22 de septiembre de 2011

Entrevista al ensayista y escritor Santiago Alba Rico, que insiste: “En Libia se ha producido una revolución popular”

Santiago Alba Rico.De formación marxista y de izquierdas, ha publicado varios libros de ensayo sobre disciplinas como filosofía, antropología y política, además de colaborar como redactor en varias revistas y medios de comunicación, como Gara, Archipiélago: Cuadernos de crítica de la cultura, LDNM, Público, el Comité de Solidaridad con la Causa Árabe o Rebelión. Es activo participante en varios medios de comunicación alternativos. Santiago Alba Rico , vive desde hace muchos años en Túnez y ha traducido algunas obras del árabe. Entre sus últimos libros publicados, cabe destacar Capitalismo y nihilismo (Akal, 2009) y, junto con J. D. Fierro, Túnez, la revolución (Hiru, 2011). Si te parece podríamos empezar con un poco de historia. ¿Podrías dar cuenta, en media página, no te dejo más, de la historia reciente de Libia? En pocas palabras: en 1912 Italia, que había quedado fuera del reparto colonial de la conferencia de Berlín (1884), invadió Libia, formalmente parte del imperio otomano, pero de escasa importancia para los turcos. Por cierto, fue el teniente Giulio Cavotti el primero que lanzó una bomba desde un avión y fue precisamente en 1911 y sobre Libia, a las afueras de Trípoli, en el oasis de Tagara. En 1922 Mussolini reforzó la presencia italiana y, bajo su dictadura colonial, el gobernador Italo Balbo unió la Cirenaica y la Tripolitana, fijando las fronteras del país actual. En 1940 vivían allí 140.000 colonos italianos, a los que se había instalado en las mejores tierras, proceso de despojamiento al que desde el comienzo se opusieron las tribus y cofradías beduinas y especialmente la Sanusi, cuyo líder, Sidi Idris, llegaría a ser rey tras la independencia del país. Los últimos 20.000 italianos fueron expulsados en 1970 por Gadafi. Para que nos hagamos una idea de la ferocidad colonial italiana, basta con recordar que los desplazamientos forzosos de población ordenados entre 1928 y 1932 por el mariscal Badoglio acabaron directa o indirectamente con la vida de medio millón de libios, según los datos del historiador estadounidense de origen libio Ali Abdellatif Ahmida. En ese periodo fue capturado y ahorcado el héroe de la resistencia Omar Al-Mukhtar, cuyo nombre reivindican por igual gadafianos y antigadafianos. Una famosa frase del mariscal fascista italiano recuerda, por cierto, las amenazas de Gadafi en su primer discurso de febrero contra sus compatriotas rebeldes: “no tendré piedad con los que no se sometan, ni con ellos ni con sus familias ni con sus rebaños ni con sus herederos”. El rey Idris proclama la independencia de Libia en la Nochebuena 1951. Dieciocho años más tarde entra en escena el entonces coronel Muamar el Gadafi. Te pido casi lo mismo que en caso anterior: ¿puedes hacer un resumen del papel histórico de Gadafi? ¿Fue realmente un defensor del panarabismo? En media página, como en la pregunta anterior. Gadafi formaba parte del sector izquierdista del ejército libio y se reclamaba seguidor de Gamal Abdel Nasser, el líder panarabista egipcio que moriría apenas un año después, en 1970. Su muy errática trayectoria se inició, en efecto, en esa dirección, con una fugacísima unión con Egipto y Siria y algunas medidas claramente soberanistas. Seminacionalizó la banca, cerró las bases militares de Inglaterra y EEUU y nacionalizó el 51% de las compañías petrolíferas extranjeras. Pero como dice el periodista comunista Farid Adley, huido de Libia a Italia en los años setenta, este “impulso” acabó muy pronto. He aquí el resumen que hacía él en Il Manifesto el pasado mes de marzo: “Ya en 1973, de la revolución de los Oficiales Libres no quedaba nada, salvo la implacable represión de toda disidencia. Las horcas en la Universidad, la expulsión de los compañeros de lucha, la supresión de cualquier tipo de oposición, la prohibición de los sindicatos, la anulación de cualquier acción independiente de la sociedad civil, el asesinato en el extranjero de los opositores (Italia fue el escenario favorito para ese tipo de acciones terroristas) y las operaciones militares contra civiles que protestaban pacíficamente en contra de la voluntad del tirano (años 80 y 90 en Derna y Benghazi), así como la masacre de Abu Selim (26 de junio de 1996 ), son ejemplos del dominio de esta nueva clase dirigente que, de hecho, se ha reducido a la familia de Gadafi y a un pequeño círculo de sus seguidores”. Otro escritor árabe, en este caso libanés, René Naba, anticipa a 1971 la deriva del régimen: “A partir de esa fecha”, dice, “cada año trajo su cuota de desolación, como el secuestro de un avión comercial inglés para entregar a Sudán a los dirigentes comunistas, decapitados a continuación en Jartum; la misteriosa desaparición del jefe del movimiento chií libanés Moussa Sadr o el resuelto apoyo al presidente sudanés Gaafar al-Nimeiry, a pesar de que fue uno de los artífices de la transferencia a Israel de varios miles de judíos etíopes «falashas»”. ¿Cuáles han sido a lo largo de estos 42 años las relaciones de Gadafi con las potencias occidentales? Si no ando muy errado, Ronald Reagan ordenó el bombardeo de Trípoli y Bengasi, las dos principales ciudades libias, en 1986 (una hija adoptiva de Gadafi, Jana, murió durante los bombardeos). Luego las cosas cambiaron un poco. Así es. Al mismo tiempo que entregaba al carismático líder del partido comunista de Sudán Abdel Khaleq Mahjoub, hacía desaparecer al líder chiita libanés Moussa Sadr y perseguía a sus propios opositores de manera implacable, dentro y fuera de Libia, apoyaba en el exterior a distintos grupos armados que los EEUU consideraban, unos justamente y otros no, “terroristas”. Eso llevó a la ruptura de relaciones diplomáticas en 1981 y a la prohibición por parte de la administración Reagan de importaciones de petróleo libio en 1982. Mientras Gadafi asesinaba a los autores de la tentativa de golpe de 1984 -los Consejos Revolucionarios de Base emitieron una orden que legalizaba el asesinato de todos los disidentes- él mismo se convertía en el blanco de las iras de su mellizo Reagan, quien en efecto bombardeó Trípoli en 1986. Una serie de atentados atribuidos al régimen de Gadafi (la voladura de dos aviones comerciales sobre Escocia y Chad y la de una discoteca en Berlín, con centenares de víctimas civiles, en 1988 y 1989) fundamentaron el bloqueo impuesto por la ONU en 1992 y que duró diez años. Pero en 2003, como recuerda René Naba, Gadafi “se rindió sin condiciones al orden estadounidense”: entregó su programa nuclear a George Bush hijo desvelando al mismo tiempo todo un sector de la cooperación de los países árabes y musulmanes en el ámbito de la tecnología nuclear; reprivatizó parcialmente el sector petrolero permitiendo el retorno de las grandes compañías occidentales; aceptó convertirse -el paladín del panafricanismo- en el carcelero homicida de los emigrantes subsaharianos que trataban de alcanzar Europa (historia terrible que cuenta en detalle el periodista Gabriele del Grande); contrató dos empresas estadounidenses de relaciones públicas para cabildear en su favor en EEUU; colaboró, como revelan los papeles publicados hace unos días por The Independent, con la CIA y el M-16 en la entrega y tortura de presuntos islamistas radicales; recibió una y otra vez a Toni Blair como asesor de J.P. Morgan y comenzó reformas de liberalización económica por las que fue felicitado por el propio Strauss-Khan, presidente entonces del FMI, en enero de 2011, un mes antes del estallido de la rebelión popular. En la voz “Libia” de la Wikipedia en castellano se puede leer: “Actualmente al país se le adjudica la esperanza de vida más alta de África continental (si se cuentan a las dependencias sólo es superada por la isla británica de Santa Elena), con 77,65 años. También cuenta con el PIB (nominal) per cápita más alto del continente africano, y el segundo puesto atendiendo al PIB per cápita en paridad de poder adquisitivo (PPA). Además, Libia ocupa el primer puesto en índice de desarrollo humano de África, y se le puede comparar en términos de PIB per cápita con países tan desarrollados como Argentina o México”. No son malos indicadores. No sé si Argentina y México son buenos indicadores, pero en este caso me limitaré a relativizar esos datos con una cita de nuestro compañero Tariq Alí, extraída de su libro “Protocols of the Elder of Sodom”, el cual incluye una reseña de su estancia en Libia en 2006: "Libia obtiene del petróleo 36 mil millones de dólares al año. Su presupuesto anual es de 10 mil millones. Su población es de aproximadamente seis millones Naturalmente nadie se muere de hambre. Los comercios están llenos de comida, pero el nivel de la educación y los servicios de salud son primitivos. Miles de libios tienen que cruzar a Túnez para recibir tratamiento médico. El contraste con Cuba, una isla siempre corta de dinero, es instructivo. La Universidad de Medicina de las Américas en La Habana forma y educa a cientos de estudiantes del norte y el sur de América (principalmente afro-estadounidenses e hispanos). El nivel de la cultura y la educación es muy alta. ¿Por qué no en Libia? (…) Uno de los hijos de Gaddafi, Saif al-Islam, se está preparando para la sucesión. Como es estudiante de doctorado en la London School of Economics y un enamorado del occidente neoliberal, hay pocas críticas aquí sobre la propuesta de traspaso. Gadafi, después de todo, ya no es el dirigente de un "estado canalla" sino un "gran estadista" (en palabras de Jack Straw) y ha recibido a Blair en su tienda. Esto ayuda a mantener la pretensión de que él cedió ante Londres, no ante