23 de julio de 2011

Koestler, el periodista que se jugó la vida para destapar el apoyo nazi a Franco




Cuando se cumplía un mes del estallido de la Guerra Civil en España, de la que conmemoramos el 75 aniversario, el periodista y escritor de nacionalidad húngara Arthur Koestler emprendía un viaje a Sevilla con el objetivo de desenmascarar el apoyo de Hitler a Franco. Koestler había trabajado en Berlín para el Grupo Ullstein, la cadena de periódicos y revistas más potente de Alemania, de la que fue expulsado por su ideología comunista en 1932, cuando comenzó la nazificación. En julio de 1936 vivía míseramente en París junto a otros refugiados alemanes, entre los que se encontraban sus amigos Joseph Roth, Irmgard Keun, Egon Ervin…

Antes de partir hacia España con las credenciales del periódico liberal ingles Neus Chronicle y del derechista y humilde Pester Lloud de Budapest, se puso en contacto con Willi Münzenber. Willi era un genio de la propaganda, un hombre que evaluaba las acciones humanas por su valor propagandístico. Dirigía el departamento de agitación y propaganda, el agiprop de la Komintern para Europa Occidental y acababa de constituir la Comisión de Ayuda de Guerra a la República Española.
“¿Por qué no te presentas en el cuartel general de Franco como corresponsal del Pester Lloid? Hungría es un país semifascista. Franco te recibirá con los brazos abiertos”. El objetivo era obtener pruebas que demostraran la intervención de los nazis en la sublevación. Koetsler aceptó el encargo y el camarada Willi le proporcionó 200 libras, una fortuna para un hombre hambriento que caminaba nueve kilómetros para dormir en un henal cerca de Versalles. Koestler se compró un traje y el 22 de agosto embarcó en el Almanzora hacia Lisboa.Pero, ¡maldita sea!, cuando llegó a la capital portuguesa, el agente de aduana descubrió que aunque llevaba el visado en regla, el pasaporte había caducado durante la travesía. Tras una discusión, el agente le dejó entrar a condición de que fuera inmediatamente al consulado húngaro y renovara su pasaporte. Esto suponía un gran contratiempo, pues Koestler no deseaba atraer la atención de las autoridades húngaras sobre él. Por suerte, el cónsul era honorario y ni siquiera era húngaro, sino un enorme y jovial exportador danés que tenía una encantadora esposa portuguesa, “acérrima fascista de corazón” y estrechamente relacionada con todo el grupo franquista de Lisboa.
El cónsul le renovó, con un sello de goma, el pasaporte por un año, y cuando Koestler le preguntó qué debía hacer para conseguir un permiso de entrada en la España insurgente, le dijo que fuera al casino de Estoril después de cenar. “Esa misma noche, el cónsul y su esposa me presentaron a un nutrido grupo de franquistas. Todo el mundo parecía ser marqués o duque. Tenían nombres maravillosamente grabados en cobre en sus tarjetas de visita. Yo estaba tan emocionado por invitar a copas, con dinero de la Komintern, al marqués de Quintanar y al marqués de la Vega de Anzo, que de forma momentánea me olvidé de todas mis preocupaciones”.
Puesto que algunas crónicas de Koestler para los Ullstein sobre la expedición del zeppelín Graf al Polo Norte se habían publicado en España y algunos de aquellos nuevos conocidos las recordaban vagamente, al día siguiente, en el hotel Aviz, le presentaron al líder de la Ceda, Gil-Robles, y a otros miembros de la conspiración franquista en Lisboa, entre los que se hallaba un caballero que se hacía llamar Fernández de Ávila, pero en realidad era Nicolás Franco. Aquella misma noche partió hacia Sevilla con dos valiosos documentos en el bolsillo: una carta del hermano de Franco que le describía como amigo del alzamiento nacional y otra de Gil-Robles para el general Gonzalo Queipo de Llano, quien le concedió una entrevista.
Si en Lisboa había obtenido suficientes indicios de la connivencia de las autoridades portuguesas con los sublevados, en Sevilla, las pruebas de la intervención nazi podían encontrarse literalmente en las calles, en la figura de aviadores alemanes paseando con uniformes blancos con una pequeña esvástica entre dos alas bordadas en sus camisas. Averiguó los nombres de varios pilotos alemanes gracias a un joven inglés que se había alistado en la fuerza aérea de Franco, así como los tipos, distintivos y número de aviones entregados por Alemania para el puente aéreo con África y otros cometidos. El propio Queipo reconoció la ayuda extranjera en las declaraciones que le concedió.
