22 de abril de 2011

La revolución islandesa: mucho ruido y muchos peces




La práctica pareció confirmar durante algún tiempo las tesis de una nueva generación de políticos islandeses, entre los que se encontraban David Oddsson y Geir Haarde. Sí, era posible hacer de este tradicional y lejano territorio, cuna de las sagas, el Estado más rico del mundo. En los índices de Naciones Unidas Islandia desbancaba a Noruega como el mejor lugar para vivir del planeta. “Los televisores de pantalla plana y los Range Rovers se convirtieron en los símbolos de era pre-crash”, cuenta Silja Bára Ómarsdóttir, politóloga de la Universidad de Reykiavik.
En la era “post-crash”, Islandia prueba el salir de la crisis. La actividad continúa en el mayor laboratorio volcánico de la Tierra. ¿Qué pasa cuando el capitalismo salvaje fracasa?¿Puede una moneda recuperarse después de haber perdido casi el 70 por ciento de su valor en el plazo de un solo año? ¿Cómo se enfrenta una sociedad que no conocía la escasez de trabajo a un 10 por ciento de desempleo? Y la pregunta clave: ¿cuánto tiempo requiere el saneamiento de un Estado endeudado en un 200 por ciento de su Producto Interior Bruto?“Que Dios proteja a Islandia”. Poco más se recuerda del discurso que Geir Haarde, entonces primer ministro, pronunció el 6 de octubre de 2008. Ni falta que hace. La frase es un resumen exacto. En su frenética expansión, los tres grandes bancos del país habían sido poco cuidadosos. Cuando la economía internacional entró en recesión, el castillo de naipes construido por los insaciables vikingos se vino abajo. El gobierno tuvo que intervenir. Y el Estado al margen del polo norte acabó haciendo malabarismos al borde de la bancarrota.
Pero un vikingo no se rinde tan fácilmente. “Tal vez suene a cliché nacionalista, pero somos un pueblo que, si se cae, se vuelve a levantar. Puede que esta mentalidad sea una consecuencia del clima en que vivimos. O de la cultura de la pesca: si hoy no has pescado, mañana sales otra vez”, explica Bára Ómarsdóttir.
Los peces interesan de nuevo en Islandia. Y las ovejas y los caballos. Desde el impacto colectivo del seis de octubre, se ha impuesto en la isla el regreso a las raíces.“Ahora se consumen más productos locales. Viajar dentro del país ha recuperado la popularidad perdida en los tiempos del boom, cuando los islandeses se iban de vacaciones al extranjero varias veces al año. La gente antes remodelaba sus casas completamente como si nada, hoy se recicla y reutiliza más y la ropa de segunda mano se lleva otra vez”, describe la islandesa.
“En Islandia estamos viviendo una época de grandes cambios”, comenta Bára Ómarsdóttir, y no se refiere sólo a que ahora se zurzan los calcetines que antes se tiraban. Lo que en la isla se ha puesto en marcha es una verdadera revolución: la “revolución de las cacerolas”, la llaman, porque armados con ellas salieron los ciudadanos a hacer ruido frente al Parlamento de Reykiavik hasta que en enero de 2009 cayó el gobierno de Haarde. Así no se protestaba desde hacía 60 años, cuando el país se convirtió en contra de la voluntad popular en miembro fundador de la OTAN.

La renuncia del primer minsitro -enfermo de cáncer- y el castigo de su Partido de la Independencia en las posteriores elecciones anticipadas no bastó, sin embargo, para calmar la ira de los islandeses. También David Oddsson, el antecesor de Haarde que pasó de la jefatura del Ejecutivo a la del Banco Central con el correspondiente e ignorado conflicto de intereses, tuvo que dejar el cargo. En abril de 2010, una investigación parlamentaria llegó a la conclusión de que ambos, así como otros altos funcionarios, habían propiciado con su negligencia el colapso financiero. Haarde tendrá que responder por ello ante la Justicia.
Islandia intenta empezar de nuevo. Recuperar los valores perdidos entre las puertas que abría el dinero. Reordenar las prioridades: en la vida cotidiana, y también en la política. Ahora los islandeses no sólo se acuerdan de sus peces, sino también de que su Althing es uno de los parlamentos más antiguos del mundo. En esta Asamblea se reunían los goði, los jefes de los clanes previos a la introducción del cristianismo, ya desde 930. Siempre en absoluta igualdad.