Washington. Es muy sencillo: Saif quiere privatizarlo todo y convertir a Libia en un pequeño estado del Golfo". Hasta aquí la cita de Tariq Alí. Como vivo en Túnez desde hace años, puedo confirmar lo que dice sobre los libios que visitan las consultas médicas privadas a las que los tunecinos no pueden acudir. Por lo demás, me cuesta trabajo aceptar este criterio económico como principio de legitimación del derecho o no de los pueblos a la rebelión. Con mucho menos motivo lo tendrían los bahreiníes, cuya renta per capita es mucho más alta que la de los libios. ¿Y tendríamos que reprochar a los saudíes que reclamaran democracia en la calle a la brutal teocracia wahabita o aceptar que se disparara sobre ellos si decidieran rebelarse? ¿Y no nos dice la derecha española precisamente que el movimiento 15-M no tiene fundamento, pues ninguna generación de jóvenes españoles ha vivido con tantas comodidades y ventajas como la actual? Me centro en los últimos acontecimientos. ¿Se ha producido una revolución popular en Libia? ¿Similar a lo ocurrido en Túnez, Egipto, Yemen o Bahrein por ejemplo? ¿Debería incluir Siria también? Sin lugar a dudas. Y debes incluir a Siria, por supuesto. Es muy triste, muy doloroso, encontrarse con compañeros dignos de todo respeto (que además reivindican para sus propios países procesos populares de democratización como los que están produciéndose en el mundo árabe) incurrir en dobles raseros muy semejantes a los que tanto condenamos en el imperialismo y distinguir entre dictaduras buenas y dictaduras malas y pueblos con derechos y pueblos sin ellos. He insistido muchas veces en que esta posición aplica automatismos de bloque enteramente superados por la historia y proyecta sobre el mundo árabe clichés eurocentristas (¡eurocentrismo latinoamericano también!) asimilables a los de la propaganda islamofóbica occidental tantas veces denunciada: los árabes pueden sublevarse por pan o por Dios, pero no por democracia; las revoluciones que comienzan en París o en Caracas pueden tener consecuencias en otros lugares de Europa o de América Latina, pero las que comienzan en Túnez no (pese a todo lo que une este país a los del resto del mundo árabe). Si como recuerda Carlos Varea no hay ningún régimen progresista en esa zona del mundo, si todos los regímenes son además autoritarios, autocráticos, dictatoriales o tiránicos, ¿no es lo natural que sus pueblos se levanten? ¿Y no debería alegrarnos en lugar de despertar nuestras suspicacias y reservas? Repito de nuevo algo que he dicho muchas veces. Negar el carácter espontáneo y legítimo de las revueltas libia y siria supone cometer una doble injusticia: la de defender a dos tiranos que disparan sobre sus pueblos y la de ofender a los pueblos que tratan de acabar con ellos. Me resulta muy difícil conciliar esa doble injusticia con los principios de la izquierda. ¿Por qué crees que ha intervenido la OTAN a favor de los rebeldes? No ocurrió esa intervención otánica en el caso de Túnez o Egipto por ejemplo. ¿Es de nuevo un intento de liquidar, como en el caso de Yugoslavia, algo que aunque sea remotamente huele a “socialismo”? Nada de eso. Creo que ha quedado ya claro qué clase de socialismo había en Libia. Ni siquiera había ya un soberanismo limitado que objetivamente, como en Iraq, obstaculizase el abrazo del imperialismo. Es demasiado obvio -y aún así, por supuesto, verdadero- hablar de los intereses económicos, que en realidad ya estaban asegurados. Los intereses pueden justificar una intervención, pero no permitirla. Por así decirlo, se interviene cuando se puede, no cuando se quiere. Para entender la intervención de la OTAN hay que inscribirla en el contexto de la región -una región sacudida por un seísmo inesperado- y contemplarla al mismo tiempo como una gran improvisación. Y en este caso hay que tener muy en cuenta dos factores coadyuvantes, sin los cuales la intervención militar de la OTAN habría sido imposible, y dos intereses directamente políticos -no económicos- sin los cuales quizás tampoco habría tenido lugar o no del modo en que finalmente se ha producido. El primero de los factores coadyuvantes es el hecho, en efecto, de que se trataba de una causa justa. No hay que confundir propaganda y mentira. Como escribía Sartre en los años setenta “el poder utiliza la verdad cuando no hay una mentira mejor”; y en este caso, al contrario que en el de Iraq, no había ninguna mentira mejor que la propia verdad: había una “dictadura feroz” que era de veras una dictadura feroz y unos “rebeldes libios” que, al menos al principio, eran en realidad unos rebeldes libios. El segundo factor coadyuvante es que el régimen de Gadafi cumplía un papel marginal en la geoestrategia de la zona; aparte de unos cuantos dictadores africanos y unos cuantos imperialistas, no tenía amigos. En cuanto los imperialistas le retiraron su apoyo, se volvió enteramente vulnerable. La Libia de Gadafi podía ser atacada sin que nadie opusiera resistencia, como así, en efecto, ocurrió: ni siquiera Rusia y China utilizaron su derecho al veto para impedir la resolución 1973. Respecto de los dos “intereses” directamente políticos, uno de ellos es sin duda el de la brutal teocracia saudí, reñida desde hace mucho tiempo con el dictador libio, y que presionó -en gran potencia- a unos EEUU muy renuentes y muy debilitados y cuyos intereses energéticos están desde 1945, fecha del pacto del Quincey, en el Golfo pérsico, no en el norte de África. El otro “interés” directamente político tiene que ver con la Francia de Sarkozy, claramente fuera de juego en su tradicional “patio trasero” (en este caso, sí, el norte de África) después de su apoyo a las dictaduras de Ben Alí y Moubarak y los escándalos de dos de sus ministros, beneficiarios de tratos de favor y regalos por parte de los regímenes derrocados. Era una oportunidad única -un regalo- para recuperar el terreno, repenetrar con fuerza en una región muy desconfiada y convulsa y represtigiarse al mismo tiempo a los ojos de los árabes revolucionarios y de sus votantes franceses. Algunos intelectuales de izquierda argumentaron en su momento que la intervención otánica era un mal menor, una forma de impedir la masacre anunciada por Gadafi (“Entraremos en Bengasi como Franco entró en Madrid”). ¿Qué opinión te merece esta posición que, como sabes, no ha dejado de generar discrepancias en la mayoría de los ámbitos de la izquierda? No podemos saber si hubiera habido o no una masacre; en eso tiene razón Pepe Escobar. Lo malo es que la única manera de averiguarlo era de algún modo permitirla. Por todo lo que sabemos de Gadafi, por lo que ya había hecho, por sus propias declaraciones, no sé si podemos éticamente considerar el pretexto humanitario un simple “pretexto”. Digo lo mismo que antes con la propaganda y la verdad. Para la OTAN fue un pretexto, claro, pero lo cierto es que objetivamente su intervención, que también ha producido víctimas civiles por las que habrá que pedir cuentas, salvó muchas vidas en Benghasi la noche del 18 de marzo. Treinta tanques y veinte lanzamisiles fueron detenidos por los bombardeos a las puertas de la ciudad, donde ya habían provocado en pocas horas -según reporta el periodista Gabriele del Grande- 94 muertos. Si la artillería de Gadafi hubiera entrado en la ciudad, como hizo en Misrata, el número de muertos habría sido altísimo. En cuanto a lo que habría sucedido de haber sofocado a sangre y fuego Gadafi la rebelión, hay que valorarlo también en términos regionales, en el contexto de la Primavera Árabe, que habría sufrido un retroceso, si no un colapso, casi inmediato. Para Túnez habría sido, desde luego, una gran desdicha. Gadafi siguió apoyando a Ben Ali y a los Trabelsi tras su derrocamiento, amenazó a los tunecinos -a los que acusó de echar drogas en el café de los buenos jóvenes libios- y, según algunas fuentes, preparaba un plan de desestabilización, a través de mercenarios, para restablecer al dictador en el poder. Puede decirse que los rebeldes libios salvaron la revolución tunecina, lo que puede parecernos poco importante, desde luego, si seguimos considerando que las revoluciones árabes, como no son marxistas, no sin ni revoluciones ni nada. Pero yo, sinceramente, me siento muy aliviado. Se ha esgrimido también el siguiente argumento: también Sadam Hussein fue un tirano, un gobernante autoritario, incuso criminal, y toda la izquierda se posicionó en contra de la invasión de Irak. Por lo tanto, lo mismo debería haber hecho en el caso de Libia. ¿Qué opinión te merece esta aproximación? Es un paralelismo absurdo. Ya he apuntado algunas de las diferencias -Chomsky ha señalado otras-, pero la más importante me sigue pareciendo ésta: la intervención contra Iraq, al margen de la ONU y amparándose en mentiras, no se produjo en medio de una gran revuelta popular local y regional contra las dictaduras árabes. Cuando hablan los pueblos, las izquierdas saben bien a quién tienen qué apoyar. Las izquierdas árabes, que han celebrado la caída de Gadafi sin dejar de advertir contra los peligros de la intervención, nos han señalado el camino. ¿Ha habido o no habido intervención sobre el terreno de tropas o servicios occidentales? Parece que ha habido algunos grupos de apoyo logístico -sin duda los ha habido- y los periódicos rusos han denunciado, sin confirmación, la presencia de algunos soldados qataríes y saudíes camuflados entre las milicias rebeldes. Lo que sí está confirmado (ver, por ejemplo, el artículo de Piovesana, el periodista de Peace Reporter: http://www.rebelion.org/noticias/africa/2011/8/los-rebeldes-libios-entre-al-qaeda-y-la-cia-134821) es el retorno a Libia, para incorporarse a los combates, de miembros del Grupo Combatiente Islámico