28 de enero de 2012

"Europa es una ruina". ¡Sáquennos ya del euro, inútiles!

Esto se acaba, amigos. O nos escapamos cuanto antes de la gran Europa unida con la que soñaron nuestros padres (políticos), emporio de riqueza, sede del BCE y de su endiosada moneda (el euro), gran potencia global, baluarte del capitalismo supersalvaje, envidia de decenas de potencias emergentes que durante años nos han tenido como referente y objetivo a imitar y que, en apenas un lustro, ha fracasado estrepitosamente de la mano de la brutal crisis financiera internacional desatada en EE.UU con motivo, entre otros, de las alocadas guerras de dominación (dos mejor que una) emprendidas a lo largo del ancho mundo por el imperialismo yanqui ... o los españoles, como los griegos, los portugueses, los irlandeses y los italianos (capitán Schettino, incluido), acabaremos todos juntos en la ruina más absoluta. Estamos (los europeos de la segunda división mediterránea que acabo de mencionar y algunos otros que, recién llegados al Reich político/económico de la señora Merkel, ya no les llega la camisa al cuerpo) metidos en un pantano financiero, económico y fiscal en el que, cuanto más nos movemos implementando las alocadas medidas contra el déficit que nos exigen nuestros protectores/dueños alemanes, franceses y nórdicos en general, más nos hundimos en unas arenas movedizas que, efectivamente, nosotros mismos contribuimos a engendrar con el agua de nuestro despilfarro y la arena de nuestra corrupción, pero que en el fondo fueron propiciadas por los mismos que ahora nos desprecian al poner en nuestro cepillo, en una orgía de créditos interesados para hacernos consumidores de sus elaborados productos industriales, cantidades ingentes de millones de euros/marcos. Que ahora tenemos que pagar con muy altos intereses. Pero lo peor de todo esto, lo realmente macabro en esta crisis brutal que amenaza con llevarnos a todos a los infiernos (incluido el nuevo Reich alemán de la "fracasada" Merkel) es que nuestros políticos (los españoles) no se enteran de la misa la mitad, no saben ni donde estamos ni, mucho menos, lo que tienen que hacer para neutralizar lo antes posible, antes de que la catástrofe se asiente definitivamente a la puerta de nuestras casas, la parte alícuota que nos ha tocado del monstruoso nudo gordiano económico y financiero que el diablo (o sea, el imperio yanqui y sus gurús financieros y militares) regaló hace ya cuatro años, y con muy mala leche, a su otrora amiga y competidora, la Unión Germano/Europea de la señora Merkel. Porque, efectivamente, hasta hace apenas unos meses estuvimos los arruinados ciudadanos de este país en manos del indocumentado y temerario ZP que, inepto y desnortado, negó durante meses la existencia de enemigo alguno en los alrededores de La Moncloa (cuando, en realidad, ya tenía las banderas de Lidman Brothers atizándole fuerte en la cara de titanio que posee) dedicándose, durante meses y meses, a gastar a mansalva el dinero de todos los españoles en monumentales castillos de fuegos artificiales que alegraran la vida de Autonomías y Ayuntamientos. Después, cuando el fantasma de la crisis empezó a no dejarle dormir, se arrugó, se puso firmes y en el primer tiempo del saludo para leer la famosa misiva del BCE y escuchar (en alemán e inglés, naturalmente) las recomendaciones/órdenes de la Merkel y de Obama, y no dudó un solo segundo en arremeter, como un boxeador sonado, contra lo primero que encontró delante de su estúpida nariz: los magros sueldos de funcionarios, pensionistas y jubilados. La cosa, como todos sabemos, no funcionó nada bien, todo lo contrario, hundió el consumo nacional, la psique del ciudadano medio y disparó la deuda soberana española (no la del rey, amigo lector, que nuestro amado líder se escapa siempre a la hora del escote, sino la del pueblo, la que los poderes financieros ponen con todo descaro en el debe del currito español) hasta cotas