10 de enero de 2012

La Segunda Internacional: de los leones a las hienas

Se suele emplear la palabra socialdemócrata con mucha ligereza. Ya sabemos que no se trata de ninguna excepción, y que con los conceptos habría que hacer aquello que hizo Diógenes con los hombres, buscarlos con una antorcha entre la multitud. Hay por ahí una frase de la épica romana que venía a decir que los mayores crímenes se cometen en nombre de las grandes ideas, y el “cristianismo” no ha cesado de demostrarlo, no hay más que ver como el penúltimo “sucesor de Pedro” en Roma se regocijaba con Pinochet, y como el último antes de subir a la silla, visitaba con devoción el Valle de Caídos. Cuando uno de los tiburones de las finazas emplea la palabra democracia da más miedo que otra cosa, en cuanto al comunismo, la locura y la atrocidad de Stalin fueron letales, sobre todo para los propios comunistas, incluyendo los que educados en el sometimiento, creían en él. Con la socialdemocracia habría que hacer distinciones. De hecho, prácticamente las mismas que establece el príncipe Salinas en El Gatopardo. En un principio fueron los leones, y aquí tuvimos unos cuantos: Pablo Iglesias, Jaime Vera, Juan José Morato, Antonio García Quejido, Facundo Perezagua, Virginia González, Evaristo Acevedo, entre otros. Sentaron las bases de un partido y un sindicato que dieron cuerpo a la mitad del movimiento obrero organizado, un objetivo ya de por sí extraordinario (eso es tanto más evidente desde nuestras perspectivas); luego fueron los gatopardos, a medias entre los orígenes y lo que devino después, y en este espacio podemos citar a Largo Caballero, Indalecio Prieto, Daniel Anguiano, Ramón Almoneda, González Peña, Juan Negrín, Luís Araquistáin, Jiménez de Asúa, Max Aub, Julián Besteiro, Fernando de los Ríos, sobresanados por una guerra civil que no habían visto venir ni en sus peores pesadillas. Luego llegaron las hienas, los que se usufructuaron las siglas, colocaron sus lápidas en loor a un pasado que únicamente les servía como blasón, y se pasaron con armas y bagajes al orden establecido. La frase que mejor les caracterizaba la dijo el hermano de Alfonso Guerra cuando iba a ser juzgado por corrupción: “se pensaban (los de la derecha) que se iban a enriquecer ellos solos….”. En lo que sigue teniendo las siglas del PSOE como una “marca registrada2, no existe el menor vestigio de lo que en su tiempo se llamó socialdemocracia. Todo lo que sus “barones” o sea los jerarcas de una empresa política comercial, de un nomenclatura en la que importa es “que hay de lo mío”, no hay el menor vestigio, no ya de ideales socialistas, sino ni tan siquiera de un reformismo social, al menos que aceptemos por tal lo que no es más que un reformismo invertido. En su trayectoria, Felipe González –“el prostituto”, por decirlo en palabras de Manolo Sacristán-, el PSOE le dio la vuelta al programa como sí se tratara de un guante. Repetían algunas de las palabras clásicas, pero el significado podía ser justamente el opuesto…Su ejemplo, el de un modesto abogado laborista que llega a ser un ejemplo del enriqueceos, se erigió en un ejemplo a seguir. Este fue el modelo que según contaba la señora Chacón, les llegó y les convenció. A ella también que sabe vender palabras… No queda nada de algo que, con las críticas y limitaciones que se quieran, fue algo grande. Estamos hablando con las palabras que corresponden de la Segunda Internacional o Internacional Socialista, una de las páginas mayores de la historia social, esa misma que hay que recuperar porque fue la obra conjunta del movimiento obrero y de la intelectualidad revolucionaria. La II Internacional fue fundada, de hecho, en un Congreso internacional marxista de trabajadores organizados, celebrado en París en julio de 1889. Al igual que la Primera Internacional, esta¬ba fundamentalmente basada en el movimiento de los trabajadores en Euro¬pa, pero su radio de influencia pronto se hizo mucho más amplia que la precedente y se extendió por todos los rincones del mundo donde existía el proletariado. Sobre todo en sus inicios, estuvo