Libio, formados en Afganistán. Desde luego, al contrario que en Bagdad, nadie ha visto tanques estadounidenses -o franceses o ingleses- en las plazas de Trípoli. Y lo que ha sido decisivo en la victoria final, más que la participación de tropas extranjeras, ha sido la batalla de Gebel Nafusa. Cito a Angelo del Boca, historiador del colonialismo italiano y biógrafo de Gadafi: “Ha sido realmente decisiva. Como ya he mencionado varias veces en el Gebel Nefusa hay árabes y bereberes, históricamente enfrentados unos con otros, pero que se han unido esta vez. No hay que olvidar que los bereberes en Libia han estado siempre del lado del poder. Cuando la presencia italiana estaban con los italianos contra los resistentes. Este ha sido un elemento decisivo. Lo confirma la información que recibo directamente del disidente Anwar Fekini, que ha participado en la resistencia en el Gebel, y que desde hace días me insistía en que la situación había cambiado mucho desde el punto de vista militar. A pesar de la falta de armas pesadas los rebeldes del Gebel habían llegado a 50 a 60 km de Trípoli. Luego, en los últimos días habían podido capturar tanques, armas pesadas para poder acecarse y entrar en la capital libia. Las rebeliones siempre han empezado en el Gebel, también durante la presencia italiana. Cuando los italianos desembarcaron en Trípoli en octubre de 1911, no fueron los turcos quienes resistieron contra ellos, sino los montañeses del Gebel que bajaron a caballo desde los montes, llegaron a Trípoli y causaron aquella matanza de 550 soldados italianos en Sciara Sciat. Los jóvenes rebeldes de hoy pertenecen a las mismas familias de los rebeldes de hace cien años. Desde este punto de vista, los insurgentes de Bengasi, que lidian todavía con una profunda división interna, poco tienen que ver con la operación final de la caída de Trípoli”. Sobre las relaciones entre árabes y bereberes y la rehabilitación por parte de los rebeldes de la lengua bereber, prohibida durante 42 años, invito a leer, por lo demás, los artículos del periodista vasco Karlos Zurutuza (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=133904, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=131137). ¿Qué papel ha jugado Turquía, que no olvidemos es miembro de la OTAN, en todo el proceso? Turquía es miembro de la OTAN, pero también juega sus propias bazas como subpotencia regional. Lo estamos viendo estos días, siguiendo la estela de Sarkozy y Cameron en Libia, pero sin coincidir con ellos y después de visitar Egipto y Túnez. Es verdad que tenemos que ser prudentes porque, como recuerda bien Miguel León (http://rebelion.org/noticia.php?id=135744), contradiciendo en este caso a Pepe Escobar, es difícil saber cuánto hay de autoconciencia de neopotencia y cuánto de maniobra por vía interpuesta para facilitar un reordenamiento blando de Oriente Próximo. Cualquiera que sea el caso, el nuevo papel de Turquía -impostado o sincero- demuestra que, tras la Primavera Árabe, nada puede manejarse de la misma manera, y esto incluye también a Israel. El gobierno de Venezuela, que intentó algunas mediaciones, se ha mantenido muy crítico de la intervención otánica y también de los rebeldes, además de lanzar más de una proclama favorable a Gadafi. ¿Cómo valoras esta posición? Como un error catastrófico. El presidente Chávez no ha comprendido que las revoluciones árabes las está haciendo el mismo pueblo que él defendió en Venezuela después del “caracazo” de 1989. Primero guardó silencio sobre Túnez y Egipto y a continuación pasó, no a denunciar la intervención de la OTAN, lo que hubiera sido justo, sino a declarar su amistad y apoyo a Gadafi, gran héroe anti-imperialista que daba su merecido a los mercenarios de los yanquis. Chávez era un ídolo en el mundo árabe después de que Venezuela cortara relaciones con Israel en 2007. Los manifestantes palestinos sacaban su fotografía en las marchas y los jóvenes tunecinos, en la única concentración permitida por Ben Alí en enero de 2008 (precisamente para apoyar a Palestina), gritaban “Chávez presidente”. Todo eso se ha perdido. Hoy Chávez es “el amigo de Gadafi”. Se ha desperdiciado una ocasión histórica para poner en contacto las dos zonas más anti-imperialistas (y más amenazadas por el imperialismo) del planeta. Peor aún: el apoyo a Gadafi ha permitido una identificación falaz entre el régimen libio y la democracia venezolana, lo que sólo beneficia a los que quieren erosionar los procesos emancipatorios de América Latina. ¿Por qué lo ha hecho? Los intereses comunes como miembros de la OPEC no son suficientes para explicar la actitud del gobierno venezolano; prefiero buscar una explicación más honrosa. La que se me ocurre -después de pensar larga y dolorosamente- tiene que ver básicamente con la ignorancia de lo que ocurre en estas tierras, tan lejos de América Latina, y con la virtud a veces destructiva -cuando se hace política- de la “lealtad personal”. Por una vez, Chávez ha actuado como Aznar y Berlusconi, dando razón a los críticos que le reprochan “personalismo” y “caudillismo” y debilitando también por eso el proceso revolucionario que él puso en marcha y que sigue siendo imprescindible para el mundo civilizado. ¿Quienes componen el Consejo Nacional de Transición? ¿Qué opinión te merece este Consejo? La Unión Africana, si no ando errado, no lo ha reconocido. Uno de los portavoces de ese Consejo, hablando de las pocas ciudades que siguen siendo leales a Gadafi, ha declarado: “A veces para ahorrar derramamiento de sangre, tienes que derramar sangre, y mientras más rápido lo hagas, menos sangre se derramará”. Sobre los rebeldes se ha escrito tanto y en Rebelión hemos publicado tantos artículos y tan detallados que me conformaré con enumerar de nuevo la variada filiación de sus miembros: jóvenes abrumados por la “miseria vital” (como en Túnez y Egipto, los primeros en manifestarse pacíficamente); militares desertores de primera hora en Bengasi; oportunistas del régimen gadafista; liberales educados en EEUU, algunos próximos a la CIA y todos ellos pro-occidentales; e islamistas vinculados al Grupo Islámico Combatiente Libio, que se suman más tarde a la revuelta, pero que juegan un papel determinante por su preparación y disciplina. Del CNT sólo forman parte, que yo sepa, los oportunistas, los liberales y los islamistas, lo que demuestra ya la intención (como, por otra parte en Túnez y Egipto) de dejar fuera a los chabab que sacrificaron sus vidas por derrocar la dictadura. Pero debo decir sinceramente que no veo muchas diferencias entre este gobierno provisional y el de Túnez o Egipto, donde los oportunistas del antiguo régimen, los militares y los liberales gestionan por el momento la vida política. Nadie esperaba que los rebeldes libios fueran socialistas, desde luego, y en todo caso me parece significativo señalar que las primeras divisiones y diferencias entre islamistas y pro-occidentales dentro del CNT apuntan dos detalles “inesperados” para los que han visto desde el principio una “conspiración neocolonial” en la rebelión libia. La primera es la resistencia firme y mayoritaria a una intervención terrestre de la OTAN e incluso a una tentativa de tutelaje neocolonial. Cuando Ismail Salabi, comandante de Bengasi, dice que no van a permitir que “una minoría dirija el nuevo destino de Libia” o cuando Abdelhakim Belhaj, comandante de Trípoli y también islamista, denuncia a la CIA como responsable de su encarcelamiento y tortura bajo la dictadura de Gadafi, no es pura palabrería (http://www.alquds.co.uk/index.asp?fname=latest\data\2011-09-19-04-51-39.htm). Saben que la mayor parte del pueblo libio, islamistas o no, están de su lado. Al mismo tiempo, cuando estos mismos líderes islamistas hablan del “Estado civil” y de la “democracia” no lo hacen para tranquilizar a la OTAN sino a los chabab que han participado en la Rebelión, conscientes de que en el mundo árabe la hora de Al-Qaeda y sus afines ha pasado. Saben que si el islamismo quiere gobernar Libia tendrá que cambiar su discurso (como en Túnez o en Egipto) y aceptar nuevas reglas de juego. Por supuesto, la posibilidad de que haya enfrentamientos, incluso armados, y todo acabe en un gran caos inducido no se puede desdeñar. Pero lo que en todo caso demostraría eso, una vez más, es que los rebeldes nunca han sido títeres de las potencias occidentales. Se habla también de limpieza étnica, de la ininterrumpida limpieza étnica perpetrada por los “rebeldes” (según parece las gentes de Cirenaica tiene prejuicios históricos arraigados hacia los africanos subsaharianos). Hemos hablado del trato que Gadafi infligía a los subsaharianos en las cárceles del desierto. El racismo, desgraciadamente, forma parte de la cultura de la dictadura y por lo tanto se ha manifestado en los dos bandos. Pero me gustaría añadir algunas citas de Gabriele del Grande, tomadas de las crónicas que ha escrito después del 23 de agosto desde Trípoli, y que demuestran -si creemos su testimonio- que no se trata, ni mucho menos, de una “ininterrumpida limpieza étnica” y que además la “caza del mercenario” (que no del negro) empieza a estar bajo control. Del Grande, que ha denunciado también abusos, agresiones y linchamientos de negros por parte de los rebeldes, me parece un testigo plenamente fiable. Así comienza su larga crónica, que puede ser leída en italiano en http://fortresseurope.blogspot.com/: “A finales de agosto los periódicos de medio mundo han alertado de la “caza al negro” en Trípoli, de los abusos y las redadas. La realidad, sin embargo, es diferente, más compleja y al mismo tiempo contradictoria. Ha habido excesos, algún arresto de más era inevitable con una armada popular de miles de jóvenes y chiquillos