inimaginables hace unos pocos años, muy cercanas ya al concurso de acreedores (europeos y mundiales, naturalmente), o sea, a la suspensión de pagos pura y dura. Y la cosa, amigos, lejos de arreglarse como nos prometieron, va a peor desde que el invisible Rajoy, el que está pero no está, el que sabe pero no habla, el que dice que va a hacer pero no hace, el que le preguntan pero no sabe o no contesta, el que dice estar siempre a la altura de las circunstancias pero nadie sabe de verdad cuales son éstas, el que sabía a ciencia cierta desde el pasado verano que iba a ser presidente del Gobierno y, sin embargo, ahora tiene que pasarse las semanas estudiando qué coño hacer, el que quería coger el toro de la crisis por los cuernos y ahora no sale del burladero dejando a la angelical muchachita Soraya que dé ella sola los muletazos... se ha subido (a la tercera va la vencida), por mor de la desesperación ciudadana, al olimpo de los dioses monclovitas. Por cierto, ya que acabo de hablar de la gentil Soraya no puedo por menos que añadir que a esta joven política del PP, revestida de la pomposa púrpura de vicepresidenta única del Gobierno, con ese aire de profesora cuenta cuentos de guardería que transmite en sus comparecencias públicas, le sienta la susodicha alta autoridad del Ejecutivo, en un momento de crisis absoluta y total del Estado (quizá la mayor que ha debido enfrentar este país en los largos años de su historia, si descontamos, obviamente, los desgraciados períodos bélicos), como a un recluta (con niño, en este caso) los entorchados de general. Dicho sea sin ningún animo de molestar y reconociéndole por anticipado los, seguramente, cortos servicios a la nación que, dados los momentos que vivimos, va a tener opción de prestar. Bueno, pues decía hace un momento que con el mesías Rajoy ya en La Moncloa, (lugar que en estos desagradables momentos no es el paraíso terrenal, ni mucho menos) la cosa no es que haya mejorado, como no paraba él de prometer en sus mítines electorales, sino que ha empeorado ostensiblemente. Los índices internacionales y nacionales de nuestra economía no dejan de sonar con rítmica estridencia y todo lujo de luces rojas en sus asustadas pantallas, y cada día nos despertamos con nuevas noticias que nos encogen el alma y arrugan nuestros ya de por sí esquilmados bolsillos y que nos anuncian, con todo lujo de detalles y posibilidad de error cero, que el rumbo político, económico y social que llevamos, es de colisión cierta. Sin ambages de ninguna clase: ¡Colisión segura y cierta! Y es que aquellos vientos de la sagrada y bienaventurada entrada de España en la Unión Europea, que muchos aplaudieron por desconocimiento y que nos iba a traer la felicidad y consideración anheladas durante siglos y, no digamos, de la alocada asunción de su moneda, el euro, que en realidad era un marco (el lobo) disfrazado de cordero, nos han traído los lodos que ahora nos aprisionan y no dejan que nos escapemos de la más absoluta destrucción. ¿Pero a quien, con responsabilidades de gobierno y dos dedos de frente, se le pudo ocurrir la peregrina idea de aceptar entrar en el club de ricos europeos, despojándonos de nuestra moneda, es decir, renunciando ya de por vida a la posibilidad de que nuestro banco emisor, el Banco de España, pudiera crear moneda y, con ello, arrojando al país ya para siempre a los especulativos brazos de inversores, bancos centrales europeos, agencias de calificación y la madre que parió a todos ellos...? Sí, sí, mucha culpa de lo que ahora padecemos la tenemos nosotros, los españoles, que nos creímos ricos en el pasado con el dinero que alemanes y franceses ponían en nuestras manos para que pudiéramos comprarles sus elaborados productos (coches, locomotoras del AVE, maquinaria industrial, lavadoras, televisores, ordenadores, teléfonos móviles... etc, etc) y que dilapidamos en obras faraónicas, juegos florales, olímpicos, exposiciones