18 de enero de 2012

Fraga o la España de los vencedores

Resultan perfectamente comprensibles los improperios que desde la izquierda militante se hacen contra Fraga. Primero por sus implicación en primer grado en al tardofranquismo, por su papel delictivo en diversos casos (el “rapado” a las compañeras de los mineros en huelga, los asesinatos legales de Julián Grimau, Enrique Ruano, Salvador Puig Antich, de los obreros anónimos de Vitoria en marzo de 1976, de Pedro María Martínez (27 años), Francisco Aznar (17 años) Romual Barroso (19 años), José Castillo (32 años), Bienvenido Pereda (30 años), en el asesinato de Montejurra…Segundo porque a pesar de este historial delictivo, Fraga acaba de morir casi elevado a los altares. Con el partido que creó gobernando con mayoría absoluta, con la clase que representó casi tan feliz como lo fue –según confesión propia- bajo el franquismo, y con una izquierda domesticada que le besa la mano. Además, ha llegado hasta esta gloria sin haber adjurado de su pasado franquista, haciéndolo no solamente como un punto de orgullo personal sino también como parte de un legado que es justificado por su partido. Su actuación –su coherencia al fin y al cabo-, contrasta con todas genuflexiones realizadas desde la izquierda institucional, la misma izquierda que lideró el movimiento que hizo totalmente el proyecto del gobierno Arias-Fraga, cuyo “espíritu” quedó expresado en una frase que bien podía poner en su lápida: “se reforma lo que se quiere mantener”. Visto en perspectiva, la victoria del Fraga político todo-terreno no podía ser más abrumadora. Esta victoria lo es ante todo de la impunidad. Pensemos por un momento si, por la magia de la ficción, Fraga hubiera emigrado de niño a Cuba, y hubiera acabado como Fidel y en el papel de éste hubiera perpetrado solamente una parte de sus fechorías. ¿Qué pasaría?, pues sería comparado con Hitler como Sadam Hussein, y hasta los periódicos más moderados nos recordarían con detalles el horror de los hechos. Pero Fraga es uno de esos personajes “fuera de toda sospecha”, a los que asiste siempre la razón de Estado. Ha sido desde esa garantía de impunidad que pudo seguir justificando a su manera el franquismo. O sea, como una suerte de “cirugía”, como un un régimen intermedio necesario ya que, a la postre, permitió una crear una amplia clase media y finalmente una democracia orgánica del capital, o sea una democracia en la que4 las libertades quedan supeditadas al fin supremo del orden y de la propiedad privada, ese bien que según su mentor intelectual Canovas del Castillo, les venía a los propietarios directamente de Dios. Dios, el Ser Único ante el cual Fraga se declaró dispuesto a pedir perdón (también a su confesor, pero es posible que este, a la manera de Rouco, lo hubiera arreglado todo con unos cuantos avemaría). Semejante victoria no estaba cantada, ni mucho menos. En el tiempo que sigue a la caída del gobierno Arias, Fraga tuvo que actuar como resistente. Su plan era evolucionar desde el partido único y hacer unas reformas litada al bipartidismo. Por eso declaró siempre que le preguntaron que no iba a legalizar a los comunistas, y recuerdo que en una de sus apariciones programadas en TVE (un método que aprendió de su colega portugués Caetano, el sucesor de Salazar). Contaba que había visitado la universidad de Berkeley en 1964, poco antes de la famosa revuelta. Le había invitado su amigo el rector, y mientras paseaba con éste pudo ver como unos melenudos habían desplegado una parada de libros con el Che, Trotsky, Marcuse, etc. Él, que venía de España le preguntó como era que permitía algo así, y la respuesta fue que buen, que así se desahogaban, etc. Al poco tiempo a su amigo rector le estalló la revuelta contra la guerra del Vietnam, la universidad fue ocupada…Por lo tanto, él no iba a consentir semejante “libertinaje”. Sin embargo, fue bajo su mandato cuando comenzó a privilegiar cierta legalidad al PSOE Y la UGT, y no se dejó engañar por el lenguaje socialista-socialista de Felipe, estas cosas ya estaban pactadas al más acto nivel. Sin embargo, trató la legalización del PCE de “golpe de Estado”, lo cual puede comprenderse desde el momento en que Fraga consideraba que el Estado sino era suyo –como las calles-, sí era de los suyos. Lo habían conquistado a sangre y fuego cuando el ejército africanista ocupó su propio país. Sin embargo, Fraga era un “animal político”, y se adaptó a las circunstancias. Se trataba de mantener al máximo la continuidad del Estado, y con ese propósito siguió jugando su papel. No hay que decir que en el momento del redactado de la constitución, fue el paladín de la continuidad, el pi9rtavoz de la pistola inasible que permanecía en la mesa del redactado junto con una advertencia. Fue expresada de manera meridiana por Carlos Ferrer Salat, presidente de la CEOE, y fue recogido en el programa sobre la Transición dirigido por la señora Prego. Venía decir: No se pasen ustedes de la raya, no nos obligue otra vez a hacer lo que ya hicimos en 1936. Ese mensaje fue recibido de manera que se llegó hasta allí, a una Constitución en la que, entre otras cosas, consagra al monarca como Jefe del Ejército está por encima de la soberanía popular. La