todavía bajo el shock de la sangre vertida en la batalla que ha liberado Trípoli al precio de centenares de muertos. Esas violencias y esos excesos hay que condenarlos. Pero el relato no termina aquí”. Durante su estancia en Trípoli, Del Grande visitó centros de detención provisionales y hospitales donde se atendía a los partidarios de Gadafi heridos, blancos y negros, libios o extranjeros (sobre todo chadianos y nigerinos). Del Grande recoge innumerables testimonios y confesiones que vale la pena leer, pero su conclusión es más o menos la que se refleja en estas líneas: “Muchas de las personas con las que he hablado, milicianos del régimen y presuntos mercenarios, fueron heridas en el frente y se encuentran ingresadas en los hospitales de Trípoli, donde pude verificar que recibían el mismo tratamiento médico reservado a los partisanos libios. Con la diferencia de que, después del tratamiento, irán directamente a la cárcel, en espera de juicio. Quien pruebe su inocencia será liberado, como les ha ocurrido ya en estos días a muchos prisioneros -libios y africanos- injustamente arrestados y que han encontrado testigos dispuestos a exculparlos. Quien sea hallado culpable de haber matado puede ser condenado a muerte. Y aquí sí debemos preocuparnos mucho. Porque en este momento de caos, el riesgo de errores judiciales y de sentencias sumarias con insuficiencia de pruebas es elevadísimo”. Te hago ahora algunas preguntas sobre opiniones vertidas por algunos autores y algunas fuerzas políticas. Gilbert Achcar, por ejemplo, ha escrito recientemente: “[…] hemos visto cómo las fuerzas de Gadafi, bien armadas, bien entrenadas y bien armadas desde hace tiempo, fueron capaces de llevar a cabo una ofensiva tras otra, a pesar de estos varios meses de bombardeos de la OTAN, así como la dificultades y el costo en vidas humanas que ha pagado la resistencia, primero para asegurarse Misrata, mucho más pequeña que Bengasi, y después para romper el bloqueo del frente occidental antes de entrar en Trípoli. Cualquiera que, desde lejos, cuestione el hecho de que Bengasi hubiera sido totalmente aplastado no tiene decencia, desde mi punto de vista. Decirle a un pueblo sitiado, desde la seguridad de una ciudad occidental, que son unos cobardes -porque a eso equivale cuestionar si se estaban enfrentando a una masacre- es una indecencia, simplemente”. ¿A ti también te parece una indecencia? Sí, me parece una indecencia. No estamos hablando de los revolucionarios de Sierra Maestra, entrenados para vencer o morir, sino de jóvenes sin adiestramiento militar -y niños, ancianos y familias enteras- que se defienden como pueden de una agresión feroz y que piden ayuda a las Naciones Unidas, no a la OTAN, al mismo tiempo que declaran expresamente su rechazo de cualquier intervención terrestre. ¿No hay algo indecente en despreciar a esa gente? Siguiendo las secuencias de los hechos, ¿qué posiciones debería haber tomado la izquierda en tu opinión? Por ejemplo, aun aceptando las consideraciones de Achcar, la resolución de la ONU, ¿no merecía ninguna crítica? Merece todas las críticas y desde el principio. Su redacción viola la carta fundacional de Naciones Unidas permitiendo la intervención de la OTAN y autorizándola a ir mucho más allá de la “exclusión aérea” reclamada. Y su aplicación viola incluso la resolución misma, ya bastante permisiva. En cuanto a cuál debería haber sido la posición de la izquierda, imagino que te refieres a la izquierda europea y latinoamericana. La izquierda árabe aceptó desde el principio la necesidad de afirmar al mismo tiempo el apoyo a los rebeldes y la denuncia de la intervención de la OTAN. No era un ni-ni, como pretenden algunos anti-imperialistas muy alejados del terreno, sino un Sí a los rebeldes. Un Sí a los rebeldes que implicaba una posición obvia (no a Gadafi) y otra contradictoria (no a la OTAN). Hay que confiar en que, a partir de ahora, el sí a los rebeldes coincida enteramente con el no a la OTAN. Achcar también ha apuntado: “[..] lancé una campaña con dos demandas inseparables: ¡Paren las bombas! ¡Manden armas a los insurgentes!”. ¿Armas para los insurgentes? ¿Qué insurgentes son estos insurgentes? ¿Puedes darnos alguna informaciones básicas? No parece que sus últimas actuaciones sean muy razonables ni justas. ¿Qué insurgentes son ésos? Los insurgentes realmente existentes, a los que ya hemos descrito antes, apoyados por la mayor parte del pueblo libio. En cuanto a sus últimas actuaciones, imagino que te refieres a los linchamientos de mercenarios y ya hemos hablado también de ello. Con independencia de que siguen siendo abusos muy pequeños por contraste con los crímenes de Gadafi -algunos de los cuales también se están descubriendo en estos días-, no debemos ser tolerantes en ninguna dirección y tenemos que reclamar que todos los responsables de crímenes de guerra o crímenes contra la humanidad, con independencia de su bando, sean juzgados. Se dirá que es una ingenuidad, pero si todas las palabras incapaces de introducir efectos reales en el mundo son ingenuas, entonces son ingenuas la mayor parte de las denuncias anti-imperialistas. La misión de la izquierda debe ser la de denunciar todos los crímenes y, si no son tratados por igual, tendremos entonces que denunciar una vez mas las hipocresías, los dobles raseros y las manipulaciones de los gobiernos y las instituciones internacionales. Te copio ahora una aproximación de Pepe Escobar: “Llamadla la guerra FOL; la guerra R2P (como en “responsabilidad para proteger” el saqueo occidental; la guerra Air France; la guerra Total); en todo caso los FOL lo pasaron increíblemente bien alardeando de su victoria. El Gran Liberador Árabe, el presidente neo-napoleónico Nicolas Sarkozy, exultaba alegría: “Nos hemos alineado con el pueblo árabe en su aspiración de libertad”. Bahreiníes, saudíes, yemenitas, para no hablar de tunecinos y egipcios, tienen derecho a sentirse desconcertados. Sarko agregó: “Se salvaron decenas de miles de vidas gracias a la intervención”. Incluso los “rebeldes” hablan de que hay por lo menos 50.000 muertos, y la OTAN sigue adicta a un salvaje desenfreno de bombardeos. El emir de Qatar por lo menos admitió que Muamar Gadafi en fuga no podría haber sido derrocado sin la OTAN. Pero agregó que la Liga Árabe podría haber hecho más; de hecho lo hizo, suministrando una votación fraudulenta que abrió la puerta para la Resolución 1973 de la ONU redactada por ingleses, franceses y estadounidenses”. Su posición parece mucho más crítica aunque inicialmente Escobar pareció centrar sus críticas en Gadafi y su gobierno. Respeto y admiro muchísimo a Pepe Escobar, uno de los más brillantes analistas del mundo, y entiendo perfectamente sus críticas a la OTAN y su vigilancia atenta a los rebeldes, pero no puedo dejar de expresar mi perplejidad ante su cambio de opinión. El 24 de febrero, por ejemplo, escribía: “Lo que Gadafi hará es ir a Bengasi en busca de venganza. Por tanto, es hora ya de que los manifestantes se apoderen allí de unas cuantas armas pesadas y preparen una estrategia para una resistencia organizada. Puede que tengan que resistir durante algún tiempo, la única solución posible para evitar un baño de sangre es que las Naciones Unidas afronten la situación y declaren una zona de exclusión aérea, que podría causar estragos en la decisión del régimen de enviar mercenarios e incluso abortar una posible ofensiva contra Bengasi” (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=123022). La verdad es que recuerda bastante las posiciones de Achcar y no acabo de ver qué ha ocurrido después de inesperado para modificar tan radicalmente su opinión sobre Gadafi y sobre la legitimidad de la revuelta libia. Por su parte, Guillermo Almeyra, que se ha mostrado muy crítico respecto “a los despistados de siempre de una izquierda ma non troppo, habituados a adorar gobiernos que bautizan como progresistas” ha escrito: “La principal fuerza de este colonialismo europeo-estadounidense es la heterogeneidad del Consejo Nacional de Transición (CNT) y la despolitización y falta de dirección, así como de proyectos revolucionarios democráticos en el sector más avanzado del mismo, así como la total ausencia de instituciones estatales mediadoras debido a la concentración del poder en manos de Kadafi y de sus hijos y presuntos herederos. De modo que la caída del gobernante –dada la imposibilidad actual de los colonialistas de enviar tropas y de poner gobernadores propios– llevará a una guerra de bandas entre los agentes de las diversas potencias, los diferentes grupos presentes en el CNT y las tribus (que controlan diferentes unidades militares). Se cruzarán las vendettas y será difícil formar un gobierno que convoque a elecciones parlamentarias, dada la carencia de partidos y de vida democrática. Además, con respecto a la OTAN, una cosa es el CNT y otra muy diferente la voluntad de sus seguidores en la oposición a Kadafi”. ¿Te parece razonable esta aproximación? ¿Es probable que suceda lo que apunta Almeyra? He apuntado esa posibilidad más arriba y, desde luego, coincido con Almeyra en que, respecto de la OTAN, una cosa es la posición de la cúpula del CNT y otra muy distinta la de los que han participado en la liberación de Libia, islamistas y no islamistas. Una posición parecida -en cuanto a la posibilidad del caos- la sostiene Alberto Pradilla en un artículo muy recomendable: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=135465. Yo soy ligeramente más optimista. El petróleo, fuente de discordia, puede tener también un efecto “civilizador”. Al contrario que en Túnez o en Egipto, donde había un aparato institucional y organizaciones civiles, Libia era una gelatina por encima de la