internacionales, autopistas...y, sobre todo, en aberrantes inversiones de infraestructura viaria como el AVE; que se comieron miles de millones de euros sin necesidad alguna y sin aportar al país riqueza a largo plazo. ¿Qué necesidad había de construir una costosísima red ferroviaria paralela de alta velocidad (300-350 kilómetros por hora) en un país que, con distancias estratégicas y logísticas a recorrer de apenas 400-500 kilómetros como máximo, disponía ya de una moderna red de transportes de pasajeros servida por trenes Talgo, Euromed e Intercity, que desarrollaban velocidades de explotación de más de 180 kilómetros de velocidad media y más de 200 de punta? Sí, pero ahora, no caben lamentaciones y tenemos que hablar de soluciones. Que no vendrán, como apuntan todos los días, economistas de prestigio, por la vía de los recortes, los ajustes, los aumentos de impuestos, la bajada de sueldos de los pobres y las clases medias, la reducción indiscriminada de las inversiones y la búsqueda de la reducción del déficit a cualquier precio. Estamos, y esto puede verlo cualquier ciudadano de la calle que lea los periódicos y esté atento a los telediarios e informativos de la radio, en el centro de un círculo infernal en el que si recortamos y ajustamos nuestra economía y nuestro déficit a los parámetros ordenados por los jerifaltes de este club europeo que nos asfixia, generaremos sin duda alguna más pobreza, falta de consumo, paro y recesión. Y con la recesión (de momento dos años seguros como pronostica el FMI) y el aumento de paro consiguiente, cada vez nos será más difícil llegar a las cotas del nuevo déficit impuesto por Europa. La cuadratura del círculo, amigos, el pedazo de pescadilla (más bien tiburón) que se come la cola... Entonces, desolados ciudadanos españoles, ¿qué nos queda? Pues yo, amigos, con toda la humildad del mundo, solo veo dos soluciones: O suicidarnos todos en comandita, con el invisible Rajoy de maestro de la fúnebre ceremonia, o llamar a capítulo a Salomón para que nos saque de ésta con su proverbial saber. Y como me parece harto improbable que el sabio rey defensor del menor del antiguo Israel y Judá, se digne acudir en auxilio de la pobre y arruinada España de nuestros tiempos, yo me permito apuntar, con un margen de error del 5%, la solución que sin duda pondría sobre la mesa del Consejo de ministros del Rajoy y la Soraya: ¡Váyanse, y cuantos antes, del círculo infernal que ahora mismo representa la antigua privilegiada y rica Europa del euro! Bajo su desmesurada disciplina fiscal no saldrán nunca de la crisis ni podrán jamás pagar la monumental deuda que les atenaza y que se retroalimenta de la mano de inversores de río revuelto y especuladores. Vuelvan a la peseta, de la que ustedes son reyes absolutos y contra la que nada puede la sibilina Merkel. Moneticen después su deuda, devaluando si fuera necesario su reencontrada moneda nacional, y paguen con ella lo que deben. Y después, a trabajar de nuevo, sin derroches de ningún tipo y sin complejos de inferioridad de ninguna clase porque los europeos y, sobre todo alemanes y franceses, han demostrado ser mucho más ineptos que ustedes. Yo amigos, y termino, estoy totalmente de acuerdo con lo que diría, si pudiera, el sabio Salomón. ¡Dejémonos ya de Eurozonas y gaitas parecidas que nos han llevado al desastre actual! Será difícil salir de esta secta financiera pero miremos que bien están, dentro de lo que cabe, los ingleses. Ellos no padecen crisis alguna. Cuando lo necesitan, le dan a la maquinita de las libras y allí paz y en la Europa de la Merkel, caca de la vaca. De todas formas, de esta crisis del euro vamos a sacar algo positivo los españoles. Nos vamos a curar, seguro y ya para siempre, de nuestro sempiterno complejo de inferioridad continental: ¡Que coño nos va a importar que Europa empiece en los Pirineos si lo que hay detrás es un auténtico fracaso. Y una mierda! Escrito por Amadeo Martínez Inglés / UCR