básicamente influenciada por la socialdemocracia alemana, donde el movimiento obrero se inició bajo sus auspicios. El conjunto de sus partidos que se fueron creando en pocos años de diferencia, se habían asegurado —o estaban camino de asegurarse— una base masiva. Hacia 1904 participa¬ron en las elecciones de veintiún países y consiguieron más de 6.600.000 votos y 261 escaños parlamentarios. En 1904 tenían cuatro millones de miembros y un voto parlamentario de doce millones. Se trataba de una Internacional formada esen¬cialmente una federación libre de partidos y sindicatos. En 1900 se estableció en Bruselas una Oficina Socialista Internacional, con función técnica y coor¬dinadora, pero a la vez directiva; su secretario con dedicación plena fue Camille Huysmans. En la mayor parte de los partidos afiliados, con la excep¬ción principal del Partido Laborista británico (admitido en 1908), el marxis¬mo era la ideología dominante, aunque estuvieran presentes otras corrientes e influencias. Estas incluían inicialmente a los anarquistas, quienes, tras su derrota en la cuestión de la lucha política en los Congresos de 1893 y 1896, fueron excluidos de la Internacional. Los dos teóricos que, tras la muerte de Engels en 1895, contribuyeron de forma decisiva a modelar el carácter del marxismo oficial de la Segunda Internacional fueron Kautsky y Plejánov, a los que pronto le siguieron discípulos con una visión crítica mucho más desarrollada como lo fueron Rosa Luxemburgo, trotsky, los bolcheviques, los tribunistas holandeses... Su vida democrática fue intensa, la Internacional fue celebrando sus congresos cada dos o cuatro años para de¬cidir acciones comunes y debatir cuestiones políticas. Entre las primeras se cuenta la de organizar desde 1890 demostraciones en todos los países el Pri-mero de Mayo como apoyo a la jornada de las ocho horas, el primer paso para una unión práctica de las masas trabajadoras por un objetivo…que se ha ido perdiendo clamorosamente en los últimos tiempos, actualmente la exigencia de ocho horas y semana inglesa, se está haciendo de nuevo necesaria. Hubo toda clase de debates, y en las luchas entre las corrientes de derecha, izquierda y centro, surgidas primero en los partidos nacionales, se hicieron internacionales. El Congreso de París, en 1900, deba¬tió encarnizadamente la cuestión del «millerandismo»; se trataba de saber si era permisible participar en un gobierno burgués, como había hecho el so¬cialista francés Millerand el año anterior. Finalmente, una resolución de compromiso redactada por Kautsky permitió dar tal paso como «expediente temporal [...] en casos excepcionales» y siempre que fuese sancionado por el partido. El siguiente Congreso, celebrado en Amsterdam en 1904, hubo de decidir sobre la aprobación internacional a la resolución condenatoria de las ideas re¬visionistas de Bernstein aprobada por el Congreso de Dresde de la socialde¬mocracia alemana en el año anterior. Ello provocó un debate fundamental e impresionante sobre la estrategia, durante el cual el líder de la socialdemocra¬cia alemana, Bebel, defendió a su partido contra los cargos del líder socialista francés, Jaurés, quien le imputaba que su rigidez doctrinal era responsable de un preocupante contraste entre el aumento de su base electoral y su incapaci¬dad para cambiar el régimen autocrático del Kaiser. El Congreso dio su apo¬yo a la resolución de Dresde por 25 votos contra 5, con 12 abstenciones, pero los revisionistas siguieron perteneciendo tanto a la Internacional como al par¬tido alemán, impregnando a ambos de sus ideas, fundamentadas en las ilusiones del parlamentarismo, en el peso creciente de la burocracia sindical y en el peso de una “aristocracia obrera” instalada en el territorio de las mejoras parciales. Otro tema de discusión importante fue del colonialismo, que ya había sido unánimemente condenado por el Congreso de la Internacional de 1900, en la época de la guerra de los boers. Sin embargo, una mayoría de la comisión colonial del Congreso de Stuttgart señalaba, siete años más tarde, que ellos «no rechazarían todas