cual flotaba, como el espiritu de Dios en el Génesis, la voluntad schmittiana de Gadafi. En Libia hay que empezar desde cero. En un interesante artículo, en el que por cierto se relativiza desde el terreno el papel de las tribus en el país, Mohammed Bamyeh concluye de esta manera esperanzadora: “Así que de una situación en la que las instituciones del Estado estaban mínimamente desarrolladas pasamos al surgimiento del modelo de revolución más institucionalmente desarrollado del mundo árabe. La aparente excepción libia no radica sólo en la violencia y el derramamiento de sangre. El ejemplo de este gran pueblo que se organiza, que se levanta en medio de la resistencia espontánea y sin miedo a la violencia estatal, desmiente las quejas occidentales sobre la supuesta "ausencia de sociedad civil" en Libia. De la misma manera que tanto diplomáticos occidentales como comentaristas han sufrido para determinar el carácter exacto de este movimiento, han pasado por alto su elemento más importante y esclarecedor: que representa no tanto una ideología concreta como el rotundo renacimiento de las, por largo tiempo, reprimidas tradiciones civiles de la Libia moderna. Por lo tanto, viniendo de la más desesperada de las circunstancias, la revuelta de Libia ha dado el mayor salto hacia adelante de todas las revoluciones árabes hasta la fecha” (http://www.jadaliyya.com/pages/index/1001/is-the-2011-libyan-revolution-an-exception) Atilio A. Boron, por su parte –“Libia: socios del horror”- ha escrito recientemente, a principios de septiembre: “Días atrás el corresponsal del periódico londinense The Independent estacionado en Trípoli dio a conocer una serie de documentos que el mismo había hallado en una oficina gubernamental abandonada con toda premura por sus ocupantes. Ese material arroja una luz enceguecedora para quienes creen que para oponerse y condenar el criminal ataque aéreo de la OTAN sobre Libia es necesario enaltecer la figura de Gadafi y ocultar sus crímenes hasta convertirlo en un socialista ejemplar y ardiente enemigo del imperialismo. La oficina en cuestión era la de Moussa Koussa, ex Ministro de Relaciones Exteriores de Gadafi, hombre de la más absoluta confianza de éste y, anteriormente, jefe del aparato de seguridad del líder libio. Como se recordará, ni bien estalló la revuelta en Bengazi Koussa defeccionó y se marchó sorpresivamente a Londres. Pese a las numerosas acusaciones que existían en su contra por torturas y desapariciones de miles de víctimas, el hombre no fue molestado por las siempre tan alertas autoridades británicas y poco después se esfumó. Ahora se sospecha que sus días transcurren bajo la protección de algunas de las feroces autocracias del Golfo Pérsico. La papelería descubierta por el corresponsal del Independent ayuda a entender porqué”. ¿Te parece justo este comentario? Justísimo. Y quiero agradecer desde aquí a mi admirado Atilio Borón la valentía de su posición. Es una de las voces más autorizadas de América Latina y es para mí un gran alivio compartir con él líneas de análisis que han sido tan mal comprendidas, cuando no duramente rechazadas, en algunos sectores de la izquierda bolivariana y latinoamericana. Te pregunto ahora por una declaración reciente de la Secretaría de política internacional del PCE que lleva por título: “Libia: una guerra colonial por el dominio económico y militar”. Este comunicado torpísimo del PC se ajusta a la perfección al marco de análisis que he tratado precisamente de denunciar como injusto, eurocéntrico y mecánico. Me limito a citar un pasaje de un artículo mío que acabo de publicar en el Gara: “El otro error en el que ha incurrido un cierto sector de la izquierda tiene que ver precisamente con su esquematismo o, mejor dicho, con su monismo. Los pueblos y las izquierdas árabes, jugándose la vida sobre el terreno, han comprendido enseguida la imposibilidad de escapar a la incomodidad analítica si querían derrocar a sus dictadores. Han sabido que había que afirmar muchos hechos al mismo tiempo, algunos contradictorios entre sí. En el caso de Libia, esos cinco o seis hechos son los que siguen: Gadafi es un dictador; la revuelta libia es popular, legítima y espontánea; la revuelta es enseguida infiltrada por oportunistas, liberales pro-occidentales e islamistas; la intervención de la OTAN nunca tuvo vocación humanitaria; la intervención de la OTAN salvó vidas; la intervención de la OTAN provocó muertes de civiles; la intervención de la OTAN amenaza con convertir Libia en un protectorado occidental. ¿Qué hacemos con todo esto? Podemos dejar a un lado la realpolitik, acudir al realismo y tratar de analizar la nueva relación de fuerzas en el contexto de un mundo árabe en pleno proceso de transformación. O podemos afirmar Un Solo Hecho -monismo- y someter todos los demás a sus latigazos negacionistas. Así, si sólo afirmamos la intervención de la OTAN, con sus crímenes y amenazas, nos vemos enseguida obligados, por una pendiente lógica que nos aleja cada vez más de la realidad, a negar el carácter dictatorial de Gadafi y afirmar, aún más, su potencial emancipatorio y anti-imperialista; a negar el derecho y espontaneidad de la revuelta libia y afirmar, aún más, su dependencia mercenaria de una conspiración occidental. Lo malo de este ejercicio de Monismo es que deja fuera precisamente los datos que más importan a los pueblos árabes y a las izquierdas árabes y los que más deberían importar a los anti-imperialistas de todo el mundo: la injusticia de un tirano y la reclamación de justicia del pueblo libio”. Este Monismo lleva a efectos ópticos muy injustos y al deseo de que las cosas sean distintas de como son; y estas dos cosas llevan finalmente a la manipulación de los datos. Una menor, pero que me ha llamado la atención desde el principio, tiene que ver con la presunta filiación monárquica de los rebeldes (luego todos se volvieron de Al-Qaeda). Para deslegitimar la revuelta popular, una y otra vez los monistas se han referido al uso por parte de los rebeldes de “la bandera monárquica”. Es un absurdo. A los regímenes de Moubarak y Ben Ali se podía oponer la bandera nacional porque no era obra suya. La bandera de la “jamahiriya” era la bandera de la dictadura y frente a ella, los rebeldes han enarbolado la de la independencia colonial; es decir, la bandera nacional. “La cuestión de la bandera izada en las zonas liberadas, la de la independencia, no es una señal de retorno al pasado”, dice el periodista comunista libio Farid Adley, y sigue: “Esa bandera no es propiedad del exrey Idriss o de la cofradía sanussita. Yo habría usado la bandera roja, pero ni yo ni mi generación pintamos nada en esta revolución. La corriente monárquica en la oposición es absolutamente minoritaria y enarbolar la tricolor, con la estrella y la media luna en blanco, no es un apego al pasado, sino un claro rechazo al régimen”. Esta cuestión, aclarada hace ya seis meses, no ha impedido a los monistas seguir manipulando la realidad, en este caso y en otros más serios. Editor de Axis of Logic, Lizzie Phelan es, según parece, uno de los pocos periodistas independientes que han soportado con éxito la tormenta de los bombardeos de EE.UU./OTAN de Trípoli y la invasión de la ciudad por los mercenarios. Informó desde el interior del Hotel Rixos y luego se mudó al cercano Hotel Corinthia, todavía en medio de furiosas batallas entre fuerzas del gobierno y los mercenarios de la OTAN. Escapó de Libia en un barco de pesca que la llevó, junto con otros, a Malta, a principios de esta semana. En su primer informe desde su partida de Libia, señalaba cosas como las siguientes: Este baño de sangre no corresponde a la narrativa de una “Libia libre” en la cual los civiles son “protegidos”, pero en una atmósfera semejante cargada de la avidez por control a cualquier precio, es casi imposible que los que están en el terreno sean honestos en cuanto a las imágenes ante sus ojos, mientras permanezcan en territorio en manos de los rebeldes. Un joven rebelde armado que llevaba la bandera francesa sobre su uniforme de campaña apareció detrás de mí y me preguntó de dónde era. “Londres” respondí. “Ah Cameron, amamos a Cameron”, sonrió con una amplia sonrisa. Me obligué a sonreír; incluso una crítica a mi propio primer ministro dejaría traslucir deslealtad hacia los nuevos gobernantes de Libia”. ¿Cuál es tu impresión sobre la situación que describe Phelan? En primer lugar, corregirte cuando hablas de combates entre “fuerzas del gobierno y mercenarios de la OTAN”. He creído dejar claro que se ha tratado de una revuelta espontánea y legítima y, si hemos de hablar de mercenarios, más allá de los enrolados en el ejército de Gadafi, entonces quizás convendría invertir los términos y hablar de los “aviones mercenarios” de la OTAN al servicio de los rebeldes. Lo digo sólo por provocar, aunque, si se trata de fidelidad a la realidad, esta expresión es un poco más correcta que la que empleas. Gracias por la corrección. En cuanto a la frase del joven rebelde es muy de lamentar. Estoy seguro de que si les hubiesen ayudado los cubanos -si ello hubiera sido posible, que no lo era- los jóvenes rebeldes adorarían a Fidel. ¿Y no hemos sido siempre muy comprensivos con aquellos palestinos que, tras la revuelta de 1936, pensaron por un momento en jugar la baza de Hitler contra los ingleses, que eran sus opresores? ¿Y con los independentistas indios que, durante la segunda guerra mundial, vieron en los fascistas japoneses a unos “liberadores”? Por no hablar de Lawrence de Arabia, peón del imperialismo británico, amado por los árabes que luchaban contra el imperio otomano. O de nuestros propios republicanos españoles durante la guerra civil, que imploraron la