La Guerra Civil acababa de entrar en su segundo mes y la “no intervención” seguía siendo una ficción; Hitler negaba que enviara ayuda a Franco y éste negaba que la recibiera. Algunos periodistas extranjeros habían sido expulsados, algunos franceses se hallaban en un hotel bajo vigilancia. “El ambiente en Sevilla no era precisamente favorable para los reporteros, ni siquiera para los auténticos”, escribiría después el autor de El cero y el infinito.
Aun así y todo, decidió acercarse al hotel Reina Cristina, donde se alojaban los pilotos nazis. “Cuando entré en el salón vi a cuatro oficiales uniformados de las fuerzas aéreas alemanas en compañía de una quinta persona vestida de civil. Me senté a unas pocas mesas de distancia y pedí un jerez. Al cabo de un rato, el hombre de civil se levantó y pasó por delante de mí. Nos reconocimos en el acto. Era Strindberg, antiguo colega mío en el grupo Ullstein de Berlín, que ahora era un grupo de prensa nazi. Por supuesto, Strindberg sabía que yo era comunista”.
Aunque el periodista alemán se comportó como si no le hubiera visto, Koestler temió que le delatara, se acercó a él mientras hablaba con un oficial alemán y le saludó. Strindberg murmuró: “Perdóneme, pero estoy conversando con este caballero”. Entonces Koestler le preguntó qué razón tenía para no estrecharle la mano, ante lo que el oficial alemán se presentó –Von Bernhardt– y le exigió que le mostrara sus documentos. Koestler le preguntó qué le autorizaba a hacer eso, a lo que el nazi replicó que como miembro del ejército español tenía derecho a pedir a cualquier individuo “sospechoso” que se identificara.
Puesto que hablaba alemán y lucía una esvástica en la camisa, la afirmación del militar alemán era bastante arriesgada, de modo que Koestler sacó pecho y pidió que telefoneara al capitán Luis Bolín, jefe de prensa de los sublevados y la persona que le había facilitado la entrevista con Queipo. No fue necesario que lo hicieran porque “en ese momento, el capitán Bolín entró en el hotel como un deux ex machina. Era un oficial alto, de facciones suaves y actitud dura, que ya se había hecho famoso por su rudeza con la prensa extranjera. Era Bolín quien había ordenado el arresto de los periodistas franceses y quien había amenazado a uno de ellos poniéndole un revólver debajo de la nariz”. Por supuesto, Koestler se dirigió a él, quejándose de las indignidades que había tenido que sufrir, pero Bolín dijo que no quería saber nada del estúpido asunto de si dos malditos periodistas se estrechaban la mano o no.
Entonces Koestler salió del hotel con aire ofendido. Sabía que le habían descubierto, así que recogió su equipaje y puso tierra de por medio. Cruzó la frontera con Gibraltar una hora antes de que en Sevilla se firmara la orden de detención contra él. Sus informaciones sobre la presencia de los nazis en Sevilla fueron noticia de primera plana y sus pesquisas sirvieron a la Comisión de Investigación de la Violación del Acuerdo de No Intervención en España para abrir un juicio popular contra el régimen nazi, si bien no evitaron que Hitler siguiera ayudando a Franco.
Poco después, Koestler regresó a España con el objetivo añadido de localizar documentos de algunos políticos de derechas que habían huido de Madrid al fracasar el alzamiento dejando tras de sí correspondencia oficial y archivos privados que podían demostrar que la Alemania nazi había intervenido en los preparativos de la sublevación de Franco. Ese material se necesitaba urgentemente para defender la causa del Gobierno español ante la Sociedad de Naciones.
En Madrid obtuvo documentos valiosos. “El archivo de la correspondencia de don Alejandro Lerroux, aparte de contener el material político más importante de cuantos revisé, incluía también gran abundancia de románticas cartas de señoritas que piadosamente volví a guardar en sus cajas”, escribió. Envió a París dos maletas de documentos, pero resultó que la mayor parte de ellos eran conocidos por otras fuentes. Parte de aquel material sirvió para confeccionar el libro La conspiración nazi en España. En él quedó de relieve el apoyo del partido nazi a los falangistas, la formación de cuadros en Alemania, la propaganda, el suministro de pistolas camufladas en sacos de patatas que se distribuían en algunos bares cercanos a la Puerta del Sol y sirvieron para armar a los quintacolumnistas, así como la nazificación total del servicio exterior y de las empresas alemanas que operaban en España. Aquel proceso comenzó en 1932, durante la II República, y permitió después de la caída del tercer Reich a cientos de nazis refugiarse en España con la protección de Franco y dirigir empresas y negocios –incluidas sucursales bancarias alemanas– mediante la interposición de hombres de paja.
