21 de noviembre de 2011

"Alemania tiene sus intereses y Gran Bretaña los suyos"

RAFAEL POCH en La Vanguardia. David Cameron y Angela Merkel, los líderes conservadores de dos de las tres grandes naciones dominantes europeas, mostraron ayer sus diferencias en Berlín. "Alemania tiene sus intereses y Gran Bretaña los suyos". Esta frase de Cameron es sólo un aspecto de la misión imposible de la canciller alemana por afirmar, por primera vez desde la segunda guerra mundial, una disciplina alemana en Europa. Merkel no se entiende con Cameron, ayer quedó claro durante su visita a Berlín, en un aspecto fundamental, el de acometer la siempre pendiente "reforma de la industria financiera", cuya anarquía está en el origen de todas las crisis, incluida la del euro. La primera industria británica es la financiera, 30% de su PIB. Sus intereses chocan con la primera nación industrial de Europa, con nueve millones de puestos de trabajo en el sector exportador. Cada uno tiene sus prioridades, lo que determina un desacuerdo radical sobre el impuesto de transacciones financieras. Lo demás fue rutina en el encuentro de ayer: "ambos creemos en la competitividad y la desregulación", declaró el británico. "Continuaremos trabajando", dijo Merkel. La canciller también choca, y cada vez más, con el líder conservador de la tercera "gran nación" europea, Nicolás Sarkozy, al que se le comienza a aparecer el fantasma del Mariscal Petain, el último francés que colaboró con una proyección alemana de Europa. La calificación francesa de pertenecer a la primera clase económica, la "triple A", está en el filo de la navaja, y con ella el futuro de Sarkozy en las presidenciales de 2012. Detrás de Francia todos los demás, desde Lisboa a Atenas, pasando por Dublín, Madrid y Roma, unidos en una, de momento humilde, petición de flexibilidad: que Alemania libere al Banco Central Europeo y permita una financiación racional de la deuda. La inflexibilidad alemana, su concentración en una política unilateral de austeridad que incrementa las deudas e impide todo crecimiento, no es racional. Obedece a una mezcla de mentalidad obtusa, dogmatismo monetarista y creencia que la crisis es algo ajeno a la nación virtuosa. La recesión europea que esa medicina está propiciando, acabara afectando a la propia Alemania, donde las previsiones de crecimiento para el 2012 ya se han rebajado a un 0,8%. Fue esa corrección de previsiones la que en septiembre convenció a Merkel de que había que hacer algo en Europa. "Hasta ahora no nos hemos inmiscuido en la situación de otros miembros de la familia", dijo en su discurso ante el congreso de su partido en Leipzig, "ahora debemos tener una posibilidad de acción contra esos Estados" que no cumplen, dijo. El remedio se anuncia peor que la enfermedad y denota una asombrosa ignorancia de la realidad europea. Es una vía, rápida y directa, hacia la desintegración y desolidarización continental. Merkel quiere una "rápida reforma" de los tratados de la Unión encaminada a blindar institucionalmente la rigidez de la austeridad. Una reforma que aporte instrumentos institucionales efectivos de disciplina, con "derechos de intervención" de la burocracia europea en los países endeudados, con posibilidad de echar a algunos del club, instituyendo un "comisario de ahorro". "Debemos crear, poco a poco, una unión política", dice Merkel, mientras a su lado se escuchan declaraciones tan jactanciosas como las del presidente del grupo parlamentario de la CDU, el partido de Merkel: "ahora en Europa se habla alemán". Esta es la misión imposible de la hija de un pastor protestante de Alemania del Este, sicológicamente muy diferente de sus predecesores en el cargo. Helmuth Kohl y Gerhardt Schröder, los dos cancilleres de la postreunificación, conocieron una Alemania aun no plenamente emancipada de las hipotecas de su última derrota bélica. Para ellos la lenta y laboriosa construcción de una Unión Europea fue experiencia biográfica. Ahora estamos ante una mentalidad nueva y diferente que conduce a la disolución. En el contexto de la previsible recesión en Europa y del enfriamiento de la coyuntura global en 2012, esa nueva mentalidad va a estimular una rebelión de los pueblos europeos. Las decisiones erradas de instituciones foráneas y no electas que degradan la vida social, generarán una fuerte reacción nacionalista y de defensa de la soberanía de los pueblos, lo que sólo puede concluir en desintegración. Como en el caso de la Unión Soviética, tal desintegración está generando "su propia lógica" en Europa, en una espiral mucho más rápida de lo que pueda pensarse, dice Ulrike Guerot, del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores. En la Europa de 1848, la "primavera de los pueblos" tumbó el orden de la restauración absolutista. Ahora, la sensación de estar viviendo en un orden absolutista, en el que una ínfima minoría acapara el grueso del poder, la riqueza y los privilegios, mientras conduce al resto al desastre, ya está en la calle. Esa sensación se está haciendo cada vez más viva en la Europa de hoy. Periódico La Vanguardia

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