intervención de Inglaterra y Francia, potencias capitalistas responsables ya entonces de innumerables crímenes coloniales. En todo caso, y como he dicho antes, de la frase de ese joven, que parece la típica frase del nativo de la Medina que quiere agradar al turista, yo no sacaría conclusiones precipitadas y generales. Finalizo con una pregunta de política-cultural: ¿cómo debería apoyar el avance democrático y socialista en Libia la izquierda europea? Tenemos pocos medios para apoyarlos en lo que realmente necesitan: financiamiento de locales, periódicos, cadenas radiofónicas, etc. Como sólo podemos mandarles palabras, que éstas sean al menos razonables y que, de algún modo, impliquen que hemos escuchado previamente las suyas. Sería bueno, en este sentido (en Túnez y Egipto ha comenzado a hacerse) que se establecieran marcos de diálogo entre las izquierdas mediterráneas, como forma de abordar problemas que, como demuestra el 15-M, son comunes a ambas riberas (también lo son los problemas relativos a una tradición de organización partidista cuestionada por las propias revoluciones). Al mismo tiempo, examinemos hasta dónde hemos llegado nosotros y cuánto nos queda aún por hacer antes de pretender darles lecciones. Hace unos días he estado en Argentina, participando en un encuentro sobre las revoluciones árabes y quiero acabar aquí con las mismas palabras con las que cerré mi intervención en Buenos Aires: “la tarea es inmensa e incierta, pero nadie puede desdeñar lo que se ha conseguido. Por primera vez en la historia los pueblos árabes -acostumbrados a asistir pasivamente a cambios de gobierno decididos en conflictos palaciegos y sin su intervención- han sido capaces de levantarse, tomar conciencia de su poder y derrocar a sus dictadores, cómplices además de las potencias neocoloniales. Démosles tiempo. Nosotros, los europeos, nos hemos tomado cientos de años para llegar donde estamos, que no es mucho, cada vez más lejos de los valores universales que decimos defender. Concedamos al mundo árabe al menos dos décadas para que decida a su modo el camino hacia la libertad y la democracia”. Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

El fracaso de la socialdemocracia

Higinio Polo. Cuando terminaba el siglo XX, hace apenas una década, los países más relevantes de la Unión Europea estaban gobernados por la socialdemocracia. Tony Blair era primer ministro en Londres; Gerard Schröder era el canciller alemán, Lionel Jospin dirigía el gobierno francés, y Massimo D'Alema era presidente del consejo de ministros italiano. No eran los únicos socialdemócratas al frente de gobiernos: de los quince países de la Unión Europea, once estaban gobernados por otros dirigentes de la misma ideología. La Internacional Socialista jugaba en esos años con la idea de un agrupamiento con el Partido Demócrata norteamericano y otros partidos semejantes, en el momento en que Bill Clinton casi terminaba su segundo mandato presidencial. Dirigiendo algunos de los países más importantes del mundo, todo parecía sonreír a los líderes socialdemócratas, a sus partidos y a la Internacional Socialista, que, pocos años atrás, entre 1989 y 1991, cuando desaparecieron los sistemas del socialismo real en Europa y la Unión Soviética, celebraron el hundimiento y desaparición de muchos partidos comunistas en Europa del Este, sin sospechar el sufrimiento social que iba a extenderse por medio continente, se aprestaron a colaborar en la marginación del resto de organizaciones comunistas (como en España) y anunciaron el inicio de un tiempo nuevo, donde sus partidos socialdemócratas iban a representar la nueva izquierda que, frente a los errores de los partidos comunistas, iba a construir sociedades más justas, más libres y más solidarias, en línea con los programas de la Internacional Socialista, que, según mantenía, iba a conjugar el socialismo con la libertad. En el tránsito desde la exaltación hasta el fracaso, la socialdemocracia generó algunos espejismos más. La tercera vía de Blair y Giddens, de la que ya no se encuentran seguidores en el mundo, quiso ser un camino intermedio entre el liberalismo y la vieja socialdemocracia de entreguerras, pero fue una vuelta de tuerca en la deriva del laborismo británico, y, después, de buena parte de los partidos socialdemócratas europeos, un camino que transitaron retorciendo el lenguaje, vistiéndose de supuesta modernidad, sacudiéndose la zarza tormentosa de sus lejanos lazos con el marxismo, jugando con ideas de la derecha para hacerlas pasar por progresistas: así, la pretendida síntesis que hizo la tercera vía entre ideas tradicionales del capitalismo con propuestas socialistas quedó reducida a la desregulación, al recorte de los derechos asegurados a los trabajadores por el Estado del bienestar, a la reducción de impuestos (que siempre beneficia a los más ricos), a las privatizaciones de empresas públicas favoreciendo a la burguesía y a los financieros, y a una criminal política exterior, protagonizando con la guerra de Iraq la última matanza colonial. La vergonzosa evolución posterior del propio Blair es conocida: no considera deshonesto estar a sueldo de monarquías medievales como la de Kuwait, o de entidades financieras como JP Morgan Chase , que están en el origen de muchas de las actividades delictivas que han causado la mayor crisis económica desde 1929.Diez años después, el escenario ha cambiado. En 2011, cuando apenas quedan países europeos dirigidos por la socialdemocracia, y el propio Papandreu, actual presidente de la Internacional Socialista y del gobierno griego, se esmera en aplicar la política conservadora, cercenando los derechos de la población, es razonable preguntarse: ¿Se ha cumplido el programa socialdemócrata? En su "declaración de principios", la Internacional Socialista sigue proclamando su deseo de "configurar un futuro socialista democrático en el siglo XXI", y acompaña esa proclama con las tradicionales buenas intenciones sobre el progreso, la solidaridad, el empleo y el futuro sostenible del planeta. Pero, es obvio que no podemos creer en sus palabras. Prisioneros de su renuncia a cambiar las cosas, de su entrega a la voluntad de la burguesía parasitaria y a los carteristas de las finanzas internacionales, los socialdemócratas han culminado su transformación convirtiéndose en una de las muletas del sistema. En ese tránsito, personajes tan poco recomendables como Tony Blair, Carlos Andrés Pérez, Bettino Craxi, Felipe González, por citar algunos, han jugado en las dos últimas décadas un papel central en las decisiones de la socialdemocracia, sin olvidar a déspotas como el tunecino Ben Alí, el egipcio Mubarak, que también eran dirigentes de la Internacional Socialista (de manera vergonzante, Ben Alí fue expulsado tras perder el poder; Mubarak, fue abandonado por la Internacional Socialista apenas unos días antes), o Jalal Talabani (el presidente de Iraq, cómplice de las innumerables matanzas protagonizadas por Estados Unidos en su país), que es vicepresidente de la IS, por no hablar de los dirigentes del Israel Labor Party, ILP , partícipes de los constantes asesinatos de palestinos. Es cierto que en la Internacional Socialista hay otros dirigentes más presentables, pero su actuación global está del lado de los poderosos. En los hechos, la socialdemocracia europea, apéndice durante décadas del "amigo americano" y de sus postulados anticomunistas, además de partícipe en muchas atrocidades coloniales, ha abominado del cambio social, de la revolución, del socialismo entendido como un sistema político que asegurase la propiedad común, la justicia y la libertad, ciñéndose a una gestión de los asuntos públicos que, sin poner en cuestión el capitalismo, limitaba parcialmente la voracidad de la derecha y del empresariado: sus años dorados fueron los de la construcción del Estado del bienestar en Europa, cuyo mérito se atribuyen pese a la evidencia del papel jugado por las organizaciones obreras, los partidos comunistas y la propia existencia de la Unión Soviética. En los últimos años, muchos de los dirigentes socialdemócratas han defendido que conceptos políticos como "izquierda" y "derecha" habían sido superados (aunque, ocasionalmente, los utilizaran electoralmente, de forma oportunista, ante formaciones conservadoras), y que ideas como la emancipación social eran antiguallas del pasado, hasta el punto de que, a juzgar por sus palabras, su nuevo horizonte es el de una sociedad "democrática", con alusiones a una vaga "cohesión social", a una difusa "solidaridad" con los más pobres, a una leve "justicia"... que se concreta en una defensa, no por vergonzante menos eficaz, del capitalismo, gestionando las conquistas sociales que habían aparecido en Europa al amparo de las luchas obreras y de la revolución bolchevique. Han jugado también a robar las palabras, a sustituir términos rigurosos y precisos como "capitalismo" por roñas del lenguaje como "economía de mercado" o, con más simpleza aún, por "mercados". Cuando se acepta incluso el lenguaje de la derecha, se ha llegado al final. Al margen de las excepciones nórdicas europeas, donde la socialdemocracia construyó avanzados sistemas de protección social, compatibles con el capitalismo, en países periféricos y poco poblados; en general, la socialdemocracia se reorganizó como valladar ante los temores revolucionarios y fue, en muchas ocasiones, el muro protector del sistema capitalista. Así ha sido en España, por ejemplo. Pese a la interesada insistencia con que el PSOE reclama los supuestos logros de sus gobiernos con Felipe González, lo cierto es que su visión y su práctica era la de una socialdemocracia liberal, complaciente con la derecha económica, que proporcionó