12 de mayo de 2011

Una crisis de civilización




Poco a poco se va asumiendo que esta crisis no es una más de las que se han inscrito en la teoría de las crisis cíclicas del economista Joseph Alois Shumpeter (1883- 1950). Es más, el propio Shumpeter llegó a predecir la desintegración sociopolítica del capitalismo debido a "su propio éxito". El afán y la insistencia con que se apela a la mejora de la productividad, la competitividad y la moderación salarial para un supuesto crecimiento generador de empleo, es una cantinela que a modo de mantra, sirve para evadir un análisis más profundo y riguroso, y así seguir echando sobre las espaldas de los trabajadores la responsabilidad de solucionar lo que ellos en absoluto, han generado.

Los últimos informes acerca de la capacidad productiva de España, fundamentalmente en el sector industrial, señalan que estamos usando el 70 de nuestro potencial de capital constante y bienes de equipo. Es decir que un 30% de nuestras infraestructuras productivas están ociosas; y todo ello con el paro existente. Se argüirá que resulta más barato, beneficioso o rentable la utilización de bienes producidos fuera de nuestras fronteras nacionales. Y ese hecho no hace otra cosa que resaltar la contradicción existente entre una moneda única para economías diferentes y en distintos niveles de producción y exportación consecuente. Alemania que dedicó bastante esfuerzo económico para lanzar el euro lo ha recobrado con creces al aumentar notablemente sus exportaciones a la eurozona y a la UE- 27.Abordar la crisis desde el exclusivo ángulo de la economía es lanzar al planeta a una guerra de depredación y de competitividades que cual tsunami, irán arrasando infraestructuras, instalaciones, centros de trabajo y estabilidad laboral. Es aquí donde está lo que anteriormente cité de Shumpeter, la muerte por "éxito". Pero hay algo más.
Nuestra civilización llamada occidental (aconsejo leer la valoración que sobre la misma hacen Marx y Engels en el Manifiesto Comunista) se ha auto-reconocido como la consecuencia de dos hechos históricos: la implantación de la democracia representativa y la revolución industrial. Y aunque desde la constitución francesa de 1793 a nuestros días el concepto democracia no ha hecho otra cosa que reducir su campo de aplicación hasta llegar a ser sinónimo exclusivo de convocatorias electorales a plazo fijo y con el mecanismos de sistemas de votación crecientemente mayoritarios y distorsionadores de la realidad del cuerpo electoral.
La manifiesta inanidad de los dirigentes políticos ante los que se ha venido en llamar "dictado de los mercados" no sólo es la muerte de la Política sino también la de la Democracia. Nadie se extrañe que un Rodriguez Zapatero tome las medidas que toma alegando la necesidad de contentar a los mercados; nadie se extrañe si en USA hay gobernadores que le quitan a los funcionarios el derecho de huelga; nadie se escandalice si los grandes documentos exhibidos en conmemoraciones: DDHH, constituciones, Carta Social Europea, etc. son papel mojado ante los intereses del capital rampante. Y en fin, nadie crea que los dóciles sindicatos, fuerzas políticas y creadores de opinión van a salir indemnes de esta ofensiva. El amo no se anda con chiquitas.
Y ahí está el origen de una crisis de civilización; cuando uno de los pilares: la Democracia, debe morir, apagándose, por exigencias del otro pilar, el cual a su vez, tiene que lidiar y competir con sus aventajados alumnos en otras latitudes del mundo.
Durante las últimas décadas, los portadores del Pensamiento Único en íntima connivencia con los portaestandartes del llamado Pensamiento Débil de "europeístas" y "progres" nos acosaron en nombre de los tres grandes descubrimientos del sistema: Mercado, Competitividad y Crecimiento Sostenido. Recuerden mis lectores los debates sobre la UE y Mäastricht. Han vuelto las cosas por donde solían. Hay alternativa, pero con otros valores, políticas, prácticas y valor cívico. Dejemos a los embaucadores con sus cuentos chinos.
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Fuente: Mundo Obrero, Mayo 2011