“El principio de que todos somos iguales forma parte de nuestra identidad nacional. Nadie, independientemente de su posición, tiene derecho a apropiarse del poder”, afirma Bára Ómarsdóttir. 1.200 ciudadanos de la isla fueron elegidos al azar en 2009 para participar en un “encuentro nacional” junto con organizaciones, grupos de presión y políticos, y debatir -todos al mismo nivel- las opciones de futuro del país. Ahora, 25 personas corrientes -y ningún político- tratan de incluir en la Constitución las propuestas formuladas en aquella reunión.
Silja Bára Ómarsdóttir se sienta en la nueva asamblea constituyente. “Por supuesto que es un honor para mí haber sido seleccionada”, reconoce. Los únicos requisitos que se pedían: ser mayor de 18 años y contar con 30 firmas de apoyo.
“Todavía no sabemos muy bien qué cambios vamos a hacer en la Constitución: si se va a rescribir entera o si sólo vamos a introducir en ella algunas modificaciones. Acabamos de empezar a trabajar y aún estamos familiarizándonos con las ideas del encuentro nacional”, cuenta la politóloga. “En realidad, la tarea de reformar la Constitución estaba pendiente desde nuestra independencia en 1944. Ahora han confluido una serie de factores que la han hecho posible y espero que, al final del proceso, hayamos logrado darle más espacio a aspectos como que el poder emerge de la nación, los valores humanistas y los temas medioambientales”.
Con 320.000 habitantes, en Islandia casi sobran los apellidos. Pero el tamaño no es relevante a la hora de poner en marcha la democracia participativa, opina Bára Ómarsdóttir: “cualquier país puede elegir a un grupo de personas para que redacte una Constitución. También aquí había gente en contra de optar por este camino, pero al final no pudo imponerse, y yo me alegro”.


El tamaño tampoco parece ser decisivo en otro frente de batalla: impertinentemente se niegan los islandeses a costear de su bolsillo la deuda que sus bancos contrajeron con clientes británicos y holandeses, y que las arruinadas entidades ya no pueden reembolsar. Londres y La Haya asumieron temporalmente la indemnización de sus ciudadanos, y ahora le reclaman a Reykiavik 3.800 millones de euros. Un acuerdo entre los tres Estados -aprobado por el gobierno y el Parlamento islandeses- preveía la devolución de la suma en un plazo de 15 años al 5,55 por ciento interés. Pero el presidente de la república impuso su veto, yen referéndum los islandeses dijeron “no” en dos ocasiones, la última este pasado 10 de abril.
El pago haría aumentar aún más el endeudamiento islandés y volvería a despertar el fantasma de la bancarrota. Pero no el hecho de reintegrar el dinero en sí es lo que provoca la oposición popular, sino las condiciones del acuerdo. Entretanto se rumorea que podría circular una versión mejorada del documento, pero ya desde el primer rechazo en las urnas cayó el sistema con toda su contundencia sobre Islandia: los créditos internacionales concedidos al país como apoyo en la crisis quedaron en suspenso, la solicitud de ingreso en la Unión Europea en entredicho.
La entrada en la UE preocupa poco en Islandia. Durante la pasada la presidencia española quedó claro que el conflicto con Gran Bretaña y los Países Bajos discurriría al margen de los contactos para el acceso y, en cualquier caso, la idea de pertenecer al club comunitario y tener que someterse a sus reglas pesqueras apenas cautiva en estas latitudes.
Más peligroso podría ser que los combativos ciudadanos tuvieran que aprender que las fuerzas del mercado son demasiado potentes para una sola isla volcánica, incluso si es la mayor del mundo. Al final, directa o indirectamente, van a acabar pagando la carísima porcelana resquebrajada por sus bancos, cree Bára Ómarsdóttir. “Por eso, yo hubiera preferido que se llegara a una solución negociada desde el principio”, dice. Pero, ¿qué clase de justicieros y ecuánimes vikingos habrían sido esos?
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