a los empresarios la fragmentación y la precariedad de las condiciones laborales de los trabajadores, mientras facilitaba la acción empresarial, dejándoles hacer, y permitiendo que organizasen la economía nacional a su antojo, muchas veces en condiciones turbias, aceptando privatizar empresas públicas, mientras el Estado subvencionaba sin justificación a las empresas y cerraba los ojos ante la evidencia de la economía sumergida y de la evasión de impuestos, unido a la corrupción y al tráfico de influencias de muchos empresarios, rasgos que se han convertido en definitorios de la mayoría de ellos. La propia idea de empresas públicas es una noción absurda para esta última socialdemocracia, que se ha aplicado a desmantelar buena parte de la propiedad del Estado, facilitando a los empresarios su compra en condiciones muy ventajosas, en ocasiones con sospechosas facilidades, permitiendo la realización de grandes negocios y el cobro de plusvalías millonarias, con frecuencia en un marasmo de corrupción y comisiones escandalosas, donde apenas ha entrado la justicia a investigar. En ese sentido, hay que señalar que la política seguida por Rodríguez Zapatero ha sido la aplicación del programa del Partido Popular, agravada por reformas laborales y de la negociación colectiva que son una agresión sin precedentes para los trabajadores, y aceptando, además, muchas de las exigencias de la patronal española, la CEOE. Si el Partido Popular y la CEOE han criticado algunas medidas del gobierno de Zapatero, no ha sido porque no las compartieran, sino porque todavía reclaman mayores sacrificios para los trabajadores. Además, buena parte de los dirigentes socialistas ha optado por la vía de "toma el dinero y corre", entrando en el entramado corrupto de las asesorías y del tráfico de influencias para empresas y multinacionales, en los puestos inútiles de representación con sueldos millonarios, en el mundo de los negocios turbios, del clientelismo y de las manadas de lobos de los promotores de negocios al amparo de los presupuestos municipales, autonómicos o estatales, o viviendo de empleos políticos que proporcionan jugosas retribuciones: el dinero de los contribuyentes y la propiedad del Estado son un pozo sin fondo donde creen que pueden meter la mano, o, si no, al servicio de las grandes empresas y multinacionales. El nombre de Felipe González viene de inmediato a la memoria, pero está acompañado de muchos otros. Sustituyendo el concepto de capitalismo por el de unos anónimos "mercados" (sin nombres, sin responsables, sin beneficiarios, al parecer), la socialdemocracia ha renunciado a los últimos restos de la ideología de izquierda que quedaba en su seno. Ni siquiera ha insistido en la necesidad de controlar los paraísos fiscales que facilitan a empresarios y especuladores la evasión de impuestos y el blanqueo de capitales, al margen de algunas declaraciones, en el momento álgido de la crisis, que ya se han olvidado. La cumbre del G-20 en Londres, que empezó a elaborar una lista de paraísos fiscales, y donde se habló de sanciones para dificultar sus actividades, es ya un recuerdo más: la socialdemocracia ha cedido a las presiones de la derecha económica y ha olvidado también esa necesidad. El último capítulo es el de la rendición absoluta, sin matices: la socialdemocracia europea ha optado, en los países donde sigue gobernando, por aplicar una política que hace pagar a los pobres las deudas y los excesos de los ricos. Es más: como se está comprobando en Grecia, incluso está dispuesta a utilizar la fuerza policial para reducir y reprimir las protestas que esa feroz política de incautación y de robo de la propiedad y de los ahorros de la población ha hecho estallar allí y en muchos países. Su política económica se basa hoy en vagas alusiones a la recuperación, al esfuerzo para superar la crisis, y a la aceptación de casi todas las exigencias empresariales y de los "mercados", confiando en la llegada de lo que Paul Krugman ha llamado "el hada de la confianza": sostienen que los sacrificios y recortes sociales ayudarán a reducir la deuda soberana de cada país y eso dará confianza a empresarios y especuladores, que aceptarán invertir de nuevo para reactivar la economía. En la fiscalidad, en las reformas laborales, en el recorte de los salarios, en las pensiones, en el desmantelamiento del Estado del bienestar, la socialdemocracia ha sido, cuando ha gobernado, el ariete de la derecha, ha hecho el trabajo sucio que a los partidos conservadores les hubiera sido muy costoso emprender. El ejemplo de Grecia es evidente: el último plan de austeridad presentado por el gobierno de Papandreu ni siquiera contempla obligaciones para los ricos, ni medidas contra la economía sumergida, ni persigue el fraude fiscal de los poseedores de grandes fortunas: sólo afecta a los trabajadores, a los pensionistas y a los ciudadanos corrientes. El capitalismo se basa en la explotación, en el fraude, en el robo, en la corrupción. Sin tapujos. A veces, a la luz del día. Los grandes empresarios y banqueros se han comportando, y siguen haciéndolo, como verdaderos ladrones, y el hecho de que existan excepciones no varía el juicio general. En los veinte años transcurridos desde la desaparición de la URSS, las desigualdades en el mundo capitalista no han hecho sino aumentar, enriqueciendo más a quienes ya eran ricos y empobreciendo a los trabajadores, hasta el punto de que se ha roto la tendencia hacia el progreso que se había mantenido desde la victoria contra el fascismo en la Segunda Guerra Mundial, dejando así al descubierto las mentiras con que envolvieron al mundo los principales portavoces del sistema capitalista que auguraron "los dividendos de la paz". La anulación de los mecanismos que controlaban parcialmente la actuación de empresas y financieros, la desregulación salvaje de las normas económicas y de empleo, la fe ciega en el poder de "los mercados" (hipócritamente compatible con el uso de información privilegiada y la utilización de los Parlamentos cautivos para forzar leyes favorables al empresariado), el ataque al poder sindical (con campañas de desprestigio y chantajes para asegurar su docilidad), y la renuncia a fortalecer el sector público de la economía, junto con la limitación de la actuación del Estado en su papel de garante de los derechos mínimos (sin que, al mismo tiempo, los sectores empresariales renuncien al cobro de subvenciones millonarias a cargo del ciudadano), añadido al control de unos medios de comunicación que se han convertido en meros altavoces de empresarios y banqueros, explican el retroceso del Estado del bienestar en Europa y el aumento del sufrimiento social entre grandes segmentos de la población, sobre todo entre los trabajadores más pobres y precarios, y entre los pensionistas y desempleados. No sucede sólo en Europa. En Estados Unidos, también se están reduciendo los salarios de los trabajadores, y la banca de inversión protagonizó una operación de robo a sus clientes, con la complicidad de las agencias de calificación. En la Unión Europea, el trasvase de recursos públicos hacia el sector empresarial, el endeudamiento de los Estados para salvar a los bancos, y la incautación de una parte de los recursos de la población por la vía de los recortes salariales y de las pensiones, del aumento de precios e impuestos, y del desmantelamiento de una parte del Estado del bienestar, han puesto de manifiesto la voracidad de los responsables de la crisis capitalista, junto con los partidos conservadores, y la impotencia y docilidad de la socialdemocracia. En España, en treinta años se ha pasado de un porcentaje de desempleo que no llegaba al 5 por ciento, a superar el 20 por ciento. Los gobiernos socialistas, con González, pese al impulso de algunos programas sociales, pusieron las bases para aumentar la temporalidad y, tras ella, la precariedad del trabajo, iniciando la desarticulación de la clase obrera y, más allá, la fragmentación social y la corrupción. Después, aumentaron los empleos con cada vez más bajos salarios y, además, temporales. Mientras tanto, creció la burbuja inmobiliaria, aumentó la corrupción, y las subvenciones a los empresarios (por distintas vías, y en todos los estratos del poder, desde el gobierno central hasta las autonomías y los ayuntamientos) pasaron a ser uno de los factores sistémicos del capitalismo español, en buena parte parasitario. Para agravar las cosas, muchos economistas admiten que, si se produce una recuperación, no irá de la mano de un aumento de los salarios, ni de la seguridad en el empleo. En el colmo de la burla y la desfachatez, los empresarios, protagonistas de esa destrucción de puestos de trabajo, reclaman que el gobierno imponga nuevas reformas laborales y nuevos sacrificios a los trabajadores... porque les duele la situación de tantos millones de parados. La evidencia de que los distintos gobiernos, en Europa y Estados Unidos, han salvado a las entidades financieras de sus propios excesos y pérdidas, mientras han permitido que los banqueros y financieros siguiesen manteniendo sueldos multimillonarios, ha puesto en la picota al propio sistema capitalista. El presidente del Banco Central Europeo, Jean-Claude Trichet, admitió que los gobiernos, en Europa y Estados Unidos, habían movilizado el 27 % del PIB (¡unos siete billones de dólares!) "para evitar el colapso del sistema financiero", al tiempo que reconocía que los ciudadanos no aceptarían que los gobiernos acudieran a salvar de nuevo a la banca privada. Es obvio que ese "rescate" de los bancos ha sido posible haciendo pagar a los ciudadanos la factura, con el aumento de la deuda pública, con nuevos impuestos, reducciones salariales y de