15 de enero de 2012

Muere Manuel Fraga Iribarne.

Lo reconozco, en cuanto escuché la noticia de la muerte de Fraga me recorrió por todo el cuerpo el cosquilleo de tener que escribir sobre ello. Nunca me alegro por la muerte de un ser humano, de hecho ni por los hombres y mujeres más ruínes que el mundo haya dado me alegro. La muerte es una liberación, es un punto y final que ahoga en olvido los peores actos cometidos. Y no, eso no se lo deseo a nadie, ni a mi peor enemigo. Muchos seguramente mañana recuerden al señor Fraga Iribarne como un demócrata ejemplar, como un político de excepción que supo amoldarse de un régimen totalitario a un sistema democrático. Otros recordarán que es el fundador del partido que ostenta el poder en la práctica totalidad del Estado. Incluso en algunos medios de comunicación recordarán aquel ya clásico "con Fraga, hasta la braga" que resumía la relajación de la mojigatería de la censura o aquel esperpéntico baño en Palomares tras el affaire nuclear. De lo que estoy seguro es de que a muy pocos les dará hoy por pensar en el otro Fraga. En el Fraga que puso voz y cara para justificar ante todo un país el fusilamiento de aquel comunista llamado Julián Grimau en 1963. Tampoco se hablará del Fraga que dirigía las fuerzas de órden público aquel 3 de marzo de 1976 que resultaban con la muerte matada de cinco trabajadores en huelga. Y, evidentemente, tampoco se hablará del Fraga que conocía y amparaba aquel atentado que desde el búnker se lanzaba contra aquel carlismo que se reinventaba y reivindicaba una identidad nueva frente al tradicionalismo franquista en Montejurra un 9 de mayo de 1976. De nada de esto se hablará porque nada de esto interesa en esta sociedad obligada a ejercer una amnesia colectiva, un intento de amnistia de facto para todos aquellos verdugos, fieles vasallos y perros de presa surgidos de las entrañas del franquismo. Fraga, al igual que otros muchos, muere en la cama, tranquilo, sin haber sufrido persecución ni condena alguna porque, ante todo, el señor Iribarne ha sido en sus 89 años de vida un camaleón capaz de transformar su existencia a las circunstancias, de sobrevivir y, sobre todo, de escapar a la propia justicia. Otro culpable muere en la cama con las manos manchadas de sangre. Hoy debemos de estar tristes por haber sido incapaces en 30 años de sentar en un banquillo ante un juez a quienes deberían haber rendido cuentas por sus hechos. Como bien dice Lluís Llach a todos ellos "les perseguirán nuestras memorias para siempre"-Fuente. El reñidero