las políticas coloniales que, en circunstancias como las de un régimen socialista, podían servir a un propósito civilizador» (Braunthal, ibíd.). Tras su controvertido debate, tal postura fue rechazada por 127 votos contra 108, aprobándose una resolución que condenaba «las políticas coloniales capitalistas [que] debían, por su naturaleza, fomentar la esclavitud, el trabajo forzoso y la exterminación de los pueblos nativos». La denuncia del militarismo y la lucha contra la guerra se erigió en un punto esencial para la Internacional y quedó reflejada, desde su fundación, en las resoluciones de sus congresos. Dominó el Congreso de Stuttgart de 1907, celebrado mientras los nubarrones de la guerra se cernían sobre Europa. La resolución final allí adoptada por unani¬midad —a pesar de las serias diferencias durante el debate— incorporó una enmienda presentada por Lenin, Luxemburg y Martov que, tras proponer «los mayores esfuerzos para evitar el estallido de la guerra», continuaba: «En el caso de que, a pesar de todo, estallase la guerra, el deber del movimiento obrero consiste en intervenir a favor de su rápida terminación y en utilizar con todos sus poderes la crisis económica y política para levantar a las masas y acelerar la caída de la clase capitalista dominante» (Braunthal, ibíd.). Tal afirmación fue reafirmada en los dos posteriores congresos. El de Basilea, en 1912, fue el último antes de la guerra y se convirtió en una demostración acti¬va en pro de la paz, haciendo un llamamiento —de nuevo unánime— a la ac¬ción revolucionaria en caso de guerra. El estallido de la Primera Guerra Mun¬dial dos años después demostró que la aprobación de tales opiniones «sólo era una fina capa que encubría un nacionalismo profundamente arraigado». Los partidos dirigentes de la Segunda Internacional dieron su apoyo a la guerra entablada por sus gobiernos respectivos, lo que condujo al ignominioso derrumbe de la Internacional. Fue la culminación de un período de expansión capitalista y de la integración al Estado nacional por parte de la mayoría del movi¬miento obrero organizado, luego, al final de la guerra, estallaron crisis revolucionarias que fueron encausadas por la socialdemocracia instalada que prometía una “democracia social”, pero al final de la cuales se instaló el fascismo. Únicamente los partidos ruso, servio y húngaro, junto con pequeñas facciones pertenecientes a otros partidos, algunos tan importantes como los que editaban “Spartacus” en Alemania, se mantuvieron firmes a los principios repetidamente proclamados por la Internacional. Durante la guerra se hicieron al¬gunos intentos infructuosos por parte de algunos partidos de países neutrales para revivir la Segunda Internacional, cuya Oficina Internacional se había trasladado a Holanda. Sin embargo, en 1919, durante una conferencia ce¬lebrada en Berna se reconstituyó una oscura versión de la antigua Segunda Internacional, «Internacional de Berna», que celebró su I Congreso en Gi¬nebra al año siguiente, con diecisiete países representados. En 1921, socialis¬tas del ala izquierda de diez partidos, incluidos el Partido Socialdemócrata Independiente Alemán (USPD), los socialdemócratas austriacos (SPD) y el Partido Laborista Independiente (ILP) británico, se reunieron en Viena para constituir la Unión Internacional de Trabajadores de los Partidos Socialistas («Unión de Viena»), apodada «Segunda Internacional y media». Se conside¬raba a sí misma como primer paso para una Internacional más amplia. En 1923, en el Congreso de Hamburgo se fusionó con la renacida Segunda Inter¬nacional para formar la Internacional Obrera y Socialista, que dejó de fun¬cionar en 1940. Le sucedió en 1951 la actual Internacional Socialista, aso¬ciación libre de los principales partidos socialistas y socialdemócratas del mundo, con sede en Londres. Actualmente, lo que queda de la Internacional Socialista es una auténtica guarida. Pero la historia no les pertenece, pertenece a los que luchan por ella, por su recuperación, y por el desarrollo de sus mejores adquisiciones. Pepe Gutiérrez Antikapitalistak