Koestler también contempló y sufrió en España una nueva dimensión de la guerra moderna: “Madrid fue la primera capital europea sometida a bombardeos a gran escala. Durante las cuatro semanas transcurridas entre el 24 de octubre y el 20 de noviembre, murieron unas mil personas y tres mil resultaron heridas”, escribió en sus apasionantes Memorias, publicadas en marzo pasado en España (Editorial Lumen).
En Un testamento Español, todavía inédito en nuestro país, y del que existe una traducción al español que se publicó en los años cuarenta en Buenos Aires, escribió: “Un ataque aéreo, mientras dura, no es un acontecimiento político en la mente de la persona que lo experimenta, sino una catástrofe natural, como un terremoto o la erupción de un volcán. El 16 de agosto, el general Franco declaró que nunca bombardearía la capital de su país, y el 28 de agosto comenzó a bombardearla. Es un mentiroso. Ha convertido a sus compatriotas en ganado para el matadero. Esto no es un acto político, es un desafío a la civilización”.
Ya es casual y paradójico que fuese el capitán Bolín –el que negó el bombardeo de Gernika y Durango por la aviación nazi– quien apresara a Koestler en Málaga en febrero de 1937. En aquella fecha, Koestler acababa de publicar en París su libro España ensangrentada y sabía que si los franquistas le detenían, sus horas estaban contadas. No obstante, con su colega noruega Gerda Grepp salió hacia Malaga el 26 de enero, después de una amena velada en Valencia con el colega ruso Mijail Koltzov, Wystan Auden y con un piloto rumano convaleciente que pertenecía a la escuadrilla de Malraux. En la ciudad andaluza pasaron ocho días visitando los distintos frentes. La defensa estaba mal organizada y peor armada. Presentían que la ciudad caería, como, en efecto ocurrió cuando Franco recibió los refuerzos de Mussolini.
Era el 8 de febrero y todos los hoteles cerraron sus puertas. Gerda regresó a Valencia, pero Koestler había entablado amistad con inglés de 72 años que tenía una casa llamada Villa Santa Lucía, con una gran bandera del Reino Unido sobre el tejado. Hasta aquel momento, los dos bandos la habían respetado. Este amigo era sir Peter Chalmers-Mitchell, un eminente zoólogo, creador de Whipsnade Zoo. Koestler se instaló en su casa y sir Peter pensó que si permanecía en Málaga, cuando todos los representantes diplomáticos habían abandonado la ciudad, los rebeldes no cometerían muchos desmanes por temor a la opinión internacional. En una carta a The Times y en su libro Mi casa de Málaga reconoció su error de cálculo sobre la condición humana.
Un día después de que los sublevados ocuparan la ciudad, apareció en Villa Santa Lucía el oficial Bolín, acompañado de dos militares. En ese momento, Koestler ayudaba a la familia de Tomás Bolín, que era tío del oficial franquista yvecino de sir Peter, a trasladar sus enseres, pues se había refugiado en la vivienda del inglés, que la acogió con generosidad, por temor a los “rojos”. Ahora los Bolín volvían a su residencia.
El oficial Bolín, que acudía triunfante a visitar a sus familiares, acompañado de dos subordinados, vio a Koestler y le reconoció de inmediato. El periodista se quedó helado. El oficial ordenó a un ayudante que buscase una cuerda. El periodista creyó que lo iban a ahorcar allí mismo. Le ataron las manos y le subieron al vehículo. A continuación detuvo a sir Peter y se llevó a ambos sin que su vecino Tomás Bolín moviera un dedo por impedirlo. “Cuando llegamos a la primera curva del Camino Nuevo –escribió el inglés–, el coche se detuvo y al momento nos vimos rodeados por una multitud de uniformados desaliñados, entre los que resaltaban las boinas rojas de los requés. Contra la pared que había a la derecha vi cuerpos amontonados, no se si muertos o todavía vivos; eran los hombres que había visto llevar por la mañana. Evidentemente, un lugar de ejecución, un paredón. Bolín bajó del coche y habló con un oficial. Yo esperaba que en cualquier momento nos sacaran arrastras y nos fusilaran“. El biólogo fue expulsado a Gibraltar, pero Koestler pasó cuatro días incomunicado en un calabozo en Málaga. Luego fue trasladado a Sevilla y condenado a muerte sin que le comunicaran la sentencia.
En cuatro ocasiones su yo racional se despidió de su ser carnal. Pero no le fusilaron porque sir Peter avisó a tiempo de su detención y su esposa, de la que se había separado hacía dos años, organizó una campaña en la prensa londinense que aconsejó a Franco preservar la vida del periodista extranjero. Cuatro meses después fue canjeado bajo el control de la Cruz Roja por la apuesta esposa de un famoso aviador franquista. Muchos años después, en 1983, el periodista que destapó la implicación de los nazis en la sublevación franquista decidió poner fin a su vida junto a su compañera en París.
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