pensiones, y recorte de prestaciones y derechos sociales, a través de "programas de austeridad" impuestos por la Unión Europea y el FMI o impulsados por los propios gobiernos. Sin exagerar: el capitalismo real, el sistema que gobierna Europa, Estados Unidos, y buena parte del mundo, es un aglomerado de estafadores y corruptos, de cómplices de la economía criminal que ha puesto al mundo en una situación límite. La economía capitalista está en manos de especuladores, ladrones, financieros corruptos, banqueros sin escrúpulos y empresarios deshonestos. La propia democracia ha sido vaciada de contenido, los Parlamentos se han convertido en un escenario de opereta, y los gobiernos apenas pueden enfrentar las decisiones de quienes manejan los mercados, y las conquistas sociales que fueron recogidas en muchas Constituciones después de la Segunda Guerra Mundial están en serio peligro. La política, entendida como la actividad de unos tipos que poco tienen que ver con las preocupaciones de la gente común, no interesa a los ciudadanos. En cambio, la política, entendida como el gobierno de las cosas comunes, preocupa a millones de personas. Y las democracias liberales ahogan las posibilidades de cambio, limitan la expresión de la voluntad popular, ahogan la libertad y la democracia. La gran paradoja de que, mientras se reclama el derecho al sufragio en el norte de África y en el mundo árabe, los ciudadanos europeos se den cuenta de que votar no sirve para nada, sorprende menos cuando se constata en Europa la inutilidad de elecciones, gobiernos y Parlamentos para aplicar los principios democráticos aceptando los deseos de la mayoría, porque las entidades financieras y los empresarios controlan a los políticos y a los medios informativos. En otra paradoja, los socialdemócratas siguen recibiendo el apoyo de millones de ciudadanos, en unas redes de adhesión que, muchas veces, se encuentran en los orígenes familiares y en las tradiciones de la izquierda europea, y en la momentánea incapacidad de la izquierda (sobre todo, de los comunistas) para levantar un bloque opositor. Pero la desafección aumenta y casi la mitad de la población se abstiene en los procesos electorales. El Parlamento ha dejado de ser, en buena parte, el lugar de la discusión y del combate político para convertirse en un escenario teatral, donde la gran mayoría de los diputados está dispuesta a votar leyes antipopulares siempre que se mantengan sus propios privilegios, sus elevados sueldos y dietas, su escaso trabajo. Sin embargo, aunque hay que exigir el fin de los privilegios de los políticos, no debe equivocarse el contrincante, porque son los grandes empresarios, los banqueros, los financieros y especuladores, los verdaderos responsables de una política criminal que ha supuesto, sólo en España, que trescientas mil familias se hayan quedado sin sus casas en los últimos cuatro años. Como ha hecho en otras ocasiones, ahora la socialdemocracia se prepara para resistir en la oposición, recurriendo de nuevo al más viejo oportunismo político elaborando programas que no aplicaron cuando podían hacerlo, preparando el terreno para volver a los gobiernos, si la población olvida. En Gran Bretaña, después del fiasco de los años de Blair y de la breve etapa de Gordon Brown, Ed Miliband plantea un suave giro hacia la izquierda, al igual que en España Pérez Rubalcaba lanza algunas propuestas levemente progresistas, e incluso se permite criticar a la banca privada y a los paraísos fiscales, sin mayores consecuencias, y pedir que la banca dedique una parte de sus beneficios a la creación de empleo. Todo, para intentar eludir la catástrofe electoral. Es cierto que, en Francia, el Partido Socialista propone para las elecciones presidenciales de 2012 un programa que consiste en la creación de una banca pública, en hacer pagar más a las grandes empresas y grandes fortunas del país, a través de una reforma fiscal, y en un compromiso de creación de empleo sobre todo para los jóvenes. No suena mal, pero la socialdemocracia no ha dudado nunca en presentar programas con un cierto atractivo cuando quiere recuperar el poder... y los ha olvidado en el momento de gobernar. La socialdemocracia, que no ha tenido que soportar las feroces campañas de descrédito que han acosado a los comunistas, ni ha debido gestionar la demoledora evidencia del colapso de la URSS, está en una situación de crisis abierta. Un reciente artículo del presidente de la Internacional Socialista, George Papandreu, firmado junto con el presidente guineano, Alpha Condé, el presidente iraquí, Jalal Talabani, y el ex presidente chileno Ricardo Lagos, se vanagloriaba del papel actual de la socialdemocracia en países como Ghana (con el gobierno de John Atta Mills), Guinea, o Níger (cuyo presidente, Mahmadou Issoufou, es, a su vez, vicepresidente de la Internacional Socialista). Papandreu (cuyo papel en Grecia se limita a imponer por la fuerza a los trabajadores los programas de austeridad decididos por la Unión Europea y el FMI) y sus compañeros insistían en la necesidad de la socialdemocracia para asegurar el crecimiento y crear puestos de trabajo, así como para definir propuestas que graven las transacciones financieras y para avanzar hacia una economía mundial más justa donde impere la solidaridad con los más desfavorecidos. Pero la realidad es muy distinta. La socialdemocracia histórica ha muerto, y casi todos sus partidos han experimentado una mutación ideológica, porque sus propuestas conservadoras no son consecuencia de la crisis económica que estalló en 2007, ni de su impotencia actual ante banqueros, empresarios y especuladores: venían de antes. En general, las filas de la Internacional Socialista son hoy un vivero de socialdemócratas derrotados y neoliberales que mantienen un vago discurso "progresista" que apenas se concreta después en los actos de gobierno, y que están muy alejados de las preocupaciones de la gente común. Se han convertido en un sindicato de intereses, en una agrupación clientelista que asegura puestos políticos con magníficos sueldos, negocios e influencias, que coloniza sectores de la administración pública y despilfarra los recursos del Estado: con todas las excepciones de rigor (que cada vez son menos) los socialdemócratas se han transformado en unos perfectos profesionales de la política que buscan su exclusivo interés. Y, ante las evidencias del pillaje capitalista, la socialdemocracia ha quedado reducida a ser el rostro benigno del sistema, una desolada impotencia o un cómplice necesario, un ruin sindicato oportunista que quiere salvar sus privilegios o un círculo partícipe de la sangría. Si la Internacional Socialista recordase sus orígenes, podríamos preguntarle: ¿Tu vida (socialdemócrata) se parece a un fracaso?

Intervención en la ONU de un representante Mapuche

Consejo de Derechos Humanos, Naciones Unidas. 18° período de sesiones Ginebra, 12-30 Septiembre, 2011 Ítem 3: Promoción y protección de todos los derechos humanos, civiles, políticos, económicos, sociales y culturales, incluido el derecho al desarrollo (Debate General) Intervención de La Asociación Internacional Contra la Tortura Gracias Sr. Presidente. La promoción y protección de los Derechos Humanos, civiles, políticos, económicos, sociales y culturales, incluido el derecho al desarrollo para las comunidades mapuches en el sur de Chile no han experimentado ningún avance significativo estos últimos años. Las demandas de nuestras comunidades, en particular aquellas situadas en el territorio Mapuche de Makewe y Trapilwe del que yo represento, han sido criminalizadas. El proceso centenario de enajenación de nuestras tierras ancestrales por particulares y empresas nacionales e internacionales con la benevolencia de las autoridades chilenas, empobreció a nuestras comunidades, impidiendo que las actuales generaciones puedan desarrollarse y vivir un nivel de vida acorde a los estándar de vida sustentable y de respeto con la naturaleza. Los proyectos de desarrollo y de infraestructuras, tales como la construcción de carreteras, centrales hidroeléctricas y particularmente el actual proyecto de un aeropuerto en el territorio de Makewe-Trapilwe se realizan sin consulta de las comunidades concernientes y en contravención con el Convenio 169 de OIT. Las legítimas protestas sociales son violentamente interrumpidas por la policía chilena, quienes detienen indiscriminadamente a los participantes incluyendo a mujeres, ancianos y niños. Son de público conocimiento, los allanamientos y las detenciones arbitrarias, secuestros, amenazas intimidatorias, torturas físicas y psicológicas. La detención del menor, Francisco Painevilo de 14 años de nuestra comunidad el 5 de octubre de 2009, quien fuera subido a un helicóptero y amenazado de ser lanzado al vacío si no se incriminaba o incriminaba a los dirigentes de su comunidad, después de dos años de haber presentado una querella criminal contra la policía, hasta hoy no hay resultados. El actual gobierno chileno no tiene la voluntad política para implementar una política pública de restitución de territorio a las comunidades afectadas. A esto se suma la negligencia del sistema judicial para administrar justicia, causando un incremento de las movilizaciones de las comunidades desposeídas, que a su vez son reprimidas con extrema violencia, con uso de armamento y gases altamente tóxicos usados especialmente en territorio mapuche, causando daños físicos, psicológicos y serios traumas en los menores para quienes demandamos rehabilitación médica, reparación e indemnización adecuada. Muchas gracias Sr. Presidente Fidel Tranamil Nahuel Machi y representante político Territorio Makewe Esto saldra en la pagina al pulsar leer mas