que nos permita desplazarnos sin sobresaltos legales pero sin abandonar en lo posible la zona del par máximo, donde el motor dispone de una gran potencia residual ante cualquier emergencia y en la que, con una "punta de acelerador" nos desplazaremos suavemente a 120 ó 130 kilómetros hora. Por poner un ejemplo, amigo lector y también indocumentado Rubalcaba, les diré, sin ningún afán de protagonismo por mi parte, que desde hace ya bastantes años, respetando la legalidad y el par motor máximo de mi coche de turno (3.500-4.000 vueltas) y con esa puntita de acelerador que acabo de comentar, me desplazo sin ningún problema y a 120-125 kilómetros/hora, sin apenas ruido dinámico y con un consumo que no suele superar los 5-6 litros a los 100 kilómetros.
Por todo ello, y por muchas razones más que no puedo poner negro sobre blanco a lo largo de estas escasas líneas, la decisión tomada por el Gobierno en general y el portavoz Rubalcaba en particular (ya no se ponen de acuerdo ni ellos mismos sobre el ahorro de tan polémica medida ya que al inicial 15% del amado vicepresidente ahora hay que añadir ahora el 3% del ministro de Industria y la horquilla entre el 5 y el 12% del de Fomento) no puede ser más aberrante, más alocada, de auténtica aurora boreal. No van a conseguir en absoluto bajar el consumo de carburante a nivel nacional, más bien todo lo contrario, aumentarlo substancialmente dadas las "caravanas del 110" que a partir del día 7 de marzo empezarán a formarse indefectiblemente en todas y cada una de las autovías y autopistas de este país y, encima, la rebaja de 10 kilómetros en la velocidad punta generará problemas en la conducción legal de unos vehículos diseñados y construidos para rodar con total seguridad y un mínimo consumo a velocidades de 120-130 kilómetros por hora, es decir, aprovechando a tope el régimen de par máximo de sus motores. Lo que obligará a que muchos conductores tengan que bajar a relaciones inferiores de su caja de cambios para no pasarse de velocidad con el consabido aumento de gasto de combustible.
Y encima, amigos y para acabar de joderla (con perdón) el numerito ese de las pegatinas imantadas de 110, que hay que colocar sobre las reglamentarias 8.000 de 120 que en la actualidad pueblan nuestras carreteras y autovías ¡Viva la chapuza hispánica, la cagada celtibérica, el made in Spain, que ha asombrado al mundo! Con ello, con la pegada automática de tan revolucionario invento, este Gobierno de incompetentes y atolondrados habrá dado carta de naturaleza a un nuevo deporte español de invierno/verano que, incluso, puede llegar a ser reconocido como olímpico en cuestión de meses, a no ser que una urgente Intifada de automovilistas cabreados a bordo de sus coches acampe en La Cibeles con carácter permanente y le haga recapacitar: El nuevo y gratificante deporte (radicado preferentemente en los pueblos y ciudades pequeñas) consistente en quitar de sus nuevos emplazamientos viarios, y en un espacio determinado de tiempo, el mayor número posible de las nuevas señales reductoras por decreto de la movilidad de los millones de ciudadanos españoles con coche propio, dejando al descubierto nuevamente la antigua cifra, mucho más acorde con los nuevos tiempos y con la Europa más adelantada. Al revolucionario grito de ¡Coge la pegatina y corre! que a partir del próximo día 7 de marzo van a sonar día y noche, como potentes truenos, por las tierras y las ciudades de esta España en crisis global. Crisis alentada y mal gestionada, no lo olvidemos, por unos incompetentes políticos que, capitaneados por el utópico ZP y el ya caduco Rubalcaba, no hacen más que parir chorrada tras chorrada. De Estado, naturalmente...
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Amadeo Martínez Inglés es coronel del Ejército de Tierra, escritor e historiador