misma que Fraga esgrime cuando alguien cuestiona la unidad de España. En esos momentos, Fraga solía sacar a colación su escopeta con los cañones recortados, detalle que sin lugar a dudas era perfectamente percibido en los cuarteles.. La inefable Rosa Montero nos dice que, al fin de cuentas, aquel Fraga que nos daba miedo (y para ilustrarlo simplemente retrata a un señor un tanto fanfarrón), tuvo la virtud de “comerse a los caníbales”. Es la misma historia; gracias a Dios que nos permitieron al menos esta democracia, que integraron a los del “bunker”. En este cuadro, las libertades son tanto más valiosas en cuanto es una cuenta que debemos, que pagaron ellos. Existen muchas razones para que aquí no tengamos –además- la desdicha de un partido como el que lidera Joseph Anglada en Cataluña. Aquí la dictadura se descompuso por las movilizaciones en la calle, y la derecha aprendió que era mucho mejor recular para mejor saltar. El discurso franquista al desnudo carece de la coherencia que le da el PP, que lo integra debidamente adaptado. Además, como sucede con CiU en Cataluña, una derecha inteligente sabe sacar partido a su extrema derecha. Le permite visualizar más su “centrismo”, y le permite asimilar algunas de sus propuestas orientándola de una manera más “civilizada”. Lo que sigue después no suele ser enfocado, pero su importancia no es precisamente menor. El Fraga derrotado por Suárez consigue dar el “sorpasso” a la UCD y erigir al Partido Popular en el partido de “centro derecha”; esto del lenguaje es una de las claves de nuestro tiempo, Fraga no solamente era el líder del “centro derecha”, también era un “antitotalitario”. Esto sucede después del 23-F, y se inserta en un proceso histórico en el que la derecha no puede impedir que el PSOE capitalice todo la gran mayoría del capital electoral antifranquista, de “la izquierda2, pero si puede imponer que el PSOE abandone –simbólicamente- el marxismo, y que gobierne, no según el programa electoral que había presentado, sino según le permite la derecha. Esa es la síntesis del nuevo Práxedes Mateo Sagasti del “remake” de la Restauración: hacemos lo que la derecha no puede hacer, imponen todas las medidas contra las que habían protestado enérgicamente antes como oposición (en la moción de censura contra Suárez, momento en el que Felipe dijo cosas como la siguiente; “una política económica que provoca más paro nunca puede ser una buena política”). En lo fundamental, todo seguía bien atado, y aunque Fraga no podía ser Canovas del Castillo, lo iba a crear. Serían sus principales discípulos. Hay otra parte de la historia que no aparece en los análisis. Es la del perfecto matrimonio entre la “España nacional” nacida del cruce entre Franco y Eisenhower, y la llamada “revolución conservadora”, los dos pilares del PP. Este punto está poco estudiado, pero nos lleva al Fraga más internacional, al amigo del Pentágono que justifica las dictaduras “amigas” de Chile y Argentina, que publica dos hermosos artículos a mayor gloria del “apartheid” en Sudáfrica en “El País” a raíz de una visita a invitación del gobierno de Pretoria a finales de los ochenta. De aquella época recuerdo una entrevista suya en la TVE en la que el señor –en plan Triletareal- proclamaba que ahora se trataba de hacer lo mismo que había hecho la Internacional Comunista, y(se refería naturalmente a la de Stalin, más concretamente a la segunda mitad de los años treinta. Hablaba de una contrarrevolución mundial “liberal”. De una internacional conservadora dispuesta a llegar hasta el final. Con unos fines claros –el dominio absoluto del capitalismo, el ultracapitalismo como diría Mandel-, con unos medios –dominando ideológicamente, acaparando los medios de comunicación, con intelectuales “comprometidos” pero con ellos como Vargas Llosa, llevando su hegemonía cultural la última ermita-,, y para ello, no se detenían en medios. Donde fuese necesario, lo harían con la guerra, y donde no lo fuese, utilizarían la zanahoria. No dijo exactamente eso, pero era lo que venía a decir. Este Fraga neoliberal es posiblemente más inquietante que el ministro de Franco, al que entonces todos podíamos identificar. Por cierto, antes de la revolución portuguesa se creía que la historia soplaba totalmente a su favor. También lo creía ahora, pero al igual que entonces, ya se han abierto unas cuantas brechas. Esperemos que en algún aniversario de su muerte, esta victoria de los suyos no sea más que el prólogo de las victorias necesarias para los de abajo. Visto desde el ahora, la historia desprende la siguiente lección: nadie podrá negar que al lado de líderes de la izquierda como Felipe o Carrillo, Fraga mantuvo una coherencia de la que los otros carecieron. Que dicha coherencia fuera la de un fascista reinsertado como “demócrata” liberal de toda la vida, no es más que una evidencia más de nuestras derrotas. Su muerte al menos debería animarnos a darle la vuelta a la historia oficial, y a luchar por la otra historia, la de las víctimas, reiterando todas las veces que sean necesarias los nombres que se nos quieren ocultar: Grimau, Palomares, Enrique Ruano, Salvador Puig Antich, Vitoria, etcétera, etcétera, etcétera.Pepe Gutierrez- Web antikapitalistas